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jueves, 23 de marzo de 2017
miércoles, 16 de septiembre de 2015
Estilo rico, estilo pobre, de Luis Magrinyà
Dejando
a un lado las definiciones meramente ostensivas, nadie –ni siquiera Herbert
Spencer (sí, el padre del darwinismo social), que allá por 1852 publicó un
artículo, «The philosophy of style», todavía leído en algunos campus
universitarios– ha sabido definir con cierto grado de precisión qué cosa es el
estilo. ¿Qué hacer?, con perdón de la expresión: tal vez lo único que podemos
hacer con el estilo literario es analizarlo
con cuidado y, si es posible, con distancia y sentido del humor. Después de
la aparición de Habitación doble en
2010, Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ha cumplido con disciplina postsoviética
su plan quinquenal de publicación, aunque este año no ha dado a la imprenta un
agregado de nouvelles o una novela,
sino una recopilación ordenada de los artículos que escribió entre 2012 y 2014
en su sección l&l («Lengua y
literatura») de
los periódicos El Diario y El País.
Puede parecer una boutade citar a
Rimbaud en la reseña del último libro del autor de Intrusos y huéspedes, pero cuando leí un pasaje de la introducción
de Magrinyà –precedida de un jovial prólogo de José Antonio Pascual– recordé inmediatamente
aquella frase del poeta eternamente niño según la cual el estilo es «una forma
de abandono, una renuncia». «El estilo –escribe Magrinyà– consiste precisamente
en la identificación de lo prescindible» (p. 30). Es verdad que esta aserción hace
referencia únicamente a la pobreza estilística, uno de los cuatro núcleos
temáticos (¿es lícito utilizar esta locución?) en que está dividido el libro. Me
parece, sin embargo, que el enunciado –suprímase el adverbio y leeremos un buen
aforismo– expresa una de las ideas rectoras de un volumen del que, si algo
interesa, es fundamentalmente su pars
destruens. Magrinyà –que, aunque trabajó nueve años en la rae como lexicógrafo, guarda una
prudente distancia respecto a las pulsiones normativas de la venerable
institución– no se arroga
competencias prescriptivas, rechaza explícitamente que su libro pueda ser
colocado en la balda de la
«investigación científica» –si bien su quisquilloso rastreo por los corpus corde y crea es
algo más que un divertissement gramatical
y, concretamente, léxico– y declara que Estilo
rico, estilo pobre es, ante todo, el resultado de su experiencia como
editor, ese lector de miles de páginas que, más pronto que tarde, acaba
preguntándose qué hacemos con la lengua con tal de expresarnos y escribir bien,
con tal de «encontrar estilo». A pesar de que no es la única, la principal
herramienta analítica a la que recurre el escritor y editor para identificar
estropicios estilísticos y destripar algún que otro curioso fenómeno gramatical
es la denominada «sintaxis léxica» (pp. 21, 211, 215 y 237, entre otras) o colocación, es decir, la relación que
establecen las palabras concretas al combinarse (o no) con otras palabras
concretas.
Si en la primera parte, «Estilo rico» –título obviamente irónico–,
en la que destacan por su minuciosidad y por la selección de algunos ejemplos
hilarantes los tres textos dedicados a los verbos declarativos (pp. 47-67),
Magrinyà carga irónica pero implacablemente contra esos aspirantes a estilistas
(o esos estilistas ya irrecuperables) que, dominados por la búsqueda del «buen
estilo», por el afán de acceder a un registro elevado, por la aspiración a ser
«matizados», intensos, precisos y exactos (p. 106) o, simplemente, por la
«ansiedad expresiva» (p. 53) ignoran las construcciones fijas, se empecinan en
eludir los verbos funcionales, asumen casi religiosamente la consigna de no
repetir, creen que la sinonimia –y no el siempre saludable vacío– es la gran panacea
y exhiben sin rebozo su irritante aversión a la simplicidad, en la segunda
parte («Estilo pobre»), de la que personalmente recomendaría la lectura atenta
de los textos sobre la hiperonimia (pp. 163-183), los mordaces dardos del autor
apuntan en sentido contrario: lo que aquí desnuda Magrinyà es la molicie
expresiva, la pereza inercial, el desconocimiento de la lengua, los
automatismos, los calcos del inglés inconscientes (es decir, la ignorancia) o
deliberados (es decir, la presunción), el regodeo en lo superfluo, la
alteración de locuciones asentadas (o «naturales») y, en fin, la falta de
memoria, diligencia y atención (p. 177). En su último tramo, el libro recoge
dos textos desenfadados (y muy divertidos) que tratan, respectivamente, de la
tantas veces fallida pretensión de naturalidad léxica y del interesante
fenómeno de la neutralización. Antes, en la tercera parte, a mi juicio la más
«científica», Magrinyà se ocupa de analizar algunas cuestiones que normalmente
no son objeto de atención en los estudios de los savants y muestra con rigor y mucha gracia que las preposiciones
–normalmente incluidas en la categoría de las denominadas stop words, es decir, en esa clase de palabras que tienen un
significado solo gramatical y no referencial– juegan un rol morfológico y
semántico no menor (cf. pp. 209-210)
cuando caen en manos de autores estilistas y/o abúlicos.
Cabe plantear si la
permanente apelación a la naturalidad, la neutralidad y las formas fijas que
hace el puntilloso Magrinyà encubre una suerte de tendencia «lexicida» o, peor
aún, una preferencia inconsciente por el denominado plain style. No creo que Magrinyà tenga ningún ánimo censor o
inquisitorial. A fin de cuentas, su último libro no trata, en realidad, de la
corrección en sentido estricto, sino más bien de las consecuencias tanto de las altas pretensiones como de las
negligencias estilísticas. Y la tesis, si es que hay una sola tesis, es que
podemos «explorar la variedad sin perder naturalidad» (p. 180) y, sobre todo,
que, en último término, el estilo es una cuestión que depende de las elecciones que hacemos al expresarnos (cf. pp. 179, 216 y 231, entre otras). Algún escritor damnificado
por la perspicacia de Magrinyà –tomando en préstamo un par de expresiones que Constantino
Bértolo escribió en el prólogo a la reedición de Cuentos de los noventa (2011), podría decirse que las observaciones del escritor mallorquín se mueven
entre el «respetuoso desapego» y la «compasión burlona»– ha protestado en
público en defensa de sus elecciones estilísticas. Bien, digamos aquí que el
propio Magrinyà se castiga a sí mismo en cinco ocasiones con ejemplos tomados
de su propia obra narrativa. Esto no solo revela una actitud necesaria en un
país caracterizado por la hostilidad beoda y cerril a cualquier forma de
autocrítica. Constituye también un signo de honestidad intelectual, virtud de
la que tampoco andamos sobrados.
Luis Magrinyà, Estilo rico, estilo pobre (prólogo de José Antonio Pascual), Madrid: Debate, 2015.
[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, núm. 99, otoño 2015]
miércoles, 2 de julio de 2014
No lo hagas
No mires a los ojos de la gente: no siempre mienten, pero...
No nazcas: es un imposible ontológico, pero se habría ahorrado mucho sufrimiento.
No te mueras: es un imposible ontológico, pero no te mueras.
No vuelvas a escribir una palabra: el mundo te lo agradecerá.
No pienses en el futuro: da miedo.
No pienses en el pasado: la nostalgia es una pasión inútil, dañina.
No pongas cara de ser un ser interesante: no lo eres
No vuelvas a decir una palabra:
¿qué puede esperarse de una ministra de empleo que jamás ha trabajado?
No pienses mal: solo es una escoba.
No dejes de cumplir el plan quinquenal: no te perdonaríamos una defección.
*
Se dice que esta canción está dedicada a una droga.
