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lunes, 19 de marzo de 2012

¿Qué se celebra?


Cada vez que se conmemora una efeméride política, se extiende un manto de olvido sobre la abyección de la historia. ¿Por qué festejar doscientos años de padecimiento y cainismo? ¿Cuál es el designio de la autocomplaciente celebración de la promulgación de la fugaz Constitución de Cádiz de 1812? Nadie en este país se acordará hoy del inicuo Fernando VII, que en 1814 sembró la semilla de la calamitosa historia constitucional española, culminada este otoño con la reforma furtiva del artículo 135 (BOE, n. 233, de 27 de septiembre de 2011)

¿Acaso el comité organizador de estos fastos no debería haber pedido asesoramiento a Vilnius Lancastre? Sea como fuere, y más allá de las justificadas simpatías que pueda despertar el texto de 1812, la así llamada “Pepa”, estoy muy de acuerdo con esta consideración de Liborio Hierro: “El constituyente y el legislador, sea cual sea el mágico poder que les atribuimos, pueden hacer mucho, casi todo, e incluso a veces decir tonterías. En España es proverbial la ingenua pasión humanista que inspiró al constituyente de 1812 que, a pesar de las protestas del diputado Villanueva, acabó por incluir en su artículo 6 la obligación de los españoles de ser justos y benéficos”. Agrega Hierro que no menos ingenuos fueron los pueblos de las colonias americanas que declararon el derecho a la felicidad. Como dijo D. G. Ritchie,

“The right, not merely of pursuing but obtaining happiness, which is named as one of the natural rights in most of American State Constitutions, may seem, in this world of ours, to be a very large order in the bank of provicence”

es decir,

“El derecho no sólo de buscar la felicidad sino de obtener la felicidad, que es mencionado como uno de los derechos naturales del hombre en la mayoría de las constituciones de los Estados Unidos de América, puede parecer, en este mundo nuestro, un cheque demasiado elevado en el banco de la providencia”

¿Dónde estabas, Vilnius, con tu Aire de Dylan?