sábado, 5 de julio de 2014

Ya era hora

Toñi Moreno, detestable doppelgänger cutre de la detestable Oprah Winfrey

Últimamente hemos visto con demasiada frecuencia el espectáculo poco edificante de  ciertos fiscales que ignoran abiertamente su función constitucional, que no es otra que «promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público [nota bene: el interés público no es el interés del público] tutelado por la ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los tribunales y procurar ante ellos la satisfacción del interés social». Copio y pego el texto de una noticia que me devuelve por un día la fe en el ministerio público. Fuente: diario El País. Redactor: Ramón Muñoz.

La fiscalía denuncia a ‘Entre todos’ por usar a un menor discapacitado 
El Ministerio Fiscal ha presentado una demanda en un juzgado de primera instancia contra RTVE, el programa Entre todos y la productora Proamagna por vulnerar presuntamente los derechos a la imagen y a la intimidad personal y familiar de un niño con discapacidad. La Fiscalía pide una indemnización para el menor de 15.000 euros por daños y perjuicios.
En el caso objeto de la demanda, a la que tuvo acceso este diario, el Ministerio Fiscal considera que se utilizó la imagen del niño enfatizando su discapacidad “con fines conmiserativos” y mendicantes, aludiendo reiteradamente a datos sensibles de su vida familiar. Además, el menor era fácilmente identificable, pues en la emisión del programa se facilitó el nombre y apellidos del padre, así como las iniciales del menor. Por otra parte, su rostro apareció en pantalla “débilmente pixelado” y el resto de su imagen quedaba a la vista de los espectadores, facilitando su identificación.
La demanda, que ya ha sido admitida a trámite, se hace extensiva, como “responsables solidarios”, a Proamagna, productora de Entre todos; Nicolás Díaz Bustos, director del programa, y RTVE. Una portavoz de la Corporación confirmó a este diario que han recibido la demanda y están estudiando las alegaciones.
En la misma, se asegura que ni el progenitor, ni RTVE ni los responsables del programa Entre todos informaron al Fiscal del uso de la imagen e intimidad del menor en el citado programa, en contra de lo dispuesto en el artículo 3 de la Ley Orgánica 1/1982 de protección civil del derecho al honor, la intimidad personal y la propia imagen.
La citada norma establece que el consentimiento debe otorgarse por escrito por el representante legal, pero añade la obligación de este último de poner en conocimiento previo del Ministerio Fiscal el consentimiento proyectado. Esta comunicación, que no actúa como censura previa, es necesaria para dar validez al consentimiento del representante legal.
La Fiscalía de Menores, que en este caso actúa de oficio, considera que los responsables del espacio utilizaron indebidamente la imagen de un niño con discapacidad y exhibieron públicamente datos sensibles de su vida personal y familiar.
De hecho, se incluyó información sobre el ámbito personal, escolar, familiar y vecinal en el que el niño desarrolla habitualmente su vida. “Con tantos datos personales y referencias identificativas, el niño pudo ser identificado perfectamente en su círculo más próximo”, fundamenta la Fiscalía. En su argumentación, considera que la imagen que se ha transmitido del niño con discapacidad en el programa dista mucho de ser integradora. “Cae de lleno en la óptica caritativo/paternalista de la desgracia familiar enfatizando negativamente la discapacidad”, añade la demanda. 

miércoles, 2 de julio de 2014

No lo hagas

No mires a los ojos de la gente: no siempre mienten, pero...


No nazcas: es un imposible ontológico, pero se habría ahorrado mucho sufrimiento.

No te mueras: es un imposible ontológico, pero no te mueras. 


No vuelvas a escribir una palabra: el mundo te lo agradecerá.


No pienses en el futuro: da miedo. 


No pienses en el pasado: la nostalgia es una pasión inútil, dañina. 


No pongas cara de ser un ser interesante: no lo eres


No vuelvas a decir una palabra: 
¿qué puede esperarse de una ministra de empleo que jamás ha trabajado?


No pienses mal: solo es una escoba. 


No dejes de cumplir el plan quinquenal: no te perdonaríamos una defección. 


*

Se dice que esta canción está dedicada a una droga. 
Bueno, elijamos o inventemos una exégesis menos aparatosa y/o tremebunda 
y volvamos a la primera foto de esta serie... tan irregular y arbitraria. 

