El día 12 de abril de 1996
viajaba en tren y leí en el periódico que el cadáver semidespiezado de un un
toxicómano había sido encontrado en las instalaciones de la planta de reciclaje
de Valdemingómez (Madrid) tras la descarga de un camión de la basura que
transportaba el cuerpo en su interior. Los operarios del servicio municipal de
recogida de basuras no repararon en que el tipo estaba durmiendo dentro del
contenedor que volcaron en el vehículo, decía el periódico. El día 28 de
noviembre de 2008 viajaba en tren –era, casualmente, el mismo trayecto que el
del día 12 de abril de 1996– y leí en el periódico una noticia que me trajo a
la cabeza la imagen del cuerpo del yonki encontrado en la planta de reciclaje
de Valdemingómez (Madrid). Viajaba en tren el día 28 de noviembre de 2008 y leí
en el periódico que un indigente había sido rescatado vivo de un camión de la
basura en Elche (Alicante) cuando los operarios ya habían volcado en el
vehículo el contenedor azul donde ese hombre pasaba la noche tratando de resguardarse
del frío entre cartones y papeles de gramaje vario. En ambos trayectos llevaba
un libro de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), pero la coincidencia libresca no
puede ser atribuida al azar, sino a mi decisión deliberada de leer a Fernando
Vallejo cada vez que viajo en tren, resolución que tomé el 12 de abril de 1996,
precisamente el día que leí aquella noticia, que recorté y guardé en una
carpeta que sólo el demonio sabe dónde está, sobre el yonki cuyo cuerpo
desmembrado apareció en las instalaciones del vertedero –o, si se prefiere, la
planta de reciclaje– de Valdemingómez (Madrid).
No me agrada viajar, ni siquiera
en tren. Si se me apura, diría que viajar es inútil. Uno inicia la huida y
finalmente acaba encontrando siempre lo mismo: seres humanos con aspiraciones
o, mejor dicho, seres humanos que sólo hablan de sus aspiraciones. Amigo,
hermano, no quiero saber lo que acontece en tu alma, no quiero hablar de ti, yo
quiero hablar sobre el mundo, pienso cada vez que tropiezo con un conversador
desconocido que, invariablemente, acaba hablando de sí mismo, ese desconocido
que hace exactamente lo que yo estoy haciendo en este momento. La mística del
viaje no me seduce. Nunca he entendido bien el significado de la expresión
viaje de placer. Sospecho inmediatamente de las personas que se dicen
aventureras y se me tuerce una sonrisa en el rostro cada vez que escucho en
boca de algún amigo o conocido el sintagma turismo de aventura. Creo que no he
podido terminar nunca un así llamado libro de viajes, a pesar de Chatwin. Me
irrita, adicionalmente, ese lenguaje pseudofilosófico sobre el nomadismo, un
discurso cada vez menos soportable, cada vez más banal. Puede que Deleuze no
tenga la culpa –de hecho, no la tiene–, pero la charla neo-nómada para scuppies o para intrépidos frecuentadores
del universo low cost ha llegado
demasiado lejos. Si andas con la guardia baja, hoy te recitan todos los
abigarrados estilemas que conforman el repertorio retórico del nomadismo
filosófico hasta en la agencia de viajes de El Corte Inglés. ¿Nomadismo? Tal
vez deberíamos preguntar al ocupante de una patera o un cayuco.
