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martes, 10 de diciembre de 2013

'Incendiario' (Bárbara Butragueño)



La lectura –y la perpleja relectura– de Incendiario me trajo a la cabeza un pasaje de How to read a poem en el que, glosando la primera estrofa de “Musée des Beaux Arts”, el poema de W. H. Auden, Terry Eagleton habla de “la naturaleza incongruente del sufrimiento humano, el contraste entre su pura intensidad, que parece apuntar hacia un momentáneo significado, y la manera en que los hechos cotidianos que lo rodean se muestran indiferentes a él”. Hay, ciertamente, mucho sufrimiento diseminado en los versos y los versículos de este manojo de diecisiete poemas dado a la imprenta por Bárbara Butragueño (Madrid, 1985) algunos años después de su factura –sabia postergación que desentona con las precipitaciones y los esbozos mal fermentados de tantos poetas jóvenes y no tan jóvenes, y que revela, creo, el elevado grado de autoexigencia de la autora–, y hay también temores, temblores, culpas, soledades anhelantes y desgarros vertidos por una voz para la que la palabra es “terco pavor enmudecido” (p. 25). La imponente profundidad expresiva de Butragueño y la distancia que la poeta interpone entre el yo que dialoga con sus llagas y con el mundo y la carnalidad feral de su experiencia subjetiva e intransferible vadean el deslizamiento de su decir hacia ese tosco y desaliñado inmediatismo que se recrea en la plana mostración de lo consuetudinario. Aquel espacio está colmado en Incendiario por fecundas arquitecturas sonoras y por una sucesión ininterrumpida de imágenes cuya extraordinaria potencia avisa del insólito dominio del lenguaje que Butragueño exhibe en su poesía, una poesía lejanamente tributaria de la Pizarnik más herida y febril –y, pienso, de las declinaciones menos realistas de autoras como Luisa Castro o Ada Salas–. La mixtura de profundidad e inmanencia, de elevación y materialidad incandescente, es el cemento que aúna las tres partes del volumen: si en Turba el yo que “se sabe grieta abierta entre/ la calma y el incendio” (p. 31) y que ha “sangrado todos los muertos de este mundo” (p. 34) muestra implacablemente su ser roto ante sí y ante los otros, y en Combustión predomina la conversación íntima con el cuerpo de un tú cuya mirada tiene “algo de bestia/ delicada con vocación de jungla” (p. 44), en Cremación la poeta convoca a sus distintos interlocutores para proclamar que la poesía es búsqueda, indagación sin fe ni objeto, y que el poema es fulgor que se infecta adentro y que no conoce “cuántos/ cuerpos se quedaron en el camino” (p. 69). La desnudez agramatical de los primeros textos –en los que, a pesar de la práctica ausencia de puntuación (“pero hay algo de negación en la apertura algo de carencia/ que abre huecos” (p. 23), “he de erigirme isla torre mazmorra”, (p. 31)), las unidades semánticas quedan sobradamente preservadas– contrasta con la sintaxis densa de algunos poemas del final del libro (“y tú esperas, inocentemente, algo/ de baile de máscaras, una cierta sutileza en el viento, la/ elegancia de un acorde abandonado” (p. 68)), produciendo un efecto de crescendo, una sensación de quiebra de una voz acaso ya entrecortada en los hipos del llanto a la que, como mucho, se le pueden afear tres diminutivos (pp. 34 y 47). Poeta intensa, desdomeñada y excepcional, Bárbara Butragueño ha tenido la paciencia necesaria para pulir una epifanía sostenida y ha entregado un poemario cuidadosamente editado que nunca se acaba de leer del todo: este es, a mi entender, el mayor elogio que se le puede hacer a un libro de poesía.                 


Bárbara Butragueño, Incendiario
prólogo de Batania, epílogo de Isabel Bono, Madrid, Polibea, 2013, 72 pp.



[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, invierno 2013-2014]

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Bonus track: