El verano pasado leí un afilado (y divertido) artículo de Margarita Rivière sobre la ex ministra Bibiana Aído que me recordó un poco al malévolo retrato de Simone Weil que hizo Susan Sontag. En su texto, Rivière recogía estos dos fragmentos de unas declaraciones de Bibiana Aído:
“No soportan que una mujer joven y del pueblo llegue a ser ministra” (sic),
y
“Llegan desde la derecha. Aquí se da una unión de misoginia y gerontocracia que puede ser una bomba letal (…). Molesta que alguien como yo esté ocupando poder, un poder que me corresponde, que de manera natural es mío” (sic., las cursivas son mías).
Tremendum et fascinans. Si Max Weber levantara la cabeza y leyera la última frase de la segunda declaración de Aído… empiezo otra vez. Pertenezco a esa clase de seres que experimentan un sentimiento de incomodidad cuando perciben que están siendo gobernados por un (o una) idiota... paso, lo dejo, no vale la pena ni empezar la catilinaria…
*
Debería haber dedicado esta entrada a Alma(Lengua de Trapo, 2011), la última novela de Javier Moreno, un libro recomendable que espero poder comentar en breve como merece. Lo cierto es que ayer, al enterarme de que Aído ha sido nombrada asesora de ONU-mujer, me acordé del artículo de Rivière. Confieso abiertamente que no siento demasiada simpatía hacia Bibiana Aído, pero no porque sea mujer, joven y, como ella misma dice, “del pueblo”, sino porque me parece una trepa semi-analfabeta. Ando embarcado en unos inútiles estudios sobre semiosis, de modo que, aprovechando el texto y el contexto, copio el borrador de un fragmento de un texto que he de repasar y repensar. Como no he tenido la suerte de nacer en Burgos y llamarme Beatriz, debo atenerme a la mala costumbre de intentar ser claro en la exposición. Ahí va:
[texto retirado para ser incorporado a un trabajo del autor de este blog]
"Generar una estructura llena de huecos para que siempre sea posible llegar a la página, habitarla. Nunca meter más de la cuenta, nunca estofar, nunca amueblar ni adornar. Abrir puertas, ventanas. Levantar muros y tirarlos."
En su artículo Adiós a la erudición (El País, 4 de junio de 2011), Ignacio Sánchez-Cuenca vierte algunos justificados sarcasmos sobre las ritualizadas competiciones de sabiduría que entablan los especimenes de homo academicus de más alto rango jerárquico cuando coinciden en una oposición, un tribunal de tesis o unas jornadas universitarias. A mí siempre me han desesperado mucho esas luchas agonísticas entre eruditos, esas incruentas batallas rebosantes de violencia sublimada que, parafraseando a Kundera, bien podrían ser calificadas como deprimentes combates de “judo cognoscitivo”, de modo que no puedo por menos que aplaudir las ironías de Sánchez-Cuenca. El articulista arranca incluso una carcajada al lector cuando habla de esos catedráticos coñazo que saben más de Habermas que el propio Habermas –autor, por cierto, coñazo donde los haya–, pero todo se tuerce cuando Sánchez-Cuenca tematiza en estos términos la obsolescencia de la figura del erudito:
“Impávido ante su decadencia, el erudito sabe más acerca de Internet y de Google que cualquiera de sus usuarios ordinarios. Pero de nada le sirve ya, pues estamos asistiendo a una democratización integral delconocimiento que hace irrelevante su figura. Esta revolución del conocimiento tendrá como consecuencia que ya no se valoren los trabajos por la información que reúnen, sino por su originalidad y creatividad”. (Cursivas mías).
