sábado, 13 de septiembre de 2014

'Venid hasta el borde, les dijo' (Joanna Kavena): inmolarse para vencer




Avalada por su inclusión en la lista Granta 2013 de los veinte mejores escritores jóvenes del panorama literario británico, Joanna Kavenna (1974) presenta en su tercera novela una historia de contrastes encuadrable en la variante más sugestiva de la literatura política. Si es cierto que, como tantas veces se ha dicho, toda producción literaria es política en algún sentido, también lo es que la lectura de una novela con marbete social se hace tanto más atractiva cuanto más se aleja el texto de la homilía edificante, la denuncia panfletaria y la plática misionera o, dicho en otros términos, y en aparente paradoja, cuanto más literario es. Y si, como es el caso, la afinación en la prosa va acompañada del sentido humor –un humor inequívocamente británico, sí, pero muy personal– y de la deliberada caricaturización de los principios antagónicos a la ideología que ha generado el crudo statu quo que Kavenna muestra, el lector accede entonces a algo más que a un agradable pasatiempo.    


Kavenna prescinde de complicaciones estructurales y relata en breves capítulos la peripecia de una joven profesional londinense –narradora en primera persona de la novela– que, abandonada por su marido debido a los problemas de fertilidad de la pareja, decide dejarlo todo y responder a un anuncio de la «Granja White», ubicada en el gélido Valle de Duddon (Condado de Cumbria), en el extremo noroeste de Inglaterra. Su titular, Cassandra White, de la que la narradora será «asistente», es una viuda de carácter endiablado y pelo rojo, intimidatoriamente alta, adepta a la frugalidad autogestionaria y mal avenida con la legislación reguladora de la propiedad inmobiliaria que urde un «plan de realojo» de los habitantes del valle con vivienda precaria o sin vivienda en las mansiones desocupadas de «las fuerzas de la depravación y de la destrucción» (p. 242), es decir, en las segundas (o terceras) residencias de los banqueros y los potentados del sur –conviene aquí recordar que la brecha territorial norte/sur es, en Inglaterra, inversa a la de nuestro país–, proyecto cuya materialización adquiere tintes apocalípticos.       


El me﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ogro de Kavenna no es haber denorte/sur es, en Inglaterra, inversa a la de nuestro pa a un anuncio  financiero érito de la autora no radica solo en la construcción del personaje de Cassandra White, una suerte de híbrido de Kropotkin y Mr. Natural –el célebre eremita que tenía todas las respuestas creado por Robert Crumb–. Lo que hace verdaderamente interesante la lectura de Venid hasta el borde… es la habilidad, la aparente ligereza y el humor con los que Kavenna expone por boca de su narradora dos marcados contrastes. En primero es la «brecha física y, sin duda, psicológica» (p. 40) abierta entre la bregada granjera anarco-comunista –en cuyo ideario se advierten inercias maoístas («Estoy salvando sus almas hediondas» [las de los millonarios, se entiende], p. 108) y algún que otro ramalazo postestructuralista («Puede que no exista eso que llamamos el yo. Y punto», p. 69)– y la joven urbanita sensata y civilizada que ha de pechar con la total ausencia de melindres higiénicos de Cassandra, atemperar como puede el impulso justiciero y la firme determinación de la granjera y soportar la dureza de la vida en el agro, apenas endulzada por un romance no demasiado bucólico con un atractivo mocetón del valle que está involucrado en el plan de Cassandra. El segundo es el clivaje entre la escandalosa opulencia de los ricos muy ricos –Kavenna es sumamente ducha en la descripción de los interiores de las mansiones del valle– y la falsa ilusión de estar a un paso de ingresar en la gentry de los profesionales urbanos que colman sus aspiraciones de petit bourgeois con el último iPhone y el dormitorio japonés de Ikea. Una novela ágil, amena, divertida y, en cierto modo, trágica, recomendable tanto para quienes todavía no han comprendido que hay una estrecha relación entre la riqueza de los ricos y la pobreza de los pobres como para esas bellas almas que no han pisado jamás el campo pero que se empeñan en que la aplicación de la máxima formal de la ética kantiana sobre los instrumentos y los fines en sí a todo bicho viviente –o, como se dice ahora, una vez desempolvada nada menos que la terminología de Zubiri, «sintiente»– es fácilmente hacedera. ¿He escrito al principio «caricaturización»? Bien, lean hasta el final.      
  


 
Joanna Kavenna, Venid hasta el borde, les dijo,
 traducción de Pilar Vázquez, Barcelona, Alba, 2014, 246 p. 


[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 95, otoño de 2014]

 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Spanish splendor














En el próximo post volveremos a hablar de libros. 
Por ahora, celebro mi cumpleaños y pienso en un imposible regreso al útero materno.

  


 *


sábado, 26 de julio de 2014

Presentación de 'Vacancias'

«Para mí, con todo mi afecto»
p. m. 



«Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor»

(Samuel Beckett)


*


Agradecimientos: 

Plutón C. C.

