viernes, 20 de mayo de 2011

Jaroslaw Mischuk y la poesía

Este es Jaroslaw Mischuk, mi amigo Jarek, un individuo fatalmente golpeado por la poesía cuya vida merecería ser llevada al papel. Nació en Gdansk, Polonia, y recaló en España hace veinte años tras un periplo por Europa increíblemente largo y tortuoso. Me desasosiega su cara de sujeto sumido en las brumas de la ininteligibilidad del mundo, esa mirada ausente, esa expresión de expedicionario de las opacas malezas del sinsentido absoluto bien plasmada en la fotografía que tomé el otro día durante la sobremesa de la comida que hicimos en casa para celebrar su cumpleaños. Lo conocí en 1996. Estaba en un bar sentado frente a una cerveza, releía un poemario de Ricardo Pérez-Salamero teñido de ecos de Valente (“del fulgor/ en  tus ojos/ la más  honda/ negritud”, El árbol axial) y trataba inútilmente de olvidar que no tenía dinero para pagar mi consumición. De pronto, a mis espaldas, alguien dijo con un acento realmente extravagante: “observo que tú, como yo, eres amante de la poesía, e intuyo que, por ello, merodeas el absoluto como yo”. Me di la vuelta y, repuesto de la impresión inicial que me causó el personaje, contesté: “eso depende de lo que entendamos por absoluto; en cualquier caso, me gusta bastante la expresión que acabas de utilizar al dirigirte a mí, puesto que, sea cual fuere el significado que convengamos en asignar a esta palabra inflada y estúpida, absoluto, estoy convencido de que merodear el absoluto es lo máximo que nos podemos permitir, y aun diría más: ser merodeadores del absoluto es lo máximo a lo que deberíamos aspirar; no soporto a los moradores del absoluto”. Mi respuesta pretendía ser lo suficientemente oscura y delirante como para ahuyentar al desconocido, a quien tomé por un loco. “Como en cierto negocio me iba admirablemente me rodeaban de un aire de dinastía florido”, afirmó él lacónicamente, y dio un sorbo a su cerveza. Era evidente que su frase, todavía más turbia y desquiciada que la mía, constituía una prueba. “Creo que lo que me cuentas es verdad, porque eso mismo es lo que dicen los versos quinto y sexto del poema XXXVII de Trilce”, le dije. “Te invito, si me lo permites, a otra cerveza”, propuso él sonriendo, o más bien mirándome con una expresión al menos tan inquietante como la de la fotografía que le hice el otro día en su cumpleaños. “Claro, te lo agradezco mucho, aunque preferiría que me invitaras a ésta porque no llevo un puto duro para pagarla”, rogué señalando con la barbilla mi vaso casi vacío. Admito que, a pesar de que el aspecto de Jarek no me hacía albergar demasiadas esperanzas en su solvencia, acepté su invitación por razones puramente estratégicas; en ese momento, decirle que se sentara en mi mesa era la única manera de ahorrarme la vergüenza de tener que salir corriendo del bar perseguido por un camarero oligofrénico demasiado identificado con los intereses del propietario del establecimiento. Aquella decisión me ha deparado, al cabo de los años, muchas satisfacciones, pero también bastantes sorpresas. Jarek, uno de mis mejores amigos, es una persona peculiar. Prefiero usar un adjetivo más o menos neutro, “peculiar” –a fin de cuentas, todos somos peculiares a nuestro modo–, para no tener que decir que es uno de los tipos más raros que he conocido a lo largo de mi vida. Me pagó la cerveza.

