Anselm Kiefer
La lectura de Epígrafe (Cáceres, Periférica, 2011), de Gordon Lish, el controvertido editor conocido en el medio literario estadounidense con el sobrenombre de “Capitán ficción”, deja al lector en un estado de parálisis. Lish escribe como un maníaco torturado, se desnuda, se exhibe, chapotea en la charca de la impudicia, se reboza en la aflicción que le provoca la muerte de su mujer, se autoparodia y se desdobla en un histrión patético que vomita una prosa sencillamente extraordinaria. Da igual si pide comprensión a los destinatarios de sus cartas (“Usted sabe que yo soy un individuo trágico, entiéndame”, p. 95), les perdona la vida (“Os he mentido, ¡así que id a denunciarme ante el Funcionario de la Corte, bastardos! ¡Bastardos! Yo, yo, Gordon –¡Gordon!–, no os tengo miedo!, p. 89) o les expresa su gratitud (“Estimada Sra. Gekker: ¿Cómo no darle a usted las gracias por todo lo que hizo y lo que ha hecho, por todo lo que estuvo haciendo por la Sra. Lish?”, p. 19). Da lo mismo: tarde o temprano te ves obligado a abrir la ventana para que entre aire en la habitación y tienes que ir a buscar una toalla para secarte los esputos que el verdadero autor de De qué hablamos cuando hablamos de amor te escupe en la cara.
El libro de Gordon Lish –que no es una gran novela, aunque sí una enorme lección de escritura– me ha recordado vagamente al elegante ejercicio de auto-desprecio que Michel Leiris hizo en Edad del hombre, otro libro que salpica. Y el recuerdo del libro de Leiris me ha traído a la cabeza algo que tenía un poco olvidado: las virtudes medicinales de auto-denigración. Vamos allá.
Antes de abandonar casi por completo la escritura publiqué un libro. Sí, yo también lo hice, aunque en mi descargo diré que el tiraje fue sólo de trescientos ejemplares, creo, y que ya es completamente imposible encontrarlo. Al editor, un amigo, se le ocurrió la idea de que lo prologase el escritor Cristóbal Serra (Palma de Mallorca, 1922). Serra accedió a la petición de Román, leyó las pruebas del librito y le entregó un prefacio de cinco caras de folio escritas a mano con una apretada, pulcra e inquietante caligrafía. El editor tuvo el detalle de mandarme el texto original. Me sorprendió que un escritor como Serra –autor venerado en cenáculos cultos que ha producido una vasta y valiosa obra, jurista y filósofo de formación, Doctor Honoris Causa por la UIB, en fin…– se hubiera tomado la molestia de leer la obrita de un desconocido y de redactar un escrito tan extenso. Creo que Serra no entendió algunas cosas de ese libro y que otras le enfurecieron por razones que sería demasiado estúpido tratar de explicar. ¿Importa eso ahora? Leí el texto de Serra con curiosidad e interés y pasé un buen rato. De vez en cuando recuerdo la existencia de ese prólogo inédito –ayer noche, sin ir más lejos, al terminar Epígrafe– y vuelvo sobre él. Cada nueva lectura equivale a la ingesta de una gragea de la medicina que todos, incluso los que somos inofensivos, necesitamos tomar periódicamente.
Sintiéndose impelido a aleccionarme sobre el ser del aforismo, Serra me denigra de la manera más diplomática que puede. Lo que más me gusta del texto de Serra es la honestidad con la que está escrito y, especialmente, el crescendo de su cabreo. Pienso que lo que quiso decir Serra en su prólogo está bien resumido en este pasaje de los Pensées de Pascal: “El último paso de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan”. Por una vez, estoy de acuerdo con Pascal.
Sin ironía, quisiera agradecer a Cristóbal Serra la deferencia que tuvo conmigo, aunque sea con muchos años de retraso. Me gustaría tener el talento de Gordon Lish para dar las gracias a Serra como Lish lo hace con las “Personas misericordiosas” de Epígrafe; dado que no lo tengo, sería bastante idiota por mi parte tratar de emular a "Capitán ficción". El mundo, como bien sabe Serra, ya está demasiado poblado de idiotas. Ahí va el texto (se ha respetado escrupulosamente el original).
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Notas para un prefacio (por Cristobal Serra, 2002)
“El libro que sigue a estas “notas” no es de los de fácil clasificación. Te pongo sobre aviso, lector, porque ya el título esconde una ironía, que se pone al descubierto, cuando se conoce íntegramente el contenido.
Si por tibieza entiende el autor su franca rebeldía, o su presunto escepticismo, seguimos preguntándonos dónde está el escepticismo del autor. Para mí, un escéptico es un hombre carente de valores, un indiferente, un pirrónico. Y en Miravet no encuentro la viva imagen del escéptico, pues, es hombre de absolutas creencias, valga la paradoja. La furia de su cinismo y de su ironía no da lugar a dudas.
