viernes, 5 de abril de 2013

Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. Antología 1980-2012


La editorial Trea publica en mayo Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. Antología 1980-2012. Los autores antologados:               

Carlos Castilla del Pino (San Roque, Cádiz 1922–Castro del Río, Córdoba, 2009). Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922–2012). Carlos Edmundo de Ory (Cádiz,  1923–2010). Ángel Crespo (Alcolea de Calatrava, 1926–Ciudad Real, 1995). Vicente Núñez (Aguilar de la Frontera, 1926–Córdoba 2002). Antonio Fernández Molina (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1927–Zaragoza, 2005). Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927). Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929). Rafael Pérez Estrada (Málaga, 1934–2000). Carlos Pujol (Barcelona, 1936–2012). Guillermo Puerto (Mallorca, 2011). Eugenio Trías (Barcelona, 1942). Andrés Ortiz-Osés (Tardienta, Huesca, 1943). Ángel Guinda (Zaragoza, 1948). Rafael Argullol (Barcelona, 1949). Ricardo Martínez-Conde (Aldariz, Pontevedra, 1949). Manuel Neila (Hervás, Cáceres, 1950). Álvaro Salvador (Granada, 1950). Enrique Baltanás (Sevilla, 1952). Ramón Éder (Lumbier, Navarra, 1952). Ángel de Frutos Salvador (Torrelagindo, Burgos, 1952). Fernando Menéndez (Mieres, 1952). Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1952). Luis Valdesueiro (Peguerinos, Ávila, 1953). José Luis Gallero (Barcelona, 1954). Ramón Andrés (Pamplona, 1955). Rafael Martín (Madrid, 1955). Miguel Ángel Arcas (Granada, 1956). José Luis Morantes (El Bohodón, Ávila, 1956). Luis Felipe Comendador (Béjar, Salamanca, 1957). Miguel Catalán (Valencia, 1958). Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959). José Luis Argüelles (Mieres, 1960). Carlos Marzal (Valencia, 1961). Roger Wolfe (Westerham, Kent, 1962). José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963). Mario Pérez Antolín (Backnang, Alemania, 1964). Jordi Doce (Gijón, 1967). Pablo Miravet (Palma de Mallorca, 1967). Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, Navarra, 1968). Javier Almuzara (Oviedo, 1969). Rafael Gonzalo Verdugo (Madrid, 1969). Juan Varo Zafra (Granada, 1969). Camilo de Ory (Segovia, 1970). Carmen Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976). Fran Molinero (Oviedo, 1977). Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). Erika Martínez (Jaén, 1979). Carlos R. Pavón (Madrid, 1980). Barón de Hakeldama [José Gustavo Bernal Vidal]

Me alegra compartir lomo con Rafael Sánchez Ferlosio, y me divierte la compañía de Camilo de Ory. No quiero aguarme a mí mismo la fiesta recordando la consideración fría y suficiente de Patricio Pron sobre la aforística: “un género embarazoso y siempre a punto de precipitarse en el ridículo” (El boomerang, 27/4/2011, sobre Los extremos, de Ramón Andrés, Barcelona, Lumen, 2011: por cierto, Pron elogia el libro de Andrés). Pienso, para consolarme, en la más compasiva y, a fin de cuentas, más humana y menos rara opinión de Alberto Olmos: “Los perezosos, junto a los enanos, son la gran pérdida de la literatura” (Lector Malherido, 16/4/2011).

Gracias a Álvaro Díaz Huici, de la editorial Trea (Gijón), por su amabilidad, y gracias también a José Ramón González, de la Universidad de Valladolid, por su trabajo. Ahí va el (demasiado) amable texto de González sobre mí (en cursiva van los pasajes que escribí en la presentación de Fragmentos tibios). Ahorro al lector los 45 fragmentos tibios que, acaso con excesiva generosidad, el compilador ha incluido en la antología:

"Ha publicado un interesante volumen, Fragmentos tibios (2002), en el que recoge excelentes textos breves que se aproximan al aforismo y a la máxima, pero también, y como el mismo autor lo indica en la nota de presentación, “fragmentos más extensos, provenientes de escritos y ensayos interrumpidos” (14). La elección del término “fragmento” no es casual y le permite eludir otras denominaciones alternativas, evitando así posibles debates terminológicos: “Se trata de un vocablo genérico cuya ductilidad exonera al autor de entrar en disquisiciones ontológicas, inevitablemente metadiscursivas, en torno a la naturaleza de lo vertido (¿aforismos, carnets, sentencias, apuntes, máximas, paradojas, boutades, nótulas, pecios, humoradas...?). No considero baldía la ambición de discriminar la esencia de cada uno de los microgéneros que conforman el gran género de lo conciso. Consciente, sin embargo, de que mi intento fracasaría, renuncio a tratar de encuadrar estos fragmentos de condición impura e irregular en uno de estos rótulos” (9). Esta aparente renuncia a la teorización no le impide, sin embargo, incluir en su nota sagaces observaciones sobre las formas breves. Así, por ejemplo, cuando distingue dos tipos de fragmentos, que se identifican latamente con la máxima y el aforismo: “Hay, en todo caso, una fructífera distinción (estipulada por Gross con el fin de diferenciar la máxima del aforismo) entre los fragmentos que apuntalan un pensamiento establecido y aquellos que lo subvierten. Tal y como yo lo veo, en el primer caso, el escritor condensa en un enunciado lo ya sabido y hablado, tornando gratuitos, en un movimiento de cruel elegancia, miles y miles de días de charla inmemorial, toneladas de papel escrito, cientos de horas de prédica densa y de salmodia quizás insufrible. En el segundo, dice lo inhablado. Dice lo inhablado, pero no lo impensado. No es subversivo porque esclarezca lo no pensado o porque arroje luz sobre determinados sobreentendidos naturalizados que deforman nuestra comprensión del mundo (proverbial pretensión del filósofo-sacerdote). Es subversivo porque, igual que el idiota inconscientemente provocador, dice, habla, escribe lo que ya todos saben y es preciso enunciar” (10). O cuando subraya la naturaleza autónoma del fragmento y su carácter de pieza acabada: “El universo de lo breve tiene rasgos que lo dotan de una idiosincrasia ambivalente. Es cierto, de un lado, que la vocación del fragmento (del aforismo, de la máxima, etc…) es la de bastarse a sí mismo. Ejercicio de exactitud y de contención, el fragmento ambiciona completitud autosuficiente, es una pieza autónoma que, una vez acabada, no permite adiciones ni sustracciones: no tolera otra cosa que el silencio en torno a sí. En apariencia, un blindaje invisible lo rodea, lacrada ya en el texto la hipotética satisfacción del autor por haber cumplido el fragmento, por haberlo consumado” (10-11). También cuando pone de manifiesto el enorme esfuerzo que implica lo breve: “He aquí el otro lado de lo breve: un brutal despliegue de medios conduce a un texto de dimensiones ridículas. El fragmento es pura dilapidación de energía, derroche improductivo por antonomasia, pródigo abandono de todo lo que hasta el instante de la escritura ha sido imprescindible para su aparición. Ejercicio de generosidad, de renuncia a explayarse y a mortificar al lector, la dignidad de lo minúsculo reposa en la arriesgada y tantas veces fallida elección de lo que es estrictamente necesario para su viabilidad orgánica, dilemática selección de la biología sumaria que habrá de procurarle una vida larga o lo convertirá en un aborto desde el principio” (11). O, finalmente, cuando destaca la naturaleza abierta del fragmento que renace en cada nueva lectura: “Producto de la pereza, la impotencia, la desesperación o la altivez del escritor, el fragmento no podrá evitar que el lector termine asignándole el estatus de opera aperta. Justamente porque el fragmento incita a indagar en ese ‘resto’ que no aparece en él, acaso sea lícito afirmar, a riesgo de incurrir en textualismo passé, que el territorio de lo precario es un campo fértil para la eterna especulación sobre el dudoso rol del escritor: cada lectura de un mismo fragmento produce un significado diverso, porque el autor y su ansia de autosuficiencia quedan disipados, desleídos, suplantados por cada lector-autor que visita su producción e inventa un nuevo sentido”. (12)"

[Pablo Miravet, Fragmentos tibios, Palma de Mallorca, Sloper, 2002]


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miércoles, 3 de abril de 2013

Cinco tesis sobre el 'escrache'





























