Dejo para otro día el relato de algunos episodios literalmente increíbles protagonizados por Jarek. Me limitaré a hablar de sus “intervenciones epifánicas”; es así como mi amigo llama a los procedimientos que utiliza para “polemizar sobre la lírica” –es una lástima no disponer de un clip de audio con la voz de Jarek pronunciando esta frase– y para comunicar sus hallazgos. Hace un año se presentó en mi casa disfrazado de Manuel Vázquez Montalbán –que nadie me pregunte cómo lo hizo, pero lo cierto es que la caracterización era francamente lograda–, me obligó a bajar al portal y estuvo una hora disertando a voces sobre Poesía completa. Memoria y deseo sin dejarme hablar. Unos días antes se me había ocurrido decir en su presencia que Castellet incluyó preventivamente a Vázquez Moltalbán en la antología de los nueve novísismos para amortiguar los previsibles ataques provenientes del PCE. Sólo por decir eso tuve que aguantar a Jarek salmodiando durante una hora y agitando en el aire el libro de Vázquez Montalbán como un rabino encolerizado con la Torah en las manos. Cuatro de los diez vecinos que entraron o salieron del edificio mientras Jarek estuvo allí me han retirado el saludo. Una vecina suspicaz llamó a la policía. 

Hace tres meses  sonó el teléfono a las cuatro de la mañana. Era martes.
–Escribo para olvidar qué escribo.
–¿Qué dices, Jarek? –no hacía falta que se identificara–.
–Escribo para olvidar qué escribo. Es un poema de un solo verso. Se titula Darse a la poesía.
–Pedazo de cabrón, ¿me despiertas a las cuatro para decirme esto? Casi me da un infarto, hijo de puta, el crío está fuera con el colegio y pensaba que me llamaban del depósito de cadáveres. ¿De quién es?
–Anay Sala. He averiguado que su nombre es Anahí. Procede del idioma guaraní.
–Ah, muy bien. Si estuvieras aquí te rompería la nuca con un martillo. ¿Algo más?
–¿Es que no te gusta el poema?
–Sí, muy Vila-Matas, por cierto, pero…tendría que leer algo más. ¿Es de un libro?
–Sí. Se titula Y (turno de réplica). Es una poesía cercana, sencilla, densa en su aparente ligereza. Hay savias naïve bien administradas, aunque en ocasiones tal vez excesivas, y domina la temática de la experiencia  amorosa. En algún momento la autora recurre a registros lindantes con la aforística. Uno de los aspectos de este libro que a mí, e intuyo que lo mismo te pasará a ti cuando te lo pase, me ha interesado es la preocupación por la métrica, hoy tan devaluada. Creo que…
–Jarek, me cago en la puta, léeme algo y no me hagas una reseña por teléfono.
–“El invierno se carga de razones”. O también:, “La ciudad me cobija/ bajo su indiferencia”. O, por ejemplo, “Tiempo después, tal vez nos demos cuenta:/ aquello que anhelábamos ya ha sido”. ¿Qué te parece? Intuyo que te parece bueno.
–Ya me lo pasarás, pero ¿no te parece que podías haberme todo dicho esto en otro momento?
–Hay otra cosa.
–¿Qué?
–El punk no ha muerto.
–Por el amor de Dios, Jarek, me tengo que levantar a las siete.
–Esta poeta, Anay Sala, ha dedicado uno de sus textos a Gloria Fuertes, e intuyo que es una dedicatoria pura. En una época en la que la inconoclastia y la transgresión han muerto, en la que todo gesto radicaloide es fagocitado por la infinita capacidad de neutralización, o, si quieres, de inocuización del Moloch espectacular, dedicar un poema a Gloria Fuertes es lo más punk que pueda uno imaginar –y, sin dejarme responder, dio tal golpe al colgar su teléfono que el estruendo del auricular me provocó un pitido en el tímpano que no cesó hasta el amanecer–.

El otro día recibí un sobre que contenía un poema –la página 37 de un libro–, un ensayo de treinta folios escritos a un espacio y con letra del nueve titulado Rotamos alrededor de Ashbery como satélites rotos –imaginé a Jarek pronunciando el título de su ensayo y sonreí– y una nota, que transcribo:

“Hola. He arrancado esta hoja de un libro de poesía que tienes que rescatar de la Casa del libro (comprándolo, naturalmente). He dejado el ejemplar escondido entre las novelas de Pérez-Reverte. Yo, e intuyo que tú también, estoy convencido de que los lectores de este novelista no se interesarán por el perturbador poemario al que pertenece este texto. Está a buen recaudo.
Jaroslaw”.