El lector de Fragmentos tibios va a toparse con un autor de muchas agallas dialécticas, ya que no tiene límites su capacidad demoledora de materialista nato.
Creo infinitamente saludable la publicación de este libro testimonial, que está dictado por la más pura sinceridad. La estimo saludable, porque ya está bien de falsos remansos del pensamiento, dictados por la tradición o por el pragmatismo imperante. Además, cuando un libro está en las antípodas de otros paradigmas por sí solo se justifica.
Leyendo el libro de Miravet, me ha venido a la cabeza el dicho de Sri Aurobindo, que tiene un claro acento axiomático: “la ley de la vida divina transforma todo en miel”. Por el contrario, el antagonista de esta ley (divina) lo transforma todo en hiel. Y asimismo he recordado el verso de Michaux: “La rabia no ha hecho al mundo, pero la rabia debe vivir en él”.
Miravet, el muy razonador, pertenece a un tipo de pensadores que desconfían de la anárquica intuición. Por eso, no es extraño que aquí manifieste por el dadaísmo y por sus nietos-punk un total desdén.
Miravet no tiene pacto alguno con la imaginación. Los mejores logros de su expresión son hijos de la más pura lógica: “El nacimiento puede ser una muerte, pero la muerte no puede ser un nacimiento”. De un salto pasa al silogismo. ¿Cree de verdad, Miravet, que con un salto, que no produce sobresalto, se zanja de una vez el viejo pleito del alma con su supervivencia? No quisiera con ello insinuar que el autor de este libro sea un razonador ingenuo, pero tengo la impresión de que, a través de estas páginas, Miravet se ha labrado su “criadero” de prejuicios.
Creo que una carcajada vale por diez mil silogismos. La carcajada elocuente es la que no encuentro en este libro, poco afín con los sabios chinos que supieron carcajearse ante la pesada pomposidad de la sólida vida práctica. Carcajeo y aleteo de mariposa fue lo suyo, porque lo que escribieron es algo aéreo, fantástico.
El humor de Miravet, como el de Cioran, es un insidioso veneno que gotea desde una trabazón de lugares comunes. Casi nunca es ingenioso, pues, el ingenio es espontáneo por naturaleza. La ironía de Miravet da la impresión de que haya sido destilada en el alambique de su mente consciente, por cuyos tubos no pasa ni un gramo de misterio. De ahí que, tal vez sin pretenderlo, estemos ante un enaltecedor del prejuicio. Tal vez sea esta su contribución original, en una época como la nuestra, en la que toda arrogancia es poca para echar del pedestal a tanto falso ídolo.
Menos le debe el aforismo, porque, a mi juicio, el estilo de Miravet es demasiado vital y directo para ser aforístico. Si he de atenerme a ideas expuestas en otros lugares, he de hacer observar al lector que a Miravet le falta desasimiento para ser aforista.
Es condición sine qua non del aforista ser hombre sin ataduras. Aunque haya de parecer paradójico, el cristiano, si conoce a fondo el horror del apego al mundo, puede ser un aforista. Ejemplos los hay y no pocos. Quien no puede serlo es alguien como Sartre, el de la mecánica infernal que acaba en filosofía y en escuela. El francés, con su inclín a escuelas, ismos y modas, suele ser comprometido o falto de compromiso. Revolucionario o indiferente, suele ser más apegado que desapegado a la vida. Por eso, no tiene instintivamente el espíritu aforístico propio del desapego. Esto lo observamos en el existencialista y en el surrealista. Breton pudo tener el gusto innato para el aforismo, pero no tuvo el espíritu. Era escasamente incomprensible, se le veía venir…Y no digamos de su lenguaje, que era más el del “oráculo” que el del humilde conocedor de los misterios. Había en su expresión algo regio, algo solemne, que estaba en enemistad con el humor.
El aforista, sea poeta o filósofo, se deberá a la palabra, que es epifanía, y se limitará a dejar caer sus gotas de luz. Será la suya “luz seca”, aunque no falta de luminosidad.
A la luz de estas observaciones, que he juzgado oportunas, los Fragmentos tibios de Miravet, se leerán como notas y no como aforismos. La nota es el casillero que les corresponde. Dado que hay en todo el libro mucho repique de campana, aunque el estilo no sea campanudo, la nota lo define. Y se tiene observado que la nota (la misma palabra lo subraya) quiere ser notada, quiere dar la campanada. Ante todo, quiere sonar y resonar, en espera del alma ingeniosa que la entienda.
Desventurada la que no sea notada, pues, es señal de que no ha sabido “coquetear” con el lector. Por esto, los anotadores más coquetos son los más paradójicos y los satíricos los más plausibles.”
[Para acercarse a la obra de Cristóbal Serra: Notulas, Madrid, Árdora, 1999]