Guitarra y voz: David Valls



viernes, 13 de junio de 2014

'La trabajadora' (Elvira Navarro)



Varias décadas median entre el eclipse de la vieja boga de la antipsiquiatría en sus diferentes declinaciones y la emergencia del ya no tan nuevo optimismo farmacológico neoliberal, estructura normativa sólo comprensible a la luz del afianzamiento de ese punitivismo postdisciplinario erigido en uno de los más poderosos dispositivos legitimadores de lo que Deleuze denominara las “sociedades de control”. A lo largo de este ciclo largo se han producido cambios relevantes, algunos de los cuales constituyen las temáticas que nutren la nueva novela de Elvira Navarro (Huelva, 1978): primero, el incremento exponencial del número de personas sacudidas por las “enfermedades del yo” y del consumo de psicofármacos –tendencia no por casualidad paralela al engorde artificial de las sucesivas versiones del Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales (el célebre DSM), esa biblia tardo-postmoderna que, como escribió Guillermo Rendueles en Egolatría, acoge una taxonomía “cuya estulticia sólo es comparable a la asombrosa repercusión social que ha tenido”–; segundo, las metamorfosis de la cuestión social, el derrumbe de la condición salarial –expresiones ambas del añorado Robert Castel– y la correlativa precarización del empleo, extendida en las sociedades terciarias a segmentos cada vez más amplios de la fuerza de trabajo; y tercero, la revolución digital, que ha generado una profunda transformación de los hábitos relacionales –y, en palabras de Byung-Chul Han, una nueva “economía de la atención” marcada por la dispersión y la histeria de la inmediatez–, mutación reforzada por el uso expansivo de las redes sociales y de esos permanentemente renovados gadgets tecno-narcisistas que cobijan ab ovo su perversión instrumental.  

Los malestares civilizatorios asociados a estos tres cambios sociales convergen en la persona de Elisa Núñez, narradora en primera persona del cuerpo central de la novela de Navarro –dejemos a un lado el efectista primer tramo–. Exescritora y correctora externalizada en un grupo editorial –ejemplo de manual del fenómeno de los falsos autónomos (Cfr. pp. 114-115)–, azuzada por la merma de ingresos y el retraso en los pagos, Elisa se ve forzada a mudarse y a compartir piso. Aparece entonces Susana, verdadera protagonista del relato, una mujer diagnosticada de trastorno bipolar –eso que les sucede a los maníaco-depresivos de toda la vida, vaya– que ingresa como un elemento perturbador en la ya inestable existencia de la correctora. Navarro ha construido un artefacto narrativo con una una estructura bastante original en el que, si bien aborda con solvencia el problema de la nueva desatención y la pulverización de la frontera que antaño separaba la esfera público-profesional y la vida íntima y personal –así como, volvamos a Han, la autoexplotación propiciada por esa disolución–, marra en las dos primeras temáticas arriba señaladas. Por una parte, tiende a incurrir en lo que Bourdieu denominó la “amnesia de la génesis” –una falla que, con excepciones puntuales, afecta a todas las “novelas de la crisis”–, y da a entender a lo largo de todo el texto que los males laborales de Elisa (“encadené tres contratos temporales, y luego todo se precipitó (…)”, p. 63), es decir, la atipicidad contractual, el subempleo, el subsalario, la subprotección social, etc. son fenómenos que surgen como por arte de magia en 2007-2008 –fecha a partir de la cual la sensación de desclasamiento y la pérdida de capacidad de consumo a crédito han indignado a millones de personas acríticamente acomodadas hasta entonces a la cultura egonómica y aspiracional del capitalismo contemporáneo– y no realidades progresivamente visibles desde la inflexión reguladora de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Por otra parte, y a pesar de que Navarro se ha documentado bien sobre la farmacopea psiquiátrica, su narradora –que mantiene a lo largo de todo el texto una mirada vigilante, suspicaz, desconfiada, despectiva, agraviante y aun grosera hacia Susana– utiliza expresiones como “psicosis” (p. 37), “brote psicótico” (pp. 93 y 128) o “locura” (pp. 139 y 141) y no hace una sola referencia a los episodios maníacos o hipomaníacos: tal vez a la correctora Elisa Núñez le habría venido bien una corrección de contenido que le hubiese aclarado que, si bien no está excluida la posibilidad de que eventualmente lo sufran, el cuadro patológico-afectivo típico de los bipolares no es, ni mucho menos, el brote psicótico. Queriéndolo o no, Navarro ha hecho de su correctora un personaje mezquino, prejuicioso e inhabilitado para la más mínima empatía con su compañera de piso precisamente porque, atrapada en el narcisismo de su propio padecimiento –Elisa sufre depresión y ataques de pánico–, su única preocupación parece ser no “acabar como ella [i. e., como Susana]” (p. 143). Inestimable contribución novelística a la casi imposible tarea de sustituir el estigma por la estima. 

