sábado, 31 de enero de 2015

Crespones de seda en mi despedida... por favor

Pedro Lemebel (1952-2015)

Lemebel colonizó mi cabeza y me retrotrajo a aquellos tiempos de encierro y soledad elegida en los que nadie me molestó. Lemebel escribía a tumba abierta una prosa charra que se descrismaba en la página y que no dejaba indiferente a nadie. Disector de una sociedad altamente conservadora, artista en el mejor sentido de la expresión, Lemebel ha sido, más allá de su atractivo universo literario conformado por travestis, mariquitas y locazas, un gran luchador, una persona que ha peleado infatigablemente para que este mundo sea menos execrable. Me entristeció saber de su adiós; creo que no hay mejor manera de rendirle tributo que reproducir uno de sus textos. Ahí va:
                 
El último beso de Loba Lamar
(Crespones de seda en mi despedida... por favor)

«Ingenio de cola y astucia callejera tuvo ella para lucir ese nombre, esa chapa de vodevil portuario que coronaba la pista al ser anunciada por el animador. Al retumbar el mambo número ocho los clarines, el pestañazo sangrado de los focos, y las palmas aplaudiéndola. Esas manos cacheteando su poto flaco de hombre tiritando al son de los tambores.

Quizás se puso Loba Lamar por el cochambre mojado de su piel oscura, por el luche aceituno de su pellejo estrujado por los marineros. Pero Loba Lamar también era otra cosa; una lágrima de lamé negro, un rescoldo pisoteado del África travesti, un brillo opaco entre las luces del puerto, cuando volviendo sobre sus pasos a la pieza de mala muerte tropezaba en las escaleras rodando por los peldaños, entre carcajadas ebrias y un penetrante olor azuceno. Era difícil mantenerse en pie a esa hora, después de haberse mambeado la noche con esos tacoajugas imprescindibles. Después de aguantar el mareo del sida, nublándola, confundiendo el cielo con el mar, que a ratos salpicaba las olas con un vértigo de estrellas. Entones, la Loba creía que todo había terminado así de rápido, así sin dolor, así de pronto la muerte sidada era un paso en falso en medio de la pista, un caminito de chispas sobre el mar Caribe un pasaje al otro mundo. Una luna en el agua, arrastrada por el vaivén tropical y sin retorno de la epidemia. Pero siempre el despertar la encontraba donde mismo, saltando de lucero en lucero, y el paso en falso no era la muerte, más bien, un pálido regreso a su indigencia de loca sin gloria.
La Loba nunca entendió bien lo que era ser portadora, por suerte, si no, el sida se la hubiese llevado más rápido, por un tobogán depresivo. La Lobita no tenía cabeza para relacionar el drama de la enfermedad con el positivo del examen. Ella creía que todo estaba bien, no había cómo convencerla de que ese visto bueno era un desahucio. Y aunque giraba y giraba el papel médico entre los dedos, no le entraba en la cabeza ese ejercicio matemático de invertir el más por el menos. Su cabecita de pájara nunca dejó entrar la aritmética, jamás se ordenó en cuadritos de sumas y restas. Ella siempre fue una loca porra, negada para el estudio y para entender problemas de conjunto en el colegio. Que el más menos da negativo, o el menos más da positivo, a la chucha los números, a la cresta la vida. Y si estoy premiada, este papel no me va a convencer, decía.
A la Lobita nunca la vimos triste, pero igual una nube turbia le entró en el mate. Por eso guardó el examen y respiró hondo hasta consumir el aire viciado de la pieza. Se tragó de un suspiró todo el mal olor hasta alterar la gravedad de la noticia. Después fue hasta la ventana y la abrió sobre el óxido de los techos marinos. Tomó uno de sus mechones desvaídos de color por la tintura barata y lo arrancó con un sonido de papel rasgado. Lo miró relampaguear cobrizo por un rayo de sol que pegaba en el vidrio, y lo dejó ir, flotando en el aire de plumas que amortiguaba la tarde.
La lobita nunca se dejó estropear por el demacre de la plaga, entre más amarillenta, más colorete, entre más ojeras, más tornasol de ojos. Nunca se dejó estar, ni siquiera los últimos meses, que era un hilo de cuerpo, los cachetes pegados al hueso, el cráneo brillante con una leve pelusa. Y ahí la veíamos torneada por el sol «aunque es invierno en mi corazón», repetía incansable en su show de doblete, cuando la fatiga no le permitía el baile.
Para nosotras, las locas que compartíamos la pieza, la Loba tenía pacto con Satanás. ¿Cómo va a durar tanto? ¿Cómo se ve bonita a pesar que se deshoja de costras? ¿Cómo, cómo y cómo? Sin AZT, a puro pulso la linda, a puro ánimo la cola resiste tanto. Era el sol, el buen tiempo, el calor. Por qué aguantó como una guinda todo el verano, todo el otoño que fue tibiecito, y al llegar el invierno, al llover la salmuera entumida de la garúa porteña, recién dio síntomas de despedida. Cayó al catre de una vez y para siempre. Y ahí empezó el calvario.
