Me colocaré en la
línea de salida como Betty Robinson y cuando el juez de pista presione elegantemente el
gatillo no reaccionaré: ¿no es acaso lo importante participar, aun si uno no se
involucra demasiado en la carrera? Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol;
buenas noticias tecolotianas esperaré lamiendo en mi mente las heridas de este
año completamente infame. Lamentaré varias veces no haber podido hacerme con El dispositivo de la persona, de Roberto
Esposito (Amorrortu, 2012). Leeré y
releeré la poesía de R. S. I. –esa Zombie…– y me imaginaré agarrando de las
solapas a dos, tres o diez editores ineptos y sin sentido de la música. Cerraré
los ojos para que muera con la luz mi teoría estúpida de la indecencia de baja
escala, y sufriré pensando en todo aquello que he callado por prudencia –y
probablemente pensaré, como pienso, que la prudencia no es otra cosa que una
forma de cobardía, seguramente la peor. Pensaré muchas veces –sabiéndome
patético y sonriendo– en el texto de ese extenso correo electrónico
dirigido a Norman Fairclough que nunca enviaré. Pensaré en un estilo
atormentado, á la Gordon Lish, y me
reiré bajo el sol desquiciante de la tarde: “Cómo podría decirle que usted,
usted, señor Fairclough, que usted, junto a Sayer y Jessop, ha elaborado un
marco analítico extraordinariamente fértil, cómo agradecerle, señor Fairclough,
cómo darle a usted las gracias por haber abierto la vía para conectar la
epistemología del realismo crítico y el CDA…” Contemplaré el Montgó sin fe en
el así llamado ser humano y trataré de ampliar el listado de abominaciones
legislativas e interpretativas que colecciono con predisposición insana y masoquista.
Quizás tendré que ver un año más a ese exdirector general supuestamente
socialista que lo pasó tan mal, oh trauma vitae, cuando tuvo que dejar el coche
oficial y decir adiós a la caja de habanos que pagábamos todos nosotros. Repetiré, en una de esas sesudas e inconducentes conversaciones lunares, que lo
que define al pensamiento trágico es el rechazo de esta inferencia: desear nada (mejor que “no desear nada”,
el “no” expletivo ya parece comprometido en la problemática de una carencia metafísica)
significa únicamente el reconocimiento de una necesidad sin objeto, y de ningún
modo el reconocimiento de una carencia de objeto de la necesidad (Rosset, 1976:
45)[*]. Habrá que ir al Tresmall, ¿no, Ana? Leeré por fin El elogio de la sombra, de
Junichiro Tanizaki (Siruela, 2012,
28ª edición). Leeré los once libros de Olga
Orozco, reunidos por Anna Becciú en
Poesía
completa (Adriana Hidalgo editora, 2012) y prologados por Tamara
Kamenszain. Trataré por todos los medios de evitar los telediarios para no tener
que ver a la pandilla de cabrones que gobierna este país de listos, ladrones y
mentirosos. Leeré con delectación la Correspondencia de Thomas Bernhard y Siegfried Unseld (Cómplices, 2012, selección y traducción de Miguel
Sáenz). Corregiré ese monstruo de quinientas páginas que ya no me sirve para
nada, ¡¡para nada!! Leeré Elegía, de Philip Roth (Debolsillo, [2006] 2012). Leeré El innombrable, de Beckett (Alianza, 2012, 3ª edición) –la
que me falta por leer de la trilogía y que tenía pendiente desde tiempos
inmemoriales–. Probaré con una novela que elegí al azar porque el nombre del autor no me sonaba de nada –lo cual quiere
decir que no se pasa el día dando el coñazo en Internet con el proverbial “eh!-men-soy-un-puto-genio-y-todavía-no-os-habéis-enterado”–:
Perros
de presa, de David Barreiro (Gadir,
2012, Premio Joven 2011 de la Universidad Complutense de Madrid). Una
incógnita. Terminaré de leer Un guión para Artkino, de Fogwill (Periférica, 2009) y El
sacramento del lenguaje, del a veces cargante –digámoslo todo– Giorgio Agamben (Pre-textos, 2011) No
escribiré nunca más. En el
chiringuito –palabra que debería estar prohibida–, buscaré con la mirada a esa MILF
escocesa tan agradable que el año pasado se rodeaba de santos bebedores.
Llevaré, seguramente, algún libro de Cioran. Releeré páginas de la
imprescindible Antología de poetas
suicidas de José Luis Gallero (2ª ed., de 2005). No sé si abriré uno de los
cientos de pedeefes que tengo ahí guardados, pendientes. Me sentiré quizás muy
radical leyendo con moderación al colectivo Wu Ming. No escribiré nunca más y
seré feliz esperando noticias tecolotianas bajo el sol.
[*] Clément Rosset, Lógica de lo peor, trad. F. Monge, Barral editores, 1976.
[*] Clément Rosset, Lógica de lo peor, trad. F. Monge, Barral editores, 1976.
