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sábado, 25 de febrero de 2017

A propósito de la insignificancia




«Definiré de un modo sumario este descontento como el sentimiento de insignificancia, el continuo pensamiento de la igual y lúgubre insignificancia de todas las cosas –pensamiento que a veces se olvida, pero que no desaparece jamás, porque vuelve de manera invariable para llamar a la conciencia justo cuando se estuviera tentado de dejarse cautivar por tal o cual alegría del mundo–. Considerándola desde un punto de vista filosófico, cualquier cosa que exista es, dicho a grandes rasgos, doblemente insignificante por sí misma (insignificancia «intrínseca») y por su relación con las demás cosas (insignificancia «extrínseca»). Insignificancia intrínseca: la existencia es un agregado, un encuentro, un producto del azar; no muestra ningún sentido en la medida en que no puede apoyarse en ninguna necesidad [...]. Insignificancia extrínseca: la existencia es irrisoria por la situación que ocupa, imperceptible, en las series del espacio y del tiempo [...]. Conviene precisar con una palabra la naturaleza de esta situación irrisoria en la que cabe todo lo que existe. Situación «insostenible» sin más, como enseñan todos los filósofos desde Parménides y Platón, por no pertenecer al registro de lo que es (pues la existencia no tiene ninguno de los privilegios del ser, que es ingénito, imperecedero, eterno), ni al registro de lo que no es (pues la existencia tampoco tiene el privilegio de la nada). Lo que existe aquí y ahora, comparado con todo lo que ha existido, existe y existirá, tanto aquí como en cualquier otra parte, es, si se me permite decirlo así, infinitamente demasiado pequeño para aspirar a ser tomado en alguna consideración; pero, sin embargo, esa cosa existe. Por tanto, la paradoja de la existencia [...] es la de ser algo y al mismo tiempo la de no contar para nada». 

(Clément Rosset)

viernes, 12 de julio de 2013

Roussel por Rosset (cita)



UNA LITERATURA PARA REÍR


Literatura “para reír” en el doble sentido del término: la de Raymond Roussel puede considerarse una obra dotada de una gran fuerza cómica, fuerza cómica que es su punto más fuerte y paradójicamente el más “serio”; pero también una obra, pese a todo, marginal en la historia de la literatura, donde corre el gran riesgo de tener que desempeñar para siempre papeles secundarios, si no de no importar un comino.

            ¿A qué se debe principalmente la extravagancia de las “historias” de Roussel?

1) En primer lugar, y ante todo, a su propia insignificancia, que en Roussel parece un prodigio. Lo que hace reír aquí no es solamente lo insólito o lo estrafalario, sino también la imposibilidad de proceder a cualquier interpretación de la historia. Si las historias imaginadas por Roussel acaban siendo interesantes, contra viento y marea, es justamente en la medida en que carecen por completo de interés, pues no hay nada en ellas que pueda retener un instante de atención de cualquier orden, ya sea psicológico, filosófico, histórico o político. Carecen absolutamente de peso; su inconsistencia es total. Ahora bien, es un logro tan grande y tan desusado conseguir no decir nada, no descubrir ningún hilo, no revelar ninguna connivencia con causa o interés alguno…No es insignificante quien quiere. En este sentido, la literatura de Roussel es de una pulcritud (o de una ineptitud) ideológica ejemplar.

2) A un efecto de aplanamiento y de neutralización de todo valor cultural en general, y literario en particular. En L’etoile au front, por ejemplo, Haendel, Milton, Lope de Vega son reducidos al estado de piezas intercambiables que el autor desplaza a su antojo sobre su tablero, como esas riquezas fabulosas, la calle de la Paix o la plaza Vendôme, que el juego del Monopoly solo entrega a un jugador como pequeña superficie de cartón condenada al intercambio. Así Roussel, no contento con ser insignificante por sí mismo, se propone también fagocitar, haciéndolo caer en su propia trampa, todo significado exterior a él.

3) A la manera, en fin, en que estas historias están escritas. El estilo de Roussel es de una banalidad paradójicamente admirable porque no desfallece ni se debilita; tras una severa selección, no admite en él más que el lugar común conocido y constatado, la expresión gastada y convenida, en fin, la palabra absolutamente plana y muda; no hay nada aquí que pueda informar sobre las intenciones o la sensibilidad del escritor. Se trata de una escritura a contrapelo, que va victoriosamente en contra de todo lo aconsejable y recomendable. Y una vez más el resultado es extraordinario, porque tampoco es absolutamente banal quien quiere. Y si quieren convencerse de ello, inténtenlo.

        Ni que decir tiene que este efecto cómico es mucho más sensible en el teatro de Roussel, donde lo absurdo del tema se ve forzado tanto por la presencia del público en la sala, donde se espera otra fiesta y cuyo gesto podemos imaginar fácilmente, como por los actores sobre el escenario, obligados también ellos a escuchar con gravedad las locuras que se profieren los unos a los otros y poner buena cara; y más aún: de responder a ellas y desarrollarlas.