Las mejores páginas de La trabajadora son, sin duda, aquellas en las que Elisa recorre la periferia de la ciudad bajo la asechanza simbólica de los chicos del camión y entrevera la descripción de la “hecatombe asumida” (p. 78) y el ruinoso “paisaje ladrillista” (p. 103) de Madrid con el flujo de sus pensamientos, si bien hay que anotar que, en el plano estilístico –y, más específicamente, léxico–, el texto adolece de una carencia que lo recorre de principio a fin: la poco afortunada elección de los verbos. Navarro ha escrito una novela irregular que no merece ser definida como una “radiografía de la modernidad” –eso es lo que solemnemente proclama el blurb de la faja del libro–. Se trata, más bien, de un  fallido tiento de diagnóstico epocal con un final tristemente feliz que, a pesar de sus importantes déficits, no deja de ser, en algunos puntos –vgr., la caracterización del cinismo maduro de Carmentxu, la jefa de Elisa, que es el personaje mejor perfilado del libro–, un archivo interesante.            


Elvira Navarro, La trabajadora, Barcelona, Penguin Random House, 2014, 155 p.


[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 94, verano de 2014]


miércoles, 11 de junio de 2014

'Vacancias' en el Hype (por Jesús García Cívico)



Me llena de orgullo y satisfacción... perdón... el acto fallido se debe a la turra que están dando los medios de conformación de masas con el asunto de la abdicación real...

Me ha alegrado leer "Cómo hacer un calvo a una poesía", artículo publicado por el amigo Jesús García Cívico en el Hype (Cultural & Entertainment Magazine). En el texto, el autor identifica con inteligencia y sentido del umore –Jacques Vaché, siempre presente– seis peligros poéticos "que merecen un calvo" y seis "hermosos ejemplos de salvación". Como soy un vanidoso irredento, copio el fragmento que me dedica García Cívico, profesor y sabio multidisciplinar: 

En Valencia hay salas que huelen a Iglesia, a cerrado y a padrino. La poeta que yo quiero no necesita lavarse cada día con agua bendita ni pertenece a ningún club. Pablo Miravet es un estupendo poeta sin club y se ha tomado en serio la advertencia del mejor de los Panero (Michi), aquella de que en esta vida se puede ser todo menos un coñazo. Miravet ha publicado dos poemarios en la bartlebyana virtud de la contención. 

Para leer el texto de García Cívico completo, pincha aquí




Todavía me río cuando recuerdo el ácido comentario que hizo Jesús hace ya algunos años. Las hemerotecas no mienten: Dylan cantó ante Juan Pablo II y en Italia se desencadenó un seísmo que destrozó varias iglesias.   


sábado, 7 de junio de 2014

Fadanelli y Regina presentan...







Siempre he tenido la tentación de citar el bellísimo estudio de Antonio Sánchez (Tiempo y sentido, Madrid, UNED-Biblioteca Nueva, 1998), pero, dada la premura con la que escribo este texto, no sé qué fragmento de todos los que tengo anotados, subrayados y comentados debería transcribir aquí. Si por casualidad vives en Tijuana, te invito a que vayas a ver a Guillermo Fadanelli. Si por casualidad resides en Pamplona, te sugiero que acudas a escuchar a Regina Salcedo Irurzun. Desgraciadamente, estoy demasiado lejos de estas dos ciudades, así que me tengo que conformar con la promesa de felicidad que anida en el título de la canción de Lou. En fin, que salga todo bien y que todos puedan decir que fue un día perfecto. Perfecto, insisto. Oh, perfecto. 




viernes, 6 de junio de 2014

Mi opinión sobre la monarquía y la república





























































                                                                     







                                                                                                             



*



No he podido resistir la tentación de colgar el vídeo. Todavía me estoy riendo. Sólo se puede hacer una cosa con los fatuos: parodiarlos.