viernes, 30 de diciembre de 2011

Híbridos casi posibles VI: Valente & Lloyd Cole and the Commotions



(...)


Qué fácil fuera ahora desandarse,
dejar caer el velo simplemente
sin el terror oscuro que te ata
a los núbiles senos,
qué fácil fuera acaso si no fuera
por la flor jadeante de papel amarillo
que preside la tarde, 
por el desasosiego súbito que oprime
hasta el dolor tu tímida cintura,
por la imposible confesión aciaga
de tu añeja inocencia,
por el urbano gesto
de loro aclimatado a otras regiones
con que el varón disfraza su animal procedencia,
por los pasos de alguien que se acerca,
por el timbre que suena
como un ángel guardián (te ruboriza 
sin poder evitarlo el pensamiento)
y la ocasión disuelve, mientras tú más segura
recuperas ingenio y frases hechas,
piensas que, al fin y al cabo, volverá a repetirse, 
prefabricada como es, y entonces
no dudarás en entregarte
                                            entonces–
es decir, sin que llegue
el deseo a la pasión ni la pasión a amor ni el hálito
terrible del amor
al abrasado borde de tu cuerpo. 


[José Ángel Valente, Siete representaciones, Barcelona, El Bardo (Amelia Romero editora), 1967, fragmento del poema V, p. 27]




*

 Being Vintage: Lloyd Cole and the Commotions, "Forest fire" (1985) 


["It's just a simple metaphor"]


sábado, 24 de diciembre de 2011

En torno a la concentración de poder (busque las siete diferencias)


Kim Jong-Un ("El brillante camarada")




Soraya Sáenz de Santamaría 
(Vicepresidenta del Gobierno,
Ministra de la Presidencia, Portavoz del Gobierno, 
Coordinadora del Centro Nacional de Inteligencia)

jueves, 22 de diciembre de 2011

A propósito del progreso (feliz año)