[Clément Rosset, “Une littérature pour rire”, en Melusine 6. Raymond Roussel en Glorie, Paris, Editions L’age d’homme, 2001, pp. 39-40; trad. de Carlos Valdés y Celia Recarey para la edición de Locus Solus, Madrid, Capitán Swing, 2012, pp. 455-457]

martes, 31 de julio de 2012

Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol



Me colocaré en la línea de salida como Betty Robinson y cuando el juez de pista presione elegantemente el gatillo no reaccionaré: ¿no es acaso lo importante participar, aun si uno no se involucra demasiado en la carrera? Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol; buenas noticias tecolotianas esperaré lamiendo en mi mente las heridas de este año completamente infame. Lamentaré varias veces no haber podido hacerme con El dispositivo de la persona, de Roberto Esposito (Amorrortu, 2012). Leeré y releeré la poesía de R. S. I. –esa Zombie…– y me imaginaré agarrando de las solapas a dos, tres o diez editores ineptos y sin sentido de la música. Cerraré los ojos para que muera con la luz mi teoría estúpida de la indecencia de baja escala, y sufriré pensando en todo aquello que he callado por prudencia –y probablemente pensaré, como pienso, que la prudencia no es otra cosa que una forma de cobardía, seguramente la peor. Pensaré muchas veces –sabiéndome patético y sonriendo– en el texto de ese extenso correo electrónico dirigido a Norman Fairclough que nunca enviaré. Pensaré en un estilo atormentado, á la Gordon Lish, y me reiré bajo el sol desquiciante de la tarde: “Cómo podría decirle que usted, usted, señor Fairclough, que usted, junto a Sayer y Jessop, ha elaborado un marco analítico extraordinariamente fértil, cómo agradecerle, señor Fairclough, cómo darle a usted las gracias por haber abierto la vía para conectar la epistemología del realismo crítico y el CDA…” Contemplaré el Montgó sin fe en el así llamado ser humano y trataré de ampliar el listado de abominaciones legislativas e interpretativas que colecciono con predisposición insana y masoquista. Quizás tendré que ver un año más a ese exdirector general supuestamente socialista que lo pasó tan mal, oh trauma vitae, cuando tuvo que dejar el coche oficial y decir adiós a la caja de habanos que pagábamos todos nosotros. Repetiré, en una de esas sesudas e inconducentes conversaciones lunares, que lo que define al pensamiento trágico es el rechazo de esta inferencia: desear nada (mejor que “no desear nada”, el “no” expletivo ya parece comprometido en la problemática de una carencia metafísica) significa únicamente el reconocimiento de una necesidad sin objeto, y de ningún modo el reconocimiento de una carencia de objeto de la necesidad (Rosset, 1976: 45)[*]. Habrá que ir al Tresmall, ¿no, Ana? Leeré por fin El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki (Siruela, 2012, 28ª edición). Leeré los once libros de Olga Orozco, reunidos por Anna Becciú en Poesía completa (Adriana Hidalgo editora, 2012) y prologados por Tamara Kamenszain. Trataré por todos los medios de evitar los telediarios para no tener que ver a la pandilla de cabrones que gobierna este país de listos, ladrones y mentirosos. Leeré con delectación la Correspondencia de Thomas Bernhard y Siegfried Unseld (Cómplices, 2012, selección y traducción de Miguel Sáenz). Corregiré ese monstruo de quinientas páginas que ya no me sirve para nada, ¡¡para nada!! Leeré Elegía, de Philip Roth (Debolsillo, [2006] 2012). Leeré El innombrable, de Beckett (Alianza, 2012, 3ª edición) –la que me falta por leer de la trilogía y que tenía pendiente desde tiempos inmemoriales–. Probaré con una novela que elegí al azar porque el nombre del autor no me sonaba de nada –lo cual quiere decir que no se pasa el día dando el coñazo en Internet con el proverbial “eh!-men-soy-un-puto-genio-y-todavía-no-os-habéis-enterado”–: Perros de presa, de David Barreiro (Gadir, 2012, Premio Joven 2011 de la Universidad Complutense de Madrid). Una incógnita. Terminaré de leer Un guión para Artkino, de Fogwill (Periférica, 2009) y El sacramento del lenguaje, del a veces cargante –digámoslo todo– Giorgio Agamben (Pre-textos, 2011) No escribiré nunca más. En el chiringuito –palabra que debería estar prohibida–, buscaré con la mirada a esa MILF escocesa tan agradable que el año pasado se rodeaba de santos bebedores. Llevaré, seguramente, algún libro de Cioran. Releeré páginas de la imprescindible Antología de poetas suicidas de José Luis Gallero (2ª ed., de 2005). No sé si abriré uno de los cientos de pedeefes que tengo ahí guardados, pendientes. Me sentiré quizás muy radical leyendo con moderación al colectivo Wu Ming. No escribiré nunca más y seré feliz esperando noticias tecolotianas bajo el sol.    ´ ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e desde tiempos inmemoriales. ada! Leerara no ver a la pandilla de hijos de puta que gobiernan este paes a leer esto c     

[*] Clément Rosset, Lógica de lo peor, trad. F. Monge, Barral editores, 1976.