Miguel Ángel Velasco en 1981 (fotografía de Gabriel Ramón)
Nuevo escrito descarriado. Iniciado para comentar Ánima de cañón (Sevilla, Renacimiento, 2010), el último libro que Miguel Ángel Velasco (Palma de Mallorca,1963-2010) publicó antes de su fallecimiento, el texto se ha visto desviado de su objetivo por un detournement achacable a ciertas asociaciones mentales suscitadas por la profunda impresión que, tras una segunda lectura, me ha causado el abrumador dominio del ritmo de que hace gala el desaparecido poeta mallorquín en su último poemario, un libro hondo, inundante y abismal que, se ha dicho, está a la altura de su mejor producción. No es la de Miguel Ángel Velasco la poesía que uno prefiere, pero eso no es óbice para reconocer en él a uno de los más grandes poetas españoles clásicos de las últimas décadas.
Secantes (Ánima de cañón)
Y perder los papeles
impregnados de gaya
gollería, los sellos
de la disolución, cada uno un flete
barato a la confianza.
Tus estampillas con las bodas líquidas
del infierno y del cielo.
Hoy, el camino
del exceso forzó un atajo oscuro,
una sierpe de mezclas
por las fosas del alma.
Y aquí que enfilas el desfiladero
donde nos guiña fina
la navaja de Ockham.
Corredor de abandono, tocas fondo.
Te volaron los viajes con las artes
más viejas, la calada
redecilla de lágrimas,
con el cebo del sexo.
A escuadra de diamante y platería.
Con la luna mordida, el ojo todo
una fresca palmera de puñales.
La araña de la noche
fibrilaba su lujo sobre el mundo.
*
En navidades conocí a Enrique Ocaña –un tipo afable y sabio, muy amigo de Miguel Ángel Velasco– en una cena auspiciada por Román Piña. Escuché con mucho interés las explicaciones de Ocaña sobre la evolución de la obra de Velasco y su relato de algunos pasajes del itinerario existencial del poeta, un ser que, por extraño que pueda parecer a día de hoy, fusionó vida y arte en su paso por el mundo, con todos los costes que este fiat lleva aparejados. Al día siguiente me hice con Ánima de cañón, y sólo unos días más tarde, el 8 de enero, se publicó una reseña del libro en la que puede leerse este quiasmo de Prieto de Paula: “Miguel Ángel Velasco no sólo era poeta, sino que era sólo poeta”, una antimetábola exacta, creo, que me llevó de nuevo a las ideas que suscitaron en mí las palabras de Ocaña aquella noche de navidades.
Cuando, después de despedirme de Ocaña y, más tarde, de Román y Rosa, llegué a casa busqué en el caos de la biblioteca el célebre pasaje que Nietzsche escribió en el prólogo dedicado a Wagner de El nacimiento de la tragedia (1871): “(…) yo estoy convencido de que el arte es la tarea suprema y la actividad propiamente metafísica de esta vida (…)”, idea que, me parece, encuentra su expresión hiperbólica en esta frase del “Ensayo de autocrítica” que Nietzsche agregó a la edición de la obra en 1886: “sólo como fenómeno estético está justificada la existencia del mundo”. Curado de sus desmelenes románticos de hogaño, Nietzsche consideraba en 1886 que esta tesis era “demasiado agresiva” (F. Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, trad. A. Sánchez Pascual, Madrid, Alianza editorial 1995, pp. 39 y 31 respectivamente). Enrique Ocaña es profesor y traductor; Román me había comentado que actualmente traduce a Ernst Jünger. Dado que el mejor traductor de Nietzsche, Andrés Sánchez Pascual, es también el traductor de una buena parte de las obras de Jünger, aquella noche le comenté a Ocaña que en la carta escrita por Jünger a Sánchez Pascual con ocasión de la publicación en castellano de tres ensayos bajo el título de uno de ellos (Sobre el dolor, Barcelona, Tusquets, 1995), misiva recopilada en la edición, el escritor alemán expresaba sin ambages una postura en algún sentido coincidente con la de los frankfurtianos y otros analistas del desarrollo técnico distanciados de la tecno-filia imperativa que lo permea todo. “A todos los ensayos –escribe Jünger en esa carta, fechada en agosto de 1995– les es común la discusión con el progreso, en especial con la prepotencia de la técnica, la cual está avasallando nuestro siglo en todos los terrenos en una secuencia cada vez más rápida. En estos ensayos fue visto con anticipación, creo, algo que en aquel entonces –Jünger está hablando de los años ‘30– nos fascinaba y que hoy más bien nos angustia”. Apenas pude decir esto y un par de cosas más; era una de esas ocasiones en las que lo mejor es callar wittgensteinianamente y escuchar. Gracias a Ocaña supe también que se iba publicar la traducción de La obsolescencia del hombre de Anders.
