viernes, 21 de enero de 2011

El miedo + minutos musicales

Qué miedo

"Se ha llegado a decir de los Estados Unidos de América, no sin mala intención, desde luego, ni sin cierta injusticia, que eran una de las escasas naciones del mundo en haber evolucionado directamente de la barbarie a la decadencia sin pasar por el estadio de civilización" 
(Clément Rosset, Notas sobre Nietzsche

¿Qué diría Spengler?


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Minutos musicales (tan lejos, tan cerca): 

The Specials, A message to you Rudy (1979)


Ejecutivos agresivos, Mari Pili (1980)


lunes, 3 de enero de 2011

Lo no previsible



Se puede recurrir a dos tópicos para tratar de sintetizar en un par de trazos la tonalidad general de Habitación doble, volumen compuesto por cuatro relatos largos seccionados por la mitad –para ser exactos, por siete tramas y un ensayo– con el que Luis Magrinyà ha regresado a las librerías cinco años después de la publicación de Intrusos y huéspedes. De un lado, el viejo lugar común tolstoiano de acuerdo con el cual todas las familias felices se parecen y cada familia desdichada lo es a su manera –cabría preguntar si hay alguna familia realmente feliz–; de otro, la conocida palinodia de Barthes sobre su autobiografía, o más bien su lamento a posteriori de la elección de la tercera persona y su confesión de que era el yo, la primera persona, el que habría querido hablar en Roland Barthes, par lui même.

En Habitación doble Magrinyà incursiona en un territorio de encuentros, interacciones, desencuentros, afinidades –consanguíneas o no– y reencuentros en el que los vínculos familiares tienen un peso preponderante, aunque no exclusivo, y opera a la manera de un notario versátil capaz de meterse en la piel del sujeto que en cada pieza del libro levanta acta de la peculiar manera en que el hablante y quienes lo rodean están afincados en la contingencia, el absurdo, el desasosiego, la ansiedad, el entusiasmo fugaz o el limbo. Al margen del propio Magrinyà sin careta, que en el ensayo que cierra el libro reflexiona lúcidamente sobre el temor a la pérdida del hijo distanciándose de la hoy hegemónica cultura terapéutica, los yoes que hablan en Habitación doble dejando fluir de forma casi documental lo que hay o ha habido en ellos –como diría Barthes– y los avatares que viven o relatan son, ciertamente, muy poco épicos literariamente hablando: una madura editora humberthumbertiana liada con un músico veinteañero y la madre de éste que intercambian los azoramientos de la siempre penúltima oportunidad (“Diez minutos después”); un instalador eléctrico con ambiciones artísticas que rememora un casposo crucero de empresa familiar y un periodista que retoma una antigua relación en Ámsterdam, ciudad a la que ha viajado para realizar un tedioso reportaje (“Luxor”); la hija de un matrimonio de médicos que narra una cena de médicos bastante ruines salpicada por una anécdota delirante y un dealer que acude al rescate emocional de un viejo amigo médico despedido del trabajo, deprimido y tratado con venlafaxina (“Una modestia algo infame”); y, en fin, un becario ya mayor que conversa con los hijos de la propietaria de un Sisley en un trayecto en coche por una carretera francesa (“Paisaje invernal”). 

Magrinyà sale muy bien librado de su apuesta por lo anodino y lo insignificante –o tal vez mejor, lo no previsible, es decir, lo que no demanda la industria editorial– por varias razones. Entre ellas, la altura de su prosa, rayana a veces en la hipotaxis, la puntería léxica, la afilada e irónica inteligencia y el humor frío presentes en la mayoría de los textos, la pericia en las escenas corales y la sutileza a la hora de plasmar el sistema de señales sociológicas, lingüísticas y estéticas y el habitus de los estratos sociales retratados en el libro. La principal singularidad de Habitación doble reside en la aparente desconexión absoluta de las dos partes de que constan los relatos, apenas engranadas por tenues marcas –un tipo vestido de smoking en “Luxor”, una médico trepa en “Una modestia algo infame”– que retrotraen la atención del lector a lo previamente leído y propician una lectura atípicamente sincrónica y pictórica del libro. Magrinyà ha armado un interesantísimo agregado de retratos y autorretratos que, más allá de su inflexión testimonial, nada tienen que ver con el confesionalismo melodramático asociado a la llamada literatura de la miseria –la mis lit– y que, por el contrario, conforman un exquisito palimpsesto de una realidad desquiciada, precaria, neurótica, volátil, efímera y fatalmente vacua.

[p.m. Reseña publicada en La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 80, enero-marzo 2011]