martes, 30 de marzo de 2010

Ser o no ser: una diatriba



Bien dosificada, la escritura panderogatoria es terapéutica. De vez en cuando hay que purgarse con esas enmiendas a la totalidad que te van dibujando una sonrisa en el rostro hasta que estalla la carcajada. Otro día hablaremos de Bernhard, de Cioran o del enfadado Debord. ¿El hipercriticismo se autorrefuta y deja las cosas como están? Es posible, pero… En su día recorté este breve artículo, que ayer encontré amarilleado en un libro. Se publicó como columna en la última página de un periódico de gran tirada. Era 28 de enero de 2001. Aunque el texto es bueno, la diatriba de Manuel Vicent es, me parece, un fracaso como diatriba porque hay en ella una mirada lateral a la poesía (¿último expediente de salvación?) y roza la jeremiada. Igual que el cretinismo y la maldad, parece decir Vicent, la poesía está en todas partes [aquellos versos de Giannuzzi: “La poesía no nace./ Está allí, al alcance de toda boca/ para ser doblada, repetida, citada/ total y textualmente”]. Está en todas partes y hay que saber verla, aunque sea con los ojos cerrados. Sobra decir que el texto mantiene intacta su vigencia, especialmente para nosotros, que andamos descorazonados ante el espectáculo de tanto tonto apabullante abrazado al poder en todas partes, total y textualmente en todas partes. Ahí va extractado:




Ser o no ser
“Sólo los desesperados muy lúcidos se permiten esta clase de fuga que es la más parecida a la cobardía: ante cualquier ignominia cierran los ojos y en la oscuridad levantan una fortaleza. En realidad, ésta es una de las dos salidas que Shakespeare propone en el célebre monólogo de Hamlet. Ser o no ser: afrontar con gran ánimo los golpes de la fortuna o dormir, tal vez soñar, y con ese sueño dar fin a las miserias de la vida. Creerán muchos que es mucho más noble combatir las injusticias, levantar la voz contra la opresión, devolver los agravios o vengar las afrentas. Así sería, tal vez, en los tiempos en que se sabía qué era el mal, quién era el enemigo y dónde estaba la gloria. (…) Pero hoy se vive bajo una tiranía difusa y la maldad es inaprensible porque se confunde en el aire con el resto de la basura humana. La lees en los periódicos, la oyes por la radio, aparece en la pantalla del televisor, la contagian como la peste esos tipos mediocres y condecorados que se abrazan en cualquier fiesta y sin darte cuenta, sólo por haber descuidado las defensas, descubres que ya eres incapaz de rebelarte (…). No creo que haya existido una época en que los cretinos hayan sido tan apabullantes, ni los tontos hayan mandado más, ni la idiotez haya tratado de meterse como la humedad por todas las ventanas de las casas y los poros del cuerpo. Se habla mucho de la carne contaminada de los animales, pero aún es peor epidemia la degradación moral de las personas, que está en todas y en ninguna parte. Ser o no ser. Hay que rendir homenaje a los desesperados más lúcidos que resuelven esta duda de Hamlet huyendo de la basura a través de los sueños. Innumerables ciudadanos han elegido esta forma de salvación sin necesidad de ser poetas ni seres privilegiados. Ante cualquier ignominia se aferran en la oscuridad a un instante puro de su vida y lo convierten en una cima inexpugnable (…) Así resisten cuando un imbécil intenta devolverlos a la realidad con una bajeza. Esos desertores nunca serán derrotados”.

martes, 23 de marzo de 2010

Fotos de James

Unas fotos de James literaturizadas. Antes, Lou canta "Sweet Jane" aquí



"–Yo estoy empezando a saber varias cosas que no quiero–dijo Herf tranquilamente–. Al menos empiezo a tener el valor de confesarme lo mucho que detesto las cosas que no quiero."
(John Dos Passos, Manhattan transfer)




"Los domingos Wall Street está más desierto que Petra y todas las noches de todos los días queda completamente vacío. Este edificio, que en los días laborales rezuma de vida y actividad, por la noche retumba de silencios, y el domingo queda desolado. Y aquí precisamente hacía Bartleby su hogar, espectador solitario de una soledad que había visto poblada, una suerte de inocente y trastornado Mario meditando entre las ruinas de Cartago".
(Herman Melville, Bartleby, el escribiente)

  