Aquella noche de navidad, evocando los altos estudios diletantes de estética que me tuvieron muy entretenido durante algunos años –y que a finales de los noventa culminaron en la escritura de una increíblemente arrogante tesina de licenciatura, por suerte no publicada, que presenté con este pretencioso título: Anotaciones sobre la estetización del mundo (¡!)–, pensé que la experiencia vital de Velasco podía sintetizarse en la frase arriba citada de Nietzsche, pero que posiblemente el topos heideggeriano (“es poéticamente como el hombre habita esta tierra”) definía mejor la existencia del poeta desaparecido. Busqué entonces el célebre ensayo “Hölderlin y la esencia de la poesía”; empecé a leerlo y sonreí recordando lo mucho que me irritaba el idiolecto heideggeriano y lo bien que me lo pasé leyendo la sátira de Grass, la crítica de Adorno y el gran estudio de María Fernanda Benedito sobre el lenguaje de Heidegger. Recordé también que el verano pasado me reí a carcajadas leyendo la parodia de Fernández Porta. No deja de haber, sin embargo, un index veri, como diría Hegel –ese lunático–, en el ensayo de Heidegger, pienso, y este pensamiento regresa siempre que uno escucha el relato de una existencia como la de Velasco: “(…) es preciso entender la esencia del lenguaje por la esencia de la poesía. El fundamento de la existencia humana es el diálogo como el propio acontecer del lenguaje”, escribe Heidegger después de afirmar que “Si comprendemos esa esencia de la poesía como instauración de la palabra, entonces podemos presentir algo de la verdad de las palabras que pronunció Hölderlin, cuando hacía mucho tiempo la noche de la locura lo había arrebatado bajo su protección” (M. Heidegger, “Hölderlin y la esencia de la poesía”, en Id., Arte y poesía, trad. y prólogo de S. Ramos, Madrid, FCE de España, 1995, pp. 138 y 140 respectivamente).
Velasco, pienso, habitó poéticamente el mundo, aunque no sufrió la dolorosa y fulminante caída de Hölderlin, quien, como se sabe, continuó escribiendo cuando la locura lo abrazó, firmando muchos de sus hondos poemas con el seudónimo Scardanelli. En un texto testimonial de Bettina von Arnim de 1841, recogido en la edición de los Poemas de la locura de Hölderlin (trad. de Txaro Santoro y José María Álvarez, Pamplona, Hiperión, edición bilingüe distraída a mis padres) se leen estas consideraciones, que no son “las palabras que pronunció Hölderlin” de las que habla Heidegger, pero que, me parece, pueden perfectamente ser leídas pensando en el apabullante dominio del ritmo –además del léxico y la imagen– que caracteriza a la poesía de Velasco:
“(…) cuando el ritmo se convierte en el único y solo modo de expresión, solamente entonces hay poesía. Para que el espíritu devenga poesía tiene que llevar en sí mismo el misterio de un ritmo innato. (…) Yo podría escribir páginas y páginas copiando las frases destacadas que Saint Clair anotó de sus conversaciones con Hölderlin durante esos ocho días, pues todo esto que te escribo lo he leído en sus notas y añado lo que Saint Clair me ha dicho de viva voz. Hölderlin sigue diciendo: “Todo no es más que ritmo; el destino del hombre es un solo ritmo celeste, como toda obra de arte es un ritmo único””
La vida como obra de arte, la poesía como testimonio de esa obra. Aquella noche de navidad leí algunos de los poemas de la locura de Hölderlin y hoy, acabada la segunda lectura de Ánima de cañón, he vuelto a leer el testimonio de Bettina von Armin. No puedo cometer la impudicia de escribir un texto elegíaco puesto que no conocí a Velasco. No podré echarlo de menos no sólo porque no lo conocí personalmente, sino también porque tengo, tenemos, su poesía, el misterio de su ritmo innato que vivirá siempre en los doce poemarios que escribió. “Cesa el hombre y lo lloran, pero templa/ el duelo una visión: la mansedumbre/ que vemos a menudo florecer/ del último semblante, cual si fuera/ esa calma hontanar. Y aun se diría/ que a su vivir más hondo lo tentaba/ esa oscura sazón. Así, las gentes de aquel que muere dicen que descansa (…)”. Así comienza “Endecha para un perro”, poema de Velasco inicialmente publicado en Bosque adentro, La bolsa de pipas, nº 13, y posteriormente recopilado en El dibujo de la savia, Lucina, 1998), un texto de un autor que ha dejado obras muy importantes –entre ellas, La miel salvaje y El sermón del fresno– y que no ocupó el lugar que tal vez le correspondía en la siempre sospechosa jerarquía oficial de la poesía española, pero dejemos la porquería para otra ocasión. Disfruto leyendo a esos poetas que, aunque me estoy quitando, me incitan a coger el boli como si fuera la última vez. Poetas como Velasco, Millares Sall, Valente, Claudio, Vallejo, los poetas grandes. La segunda lectura de Ánima de cañón me ha empujado a empezar un texto de base endecasílaba titulado ‘Anthony Eaton plays drums’ en el que aparecen, entre otros, Seymour Glass y Bettina von Arnim. Anthony Eaton es un tipo que toca la batería a “ritmo celeste”, como diría Hölderlin, con un virtuosismo en el manejo de las baquetas homologable al dominio del ritmo, el léxico y la imagen que encontramos en la poesía de Miguel Ángel Velasco. Escuchar a Eaton –quien esté interesado, que busque su versión de "So lonely" en Youtube– es una buena manera de decirle adiós al poeta, una tardía despedida de un lector desconocido.
Velasco, maestro.
Velasco, maestro.

2 diletantes:
Joder, joder.
Ah, vaya.
abrazo.
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