Bueno, elijamos o inventemos una exégesis menos aparatosa y/o tremebunda
y volvamos a la primera foto de esta serie... tan irregular y arbitraria.
Guitarra y voz: David Valls
sábado, 19 de mayo de 2012
Homilía + tostón = texto letal (no precisamente en la acepción asumible del término)
*
El sitio web Conocer al autor se animó a formular la siguiente cuestión a un nutrido grupo de escritores: ¿Desaparecerá en este siglo el escritor tal y como lo conocemos? En chez Cadou amamos la inteligencia y el sentido del umore. Transcribimos, por ser la más avecinada a las dos virtudes acabadas de señalar, la que a nuestro modo de ver fue la mejor respuesta. Con diferencia. Ahí va:
“Pues yo no sé si desaparecerá
y, sobre todo, no sé qué le puede reemplazar, pero creo que sería deseable que
desapareciera. Mmm… el escritor… yo creo que cada día se parece más a un
político… mmm… es una persona que, en general, quiere influir; se enfada si no
influye… y… su comportamiento como…mmm como voz, mmm, como voz … de… pues… de
la tradición, o de la sociedad o del pueblo, o…, sus pretensiones
representativas…, eh…bueno, esto es una herencia de la tradición burguesa y
creo que, francamente, actualmente lo convierte en un pesado. A mí me gustaría
que este modelo de escritor desapareciera.”
(Luis Magrinyà, escritor aéreo; el vídeo puede encontrarse aquí)
Nota bene: naturalmente, Magrinyà
no hace referencia en su respuesta a ningún autor en particular.
sábado, 9 de abril de 2011
Música de culto (el Premio de la Crítica)
Todo estaba preparado aquí para celebrar la concesión del Premio de la Crítica 2010 a Luis Magrinyà por Habitación doble, uno de los mejores libros publicados el año pasado en España –aquí y aquí, algunos comentarios y glosas–, pero ha sido Ricardo Piglia (Blanco Nocturno) el que ha obtenido el favor de los críticos de este país.
El texto del post, al muladar. El ánimo, bajo.
¿Qué hacer? –con perdón de la expresión–.
¿Seguir leyendo el ensayo de Terry Eagleton cabeceando en una página y sonriendo piadosamente en la siguiente?
¿Soportar el inadjetivable tedio que me provoca la lectura de las ponencias del debate bizantino en torno a Robert Alexy –pulcramente editado, algo es algo–?
¿Ver una película deliciosamente decadente y trash de Liz Taylor y Richard Burton?
¿Empezar El Hacedor (de Borges) Remake ("Los rumores de la plaza quedan atrás y entro en la Biblioteca. De una manera casi física siento la gravitación de los libros, el ámbito sereno de un orden, el tiempo disecado y conservado mágicamente. A la izquierda y a la derecha, absortos en su lúcido sueño, se perfilan los rostros momentáneos...") para constatar, una vez más, que un cúmulo de malentendidos sobrevuela la producción del poeta Fernández Mallo?
¿Retomar la lectura del inédito del últimamente muy arisco Vila-Matas?
"Mi lectura oracular de este fragmento dice sencillamente que me espera esta noche –que es metáfora de toda mi vida– un riverrun de insomnio, un trayecto que irá desde el viraje de la rivera hasta el recodo de la bahía, en travesía semejante a la de aquel viaje iniciático que hice en mi primera visita a Dublín (...)"
(E. V-M., "Chet Baker piensa en su arte (Ficción crítica)", en Chet Baker piensa en su arte. Relatos selectos, Barcelona, Debolsillo, 2011, pp. 267-268)
¿No hacer nada, o, mejor dicho, hacer nada?