"Un granizo amargo y enemigo me azota y pierdo el 
aliento.
Me siento hundido en un baño dulce de morfina y
mi garganta se anuda como si fuera a morir.
Al fin vuelvo otra vez a este enigma de los enigmas
que llamamos el Ser."
(Walt Whitman, Canto a mí mismo)





"Las horas mejores –por todos los conceptos– son las de la noche. Son las horas en las que flaquea la voluntad de los más allegados, a los que acaba por rendir la fatiga. Son las horas del gran silencio, cuando los ruidos de la ciudad cesan por completo, se oye el sueño pesado de los que descansan en otras habitaciones, las alas de los insectos atraídos por la única luz"
(Calvert Casey, Notas de un simulador)


"Si la vida pudiera ser como esto, sólo un largo día perezoso"
(Chester Himes, Una cruzada en solitario)


martes, 16 de marzo de 2010

martes, 9 de marzo de 2010

Perucho, la fatalidad


“Demoro todo lo que puedo el acto de escribir. Llega, no obstante, el momento (una fuerza oscura me empuja) de someterme a la tortura. Entonces una inexplicable cosa sucede: de la tortura saco un goce, un cierto placer, pero sin que éste deje de ser al mismo tiempo un sufrimiento. Es, por tanto, un acto masoquista. Ahora bien, es el único acto que me justifica totalmente como el que soy y posiblemente sea un acto inscrito en la más ciega fatalidad”

(Joan Perucho) 



viernes, 26 de febrero de 2010

Clarice Lispector, Slavoj Zizek y todo lo demás












i) Leer a Clarice Lispector (La hora de la estrella), pensar intensamente en Clarice Lispector, tropezar con esta lasca lispectoriana, puro pensamiento trágico: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiera la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días”. Pensar que “morir simbólicamente todos los días” es una seductora metáfora del posible itinerario hacia un diariamente renovado no ser, un des-nacer.

ii) Recordar, a propósito del inconveniente de haber nacido, lo que Onetti escribió en Dejemos hablar al viento, algo parecido a que todos somos culpables por traer hijos al mundo, un acto equiparable al asesinato. Buscar y encontrar el libro –edición trash del libro amigo de Bruguera–, pero no la página con la cita literal. Consolarse con esta genialidad onettiana cuando uno ya ha desesperado en el rastreo: “(…) el único y desconocido amigo de verdad que me concedió la vida podía basarse en lo que trató de explicarme un tal Marx brothers en Santa María. Era un mantenido con barba de comandante, decía que todo es cuestión de dinero".


iii) Pasar entre carcajadas a “¡Es la economía política, estúpido!”, capítulo 13 del ¿último?, ¿penúltimo? libro de Slavoj Zizek traducido al castellano, un ensayo provocativamente titulado En defensa de la intolerancia (Madrid, Sequitur, 2009), enésima andanada hegelo-lacaniana de Zizek contra el buenrollismo multiculti integrado (toda otredad será atendida y neutralizada, oremos), denuncia de las diversificadas formas de despolitización de la economía –archi-política; para-política; meta-política; ultra-política y… post-política–, requisitoria formulada a los gurús de la sociedad del riesgo, la segunda ilustración y la modernidad reflexiva, a saber, Giddens, Beck, e tutti quanti –otro día habrá que hablar del coitus interruptus del desmelenado Castells con su Madame Bovary, la así llamada sociedad-red, y del algo más estoico ensayismo poético-trendy de Verdú–, lúdica respuesta a la eterna pregunta (what’s left?) con referencia a Dashiell Hammett incrustada en el texto y algunas cosas más. Abrir el libro al azar y leer este fragmento de Zizek: “Los teóricos de la sociedad del riesgo suelen hablar de la necesidad de contrarrestar el “despolitizado” imperio del mercado global con una radical re-politización que quite a los planificadores y a los expertos estatales la competencia sobre las decisiones fundamentales para trasladarla a los individuos y grupos afectados (mediante la renovada ciudadanía activa, el amplio debate público, etc.). Estos teóricos, sin embargo, se callan tan pronto como se trata de poner en cuestión los fundamentos mismos de la lógica anónima del mercado y del capitalismo global: la lógica que se impone como el Real neutro aceptado por todos y, por ello, cada vez más despolitizado”.


iv) Experimentar un efímero espasmo de radicalismo y reconciliación, imaginario orgasmo político que deriva en dulce desmoronamiento momentáneo –precisamente, el malestar de lo Real y sus imposibilidades–. Mirar fotografías de Diane Arbus. Escuchar a Amália Rodrigues cantando este fado infinitamente triste aquí (atención a los pómulos de la primera imagen del vídeo). Buscar ese poema de Alejandra Pizarnik en La extracción de la piedra de locura. Otros poemas, “Fragmentos para dominar el silencio”, ese poema que suena a cristales rotos, y leer estos vidrios del poema: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo./ Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores./ No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris./ La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.” 


v) Mirar al vacío y deplorar con pose grave, á la T. W. Adorno, el sentido fundado en el sinsentido y el destino de la teoría crítica, la opiácea y mortíferamente narcótica redescripción habermasiana, ese neotrascendentalismo débil contestado por el a veces soporífero y a veces genial Sloterdijk. Releer la interpretación que Sloterdijk hiciera –mirando de reojo a Habermas– de El nacimiento de la tragedia (P. Sloterdijk, El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche). Más específicamente, asombrarse de nuevo con la exégesis de la obra seminal de Nietzsche que propone Sloterdijk: nada menos que lo dionisíaco embridado por lo apolíneo y… la síntesis “Ésta es la opción de Nietzsche –por más que el lector no dé crédito a lo que ven sus ojos. Si el texto continuara como comienza, hoy podría considerarse El nacimiento de la tragedia como un manifiesto socialista capaz de resistir la comparación con El manifiesto comunista. La obra podría interpretarse como el escrito programático de un socialismo estético, como la Carta Magna de una fraternité cósmica”, interpretación luego matizada o muy matizada por el propio Sloterdijk.




vi) Preguntar: "¿he dicho El nacimiento de la tragedia?", y volver otra vez a Clarice Lispector, oh, Clarice, paz inalcanzable y brutalmente secreta, volver a La hora de la estrella, a ese pasaje que, cerrando el bucle, sintetiza el nacimiento de la tragedia: “quien vive sabe, aun sin saber que sabe”. Oír el telefonillo. No es Clarice, ella es mejor que Clarice.