Bastó ese anzuelo –me fío mucho de Jarek– para que un par de días después de recibir su carta me dejara caer por la Casa del libro. Entre dos de las 21.428 novelas de Pérez-Reverte que había en las estanterías estaba Autoría, de Julieta Valero; en el ejemplar faltaba la página 37. Tardé tres horas en dar con él. Cuando terminó la búsqueda, se había formado un corro de clientes –imagino que lectores de Pérez-Reverte– a mi alrededor. Uno de ellos preguntó en voz alta, sin dirigirse específicamente a nadie, por qué un imbécil le estaba destrozando la tarde del sábado. Compré el poemario no para ahorrar a un futuro comprador la sorpresa de encontrarse con un libro mutilado, sino porque el libro de Julieta Valero me pareció bueno en una primera leída. Y lo es. Ahí va el poema que me mandó Jarek, el eterno fugitivo polaco:  

 Poema del fugado 

Perdida la costumbre de la detención qué lejos todo
pero cuánto alzándose como orquídea desde el tronco podrido.

Invito a entender la belleza como forma de reducción.
Igual puede mirarse el dolor.

Perdida la vecindad con el absoluto
comienzan la vida, la gastronomía
–o preguntarse qué sabor me provoca hoy–
y la música como especie prodigiosa
rescatada entre el coche y la oficina.

Respecto al amor traiciono todos mis hospitales
si lo traigo  aquí para ilustrar la zona límbica (o realidad)
y el acuerdo para la piratería contemporánea.

Copulamos respetando el culto a la soledad.
Esa noticia breve.

(Julieta Valero, Autoría, Barcelona, DVD, 2010, p. 37)

Tal vez alguien crea que soy masoquista por cultivar mi amistad con Jarek y piense que debería romperle la nuca con un martillo, o al menos mandarlo a la mierda. Se equivoca. Ya he dicho que conocer a Jarek me ha deparado muchas satisfacciones. Es verdad que sus intervenciones epifánicas son irritantes –hay otras muchas modalidades–, pero siempre que pienso en él me viene a la cabeza este pasaje del Tristram Shandy: “En un primer momento domina la curiosidad. El segundo momento es sólo economía para justificar el gasto del primero; en cuanto al tercero, cuarto, quinto y así sucesivamente hasta el día del juicio final, todo se reduce a una cuestión de amor propio” (L. Sterne, Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, trad. A. López de Letona, Madrid, Akal, 1985, p. 474). Jarek, no puedo colgar tu ensayo sobre Ashbery como me pediste porque no quiero colapsar blogger. Ya fue suficiente lo de la semana pasada. Pondré tu canción favorita para compensar la omisión. Un abrazo.

5 diletantes:

Carlos González Peón dijo...

Bonita historia. Estaría mas dispuesto a comprar una hora con Jarek que el poemario de esta muchacha. Los amigos que llaman a las cuatro de la mañana son los mejores.

Javi dijo...

¿Bonita? En este blog de vez en cuando encuetras joyas.

Antiguo Otto,

sigo visitando el blog pero me he mudado a Alemania y no tengo internet más que en el trabajo y en contadas ocasiones. No obstane ahí sigo.

Clément Cadou dijo...

¿Una hora? Te lo regalo un día entero, Carlos. Yo tengo que soportarlo... las 24 horas del día (risas). Saludos.

*
Javi (u Otto): gracias. Estoy embarcado en un trabajo titánico y de vez en cuando me desahogo con estas cosas Shandy. Suerte en Alemania. Saludos.

S. dijo...

Hay que ver qué textos más extraños provoca el taedium vitae. Jaroslaw Mischuk? Ocurrente.
¿Y pues?, ¿desolado ante el resultado de una semanita de recalentamiento efímero de la pasión política?, ¿eh?, ¿mucho asco? Vi en la tele a la cleptocracia local cantando el himno, beoda de euforia. El desierto sigue avanzando. Me voy a limpiar la culata del kalashnikov. Un abrazo.

Clément Cadou dijo...

He intentado responderte varias veces, S., pero no me deja. Sí, francamente desolado, aunque iu ha subido (algo es algo). Eso de quedarse a ver a la cleptocracia valenciana cantando el himno es directamente parafílico. abrazo.