jueves, 10 de abril de 2014

'Vacancias'


Pablo Miravet Bergón, Vacancias,
Madrid, Editorial Celesta (Colección Piel de sal), 2014, 86 pp.

“Y el poeta es fiel a lo que ya tiene. No se encuentra en déficit como el filósofo, sino en exceso, cargado, con una carga, es cierto, que no comprende. Por eso, la tiene que expresar, por eso tiene que hablar “sin saber lo que dice”, según le reprochan. Y su gloria está en no saberlo”
María Zambrano (Filosofía y poesía)
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Recientemente leí un texto de Ana Rodríguez Fischer en el que, comentando la última novela de Fernando Aramburu, Ávidas pretensiones, la crítica literaria radicada en Barcelona se descolgó con esta frase lapidaria: “Hace tiempo que los poetas fueron bajados del Olimpo a patadas (no es necesaria la desmitificación) y en tanto que criaturas humanas su encuentro no tiene más interés que el de un grupo de comerciales o de cuadros políticos, con todos mis respetos para los primeros” (cursiva en el original, negrita mía). Más allá del sesgo demagógico del enunciado –¿por qué sólo los cuadros políticos y no también los poderes económicos y los fondos institucionales de inversión, que, como sabe cualquiera que se tome la molestia de informarse un poco, son los que tienen tiranizada a la política (lo poco que de ella va quedando) y, por descontado, a sus tristes cuadros?–, me parece que Fischer escribió una verdad demasiado dolorosa. Asumiéndola plenamente, ejerceré a mi pesar de comercial, aunque seré mucho más lapidario que Fischer y parafrasearé al célebre panadero de Adam Smith y al no menos célebre vendedor de sandías de James M. Buchanan: comprad este poemario. 

La gran mayoría de los 66 poemas que conforman este libro fueron escritos y reescritos entre los años 2008 y 2011. Agradezco a Rafael González Serrano –editor artesano y vocacional, y autor de varios volúmenes de poesía– que haya acogido este libro en la colección Piel de sal de la Editorial Celesta. No sólo le agradezco la publicación del poemario y su paciencia, sino también su comprensión: determinadas razones de fuerza mayor (de nobis ipsis silemus) hacen imposible la celebración de una presentación del libro aquí o en Madrid, acto que, como se sabe, es importante para las pequeñas editoriales de poesía. No habrá, pues, ni presentación, ni recitales ni cualquier otro tipo de happening comercial –como diría Rodríguez Fischer–, de modo que, al menos por ahora, la promoción de Vacancias se va a limitar a este post y al anuncio de la publicación del libro en la página de Celesta. Habría querido escribir un texto decente (“Notas para una no presentación”) y colgarlo en esta entrada. Rafael González me pidió  unas líneas para la contraportada y realizó un editing del texto que le remití, que es el que finalmente aparece en la contratapa. Naturalmente, la primera frase no es mía:          
Pablo Miravet es un poeta de honda reflexión filosófica como así lo muestran los versos de este segundo poemario publicado, Vacancias. Para el autor, la edad adulta es un piélago convulso en el que el yo disociado bracea entre mareas de desencanto. La conciencia de la futilidad de esa batida se ve, a veces, contrarrestada por un endeble impulso que recusa el asombro paralizante al que aboca la aprehensión de lo real. Los versos de este libro quieren encontrar acomodo entre las grietas y los intersticios del paisaje mental plasmado en el texto. Vacancias repasa en esas oquedades azarosas los estados de ánimo de una voz que fluctúa entre el irracionalismo y el estilismo conceptista, y que explora cadencias y ritmos para apresar trances inusuales, aprovechando un tono –áspero unas veces, sutil y doliente otras– que, bajo el persistente silbido de la barbarie cotidiana, se ríe de los solemnes protocolos de un mundo en quiebra.   

Juan Planas leyó un esbozo rudimentario de este libro allá por 2009 e hizo un par de certeras observaciones que me han ayudado a repensarlo. José Vicente Rojo dio el visto bueno a algunos textos finalmente incluidos en Vacancias hace ya bastante tiempo. Nico Bau ha hecho valiosas (y ácidas) sugerencias de reescritura. Carlos Maiques realizó una interesante interpretación gráfica de los poemas; desgraciadamente, sus ilustraciones han quedado fuera de la edición final por culpa del “mal de archivo”, aunque conservo como una reliquia dos de las cuatro maquetas que me regaló. Regina Salcedo leyó cuidadosamente el poemario cuando ya estaba terminado y tuvo la amabilidad de enviarme tres folios en los que radiografió (y desnudó) el libro con inteligencia. Román Piña ha tenido la gentileza de publicar uno de los poemas de Vacancias (“Gregal”) en el número de primavera de la revista literaria que dirige.