La Lobita, después del examen, nunca quiso que la lleváramos al doctor. Son parientes de los sepultureros, decía. Tampoco soportaba esos centros de ayuda a los enfermos. Parecen campos de concentración para leprosos Como en la película Ben-Hur, la única que había visto en su vida. Y recordaba clarita la parte cuando el joven va buscar a su madre y hermana al leprosario. Y ellas se esconden, no dejan que el joven las vea así, despellejada cayéndosele la carne a pedazos. Porque ellas habían sic preciosas, regias, tan lindas, tan lindas, pero nunca tan como Loba Lamar, deliraba la loca noches enteras contando la misma película. Ardiendo en fiebre, se juraba en galera romana junto a Ben-Hur. Y nos hacía remar a todas encaramadas en el catre que amenazaba hundirse, cuando las olas calientes de la temperatura la hacían gritar: ¡Atención rameras del remo! ¡Adelante maracas del mambo!
Teníamos que turnarnos para cuidarla, para poto como a una guagua. Éramos sus nanas, sus enfermeras sus cocineras, la tropa de esclavas que la linda mandoneaba con sus aires de Cleopatra. Tuvimos tanta paciencia con la Loba, que contábamos hasta veinte, veinte veces para no apretarle el cogote. Para que se callara y nos dejara dormir un poquito. Al menos una hora, en todas esas insomnes noches que duró su larga agonía. Su demencial estado de reina moribunda que no quería estirar la pata, que se le ocurría cada cosa, cada excéntrico antojo. A medianoche, en pleno invierno, lloviendo, quería comer duraznos frescos. Y partíamos las tontas juntando las chauchas, a todo aguacero, mojadas como diucas por las calles desiertas, preguntando, despertando a todos los almaceneros del puerto, subiendo y bajando cerros hasta encontrar un tarro de la fruta. Y cuando llegábamos, estilando como perras, la Loba nos tiraba el tarro por la cabeza porque ya se le había pasado ese deseo. Ahora quería helado de naranjas. ¿De naranjas? ¿No puede ser de otra cosa niña? En Chile no se hacen helados de naranjas, Lobita entiende. Pero ella insistía en que tenía que ser de naranjas, amenazando con morirse ahí mismo si no le llegaba el perfume agridulce de esa fruta en primavera. Y en pleno junio, las locas escarchadas de frío, volvían a salir a la intemperie hasta conseguirle el helado donde un argentino malas pulgas, que después de llorarle el tango de la mamacita agónica, accedía a venderles un barquillo. Y ni aun así la Lobita podía dormir, ahora pensando en la carne rosada del melón veraniego. ¡Ay! suspiraba la marica por el dulzor calameño, como si temiera no llegar viva a enero. Como si no quisiera irse con ese deseo frustrado que le secaba la boca. Porque en el infierno no debe haber duraznos, ni naranjas, ni melones. Y tanto calor debe dar una sed.
¡Ay!, esclavas de Egipto, tráiganme melones, uvas y papayas, deliraba la pobrecita despertando a toda la casa de pensión con sus gritos de embarazada real. Como si la enfermedad en su holocausto se hubiera convertido en preñez de luto, invirtiendo muerte por vida, agonía por gestación. El sida, para la Loba trastornada, se habla transformado en promesa de vida, imaginándose portadora de un bebé incubado en su ano por el semen fatal de ese amor perdido. Ese príncipe de Judea llamado Ben-Hur, que le había plantado la fruta una noche de galera romana, y después, al alba, se habla marchado dejándola preñada de naufragio.
Así, noche tras noche la olamos llamarlo, y tratábamos de complacerla en sus antojos de Loba parturienta. Porque después le dio por preparar el ajuar del príncipe que iba a dar a luz. Nos puso a todas a tejer chales y gorritos y chalequitos y botines para su nene. Nos hacía cantarle canciones de cuna y mecerla, abanicándola con plumas, como si en verdad fuéramos esclavas de Nefertiti en gestación. En algún minuto, agotadas de cansancio, nos lograba meter su película convenciéndonos tanto, que todas llegamos a creer que se producirla el alumbramiento. Por eso las locas atinaban a levantarse a todo frío, estornudando, escuchándole sus fantasías de siquiátrico, sus últimos devaneos, su vocecita estrangulada por la tos, cada vez más apagada, pero siempre dando alaridos de órdenes. Todavía altanera, abría la boca como un hipopótamo del Nilo y se quedaba muda con su mandato faraónico de par en par. Y nosotras allí sentadas esperando, tapando los