El día 12 de abril de 1996 viajaba en tren y leí en el periódico que el cadáver semidespiezado de un un toxicómano había sido encontrado en las instalaciones de la planta de reciclaje de Valdemingómez (Madrid) tras la descarga de un camión de la basura que transportaba el cuerpo en su interior. Los operarios del servicio municipal de recogida de basuras no repararon en que el tipo estaba durmiendo dentro del contenedor que volcaron en el vehículo, decía el periódico. El día 28 de noviembre de 2008 viajaba en tren –era, casualmente, el mismo trayecto que el del día 12 de abril de 1996– y leí en el periódico una noticia que me trajo a la cabeza la imagen del cuerpo del yonki encontrado en la planta de reciclaje de Valdemingómez (Madrid). Viajaba en tren el día 28 de noviembre de 2008 y leí en el periódico que un indigente había sido rescatado vivo de un camión de la basura en Elche (Alicante) cuando los operarios ya habían volcado en el vehículo el contenedor azul donde ese hombre pasaba la noche tratando de resguardarse del frío entre cartones y papeles de gramaje vario. En ambos trayectos llevaba un libro de Fernando Vallejo (Medellín, 1942), pero la coincidencia libresca no puede ser atribuida al azar, sino a mi decisión deliberada de leer a Fernando Vallejo cada vez que viajo en tren, resolución que tomé el 12 de abril de 1996, precisamente el día que leí aquella noticia, que recorté y guardé en una carpeta que sólo el demonio sabe dónde está, sobre el yonki cuyo cuerpo desmembrado apareció en las instalaciones del vertedero –o, si se prefiere, la planta de reciclaje– de Valdemingómez (Madrid).
No me agrada viajar, ni siquiera en tren. Si se me apura, diría que viajar es inútil. Uno inicia la huida y finalmente acaba encontrando siempre lo mismo: seres humanos con aspiraciones o, mejor dicho, seres humanos que sólo hablan de sus aspiraciones. Amigo, hermano, no quiero saber lo que acontece en tu alma, no quiero hablar de ti, yo quiero hablar sobre el mundo, pienso cada vez que tropiezo con un conversador desconocido que, invariablemente, acaba hablando de sí mismo, ese desconocido que hace exactamente lo que yo estoy haciendo en este momento. La mística del viaje no me seduce. Nunca he entendido bien el significado de la expresión viaje de placer. Sospecho inmediatamente de las personas que se dicen aventureras y se me tuerce una sonrisa en el rostro cada vez que escucho en boca de algún amigo o conocido el sintagma turismo de aventura. Creo que no he podido terminar nunca un así llamado libro de viajes, a pesar de Chatwin. Me irrita, adicionalmente, ese lenguaje pseudofilosófico sobre el nomadismo, un discurso cada vez menos soportable, cada vez más banal. Puede que Deleuze no tenga la culpa –de hecho, no la tiene–, pero la charla neo-nómada para scuppies o para intrépidos frecuentadores del universo low cost ha llegado demasiado lejos. Si andas con la guardia baja, hoy te recitan todos los abigarrados estilemas que conforman el repertorio retórico del nomadismo filosófico hasta en la agencia de viajes de El Corte Inglés. ¿Nomadismo? Tal vez deberíamos preguntar al ocupante de una patera o un cayuco.
Decía que el 28 de noviembre de 2008 leí que un indigente había “salvado la vida”, eso escribió el redactor del periódico, en Elche (Alicante); los operarios detuvieron el dispositivo que comprime y tritura el material volcado en el camión de la basura cuando oyeron los gritos de ese hombre y lo sacaron del estómago del vehículo para que pudiera seguir gozando de su existencia nómada en la calle. Ese día extremadamente frío de noviembre llevaba encima La virgen de los sicarios, una novela muy demente de Fernando Vallejo a la que vuelvo de vez en cuando para disfrutar, así sea leyendo sólo unos pasajes, de la delirante música de su prosa violenta y febril. Me sentí intimidado en la cafetería del tren cuando una azafata me indicó muy poco educadamente que no se podía fumar. Quizás la turbación que me había provocado la lectura de la noticia sobre el indigente que salvó su vida en Elche (Alicante) me hizo olvidar completamente que en el año 2008 ya no se podía fumar en los trenes, ni siquiera en el vagón-cafetería; mi mente asoció de inmediato al indigente de Elche (Alicante) con el yonki de Valdemingómez (Madrid) y tal vez porque me angustió estar solo, seguramente porque me desasosegó ser consciente de que no podía comentar con nadie el asunto de los cuerpos y los camiones de la basura encendí un cigarro respondiendo a la sorda constancia de los instintos como si no hubieran pasado doce años, como si todavía se pudiera fumar en las cafeterías de los trenes. Me puse nervioso mientras trataba de encontrar un cenicero para apagar el cigarro y de pronto se me ocurrió la idea demente y febril de acercar mi boca al oído de esa azafata guapa y desabrida y susurrar: “¿cuándo empezó el país a volverse idiota?”, pero no lo hice. El pudor. La timidez. La inhibición. Me habría conformado con espetarle una de mis sentencias talismán (“todos conocemos Hong Kong”) pero, como si me saliera del alma, casi irreflexivamente, dije: “¿Creemos en la sorda constancia de los instintos y nos imaginamos que siempre actúan, aquí y allá, ahora como antaño? Pues el saber histórico no tiene ningún problema en fragmentarlos, en mostrar sus avatares, en señalar sus momentos de fuerza y debilidad”. A pesar de que adopté un registro elevado y solemne y de que puse cara de psicótico, la azafata no pareció impresionada por mi frase. Abrió una pequeña nevera, sacó una botella de agua, cerró la neverita con un violento portazo, me miró con una expresión de desprecio infinito, se dio la vuelta sin dirigirme la palabra y su anatomía felina y nipona se perdió por la puerta corredera del vagón-cafetería.                    
Doce años atrás, una media hora antes de leer en el periódico la noticia sobre el yonki descargado en la planta de Valdemingómez (Madrid), estaba fumando tranquilamente en el vagón´n﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ranquilamente en el vagan welfare policies"nconsistencia)orio, y hace irrelevantes todas las consecuencias beneficiosa-cafetería del tren mientras leía unas páginas de Años de indulgencia; un amigo aficionado al turismo de aventura que ya no me dirige la palabra me regaló esta novela a la vuelta de uno de sus viajes. Perdí ese libro –que fue recopilado en el año 1999 por Alfaguara en un volumen titulado El río del tiempo junto a las cuatro cuatro primeras novelas de Vallejo– en un cambio de domicilio, y apenas guardo un remoto recuerdo de su contenido. Tampoco recuerdo, por cierto, si las azafatas de los trenes eran en 1996 tan poco amables y tan atractivas como en 2008. Pienso, en cualquier caso, que a lo largo de los doce años que transcurrieron desde que leí la noticia del hallazgo del cuerpo desmembrado del toxicómano en Valdemingómez (Madrid) hasta que leí la noticia del indigente rescatado vivo de las tripas de un camión de la basura en Elche (Alicante) nuestro país avanzó por la senda imparable del progreso que Nicolas de Condorcet imaginó en aquel delirio titulado Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del género humano [1793].  