Este poemario está dedicado a mi hijo Pablo –que nunca caminará solo– y a Carlos Maiques.   

lunes, 7 de abril de 2014

Amada Glenda


C. llegó a casa luciendo un renovado look de ejecutivo hipster y, después de quitarse la corbata (“vengo de una comida”, dijo sonriendo), me animó, casi me conminó, a volver a escribir en el blog, a retomar, dijo, la disciplina de colgar un post por semana, “al menos haz uno cada mes, tío”, matizó cuando lo miré de reojo, “así contenga fotos, textos breves, vídeos o simples citas…”, me pareció que dijo (o me invento ahora que susurró) mirando al vacío; sonreía, eso sí lo recuerdo. No dudé de sus buenas intenciones, y dudé todavía menos de sus propósitos terapéutico-samaritanos cuando me comentó con cierto entusiasmo que estaba haciendo un curso de mindfullness. Aprecio demasiado a C. como para discutirle los pretendidos beneficios de este tipo de tecnologías del yo –o, peor todavía, para largarle una catilinaria bernhardiana sobre la funcionalidad latente o explícita de esas terapias psi de corte trascendentaloide: legitimar la estructura cultural (o, como diría Raymond Williams, las estructuras del sentir) del capitalismo contemporáneo (yooooom, yooooom, yoooom y nada más que yooooom…)–. Lo estimo de verdad y su visita me alegró: ¿para qué discutir? Mejor dicho: ¿para qué debatir cuando no hay energías para debatir? Habito “las afueras de la felicidad” –la expresión es de “Fotosíntesis”, el primer cuento de Técnicas de iluminación (Madrid, Páginas de Espuma, 2013, p. 16), un libro en el que Eloy Tizón acredita su perfección técnica, su versatilidad estilística, su afán, sobradamente logrado, de transitar por senderos no trillados en lo que hace a las estructuras narrativas, un buen libro, sin duda, pero…hay un “pero” no decible: la lectura de Técnicas de iluminación ha dejado flotando en mi mente un rezago raro que me impide ponerle un sobresaliente a este volumen simplemente notable–, habito, digo, las afueras de la felicidad, aunque tal vez debería decir los márgenes de la felicidad, o la periferia de la felicidad, o los suburbios de la felicidad –entendido “suburbio” en su uso continental, no angloamericano– o directamente la banlieue de la felicidad y no tengo muchas ganas de profundizar en mis pensamientos, entre ellos la idea de que declararse feliz en un mundo como este constituye un alarmante síntoma de imbecilidad, de modo que recurrí a la manida metáfora penitenciaria para que C. –cuyo iPhone sonó cuando me disponía a responder a su requisitoria, circunstancia que le obligó a dar un largo paseo por mi casa para hablar de negocios con su proverbial tono de voz inaudible– comprendiera mi furor por la postergación –cita encubierta de Cioran–, mi inacción doliente, esa disposición de ánimo que hibrida el diletantismo pasivo, la palidez de la dama de las camelias y los tormentos de un Heinrich von Kleist. Pero C., que no es precisamente un imbécil –y que, como hemos dicho maliciosamente J. y yo alguna vez, es el marido que toda madre quisiera para su hija–, desplegó su sonrisa eterna, cercada ahora por una barba levemente encanecida, guardó el iPhone en el bolsillo interior de su americana y, cuando le dije lo de la reclusión, me respondió que incluso los presos hacen “algún tipo de actividad”. Un silencio incómodo se adueñó de la sala (tópico narrativo, lo admito), pero C., que es inteligente y sagaz, salvó ese lapso de tensión sacando de nuevo su iPhone. “Te vas a reír”, me dijo antes de deslizar suavemente su dedo índice por la pantalla del móvil para activar un vídeo que, efectivamente, es bueno, aunque me parece que sólo puede ser comprendido de forma cabal por los habitantes de nuestra ciudad, en particular por los que detestamos unas fiestas basadas fundamentalmente en el ruido y la brutalidad colectiva. “Pulsión fallicida”, así lo llama Pink Panter, es decir, Carlos Maiques. Pensando en ese día de principios de marzo, me produce cierta comezón no haber podido llenar aquel silencio con una recomendación de lectura para C. Panter Maiques vino de visita el otro día y estuvimos unas buenas dos horas y media hablando de lo divino y lo humano –o mejor dicho, de lo demasiado humano–; todos y cada uno de los arroyos en los que se dispersó nuestra conversación río desembocaban en un mismo mar, en una sentencia que repetíamos sonriendo: aunque no sea más que por curiosidad, “hay que leer a Byung-Chul Han”, empezando por La agonía de eros. ¿Será Han un bluff como el pesadísimo Zygmunt Bauman y su liquidez? No lo sé, pero… “hay que leer a Han”. Cuando terminamos de ver el vídeo, reparé en que C. me había contagiado su eviterna sonrisa y pensé, no sé muy bien por qué, en unos versos extraordinarios de Gilberto Owen. Le prometí que retomaría el blog algún día, aunque le aseguré que no haré jamás un curso de mindfullness. El año pasado estuve a punto de colgar el vídeo de la intervención de Glenda Jackson en la cámara de los comunes cuando se discutía la moción sobre el tributo a Margaret Thatcher tras la muerte de la así llamada dama de hierro, un discurso improvisado, sin papeles, que nada tiene que ver con las inaguantables sesiones de nuestro parlamento, en las que todo está escrito, medido, ensayado y, con frecuencia, penosamente expresado. Aunque, a diferencia de algunos iluminados salvadores de la patria, no soy un entusiasta del sistema mayoritario uninominal, y aunque también en UK todo está podrido –piénsese en la City, el mayor lavadero de dinero negro del mundo–, me gustan mucho los debates de la casa de los comunes, que veo a veces para refrescar el inglés. Jackson, que, aunque no lo parezca, pertenece al partido de Tony Blair (ah, ese ser impresentable), dijo entonces lo que muchos pensamos y, desde luego, no estaba actuando. A ver si Owen Jones, el jovencito mirlo blanco del laborismo, toma nota. Por cierto, es recomendable ver el vídeo hasta el final, porque el speaker, John Bercow –que es, por cierto, tory–, le da un repaso genial al orondo y quejoso Tony Baldry.
Maravillosa (y amada) Glenda. Ahí va, C.:                                                   