jueves, 18 de febrero de 2010

Wittgenstein, lenguaje privado


Esta mañana he recordado que tenía que recordar que hoy es dieciocho de febrero; esta mañana, de camino al estanco, he recordado que hace más o menos tres meses, después de estar mucho tiempo sin pensar en Wittgenstein, recordé a Wittgenstein porque volví a leer Austerlitz.  Hace más o menos tres meses volví a leer Austerlitz  no recuerdo muy bien por qué razón, y recuerdo que entonces, cuando volví a leer Austerlitz, me sorprendió no recordar que W. G. Sebald menciona a Wittgenstein en la novela. En boca del narrador, W. G. Sebald dice que el protagonista de Austerlitz, Austerlitz, le recordaba a Wittgenstein. “En cualquier caso, me acuerdo que, antes de dirigirme hacia él, pensé bastante rato en su semejanza, que me llamaba la atención por primera vez, con Ludwig Wittgenstein, y en la expresión de espanto que los dos tenían en la cara”, escribe W. G. Sebald. No recordaba, pensé hace más o menos tres meses, que W. G. Sebald habla de Wittgenstein en Austerlitz, de su expresión de espanto, de su mochila, de su condición de “desgraciado pensador”, de su vida “sólo provisionalmente organizada” y de “su deseo de arreglárselas siempre con lo menos posible”. Esta mañana he recordado que, cuando leí de nuevo Austerlitz, recordé no al filósofo Wittgenstein, sino a la persona Wittgenstein, he recordado que recordé antes a la persona que al pensador porque, he recordado que pensé, el pulso de Austerlitz, o más bien el modo en que W. G. Sebald se refiere a Wittgenstein, invita a recordar antes su personalidad atormentada que su filosofía. Leí de nuevo Austerlitz y, a pesar de que recordé a la persona, no pude evitar recordar, también, la filosofía de Wittgenstein, un pensamiento, recordé entonces, inicialmente anclado en el neopositivismo lógico que se había condenado al silencio bartlebyano y que, digamos, se salvó a sí mismo transitando hacia el convencionalismo. Leí la filosofía de Wittgenstein pasándolo bastante bien, recuerdo haber recordado cuando volví a leer Austerlitz, un libro, Austerlitz, que, si bien es una muy valiosa reflexión novelada sobre la tormentosa desubicación asociada al despojo de la identidad, los anclajes y los referentes existenciales, tiene, en el plano de la taxis, una inflexión como mínimo peculiar, la misma que, en este momento no estoy, digamos, parodiando o imitando, sino recreando o deformando hiperbólica y acaso estúpidamente para ejercitarme en la escritura, sólo para hacer un poco de gimnasia grafómana. W. G. Sebald escribe en Austerlitz párrafos epatantes como éste: “Desde mi lugar en la sala de lectura he pensado mucho en la relación que tienen esos accidentes, no previstos por nadie, es decir, la muerte súbita de un ser desviado de su rumbo natural, lo mismo que los fenómenos de paralización del sistema electrónico de datos, que se producen una y otra vez, con el cartesiano plan general de la Biblioteca Nacional, y he llegado a la conclusión de que, en todo proyecto diseñado y desarrollado por nosotros, el dimensionamiento de las magnitudes y el grado de complejidad del sistema de información y dirección son los factores decisivos y, en consecuencia, la perfección omnicomprensiva y absoluta del concepto puede coincidir muy bien en la práctica, incluso, en fin de cuentas, tiene que coincidir con una disfunción crónica y una inestabilidad constitucional”. Recordé, en fin, al leer Austerlitz, el pensamiento de Wittgenstein, pero sobre todo la personalidad de Wittgenstein, y pensé entonces, recuerdo ahora, que una manera de recordar la personalidad de Wittgenstein era releer las cartas que Wittgenstein envió entre 1940 y 1951 a Norman Malcolm. A lo largo de ese decenio de desubicación y exilio, Wittgenstein escribió regularmente a su amigo y también filósofo Norman Malcolm, y Malcolm incluyó esas cartas en un libro publicado originariamente en 1954 y traducido al castellano en 1990 que reúne las cartas de Wittgenstein, los recuerdos personales y filosóficos del propio Norman Malcolm y un esbozo biográfico sobre Wittgenstein escrito por G. H. von Wright, el oficioso fundador de la moderna lógica deóntica, el libro, titulado  Ludwig Wittgenstein, que, después de volver a leer Austerlitz, volví a leer para recordar a Wittgenstein, el pensador que, según W. G. Sebald, llevaba el espanto adherido al rostro. Es llamativo, pensé al leer de nuevo las cartas de Wittgenstein, no sólo el estilo cálido, familiar y hasta infantil de Wittgenstein en su lenguaje privado, sino también el uso del signo “&” como cópula, una peculiaridad que me hizo recordar, recuerdo, al poeta estadounidense John Berryman, otro ser altamente atormentado que terminó con su vida arrojándose al río Misisipi en 1972, porque Berryman, recordé, y esto también lo había olvidado, usaba el signo “&” como conjunción en sus poemas, igual que Wittgenstein. Cuando esta mañana iba al estanco he recordado que tenía que recordar que hoy es dieciocho de febrero porque, recuerdo que pensé al volver a leer el libro de Malcolm después de volver a leer Austerlitz, una de las cartas más reveladoras de la personalidad de Wittgenstein, pensé entonces y pienso ahora, es la que escribió el dieciocho de febrero de 1949. En esta carta, anotada por Norman Malcolm, Wittgenstein habla de Moore, autor del como mínimo impactante texto titulado “Defensa del sentido común”, de la filosofía y de la vanidad de los filósofos, de la salud (apenas le quedaban dos años de vida) y del dinero, o, como escribe W. G. Sebald en Austerlitz, de su vida “sólo provisionalmente organizada” y de “su deseo de arreglárselas siempre con lo menos posible”, aunque es más bien, pienso, el propio Norman Malcolm el que en la nota segunda habla de la prodigalidad de Wittgenstein, un rasgo de su personalidad que, recuerdo haber pensado alguna vez…Basta, ahí va la carta: 