¿O poner la canción inicialmente prevista para celebrar la concesión del premio de la crítica a Magrinyà sólo porque nos gusta mucho el marchón soulero del coro de panteras grises?
lunes, 3 de enero de 2011
Lo no previsible
Se puede recurrir a dos tópicos para tratar de sintetizar en un par de trazos la tonalidad general de Habitación doble, volumen compuesto por cuatro relatos largos seccionados por la mitad –para ser exactos, por siete tramas y un ensayo– con el que Luis Magrinyà ha regresado a las librerías cinco años después de la publicación de Intrusos y huéspedes. De un lado, el viejo lugar común tolstoiano de acuerdo con el cual todas las familias felices se parecen y cada familia desdichada lo es a su manera –cabría preguntar si hay alguna familia realmente feliz–; de otro, la conocida palinodia de Barthes sobre su autobiografía, o más bien su lamento a posteriori de la elección de la tercera persona y su confesión de que era el yo, la primera persona, el que habría querido hablar en Roland Barthes, par lui même.
En Habitación doble Magrinyà incursiona en un territorio de encuentros, interacciones, desencuentros, afinidades –consanguíneas o no– y reencuentros en el que los vínculos familiares tienen un peso preponderante, aunque no exclusivo, y opera a la manera de un notario versátil capaz de meterse en la piel del sujeto que en cada pieza del libro levanta acta de la peculiar manera en que el hablante y quienes lo rodean están afincados en la contingencia, el absurdo, el desasosiego, la ansiedad, el entusiasmo fugaz o el limbo. Al margen del propio Magrinyà sin careta, que en el ensayo que cierra el libro reflexiona lúcidamente sobre el temor a la pérdida del hijo distanciándose de la hoy hegemónica cultura terapéutica, los yoes que hablan en Habitación doble dejando fluir de forma casi documental lo que hay o ha habido en ellos –como diría Barthes– y los avatares que viven o relatan son, ciertamente, muy poco épicos literariamente hablando: una madura editora humberthumbertiana liada con un músico veinteañero y la madre de éste que intercambian los azoramientos de la siempre penúltima oportunidad (“Diez minutos después”); un instalador eléctrico con ambiciones artísticas que rememora un casposo crucero de empresa familiar y un periodista que retoma una antigua relación en Ámsterdam, ciudad a la que ha viajado para realizar un tedioso reportaje (“Luxor”); la hija de un matrimonio de médicos que narra una cena de médicos bastante ruines salpicada por una anécdota delirante y un dealer que acude al rescate emocional de un viejo amigo médico despedido del trabajo, deprimido y tratado con venlafaxina (“Una modestia algo infame”); y, en fin, un becario ya mayor que conversa con los hijos de la propietaria de un Sisley en un trayecto en coche por una carretera francesa (“Paisaje invernal”).
Magrinyà sale muy bien librado de su apuesta por lo anodino y lo insignificante –o tal vez mejor, lo no previsible, es decir, lo que no demanda la industria editorial– por varias razones. Entre ellas, la altura de su prosa, rayana a veces en la hipotaxis, la puntería léxica, la afilada e irónica inteligencia y el humor frío presentes en la mayoría de los textos, la pericia en las escenas corales y la sutileza a la hora de plasmar el sistema de señales sociológicas, lingüísticas y estéticas y el habitus de los estratos sociales retratados en el libro. La principal singularidad de Habitación doble reside en la aparente desconexión absoluta de las dos partes de que constan los relatos, apenas engranadas por tenues marcas –un tipo vestido de smoking en “Luxor”, una médico trepa en “Una modestia algo infame”– que retrotraen la atención del lector a lo previamente leído y propician una lectura atípicamente sincrónica y pictórica del libro. Magrinyà ha armado un interesantísimo agregado de retratos y autorretratos que, más allá de su inflexión testimonial, nada tienen que ver con el confesionalismo melodramático asociado a la llamada literatura de la miseria –la mis lit– y que, por el contrario, conforman un exquisito palimpsesto de una realidad desquiciada, precaria, neurótica, volátil, efímera y fatalmente vacua.
[p.m. Reseña publicada en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 80, enero-marzo 2011]
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