Casi no me atrevo a decirlo: feliz 2012.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Siegfried Kracauer en la retaguardia de la vanguardia

Siegfried Kracauer






He agotado durante una conversación fugaz la dosis de pretenciosidad que, lo quiera o no, toda persona se siente impelida a derramar diariamente para saberse emplazada en el mundo. Decepción, qué decepción, ha dicho ella refiriéndose a una persona, aunque sé que señalaba implícitamente a toda la humanidad. El ser humano nunca falla: siempre decepciona, he respondido, añadiendo a continuación que sólo porque en contadas ocasiones alguien viola el imperativo de comportarse indebidamente y desobedece la ley de Murphy antropológica, sólo porque, de pronto, inopinadamente, salta la sorpresa y alguien se conduce a sí mismo irracionalmente, sólo, en fin, porque esos acontecimientos constituyen un verdadero misterio –o mejor, el gran misterio– seguimos respirando, seguimos emplazados en el mundo, resistimos, somos felices por un instante y no desenfundamos el arma. ¿Psicología de tocador?, ¿aforística de boy scout?, ¿lucidez de alcantarilla?, ¿autenticismo banal?, ¿micro-ensayística naïve?, ¿consejo self-help de la indescriptible hija televisiva del inefable Eduard Punset? s da﷽﷽﷽﷽﷽﷽alenisayística merluzavez mSiegfried Kracauer para justificar que no ero misterio, o mejor, el misterio, seguimos vivo Bien, todo esto para no decir que en este momento no se me ocurre nada que decir del gran Siegfried Kracauer (1889-1966), de quien releo Estética sin territorio, un conjunto de ensayos y artículos recopilados por Colección de  Arquilectura (Murcia, 2006) en una pulida  edición de Vicente Jarque. El libro reúne veinticuatro textos publicados por Kracauer en el Frankfurter Zeitung y en distintas revistas de literatura y filosofía durante la década de los veinte y los primeros años de los  treinta. Jarque firma una completa introducción (“Siegfried Kracauer en tierra de nadie”), de la que copio la semblanza de nuestro héroe que escribe en las primeras páginas:            