Ross’s Hotel
Parkgate Street
Dublín
18-2-49

Querido Norman,
Gracias por tu carta. Me alegro de que ya tengas el libro. Tenía una cierta seguridad de que no te lo habían enviado. ¡Pero qué cosa más rara escribir “es magnífico que pienses en nosotros”! Ahora, en cuanto a Moore [1]: no entiendo realmente a Moore, & en consecuencia, lo que diré puede resultar erróneo. Pero es lo que me siento inclinado a decir: que Moore es en algún sentido extraordinariamente infantil, es obvio, & la observación que tu citas (sobre la vanidad) es por cierto un ejemplo de ese infantilismo. Hay también una cierta inocencia en relación a Moore; él es, por ejemplo, completamente modesto. En cuanto a que ser como un niño es en él un “mérito” –yo no lo entiendo; a menos que sea también mérito en un niño. Porque tú no hablas de la inocencia de un hombre que ha luchado por ella, sino de una inocencia que proviene de una ausencia natural de tentación. Creo que todo lo que quisiste decir es que a ti te gustaba, o incluso que te encantaba el infantilismo de Moore; y eso sí puedo entenderlo. Pienso que nuestra discrepancia aquí no es tanto de ideas como de sentimientos. Me agrada & respeto enormemente a Moore, pero eso es todo. Él no entusiasma mi corazón (o lo hace muy poco), porque lo que más entusiasma mi corazón es la generosidad humana, & Moore –precisamente como un niño– no es generoso. Es amable & puede ser encantador & simpático con aquellos que le agradan & él es muy profundo. Así es como me parece a mí. Si me equivoco, me equivoco. Mi trabajo sigue bastante bien, aunque no tan bien como hace, digamos, seis semanas. Esto es debido en parte al hecho de que he estado algo enfermo & también a que numerosas cuestiones me preocupan realmente. El dinero no es una de ellas. Desde luego que estoy gastando mucho, pero creo que tendré suficiente por otros dos años. Durante ese tiempo, Dios mediante, tendré hecho algún trabajo & esto, después de todo, fue la causa de la renuncia a mi cátedra. No debo preocuparme por dinero [2] ahora, ya que si lo hiciera, no podría trabajar. (Qué pasará después de este tiempo, no lo sé todavía. De todos modos, quizás no viva tanto.) Entre mis actuales preocupaciones está la salud de una de mis hermanas en Viena. La operaron de cáncer hace poco tiempo & la operación, hasta donde alcanzó, tuvo éxito, pero ella no vivirá mucho. Por esta razón pienso ir a Viena en algún momento de la próxima primavera; & esto tiene que ver contigo, pues si voy & después vuelvo a Inglaterra, pienso dictar el material que he estado escribiendo desde el último otoño, & si lo hago, te enviaré una copia. Ojalá sirva de alimento en tu campo.
Mis buenos deseos para Lee & Raymond. (Ojalá que siempre conserven el buen carácter. Pero sé que eso es mucho desear.) ¡Hasta la vista!

Afectuosamente,
Ludwig

[1]  En una carta a Wittgenstein le relataba una conversación que había tenido con Moore, respecto a un distinguido filósofo americano, a quien conozco. Yo le decía a Moore que ese filósofo tendía a ser hostil a la crítica de sus escritos filosóficos. Moore pareció desconcertado. Le había dicho: “¿No comprende usted cómo la vanidad puede hacer que un filósofo se sienta resentido ante la crítica de su obra?” Moore se quitó la pipa de su boca, sacudió la cabeza y dijo: “¡No!” Al comentar este incidente con Wittgenstein, probablemente dije que esto es un ejemplo de “inocencia” e “infantilismo” del carácter de Moore, y que ser así era un “mérito” en él

[2] Después de renunciar a su cátedra, Wittgenstein se quedó sin ingresos. Le había expresado mi preocupación acerca de si tenía dinero suficiente para vivir. A la muerte de su padre, en 1912, Wittgenstein había heredado una gran fortuna. Cuando regresó a Viena después de la guerra, inmediatamente emprendió la tarea de desprenderse de esta riqueza. La dio a sus hermanas y hermanos. Una vez dijo; “¡Ellos tienen ya tanto dinero que algo más no les hará ningún daño!” Su hermana, Hermine Wittgenstein, en sus breves recuerdos de Ludwig, relata que ni la familia ni los amigos podían comprender cómo podía él regalar todo su dinero, irrevocablemente, sin dejar ningún fondo apartado por si lamentaba más tarde su decisión. Dice ella: “Por cien veces quiso asegurarse de que no quedaba la posibilidad de recibir ningún dinero, de ningún modo ni forma. Para desesperación del notario que llevaba la transferencia, volvía al tema una y otra vez” (Hermine Wittgenstein, “My brother Ludwig”, en Rhees, op. cit., p. 4).