miércoles, 19 de febrero de 2014

'Estado social, empleo y derechos. Una revisión crítica'



[Pablo Miravet Bergón, Estado social, empleo y derechos. Una revisión crítica, 
PUV (Publicacions de la Universitat de València) y Tirant lo Blanch (coeds.), 
Valencia, 2014, 733 pp.**]

** No sé si debería pedir disculpas a Vila-Matas por usurpar el nombre de un personaje ágrafo de su invención (el trágico Cadou) para dar nombre a mi blog y escribir impunemente un libro de 733 páginas, aunque no sea una novela. No me gustan mucho las páginas de agradecimientos y dedicatorias recargadas, así que en el antetexto del libro sólo aparecen mencionadas las tres personas a las que está dedicado: Ana, Pablo y María José Añón. Quisiera, aunque sea de forma casi clandestina, recordar ahora a algunas otras: Miguel Carlos Miravet, Paula Bergón, Miguel Miravet, Sonia Miravet, Múriel Miravet, Cristina Buigues, los pequeños Miravet (además de Pablo: Paula, Miguelito, Javier y Mar), Mª Nieves Martínez, Raúl Susín, Cristina García Pascual, Isabel Garrido, Javier de Lucas, Amparo Serrano Pascual, José Antonio Noguera, Salvador Vives (Tirant lo Blanch), Antonio Ariño (PUV) y, por último, pero, como siempre, no menos importante, los demás amigos y seres queridos, que lo saben.         

martes, 31 de diciembre de 2013

A la altura de 365 días

Fotografía de Pierre Andrieu


"Eso" (Czeslaw Milosz)

Ojalá por fin pudiera decir qué está en mí.
Gritar: gente, les mentí
diciendo que eso no estaba en mí,
cuando eso está ahí siempre, días y noches.
Aunque gracias a eso supe describir sus ciudades inflamables,
sus cortos amores y juegos desmembrándose en humus,
aretes, espejos, el deslizar de un tirante,
escenas de alcoba y de campos de batalla.
Escribir fue para mí estrategia de protección,
de borrar las huellas. Porque a la gente no puede gustarle
aquél que alcanza lo prohibido.

Llamo en mi ayuda a los ríos en los que nadé, lagos
con puentecillos entre cedazos, valle
en cuyo eco la canción duplica la luz del anochecer,
y confieso que mis extáticos halagos a la existencia
sólo pudieron ser entrenamientos de alto estilo,
pero abajo estaba eso, que no me atrevo nombrar.

Eso se parece al pensamiento de alguien sin hogar, cuando
atraviesa la ciudad ajena, congelada.

Se asemeja al momento cuando un judío cercado ve aproximarse
los pesados cascos de los gendarmes alemanes.

Eso es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo
real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte.

Eso puede ser comparado con el inmóvil rostro de alguien
que entendió que fue abandonado para siempre.

O con las palabras del médico sobre la sentencia inevitable.

Porque eso significa enfrentar un muro de piedra
y entender que ese muro no cederá ante ninguna de nuestras súplicas.