Decía que el 28 de noviembre de
2008 leí que un indigente había “salvado la vida”, eso escribió el redactor del
periódico, en Elche (Alicante); los operarios detuvieron el dispositivo que
comprime y tritura el material volcado en el camión de la basura cuando oyeron
los gritos de ese hombre y lo sacaron del estómago del vehículo para que
pudiera seguir gozando de su existencia nómada en la calle. Ese día
extremadamente frío de noviembre llevaba encima La virgen de los sicarios, una novela muy demente de Fernando
Vallejo a la que vuelvo de vez en cuando para disfrutar, así sea leyendo sólo
unos pasajes, de la delirante música de su prosa violenta y febril. Me sentí
intimidado en la cafetería del tren cuando una azafata me indicó muy poco
educadamente que no se podía fumar. Quizás la turbación que me había provocado
la lectura de la noticia sobre el indigente que salvó su vida en Elche (Alicante) me hizo olvidar completamente que en el año 2008 ya no se podía
fumar en los trenes, ni siquiera en el vagón-cafetería; mi mente asoció de
inmediato al indigente de Elche (Alicante) con el yonki de Valdemingómez
(Madrid) y tal vez porque me angustió estar solo, seguramente porque me
desasosegó ser consciente de que no podía comentar con nadie el asunto de los
cuerpos y los camiones de la basura encendí un cigarro respondiendo a la sorda
constancia de los instintos como si no hubieran pasado doce años, como si
todavía se pudiera fumar en las cafeterías de los trenes. Me puse nervioso
mientras trataba de encontrar un cenicero para apagar el cigarro y de pronto se
me ocurrió la idea demente y febril de acercar mi boca al oído de esa azafata
guapa y desabrida y susurrar: “¿cuándo empezó el país a volverse idiota?”, pero
no lo hice. El pudor. La timidez. La inhibición. Me habría conformado con
espetarle una de mis sentencias talismán (“todos conocemos Hong Kong”) pero,
como si me saliera del alma, casi irreflexivamente, dije: “¿Creemos en la sorda
constancia de los instintos y nos imaginamos que siempre actúan, aquí y allá,
ahora como antaño? Pues el saber histórico no tiene ningún problema en
fragmentarlos, en mostrar sus avatares, en señalar sus momentos de fuerza y
debilidad”. A pesar de que adopté un registro elevado y solemne y de que puse
cara de psicótico, la azafata no pareció impresionada por mi frase. Abrió una
pequeña nevera, sacó una botella de agua, cerró la neverita con un violento
portazo, me miró con una expresión de desprecio infinito, se dio la vuelta sin
dirigirme la palabra y su anatomía felina y nipona se perdió por la puerta
corredera del vagón-cafetería.
Doce años atrás, una media hora
antes de leer en el periódico la noticia sobre el yonki descargado en la planta
de Valdemingómez (Madrid), estaba fumando tranquilamente en el vagón-cafetería del tren mientras leía unas páginas de Años de indulgencia; un amigo aficionado
al turismo de aventura que ya no me dirige la palabra me regaló esta novela a
la vuelta de uno de sus viajes. Perdí ese libro –que fue recopilado en el año
1999 por Alfaguara en un volumen titulado El
río del tiempo junto a las cuatro cuatro primeras novelas de Vallejo– en un
cambio de domicilio, y apenas guardo un remoto recuerdo de su contenido.
Tampoco recuerdo, por cierto, si las azafatas de los trenes eran en 1996 tan poco amables y tan atractivas como en 2008. Pienso, en cualquier caso, que a
lo largo de los doce años que transcurrieron desde que leí la noticia del
hallazgo del cuerpo desmembrado del toxicómano en Valdemingómez (Madrid) hasta
que leí la noticia del indigente rescatado vivo de las tripas de un camión de
la basura en Elche (Alicante) nuestro país avanzó por la senda imparable del
progreso que Nicolas de Condorcet imaginó en aquel delirio titulado Bosquejo de un cuadro
histórico de los progresos del género humano [1793].
Casi no me atrevo a decirlo:
feliz 2012.

6 diletantes:
Permíteme que hable de mi o, más bien, desde mi. Yo no creo en el Progreso como tal, mucho menos en esa línea imaginaria dibujada sobre el tiempo que llaman historia, una flecha que siempre dibujan apuntando al devenir, hacia la derecha, como un trayecto hacia algo. Ese algo siempre parece mejor, como un objetivo, como si el resto de la historia fuesen etapas hacia la tierra prometida. Hay algo de profético en los historiadores.