Llama la atención que alguien con un sólido bagaje intelectual y una prolongada experiencia como docente universitario incurra en la clamorosa confusión que se ha convertido ya en un equívoco epocal, un malentendido que quizás nuestros nietos contemplarán retrospectivamente con una mirada irónica equiparable a la que el festivo Sánchez-Cuenca lanza en su texto al erudito en vías de extinción. La confusión no es otra que la sinonimia, dada por descontada por el articulista, entre la generalización –bastante incompleta, dicho sea de paso– del acceso a la información a través de Internet y la “democratización integral del conocimiento”. Sánchez-Cuenca designa esta “democratización integral” con un sustantivo del que, visto lo acontecido a lo largo de las últimas semanas, sería conveniente no abusar: “revolución”. Para sustentar su tesis, Sánchez-Cuenca no encuentra otra apoyatura que ésta:
“Basta asomarse a Google, teclear cualquier expresión, por remota e inverosímil que resulte, y al instante tenemos decenas, cuando no miles de páginas en las que podemos encontrar la información que buscamos. El instrumento más asombroso es la Wikipedia. Ahí parece estar todo”. (Cursiva mía)
Al margen de que el “ahí parece estar todo” de Sánchez-Cuenca no es sino la enunciación actualizada del proverbialmente hegeliano “los tiempos avanzan que es una barbaridad” que puede escucharse todavía en boca del jubilado con caliqueño incrustado en la dentadura postiza de toda la vida de Dios, me interesa señalar que colegir que estamos viviendo una revolución y una democratización integral del conocimiento a partir del mero dato factual de que es posible acceder a un anárquico cúmulo de información sobre cualquier cosa imaginable pinchando la tecla de una máquina es una mala inferencia o, para decirlo claramente, una paralogía intencional, es decir, una falacia. Un momento, un momento…acabo de recordar el mandato de Stendhal (“acuérdate de desconfiar”). Dado que desconfío bastante de mí mismo, vuelvo sobre mis pasos y corrijo lo que he escrito hace un momento: me temo que, acaso obnubilado por su entusiasmo, o tal vez cegado por su afán de agradar a l@s ministr@s que fomentan el neo-analfabetismo competitivo al ritmo marcado por el tecno-capitalismo académico a la boloñesa, Sánchez-Cuenca no fue realmente consciente de su confusión, de modo que su paralogía no es intencional. No se trata, por lo tanto, de una falacia, sino de un sofisma, es decir, de una paralogía no intencional.
El discurso de Sánchez-Cuenca cuadra en la música, si no en la letra, con aquellas místico-festivas apologías finiseculares de la revolución digital (ay, Castells), aquellas proclamas proto-utópicas, aquellas promesses de bonheur tecno-optimistas que, a pesar de haber sido sistemáticamente desmentidas por los hechos, no han dejado de flotar en el aire como el polen suspendido de las flores en primavera, pero lo que importa señalar es que la inferencia de segundo grado de su silogismo encadenado es aparatosamente incoherente con la premisa sofística sobre la que pretende apoyarse. No podría ser de otro modo, tratándose de una premisa sofística. Recapitulemos. Si i) Toda la información está en Internet; y ii) Ello implica una revolución y una democratización integral del conocimiento (sofisma), el corolario o la segunda inferencia de Sánchez-Cuenca es que:
“Esta revolución del conocimiento tendrá como consecuencia que ya no se valoren los trabajos por la información que reúnen, sino por su originalidad y creatividad” (Cursiva mía)
O, como dice Sánchez-Cuenca en otro pasaje de su artículo, que:
“(…) el prestigio del intelectual o del investigador no dependerá de su memoria particular, sino de su capacidad para decir algo interesante”. (Cursivas mías)
Naturalmente, cualquier persona es capaz de decir algo interesante en algún momento de su vida. Incluso Leire Pajín o Francisco Camps pueden hacerlo, dado que los caminos del azar son insondables. Vale, por otra parte, recordar lo que dijo Cioran: las cosas más sabias que escuchó las dijeron gentes que no habían leído un libro en toda su vida. Ahora bien, si de lo que está hablando Sánchez-Cuenca es de la investigación, sea cual fuere la disciplina considerada, no alcanzo a ver dónde está el nexo causal entre el hecho de decir algo interesanteen un trabajo de investigación y la aparición y el uso de la Wikipedia o de Google. Su corolario sólo resulta plausible si asumimos, como Sánchez-Cuenca parece asumir en su primera inferencia, que el solo hecho de que el primero que pasa por ahí tenga acceso a “miles de páginas en las que podemos encontrar la información que buscamos” lo convierte ipso facto en un conocedor de la materia sobre la que versa tal información, y si estamos convencidos, como parece estarlo Sánchez-Cuenca, de que, dado que el conocimiento ya está plenamente democratizado gracias a la Wikipedia, y comoquiera que el conocimiento ya ha sido venturosa y equitativamente repartido por Google entre la ciudadanía como el polen flotante de la revolucionaria primavera digital que imagina nuestro articulista en su alucinación de sábado por la mañana frente al café con leche y las tostadas bien untadas de mantequilla y mermelada de melocotón mientras lee Wired bajo los primeros rayos del tímido sol de la sierra, lo único dable es aguardar a ver cuál de los siete mil millones de connaisseurs que pueblan el planeta tierra es el que derrama el conocimiento de una forma más interesante para adquirir prestigio.