Carlos Maiques

María José Martínez de Pisón


*

Para comprar Vacancias

Rafael González Serrano

(Editorial Celesta)

editorialcelesta@gmail.com


*


martes, 22 de julio de 2014

El otro Jagger (cita)




«En vez de hacerse DJ, y tal vez en contra de toda expectativa, Mike Jagger se unió al dos por ciento de jóvenes británicos que al terminar la enseñanza secundaria se matriculaban en la universidad de esa época. A pesar de sus enfrentamientos por el uniforme, el director de la Dartford Grammar, Lofty Hudson, le consideró digno de tal privilegio y en diciembre de 1960, mucho antes de los exámenes de nivel A, le entregó una carta de recomendación que daba a su expediente académico el mayor brillo posible. “Jagger es un chico de muy buen carácter”, decía la carta, “aunque ha tardado en madurar. Emerge ahora una satisfactoria cualidad, la de la perseverancia cuando toma la decisión de emprender cualquier proyecto. Tiene muchos intereses. Ha sido miembro de varias asociaciones escolares y destaca en los deportes, además, es secretario de nuestro Club de Baloncesto y titular en nuestro Primer Once de Críquet. Además, juega al rugby en el equipo de la casa. Fuera del instituto, le interesan la acampada, el montañismo, el piragüismo y la música, y es miembro de la Sociedad Histórica Local […] la evolución de Jagger justifica plenamente que le recomiende para cursar una licenciatura, y espero que puedan admitirle”.
            Aunque en modo alguno hiperbólica, la carta del director surtió efecto. Si Mike aprobaba los exámenes de nivel A, tendría garantizada la matrícula en la London School of Economics para estudiar una carrera de tres años a partir de otoño de 1961. Y aceptó, aunque sin gran entusiasmo. “Yo quería estudiar letras, pero creía que mi obligación era hacer ciencias”, recordaría. “Econo﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽r ciencias"o. "s paes años a partir de otoño de 1961. Y aceptnciatura, y espero que puedan admitirle"agtaca en los depómicas parecía a medio camino entre una cosa y la otra”.
            En aquellos tiempos, los universitarios del Reino Unido no tenían que endeudarse con el estado para pagar sus estudios, sino que automáticamente recibían una beca de las autoridades educativas locales. El consejo del condado de Kent concedió a Mike trecientas cincuenta libras al año, que en un periodo de inflación nula era cantidad más que suficiente para pagarse tres años de carrera, en especial si, como era su intención, seguía viviendo en casa de sus padres y todos los días iba en tren al pequeño campus de la LSE en Houghton Street, junto a Kingsway. A pesar de todo, era claramente aconsejable ganar algún dinero durante las largas vacaciones veraniegas entre el fin del instituto y el comienzo de la universidad. Eligió un trabajo que arroja una luz muy interesante sobre un personaje del que siempre se ha dicho que está consumido por el egoísmo. Revela que, al menos hasta los dieciocho años, tenía una faceta cariñosa y altruista que lo convertía en digno hijo de su padre.
            Varias semanas del verano del 59, Mike Jagger trabajó de celador en una institución psiquiátrica. No en Stone House –habría sido demasiado perfecto–, sino en el Bexley Hospital, un edificio victoriano tan sombrío y desparramado que en la localidad lo llamaban “La aldea del páramo” porque hasta hacía bien poco, en aras de la segregación total de los pacientes, albergaba también una granja. Cobraba cuatro libras y media a la semana, cifra nada despreciable para la época, pero habría podido escoger un empleo física y emocionalmente más fácil. Los pacientes y el personal de la institución lo recordarían como un muchacho amable y alegre en todo momento, y él más tarde pensaría que en la experiencia aprendió lecciones de psicología humana que a lo largo de su vida serían de un valor incalculable.
            Por si fuera poco, según su propio relato, en el Bexley Hospital perdió la virginidad. Fue con una enfermera, en el armario de un almacén durante un breve respiro entre el trajinar de carritos y la ronda de comidas, un lugar en nada parecido a las lujosas suites de hotel del futuro».



Tomé esta cita de la página 24 del nº 57 de elcuaderno, publicación mensual editada por Trea (Gijón). Ya me he hecho con el libro. Corolario: una cita bien elegida (aun si es de una biografía no autorizada) puede inducir una compra. El nº 58 de elcuaderno (Summertime. Un verano de cuento 1), correspondiente al mes de julio, reúne un puñado de cuentos de  los siguientes autores: Manuel Vilas, Elvira Navarro, Juan Bonilla, Mercedes Abad, Javier García Rodríguez, Mercedes Díaz Villarías, Eduardo Jordá, Marta Sanz, Agustín Fernández Mallo, Vicente Valero y Hipólito G. Navarro. Habrá una segunda entrega en agosto. 

*
Mis tiernos catorce años y la absoluta falta de dinero me impidieron ir al por muchas razones épico concierto de 1982 del estadio Vicente Calderón. Me resarcí en 1990: fuimos en un autobús maloliente al concierto que se celebró en el recién reinaugurado estadio de Montjuic de la Barcelona preolímpica. Me parece que el gig de los Stones fue lo primero que se hizo allí. El vídeo no corresponde a la actuación en la que estuve, pero recuerdo que la interpretación de «Sympathy for de devil» de Barcelona fue bastante similar, por no decir calcada. Ahora que nadie me oye, confesaré que me quedo con Ronnie Wood, el gitano genial, antes que con Keith Richards.

Tempus fugit