jueves 22 de diciembre de 2011

A propósito del progreso (feliz año)




El día 12 de abril de 1996 viajaba en tren y leí en el periódico que el cadáver semidespiezado de un un toxicómano había sido encontrado en las instalaciones de la planta de reciclaje de Valdemingómez (Madrid) tras la descarga de un camión de la basura que transportaba el cuerpo en su interior. Los operarios del servicio municipal de recogida de basuras no repararon en que el tipo estaba durmiendo dentro del contenedor que volcaron en el vehículo, decía el periódico. El día 28 de noviembre de 2008 viajaba en tren –era, casualmente, el mismo trayecto que el del día 12 de abril de 1996– y leí en el periódico una noticia que me trajo a la cabeza la imagen del cuerpo del yonki encontrado en la planta de reciclaje de Valdemingómez (Madrid). Viajaba en tren el día 28 de noviembre de 2008 y leí en el periódico que un indigente había sido rescatado vivo de un camión de la basura en Elche (Alicante) cuando los operarios ya habían volcado en el vehículo el contenedor azul donde ese hombre pasaba la noche tratando de resguardarse del frío entre cartones y papeles de gramaje vario. En ambos trayectos llevaba un libro de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), pero la coincidencia libresca no puede ser atribuida al azar, sino a mi decisión deliberada de leer a Fernando Vallejo cada vez que viajo en tren, resolución que tomé el 12 de abril de 1996, precisamente el día que leí aquella noticia, que recorté y guardé en una carpeta que sólo el demonio sabe dónde está, sobre el yonki cuyo cuerpo desmembrado apareció en las instalaciones del vertedero –o, si se prefiere, la planta de reciclaje– de Valdemingómez (Madrid).
No me agrada viajar, ni siquiera en tren. Si se me apura, diría que viajar es inútil. Uno inicia la huida y finalmente acaba encontrando siempre lo mismo: seres humanos con aspiraciones o, mejor dicho, seres humanos que sólo hablan de sus aspiraciones. Amigo, hermano, no quiero saber lo que acontece en tu alma, no quiero hablar de ti, yo quiero hablar sobre el mundo, pienso cada vez que tropiezo con un conversador desconocido que, invariablemente, acaba hablando de sí mismo, ese desconocido que hace exactamente lo que yo estoy haciendo en este momento. La mística del viaje no me seduce. Nunca he entendido bien el significado de la expresión viaje de placer. Sospecho inmediatamente de las personas que se dicen aventureras y se me tuerce una sonrisa en el rostro cada vez que escucho en boca de algún amigo o conocido el sintagma turismo de aventura. Creo que no he podido terminar nunca un así llamado libro de viajes, a pesar de Chatwin. Me irrita, adicionalmente, ese lenguaje pseudofilosófico sobre el nomadismo, un discurso cada vez menos soportable, cada vez más banal. Puede que Deleuze no tenga la culpa –de hecho, no la tiene–, pero la charla neo-nómada para scuppies o para intrépidos frecuentadores del universo low cost ha llegado demasiado lejos. Si andas con la guardia baja, hoy te recitan todos los abigarrados estilemas que conforman el repertorio retórico del nomadismo filosófico hasta en la agencia de viajes de El Corte Inglés. ¿Nomadismo? Tal vez deberíamos preguntar al ocupante de una patera o un cayuco.