“Desde que Benjamin en su elogiosa recensión de Los empleados –una pieza típicamente inclasificable, en la encrucijada que formarían los caminos de la investigación sociológica, el reportaje periodístico y el ensayo hermenéutico–, hablase de su autor como ejemplar paradigmático del tipo de individuo “descontento” y “aguafiestas”, de Ausenseiter (outsider), voluntario habitante de los márgenes, al que veía como una suerte de “trapero madrugador” que trabajaba recogiendo desperdicios “al alba del día de la revolución”, la mayor parte de las caracterizaciones de la figura de Kracauer tiende a presentarlo tomando como punto de partida esa clase de imágenes y asociándolas a su propio concepto de extraterritorialidad, es decir, a su permanente experiencia de hallarse dirigiéndose al mundo desde una especie de tierra de nadie que, precisamente por ello, no podía tampoco ser la suya.
Ciertamente, Kracauer fue siempre un tipo raro. Ya en Ginster, novela autobiográfica escrita en 1928, se describía a sí mismo en los términos de la ginesta o retama, ese arbusto amargo de alegres flores amarillas que prolifera en los márgenes de la vía del tren o las carreteras. Joseph Roth compararía al protagonista con el inepto soldado Schweik y con Charlot: algo parecido a un paria, una figura ingenua y poco aprovechable que se ve inmersa en dimensiones y procesos históricos que se le escapan, cuando no es que le pasan por encima. Alguien que, en efecto, durante la guerra (frente a la cual abrigaría sentimientos confusos) no pudo servir para otra cosa que para la tarea poco gloriosa –pero, por otro lado, tan digna como necesaria– de “pelar patatas contra el enemigo.”
Con esa extraterritorialidad programática se vincula, sin duda, su indefinición disciplinaria, la imposibilidad de ubicarle plenamente en ningún lugar teorético ni práctico. Kracauer no quiso ser un filósofo profesional (estudió arquitectura, aunque apenas ejerció, y sólo como empleado de un estudio, durante pocos años), pero no dejó de ocuparse de la filosofía en sus aspectos más profundos (fue él quien introdujo a Adorno en Kant, en largas sesiones sabatinas en las que se dedicaban a comentar la Crítica de la razón pura). No fue un auténtico sociólogo (pese a los tempranos influjos de Simmel, cuyos seminarios berlineses frecuentó), pero sus textos quedaron impregnados de una innegable orientación sociológica. Hizo teoría, historia y crítica de cine, pero apenas desde el punto de vista que formalmente cabría esperar del verdadero especialista. Escribió dos novelas de corte más o menos autobiográfico y, por supuesto, centenares de artículos y ensayos breves, de miniatura acerca de los temas más dispares. Su último trabajo, inacabado, iba a ser una monografía sobre la historia (History: The Last Things before the Last), que, junto a la también tardía y no menos inopinada Teoría del cine. La redención de la realidad física, puede complementar la noticia de su efectiva extraterritorialidad con un vislumbre de carácter eventualmente intempestivo de algunos registros de una trayectoria que él mismo caracterizó, por cierto, como la de alguien situado “en la retaguardia de la vanguardia.”
En cualquier caso, esa condición extraterritorial es la que tal vez se ha revelado como la más idónea de cara al cumplimiento del empeño que habría de determinar las líneas principales de su itinerario. El propio Kracauer venía a definirlo retrospectivamente como el de una búsqueda en pos de “vistas” (views) que habrían de servir para “la rehabilitación de realidades objetivas y modos de ser a los que todavía no se ha dado nombre y que, por lo tanto, son pasados por alto o erróneamente juzgados”. Esta tarea de dar “nombre” a las cosas, renuente por necesidad a la prosecución del orden estricto del discurso argumental, no sólo le aproximaba a Benjamin, sino que se asentaba quizás sobre ese rasgo suyo que Adorno definió como una especie de “primado de lo óptico”, de la imagen pregnante  frente al desarrollo lógico de los conceptos.
Finalmente, en efecto, parece que su especialidad sería la que derivaba de ese empeño en el rescate de fenómenos marginales de la cultura, de manifestaciones efímeras, bien aparentes en la superficie pero, justamente por eso, apenas reconocibles sin más en cuanto que configuraciones en absoluto banales, sino portadoras de un significado profundo. En lugar de hacia la elaboración de una teoría social o filosofía plenamente desarrollada, hacia lo que se orientó en general fue hacia la práctica de una “ensayística fisiognómica” destinada a interpretar los “fenómenos de la superficie como cifras históricas” y, por ende, como instancias fundamentales de toda crítica de la cultura contemporánea (….)”     

