sábado, 30 de diciembre de 2017

Jean Améry (para Canibaal)


Dos años después de dar a la imprenta este interpelante volumen, Jean Améry (pseudónimo de Hans Mayer, 1912-1978) levantó la mano sobre sí mismo administrándose una copiosa dosis de barbitúricos y terminó con su «yo», fulcro filosófico, el yo, que impulsó la construcción de buena parte de su producción, una obra excepcional a caballo entre el ensayo y la autobiografía. Si bien es cierto que el texto de Améry es un alegato en el que, desde diferentes perspectivas –psicológica, sociológica, entre otras–, el autor recusa la normatividad opresiva que impone vivir a toda costa, Levantar la mano sobre uno mismo no es en modo alguno una apología de la dimisión de la existencia, sino más bien una penetrante indagación sobre una doble nada. Por una parte, la nada a la que queda reducido el individuo sometido a situaciones de extrema crueldad –austriaco de nacimiento, Améry se enroló en la resistencia belga y, al igual que Primo Levi y otros muchos que no pudieron sobrevivir a la supervivencia, pasó por los campos de concentración nazis (en su caso, Auschwitz, Buchenwald y Bergen-Belsen), cuestión de la que Améry se ocupó en Más allá de la culpa y la expiación–. Por otra, una nada de trasfondo psicoanalítico asociada a su identidad «no elegida» y, como han señalado algunos comentaristas, a la nula confianza que su madre expresó en su niñez respecto a las posibilidades de que algún día su hijo llegara a ser algo. En aparente paradoja, la libertad que Améry glosa en este libro hermoso y conmovedor confiere pleno sentido a la idea de resistencia.    

Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria (Jean Améry, [1976], Valencia: Pre-textos, 2005)

[p. m. para Canibaal núm. 9]

 

jueves, 24 de agosto de 2017

Arquitectura y terror . Una reseña.




En 1979 hacía ya algunos años que Syd Barrett, alma mater de la formación original de Pink Floyd, navegaba en solitario por las tormentosas aguas de la demencia lisérgica –la banda de Cambridge le había dedicado cuatro años antes el disco Wish you were here y la canción homónima–; en aquel año thatcherita, Roger Waters concibió este monumental y ambicioso doble álbum conceptual conformado por 26 cortes que cosechó un extraordinario éxito comercial y que es ya un indiscutible punto de referencia de la cultura musical del último cuarto del siglo xx. Waters fue, en efecto, el verdadero factotum de The Wall –la participación de David Gilmour en las composiciones es casi marginal–, un relato lineal de impecable factura en el que Pink, estrella musical ficticia y alter ego de su creador, repasa uno por uno los factores de alienación que impelen a los individuos sometidos a escrutinio público –pero también al sujeto cualquiera– a imaginar una arquitectura de la contención, a edificar una barrera para protegerse del mundo, un muro existencial que al final del disco se derrumba en un desenlace equívocamente redentor. Llevado al cine por Alan Parker en 1982, The Wall es un álbum que merece ser escuchado atentamente, pero que también puede ser leído como un poema lúgubre, imponente y premonitorio.  
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[p. m. para Canibaal. Revista de arte, literatura y filosofía del colmillo. Especial «Arquitectura y terror», núm. 8, mayo de 2017]