“Hoy nadie se está quieto, estarse quieto hoy parece que casi es pecado. Si te paras un momento te preguntan que qué te pasa, si te has puesto enfermo. Es decir, vivimos inmersos en una vorágine de locura e hiperactividad. Es decir, ya no son los niños, los clásicos niños hiperactivos, los únicos que tienen el problema. Es que todo el mundo se ha vuelto hiperactivo. Los adultos, ahora, parecen, precisamente, niños patológicamente hiperactivos, con teléfonos móviles en ristre, rodeados de BlackBerrys, de portátiles, de todo tipo de dispositivos tecnológicos muchas veces siniestros y embarcados en una carrera hacia adelante que probablemente nos lleve a estamparnos contra un muro de cemento negro y que no nos va a llevar a ningún sitio. Pero bueno, en eso estamos, es el río, es la máquina del mundo que nos lleva. Entonces yo creo que, hoy más que nunca, es necesario sentarse y pensar, sentarse y no hacer nada. O dicho de otro modo, hacer nada (…)”

Roger Wolfe (en una entrevista radiofónica). 

PARÁFRASIS: 

“Hoy nadie se está callado, estarse callado hoy parece que casi es pecado. Si te callas un momento te preguntan que qué te pasa, si te has puesto enfermo. Es decir, vivimos inmersos en una vorágine de locura e hiperlocuacidad. Es decir, ya no son los niños, los clásicos niños hiperlocuaces, los únicos que tienen el problema. Es que todo el mundo se ha vuelto hiperlocuaz. Los adultos, ahora, parecen, precisamente, niños patológicamente hiperlocuaces, con teléfonos móviles en ristre, rodeados de BlackBerrys, de portátiles, de todo tipo de dispositivos tecnológicos muchas veces siniestros y embarcados en una carrera hacia adelante que probablemente nos lleve a estamparnos contra un muro de cemento negro y que no nos va a llevar a ningún sitio. Pero bueno, en eso estamos, es el río, es la máquina del mundo que nos lleva. Entonces yo creo que, hoy más que nunca, es necesario sentarse y callar, sentarse y no decir nada. O dicho de otro modo, decir nada (…)

lunes, 1 de abril de 2013

De nuevo sobre esos misteriosos impulsos (una cita de '2020')


Fotografía de Alec Soth


“(…) Volvía a estar equivocado. Alma iba a ser mi último libro, un libro que mostraría precisamente la futilidad del esfuerzo literario, un canto de cisne de la literatura; de mi literatura, se entiende. Tengo el triste honor de haber sido uno de los últimos de mi estirpe, de aquellos escritores que escribían y publicaban cuando todo el mundo quería ser escritor y, por tanto, nadie leía. Pero las circunstancias cambian. Pasaron cosas, ya dije. Y el sinsentido empezó a enhebrar de nuevo sujetos y predicados, quizás como un mecanismo de compensación y resistencia a la extensión de sus dominios, o tal vez me usaba (el sinsentido) como una herramienta, como un cosmético con el que acrecentar su vanidad y su repugnante coquetería.
Algunos dejaron de hacerlo, de escribir. Vila-Matas, por ejemplo. Y lo hizo a lo grande, como solo pueden dejar de escribir los maestros, y no hablo de acabar colgado de la viga del techo o mordiendo el cañón de una recortada. Hablo de un final literario para lo literario, hablo de dos ondas afines que resuenan hasta hacer caer el edificio de la literatura. El mundo ha dejado de merecer a la literatura, dicen que fueron sus últimas palabras antes de atravesar la puerta de un sanatorio suizo, como hicieron en su momento Walser y Kafka, dos de sus maestros reconocidos. Encerrado en su habitación, ante un paisaje de montañas cubiertas de nieve, se dedicó a la corrección de estilo de manuales de instrucciones de muebles y accesorios de Ikea. Vila-Matas encontró al final de sus días la gran iluminación, convencido de que la literatura jamás podría competir con el equilibrio y la pureza de las instrucciones de montaje de una mesa o de una estantería sueca. Fue su manera de desaparecer, a través de un trabajo que le concedía la bendición del anonimato y un público potencialmente infinito. Ni Houellebecq ni Larsson podían haber soñado con algo semejante. Vila-Matas pretendía insistir en los vacíos. Su idea básica era que el mueble no consistía sino en una compartimentación de vacíos (vacíos que el cliente aniquilaba colmándolos con sus pertenencias), que todo montaje implicaba una coreografía de gestos que acercaba al bricomaníaco al adepto de un milenario arte marcial. Montar un mueble de Ikea debía convertirse en la experiencia similar al Tai Chi, un karma yoga que permitía por medio de una serie de movimientos disciplinados traer un objeto al mundo, un ente material y concreto, algo al fin útil. La literatura era contingente, solo el mobiliario era necesario. Los libros servían para llenar esos vacíos que estructuraban los estantes. Su último proyecto en vida consistió en proponer a la marca sueca un modelo de estantería de dos por dos metros sin una sola balda. La llamó estantería literaria pues, según él, compartía con la literatura dos de sus rasgos esenciales: el vacío y una perfecta inutilidad”

