Fue la crudeza del argumento lo que motivó que el ya agonizante régimen de Ceaucescu bloqueara en 1989 la publicación de “El Ruletista”, texto que en 1993 vio por fin la luz junto a otros relatos en un volumen titulado Nostalgia –tributo a Tarkovsky– y que Impedimenta rescata ahora desgajado del resto en una delicada edición. Siendo todavía un autor joven que ambicionaba borrar las inercias de los caducos modelos literarios oficiales de la Rumanía de la segunda mitad del siglo pasado –Vasile y su tractor pequeño-burgués, cosas así–, en esta pieza narrativa el hoy nobelizable Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956) prestó a un apócrifo escritor octogenario una prosa envolvente, dolida, por momentos alucinatoria y sembrada de metáforas y símiles oníricos que, hablando en términos estilísticos, se adscribía a la corriente renovadora que dio en llamarse neovanguardismo o posmodernismo neovanguardista.
Dos versos de Eliot abren y cierran el testimonio de este anciano, que relata a un “querido nadie” (p. 19) la andanza de El Ruletista, sujeto sin nombre reclutado como tantos otros seres superfluos en la cloaca de la sociedad por los “patrones” (los contratistas) para darles la oportunidad de arañar el dinero que los “accionistas” (los apostantes) ponen sobre la mesa en esa tirada de dados donde se subasta el alma del marginal: la ruleta rusa, un juego “tan estúpido y atractivo como cualquier otro (…), aunque con la aureola (…) de esa pizca de sangre que resulta del gusto de nuestra infamia” (p. 34). La aspereza de algunas imágenes y el tono trastornado y hasta penitencial de la escritura contribuyen a crear la sugerente y perturbadora atmósfera irrealista del cuento, pero lo que realmente hace de “El ruletista” un relato muy atractivo es el constante juego ficcional y las deliberadas impurezas lógicas de la trama. Si la verosimilitud del personaje en torno al que gravita la narración queda en el aire, la continua interposición de fragmentos autobiográficos del escritor construido por Cartarescu invita al lector a preguntarse quién es el verdadero protagonista. Si a los ojos de este autor crepuscular la figura de El Ruletista adquiere dimensiones míticas en virtud del crescendo que culmina en una sesión en la que carga el tambor del revólver con todas las balas, la aparente perfección matemática con la que El Ruletista pulveriza el juego de la ruleta resulta desmentida por un elemento casual que Cartarescu introduce en esa apoteosis final. Si el meteco sin identidad alcanza el reconocimiento social, la celebridad y la riqueza jugándose la vida, la clave de su éxito radica en una “suerte monstruosa” (p. 40) que paradójica y casi irónicamente le impide materializar su íntimo anhelo autodestructivo. Si, en fin, El Ruletista sale indemne de su permanente y contradictorio cortejo con la muerte, un arma muy similar a la que ha acariciado tantas veces su sien acaba con él en un incidente banal sin disparos.
Como suele suceder con todos los buenos textos literarios –esos archivos que, además de mercancías destinadas al entretenimiento, son documentos interpelantes y peligrosos–, “El Ruletista” se deja abordar desde distintos prismas interpretativos. Es un simple cuento, sí, pero bien puede leerse como una alegoría sobre el escaso valor de la vida en los sistemas totalitarios o, quizás mejor, como una agria metáfora de la condición azarosa y absurda que marca el paso del individuo por ese régimen no elegido en el que, juegue como juegue, al final no tiene nada que ganar: la existencia. Sobrecogedor y en algunos tramos magistral, este relato nos reconcilia con la literatura verdadera, sea cual fuere el significado de esta expresión.
(Mircea Cartarescu, El Ruletista, traducción e introducción de M. Ochoa de Eribe, Madrid, Impedimenta, 2010)
(p. m., publicado en LBdP. Revista literaria trimestral, nº 81, 2011)

10 diletantes:
me apasiónó este libro
Uff, qué buena pinta tiene este libro. Otro para el saco.
¿Cuenta atrás?
Un saludo.
Sí, es bueno, J. G. Saludos.
Hola Otto, es un libro que merece la pena. Por cierto, no sé si eres un talibán del art. 18 CE-78, pero el caso es que no puedo leer La chica de Amsterdam. Ya me explicarás cómo acceder.
Saludo afectuoso.
Hola Clément,
me cargué el blog. En una quincena apenas obtuve un puñado de comentarios y de visitas, los y las de Lansky, otro bloguero, y gracias al primer texto en el que cité a autores vivos, ni siquiera los criticaba, eran caricias, se dispararon las visitas, aunque no mucho, y apareció el primer comentario anónimo -no insultaba, pero era desagradable-. Entonces me di cuenta de qué iba esto. Y yo, que suelo ser un tío amable, me dije, "total, para lo que tienes que contar, "pechas"" -como decimos en Galicia-. Así fue.
Prefiero estar tras al barrera.
saludos.
¿Por qué te empeñas en escribir tan benditamente mal, tan horrorosamente bien?
Tómalo como un elogio, Cassius.
Es cosa opinable, pero a mi ver hay dos redundancias en el textito, ¿eres consciente? Gran reseña
Un abrazo
Ah, vale, Otto. Hiciste bien.
*
Gracias por el toque de atención, S. Ya me dirás, pero me temo que quod scripsi, scripsi.
Te regalo un momento Barthes:
En el periódico leo esto:
"Con lujo de fuerza me separaron las piernas y empezaron a manipular mi vagina. Fue muy violento. Todavía tengo pesadillas y me despierto gritando, bañada en sudor"
"Con lujo de fuerza" (acojonante).
¿Quién crees que ha dicho esto? Una campesina guatemalteca a quien el ejército americano inoculó la sífilis para experimentar (ya sabes, el caso VV vs. USA, Guatemala y Farmacéutica; posibilidad de acuerdo extrajudicial).
"Con lujo de fuerza"
En América no sólo perdimos la inhibición. Perdimos el lenguaje.
abrazo.
La puta madre que me parió, "con lujo de fuerza", qué hermosura. Gracias. Me suena, pero creo que no lo había oído o leído. Me he acordado del análisis de "a como dé lugar" del maestro, y del "sin omitir medio". La guerra y su poesía. Ciao, pringao.
buen día, Otto. Recupera tu blog, hombre, no seas así. Yo lo leía, pero no soy ese anónimo que te molestó. Lo juro Saludos.
jaja, el anónimo da igual. La verdad es que no me divertía mucho escribiéndolo, prefiero leer lo que escriben otros. Como decía Onetti: Otto nunca ha leído a Otto.
Saludos, S.
Pequeña crítica para libro enorme.
Me gusta tu punto de vista.
Son las malditas limitaciones de espacio hetero-impuestas, ya sabes.
Gracias.
Publicar un comentario en la entrada