sábado, 10 de diciembre de 2011

Lecturas de este año

El año termina con una buena noticia: a Fernando Vallejo le concedieron el premio FIL de literatura en lenguas romances; Vallejo pronunció un ácido discurso de veinte minutos largos en Guadalajara (México) que es una pieza literaria digna de ser escuchada. Ahí va una selección de lo mejor que he leído este año. Dejo a un lado las relecturas y los libros editados antes de 2010. Por otra parte, menciono únicamente libros de narrativa firmados por autores españoles y latinoamericanos para no hacer el trámite demasiado plomizo. He disfrutado leyendo la reedición de los dos primeros libros de Luis Magrinyà (Los aéreos y Belinda y el monstruo), reunidos junto a otros cuatro relatos en el volumen Cuentos de los noventa (Madrid, Caballo de Troya, 2011). Magrinyà volvió a las librerías en 2010 con Habitación doble (Barcelona, Anagrama), un libro que lo revalidó como escritor de gran estilo (en mi opinión, uno de los mejores, no sólo desde el punto de vista técnico). A Vila-Matas no le ha abandonado la inspiración; en 2011 ha publicado, entre otros, un buen texto inédito de “ficción crítica” (“Chet Baker piensa en su arte”) en un volumen homónimo editado por la colección Debolsillo de Mondadori que agrupa sus relatos escogidos, entre ellos el memorable “El hijo del columpio”. Me pareció un libro valioso y bien escrito El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel (Barcelona, Anagrama, 2011). Leí con gusto Hilos de sangre, de Gonzalo Torné (Barcelona, Mondadori, 2010), una novela ambiciosa y muy estimable, más allá de las pequeñas deficiencias de la edición. Me reí trágicamente leyendo Un momento de descanso, de Antonio Orejudo (Barcelona, Tusquets, 2011), aunque no es el mejor libro de Orejudo. Me demoré en la lectura placentera de Hotel DF, de Guillermo Fadanelli (Barcelona, Mondadori, 2011). Lo pasé bien con La bicicleta estática, de Sergi Pàmies (Barcelona, Anagrama, 2011), que tiene cuatro relatos buenos, y con Los lemmings y otros, de Fabián Casas (Barcelona, Alpha Decay, 2011). He leído con interés (e incluso, en algún momento de flaqueza, con emoción) dos libros de literatura filial escritos desde perspectivas distintas: Formas de Volver a casa, de Alejandro Zambra (Barcelona, Anagrama, 2011), y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron (Barcelona, Mondadori, 2011). Otros dos libros que tienen bastante en común y que me atrajeron: Alma, de Javier Moreno (Madrid, Lengua de Trapo, 2011), y Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky (Madrid, Caballo de Troya, 2011). Ha sido inevitable leer la novela de Tabarovsky contrastando el texto con las tesis que sostiene el autor en Literatura de izquierda (editado en España por Periférica en 2010, seis años después de su aparición en Argentina), un ensayo provocador y discutible en algunos puntos (empezando por el título) del que retuve la teorización de la “comunidad inoperante”. En el capítulo de rarezas incluyo El espíritu de cristal, de Carlos Jover (Palma de Mallorca, Sloper, 2010), una novela sorprendentemente bien escrita, y Constatación brutal del presente, de Javier Avilés (Barcelona, Libros del Silencio, 2011), esta última no tanto por su calidad literaria cuanto por la exploración de la vía Finnegan’s que propone el autor. Valeria Luiselli publicó Los ingrávidos en Sexto Piso (Madrid, 2011), un libro delicado que se lee bien. Al margen de las polémicas que ha suscitado su publicación, una novela que considero pertinente es la áspera Ejército enemigo, de Alberto Olmos (Barcelona, Mondadori, 2011). Destaco, por último, La mano invisible de Isaac Rosa (Barcelona, Seix Barral, 2011)
  
Parafraseando a Wittgenstein: de lo que no me ha gustado, mejor callo.  

martes, 6 de diciembre de 2011

Orto-poema folk



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Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de la
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de la productividad
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de la productividad y
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de la productividad y apoyando
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de la productividad y apoyando la
Es necesario eliminar las cláusulas de indexación automática de los salarios y potenciar los convenios a nivel de empresa a fin de que los salarios y las condiciones laborales puedan adaptarse a las necesidades específicas de las empresas. Estas medidas deberían ir acompañadas de reformas estructurales, particularmente en los servicios y, en los casos en que resulte apropiado, la privatización de los servicios suministrados actualmente por el sector público, facilitando con ello el crecimiento de la productividad y apoyando la competitividad

(Jean Claude Trichet, expresidente del Banco Central Europeo)

jueves, 1 de diciembre de 2011

Decisiones



De un tiempo a esta parte andaba todos los días pensando que en este país no se ha tomado una sola decisión acertada en muchos años. Hoy he sabido que le han concedido el premio Cervantes a Nicanor Parra y me veo obligado a dejar de pensar que en este país no se ha tomado una sola decisión acertada en muchos años. 
Aunque sólo haya sido una, me alegro.