Decía que el 28 de noviembre de 2008 leí que un indigente había “salvado la vida”, eso escribió el redactor del periódico, en Elche (Alicante); los operarios detuvieron el dispositivo que comprime y tritura el material volcado en el camión de la basura cuando oyeron los gritos de ese hombre y lo sacaron del estómago del vehículo para que pudiera seguir gozando de su existencia nómada en la calle. Ese día extremadamente frío de noviembre llevaba encima La virgen de los sicarios, una novela muy demente de Fernando Vallejo a la que vuelvo de vez en cuando para disfrutar, así sea leyendo sólo unos pasajes, de la delirante música de su prosa violenta y febril. Me sentí intimidado en la cafetería del tren cuando una azafata me indicó muy poco educadamente que no se podía fumar. Quizás la turbación que me había provocado la lectura de la noticia sobre el indigente que salvó su vida en Elche (Alicante) me hizo olvidar completamente que en el año 2008 ya no se podía fumar en los trenes, ni siquiera en el vagón-cafetería; mi mente asoció de inmediato al indigente de Elche (Alicante) con el yonki de Valdemingómez (Madrid) y tal vez porque me angustió estar solo, seguramente porque me desasosegó ser consciente de que no podía comentar con nadie el asunto de los cuerpos y los camiones de la basura encendí un cigarro respondiendo a la sorda constancia de los instintos como si no hubieran pasado doce años, como si todavía se pudiera fumar en las cafeterías de los trenes. Me puse nervioso mientras trataba de encontrar un cenicero para apagar el cigarro y de pronto se me ocurrió la idea demente y febril de acercar mi boca al oído de esa azafata guapa y desabrida y susurrar: “¿cuándo empezó el país a volverse idiota?”, pero no lo hice. El pudor. La timidez. La inhibición. Me habría conformado con espetarle una de mis sentencias talismán (“todos conocemos Hong Kong”) pero, como si me saliera del alma, casi irreflexivamente, dije: “¿Creemos en la sorda constancia de los instintos y nos imaginamos que siempre actúan, aquí y allá, ahora como antaño? Pues el saber histórico no tiene ningún problema en fragmentarlos, en mostrar sus avatares, en señalar sus momentos de fuerza y debilidad”. A pesar de que adopté un registro elevado y solemne y de que puse cara de psicótico, la azafata no pareció impresionada por mi frase. Abrió una pequeña nevera, sacó una botella de agua, cerró la neverita con un violento portazo, me miró con una expresión de desprecio infinito, se dio la vuelta sin dirigirme la palabra y su anatomía felina y nipona se perdió por la puerta corredera del vagón-cafetería.                    
Doce años atrás, una media hora antes de leer en el periódico la noticia sobre el yonki descargado en la planta de Valdemingómez (Madrid), estaba fumando tranquilamente en el vagón´n﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ranquilamente en el vagan welfare policies"nconsistencia)orio, y hace irrelevantes todas las consecuencias beneficiosa-cafetería del tren mientras leía unas páginas de Años de indulgencia; un amigo aficionado al turismo de aventura que ya no me dirige la palabra me regaló esta novela a la vuelta de uno de sus viajes. Perdí ese libro –que fue recopilado en el año 1999 por Alfaguara en un volumen titulado El río del tiempo junto a las cuatro cuatro primeras novelas de Vallejo– en un cambio de domicilio, y apenas guardo un remoto recuerdo de su contenido. Tampoco recuerdo, por cierto, si las azafatas de los trenes eran en 1996 tan poco amables y tan atractivas como en 2008. Pienso, en cualquier caso, que a lo largo de los doce años que transcurrieron desde que leí la noticia del hallazgo del cuerpo desmembrado del toxicómano en Valdemingómez (Madrid) hasta que leí la noticia del indigente rescatado vivo de las tripas de un camión de la basura en Elche (Alicante) nuestro país avanzó por la senda imparable del progreso que Nicolas de Condorcet imaginó en aquel delirio titulado Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del género humano [1793].  

