"(...) Una noche, cenando en casa de unos familiares, me fijé en que habían decorado la habitación de su hijo –seis años– con un papel pintado que reproducía parte del universo principitesco: los corderos, el geógrafo, los baobabs, la rosa, el zorro y, por supuesto, el ninfo de la bufanda (...). Cuando conocí al niño, sin embargo, lo entendí todo: era el principito de las ilustraciones. Llevaba el pelo despeinado y un pijama con estampado poeticocósmico. Desde entonces, he tenido la oportunidad de comprobar que el mérito más espectacular del libro es haber creado reencarnaciones humanas de su protagonista"
"(...) No es un fenómeno exclusivo. Todos hemos conocido reencarnaciones de Alicia (angelicales de niñas, inestables de adolescentes, perversas de jóvenes y, en la plenitud, sobreactuadas en la manifestación del placer sexual –más para acomplejar a sus amantes que por necesidad–) y de Peter Pan (adictos a las fracturas óseas, con un irregular control de la adrenalina y una mezcla de talento para la seducción y de cobardía para la separación). Los principitos que, a lo largo de los años, creía haber conocido –cuando resultaba más fácil etiquetar que leer el libro– desarrollaban una personalidad histriónica inducida por sus padres, eran caprichosos y dispersos y tenían una vida interior tan rica que les sobraba la mitad"
"(...) Sin los prejuicios de la ignorancia y con la fatuidad más domesticada, empecé lentamente, sintiendo la arena de las dunas (y de las palabras) bajo los pies, salvando viejos y nuevos obstáculos, deslizándome por aquel cuento pueril y extrañamente simbólico. De vez en cuando subrayaba una frase, como "Lo esencial es invisible a los ojos", la más conocida y explotada por la industria de la autoayuda"
"Al terminar, me apetecía escribir, aunque, por experiencia, desconfío de esos impulsos y de los arranques de trascendencia que conllevan. Llegar al final de la historia no me había hecho sentirme ni mejor ni peor. En aquel día tan especial, sin velas, ni tarta, me pregunté qué habría sido del niño del pijama poeticocósmico, y me puse a escribir, durante toda la noche (...)"
"(...) En el momento de abrir la puerta, me sentí como si volviera de un largo viaje. Un viaje que me había confirmado que la imaginación puede ser tramposa y fascinante y que, afortunadamente, los libros no son como los trenes, y los puedes perder para recuperarlos (o no) más adelante, y que, por lo menos en el planeta en el que yo vivo, lo esencial es perfectamente visible. ¿Qué es lo esencial? la manera como las mujeres fingen no darse cuenta de que las estás mirando, el color de los taxis, la obstinación del joven que ensaya escalas en un contrabajo, la credibilidad que tienen los mayores cuando les cuentan mentiras a los niños y las botellas que, cuando se echan al contenedor, ya no están ni medio vacías ni medio llenas"
[Fragmentos de "Papiroflexia", relato incluido en La bicicleta estática (Sergi Pàmies), Barcelona, Anagrama, 2011] [Fotos de 2008] [Vídeo: Essen, 2011]





8 diletantes:
Buff, qué buenos fragmentos. Mi primera lectura nada más aterrizar en España.
Hay varios relatos muy buenos en este libro. Bienvenido a Españistán, Javi. Saludos.
Coincido, hay muy buenos relatos. Quizá de todos mi favorito o el que mejor recuerdo quizá porque me sentí muy identificado sea aquel en que el escritor habla de cómo fue su lectura de "El principito".
En general me parece un libro de relatos muy recomendable.
Además de "Papiroflexia", me gustaron "El mapa de la curiosidad", "Las canciones que le gustaban a Lenin" y "Un año de perro equivale a siete años de persona". Veo que ya no abominas de los libros de relatos.
Sí, si los abomino, pero no todos y no siempre. A veces hay que ceder. El de Pamiés me gustó, moderadamente pero me gustó. Me quedé con ganas de tener a mano alguna novela suya y al final me conformé con sus traducciones de Amelie Nothomb. Te voy a contar un secreto: tenía medio acabada (y así se va a quedar) una entrada para el blog que empezaba así:
"Cada día soporto menos los relatos. Pensé que sería al contrario, que a fuerza de insistir acabaría por cogerles el gusto pero se ve que esto no funciona así.
Con eso te lo digo todo. Pero luego me contradigo aceptando recomendaciones. Hoy, sin ir mas lejos, anoté para "pronto" uno de un tal William Saroyan titulado "Me llamo Aram" editado en 2005 por Acantilado. Lo decidí inmediatamente después de leer un fragmento. Este:
""- Inspire - dijo el señor Rickenbacker.
- ¿Cuánto tiempo? - pregunté yo.
- Tanto como pueda- dijo el señor Rickenbacker.
Empecé a inspirar. Y al cabo de cuatro minutos seguía haciéndolo. Natural-mente, el personal encargado de la revisión estaba un poco sorprendido. Convocaron una reunión urgente mientras yo seguía inspirando. Al cabo de dos minutos de acalorada discusión el personal decidió pedirme que parara de inspirar. La señorita Ogilvie les explicó que a menos que me pidieran que parara podía seguir inspirando toda la tarde.
- Es suficiente - dijo el señor Rickenbacker.
- ¿Ya? - dije yo -. Si ni siquiera he empezado.
- Ahora espire - dijo.
- ¿Cuánto tiempo? - dije yo".
Un saludo,
Rickenbacker, marca legendaria de guitarra, por cierto. Espero no ser lapidado, pero siempre he pensado que escribir un buen relato es más difícil que escribir una buena novela. Cuestión de margen. Un saludo para ti.
En seis semanitas en Españistán. Ves, Clement, por eso son buenos los ebooks. Entonces no tendría que esperar seis semanas. A mí los que no me entusiasman son los que recogen relatos de diferentes autores. Pero las antologías de relatos (v. gr. EAP), me gustan bastante. Las Collected Stories de Cheever, he pasado buenos ratos leyéndolas. Un saludo.
Nada que alegar contra los e-readers, Javi, si bien mantengo una relación casi libidinal con el libro de papel y me tira mucho para atrás la idea de leer, por ejemplo, a Cheever en una pantalla. Saludos.
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