Creo que seguimos siendo esencialmente lo mismo y los mismos, organizados de formas distintas y con artilugios nuevos, pero la misma cosa. Y la creencia de creernos mejores o de pensar que estamos mejor que antes me parece una canallada, una forma de mentirse y engañarse que hace que, posiblemente, en realidad seamos más ignorantes que antes. Porque aun siendo lo mismo creemos -creen- ser mejores, más avanzados, en esa especie de factoria de la novedad que hemos convertido la historia. "Lo nuevo es mejor". Para un trabajador manual el progreso, si él fuese siempre el mismo puesto productivo, sería pasar de ser un herrero con su propio taller a ser un robot de la fábrica de la SEAT, o para un escritor -en el mismo supuesto de tener el mismo trabajo- pedir mecenazgo al Conde Tal fuese peor que besar la mano de la Editorial Cual. Y en caso de que todos esos trabajos, todas esas personas, hayan mejorado, la cuestión no es sustancialmente importante como para hablar de progreso. Pero, en todo caso, parece que no todos han "mejorado". Lo realmente indicativo es que hoy, igual que ayer, nos engañamos del mismo modo, nos distraemos con los mismos conceptos e importamos lo mismo que antaño.
Esto no quiere decir que rechace "los avances" en ciertas áreas y categorías concretas, del mismo modo que no me engaño con los retrocesos aparentemente imperceptibles en otros niveles. Esa constante puja entre invenciones y olvidos es lo que hace, entre otras cosas, que no avancemos y que el progreso, digo El Progreso, no sea tal.
Salud
Vaya, esa granada de mano es un poco intimidatoria. Paz, hombre, que estamos en Navidad. Más que los historiadores, quienes se constituyeron en "profetas" fueron los filósofos de la historia –o mejor, los filósofos que construyeron diferentes versiones de la filosofía de la historia–. Si hacemos caso a Löwith, el mito del progreso está directamente vinculado a los presupuestos teológicos de esas filosofías de la historia modernas, a su “futurismo” secular, que se constituyó como una suerte de mundanización de la trascendencia y de las esperanzas escatológicas, es decir, como una transferencia de los atributos teológicos al dinamismo histórico inmanente. La transformación de la providencia cristiana en progreso secular se habría producido sin alterar la metáfora del tiempo de matriz judeocristiana (linealidad, sucesividad, sentido, finalidad), contrapuesta a la temporalidad circular y reversible pagana, con el resultado de la absolutización y sacralización del mundo histórico. Es un asunto algo más complicado (y objeto de múltiples e inacabables debates), pero básicamente creo que Löwith no andaba demasiado errado (o, al menos, que tenía parte de razón).
Tampoco es que abogue por el regreso a las cavernas, pero la palabra progresismo me parece ambigua, equívoca, incluso rechazable. Me gusta esta cita de Magris (autor nada sospechoso de radicalismo) sobre el iluminismo pesimista: "quizás sea la izquierda democrática la que pueda y deba escuchar las voces que enseñan que el hombre es malvado pero al mismo tiempo hay que ayudarle con todos los recursos, aun con los más prosaicos, incluida la asistencia sanitaria y la pensión".
Saludos, Diego.
Oh, el nomadismo.
Feliz año, a mí también me cuesta decirlo.
Un abrazo.
Para ti también. Por cierto, qué buenas maneras.
abrazo.
Hola Cadou,
Aprovecho este texto al que he vuelto en varias ocasiones; texto exquisito tras cuya lectura inicial, he de reconocer, me vi sorprendido ante la ausencia de referencia a autor de enjundia, reconocido o reconocible por nadie fuera de esta pequeña ilusión que has creado, para encontrarme ante las desnudez de tu talento siempre sorprendente de tantas formas elegante e inteligente por el que de nuevo te doy la enhorabuena, maestro; para saludarte y felicitarte este nuevo año que comienza, en fin; más allá de las convenciones, decirte que ha sido una enorme alegría encontrarte y que para mí tu bitácora se cuenta como única e imprescindible.
Abrazo
Vaya, Gilles, muchas gracias por ese comentario tan benévolo. Me alegras un día de tremendo resacón.
Feliz año para ti también y suerte en 2012.
abrazo.
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