No me quejo sólo por la obviedad de que Einstein no necesitó ninguna clase de “memoria particular” de erudito, pero tampoco Google o la Wikipedia, para formular las sin duda alguna interesantes teorías de la relatividad general y especial, como tampoco necesitó tales cosas Gödel para pensar el también muy interesante teorema de la incompletud. No es esta trivialidad lo irritante. Lo que irrita es que un investigador que ha acreditado sobradamente su solvencia, una persona a la que no es necesario recordarle en qué consiste una investigación rigurosa, concienzuda y, sobre todo, honesta hable en estos términos. Además de ciertos conocimientos imprescindibles de metodología de la investigación, el rigor, la paciencia, la conciencia de las dificultades y la honestidad son los prerrequisitos para poder llegar a decir algo mínimamente interesante en el ámbito de la investigación, es decir, del conocimiento. Llegar a conocer una materia con cierta profundidad exige un esfuerzo enorme, como bien sabe Sánchez-Cuenca. Me parece, por ello, que sus sólidas y tecno-celebratorias certidumbres pueden y deben ser reescritas de una manera bastante más realista o menos tecno-optimista si de verdad nos interesa la investigación, pues tengo para mí que una de las implicaciones más relevantes de la sobreproducción de información en Internet es la opacidad y el incremento de las dificultades para conocer bien aquello que se quiere conocer, lo que exige, ay, mucho mayor rigor y responsabilidad para manejar la información siguiendo los pasos que Sánchez-Cuenca conoce muy bien.
Hay algo que desazona todavía más, y es la idea implícita, o como mínimo sugerida en el artículo, según la cual el fin de la investigación académica es ganar prestigio individual o, para decirlo con la nomenclatura de Bourdieu, capital simbólico. Lo que desazona es esa triste idea neo-egotista de acuerdo con la cual el hecho de poder investigar la realidad es un trampolín para hacer carrera individual diciendo cosas interesantes o siendo original y marcando la diferencia a cualquier precio, y no lo que realmente es: un privilegio, un regalo que hay que tratar de devolver a la sociedad de un modo u otro. La investigación académica, creo, no es una lanzadera para que te inviten a cócteles o besamanos. Es, me parece, un servicio público, financiado en su mayor parte por toda la ciudadanía, cuyo objetivo debe ser, ante todo, conocer bien las cosas para tratar de mejorar –o al menos no empeorar– la vida de los demás en la medida de lo posible. Ese campo de lo posible es, ciertamente, muy pequeño. Sin embargo, siempre que se tenga claro lo que es hacer un trabajo de investigación, puede ser algo.
Coda: Uno ya escucha el rumor, el coro de fondo, la diatriba cabreada del tecnófilo progre, la admonición vitriólica del moderno integrado:
“inadaptadooooo, antiguooooo, no estás instalado en el ciber-presenteeeeee, no estás en el pulso de los tiempooooos, has perdido el tren de la historiaaaaa, anti-modernooooo, elitistaaaaaaa, meritócrataaaa, reaccionarioooo, ¡¡¡conservadoooooor!!!”
Tranquilo, tecnófilo progre-integrado, no te alteres. En un próximo post nos detendremos en el retrato de tu contrafigura: el académico conservador tecnófobo-apocalíptico.