Casi no me atrevo a decirlo: feliz 2012.

6 diletantes:

Volianihil dijo...

Permíteme que hable de mi o, más bien, desde mi. Yo no creo en el Progreso como tal, mucho menos en esa línea imaginaria dibujada sobre el tiempo que llaman historia, una flecha que siempre dibujan apuntando al devenir, hacia la derecha, como un trayecto hacia algo. Ese algo siempre parece mejor, como un objetivo, como si el resto de la historia fuesen etapas hacia la tierra prometida. Hay algo de profético en los historiadores.

Creo que seguimos siendo esencialmente lo mismo y los mismos, organizados de formas distintas y con artilugios nuevos, pero la misma cosa. Y la creencia de creernos mejores o de pensar que estamos mejor que antes me parece una canallada, una forma de mentirse y engañarse que hace que, posiblemente, en realidad seamos más ignorantes que antes. Porque aun siendo lo mismo creemos -creen- ser mejores, más avanzados, en esa especie de factoria de la novedad que hemos convertido la historia. "Lo nuevo es mejor". Para un trabajador manual el progreso, si él fuese siempre el mismo puesto productivo, sería pasar de ser un herrero con su propio taller a ser un robot de la fábrica de la SEAT, o para un escritor -en el mismo supuesto de tener el mismo trabajo- pedir mecenazgo al Conde Tal fuese peor que besar la mano de la Editorial Cual. Y en caso de que todos esos trabajos, todas esas personas, hayan mejorado, la cuestión no es sustancialmente importante como para hablar de progreso. Pero, en todo caso, parece que no todos han "mejorado". Lo realmente indicativo es que hoy, igual que ayer, nos engañamos del mismo modo, nos distraemos con los mismos conceptos e importamos lo mismo que antaño.

Esto no quiere decir que rechace "los avances" en ciertas áreas y categorías concretas, del mismo modo que no me engaño con los retrocesos aparentemente imperceptibles en otros niveles. Esa constante puja entre invenciones y olvidos es lo que hace, entre otras cosas, que no avancemos y que el progreso, digo El Progreso, no sea tal.

Salud

Clément Cadou dijo...

Vaya, esa granada de mano es un poco intimidatoria. Paz, hombre, que estamos en Navidad. Más que los historiadores, quienes se constituyeron en "profetas" fueron los filósofos de la historia –o mejor, los filósofos que construyeron diferentes versiones de la filosofía de la historia–. Si hacemos caso a Löwith, el mito del progreso está directamente vinculado a los presupuestos teológicos de esas filosofías de la historia modernas, a su “futurismo” secular, que se constituyó como una suerte de mundanización de la trascendencia y de las esperanzas escatológicas, es decir, como una transferencia de los atributos teológicos al dinamismo histórico inmanente. La transformación de la providencia cristiana en progreso secular se habría producido sin alterar la metáfora del tiempo de matriz judeocristiana (linealidad, sucesividad, sentido, finalidad), contrapuesta a la temporalidad circular y reversible pagana, con el resultado de la absolutización y sacralización del mundo histórico. Es un asunto algo más complicado (y objeto de múltiples e inacabables debates), pero básicamente creo que Löwith no andaba demasiado errado (o, al menos, que tenía parte de razón).
Tampoco es que abogue por el regreso a las cavernas, pero la palabra progresismo me parece ambigua, equívoca, incluso rechazable. Me gusta esta cita de Magris (autor nada sospechoso de radicalismo) sobre el iluminismo pesimista: "quizás sea la izquierda democrática la que pueda y deba escuchar las voces que enseñan que el hombre es malvado pero al mismo tiempo hay que ayudarle con todos los recursos, aun con los más prosaicos, incluida la asistencia sanitaria y la pensión".
Saludos, Diego.

S. dijo...

Oh, el nomadismo.
Feliz año, a mí también me cuesta decirlo.
Un abrazo.

Clément Cadou dijo...

Para ti también. Por cierto, qué buenas maneras.
abrazo.

Gilles dijo...

Hola Cadou,

Aprovecho este texto al que he vuelto en varias ocasiones; texto exquisito tras cuya lectura inicial, he de reconocer, me vi sorprendido ante la ausencia de referencia a autor de enjundia, reconocido o reconocible por nadie fuera de esta pequeña ilusión que has creado, para encontrarme ante las desnudez de tu talento siempre sorprendente de tantas formas elegante e inteligente por el que de nuevo te doy la enhorabuena, maestro; para saludarte y felicitarte este nuevo año que comienza, en fin; más allá de las convenciones, decirte que ha sido una enorme alegría encontrarte y que para mí tu bitácora se cuenta como única e imprescindible.

Abrazo

Clément Cadou dijo...

Vaya, Gilles, muchas gracias por ese comentario tan benévolo. Me alegras un día de tremendo resacón.
Feliz año para ti también y suerte en 2012.
abrazo.