Javier Moreno, 2020, Madrid, Lengua de Trapo, 2013, pp. 182-183. 

miércoles, 27 de marzo de 2013

Habla, memoria



“ (…) Hablan ustedes de Europa, pero la diferencia estriba en que la conciben como una propiedad, en tanto que nosotros nos sentimos dependientes de ella. No empezaron a hablar así de Europa hasta el día en que perdieron África. Esa clase de amor no es la buena. Esta tierra en la que tantos siglos han dejado sus ejemplos no es para ustedes sino un retiro forzado, mientras que ha supuesto siempre para nosotros nuestra mejor esperanza. Tan súbita pasión es producto del despecho y de la necesidad. Es un sentimiento que no honra a nadie y entenderá entonces por qué no ha querido compartirlo ningún europeo digno de tal nombre.

Cuando dicen ustedes Europa, piensan: «Tierra de soldados, granero de trigo, industrias domesticadas, inteligencia dirigida». ¿Voy demasiado lejos? Pero sí sé que cuando dicen Europa, aun en sus mejores momentos, cuando se dejan llevar por sus propias mentiras, no pueden por menos de pensar en una cohorte de dóciles naciones dirigidas por una Alemania de señores, hacia un futuro fabuloso y ensangrentado. Me gustaría que captase usted bien esa diferencia. Europa es para ustedes ese espacio rodeado de mares y montañas, perforado de minas, cubierto de mieses, donde Alemania juega una partida en la que lo que está en juego es su destino. En cambio, para nosotros es esa tierra del espíritu en la que desde hace veinte siglos prosigue la más asombrosa aventura del espíritu humano. Es ese privilegiado palenque donde la lucha del hombre de Occidente contra el mundo, contra los dioses, contra sí mismo, alcanza hoy su momento más desquiciado. Ya ve usted que no existe un rasero común.

(…)

Haga memoria: me dijo usted un día en que se burlaba de mis indignaciones: «Don Quijote nada puede si Fausto quiere vencerle». Le dije entonces que ni Fausto ni Don Quijote estaban hechos para vencerse el uno al otro, y que el arte no se había inventado para traer el mal al mundo. Por aquel entonces, le gustaban a usted las imágenes un poco recargadas y continuó con su argumentación. A su entender, había que elegir entre Hamlet y Sigfrido. En aquella época, yo no quería elegir y sobre todo me parecía que Occidente no podía situarse sino en ese equilibrio entre la fuerza y el conocimiento. Pero a usted le traía sin cuidado el conocimiento, sólo hablaba de poder. Hoy me entiendo mejor y sé que ni el propio Fausto les servirá de nada. Porque, en efecto, hemos admitido la idea de que, en determinados casos resulta necesaria la elección. Pero nuestra elección no tendría más importancia que la suya si no la hubiéramos hecho con la conciencia de que era inhumana y de que las grandezas espirituales no podían separarse. Nosotros sabremos reunirlas después, cosa que ustedes nunca han sabido. Como ve, la idea es siempre la misma, hemos remontado grandes peligros. Pero la hemos pagado lo bastante cara como para poder aferramos a ella. Ello me impulsa a afirmar que su Europa no es la buena. No tiene nada capaz de reunir o de enaltecer. La nuestra es una aventura común, en la que seguiremos trabajando, a pesar de ustedes, por la vía de la inteligencia (…)”


[Albert Camus, Lettres á un ami allemand, Paris, Gallimard, 1945 (1948), troisième lettre]