espejos para que la Loba no regresara a buscar su imagen. Rogando, pidiendo, suplicando que llegara pronto el avión de ninguna parte. Enjugándole el sudor, rezando avemarías y rosarios colas como música de fondo. Todas allí, más pálidas y temblorosas que la misma Lobita, esperando el minuto, el segundo que partiera la loca y se acabara el suplicio. Toda la santa noche mirándole su cara que en realidad se puso hermosa. Como una azucena negra la piel de seda relampagueó en ese abismo. Como un cisne de oscuro nácar su cuello drapeado se dobló como una cinta. Entonces, por la ventana abierta entró un chiflón como témpano de tumba. La Loba quiso decir algo, llamar a alguien, modular un aullido en el gesto tenso de sus labios. Abrió los ojos desorbitados, tratando de llevarse esa fotopostal del mundo. Todas la vimos aletear con desespero para no ser tragada por la sombra. Todas sentimos ese hielo que nos dejó tiesas sin poder hacer nada, sin poder dejar de mirar a la Lobita que quedó dura, con las fauces tan abiertas sin poder sacar el grito. Nos quedamos como tontas asomadas al zaguán de su boca, tan abierta como un abismo, tan abierta como un pozo negro donde apenas asomaba su lengua parlotera. Su boca sin fondo, su boca paralizada en la «a» gigante de esa ópera silenciosa. Su bella boca descerrajada como un túnel, como una alcantarilla que se había llevado a la Lobita en las aguas cochinas de ese remolino siniestro. Y entonces recién reaccionamos, recién corrimos al borde de esa zanja gritándole para adentro: No te mueras Lobita linda. No nos dejes preciosa.. Sollozábamos asomadas a su garganta, metiendo las manos en esa oscuridad para agarrarla del pelo en su caída. Todas juntas haciendo fuerzas para alcanzarla, para tirarla de regreso a la vida. Tomándole las manos, friccionándole los pies, zamarreándola, abrazándola, cubriéndola de besos los colas lloraban, los colas se reían neuróticos, los colas traían agua, empujándose, sin saber qué hacer, ni cómo atender a esa visita tan inoportuna de la señora muerte.
Y en ese río de llantos vimos partir a nuestra amiga, en el avión del sida que se la llevó al cielo boquiabierta. No puede irse así la pobrecita, dijeron las locas ya más tranquilas. No puede quedar con ese hocico de rana hambrienta, ella tan divina, tan preocupada del gesto y de la pose. Loba Lamar debe permanecer en el recuerdo diva por siempre. Hay que hacer algo rápido. Traigan un pañuelo para cerrarle la boca antes que se agarrote. Un pañuelo bien grande que alcance para subirle el mentón y amarrarlo en la cabeza. Amarillo no tonta porque es desprecio. A lunares tampoco porque parece mosca pop, y la Lobita nunca se lo hubiera puesto. Verde menos porque odiaba a los pacos. Celeste jamás, es de guagua prematura. A ver ese de gasa azulina con hilos dorados, ese mismo que estai escondiendo, maricón cagao con tu amiga muerta. Éste sí le queda regio y alcanza a sujetarle las mandíbulas antes que se ponga tiesa. Anudado en la frente por favor no, que esas puntas se ven como orejas de conejo y parece Bugs Bunny la pobrecita. Tampoco le dejen la rosa en el cuello, como si fuera una campesina rusa o como Heidi. Más bien al costado, cerca de la oreja, como lo usaba la Lola Flores, la Faraona, que a ella le gustaba tanto. Bien apretado el nudo, aunque le cruja la jeta, para dejársela bien cerrada por lo menos una hora, hasta que cuaje y se endurezca. Pero al cabo de una hora, mientras las locas bañaban el cadáver con leche y almidones de reina babilónica. Mientras embetunaban el cuerpo con cera depilatoria hirviendo para dejarlo tan lampiño como teta de monja. Al tiempo que una le hacía la manicure pegándole caracoles y conchitas moluscas como uñas postizas, otra le aserruchaba los juanetes y callos, descamándole el piñén calcáreo de las patas. Porque usted mijita era como Cristo, que caminaba sobre el mar sin tocar el agua. Usted pochocha no era tan negra, era floja la cochinilla que le hacía asco al jabón y sólo sabía pintarse y se perfumaba encima de la mugre, decían las locas escobillando con cloro a la Lobita, que se fue poniendo rígida a medida que le depilaban las cejas y le encrespaban las pestañas con una cuchara caliente. Entonces, le sacaron la amarra de la cara para maquillarla, y felices se dieron cuenta que la presión del pañuelo en la barbilla le había cerrado la boca tan hermética como una cripta. Pero al tensarse el músculo facial, los labios apretados de la Loba comenzaron a dibujar la macabra risa post mortem. Ay no, gritó una de las locas, mi amiga no puede quedar así, con esa mueca de vampiro. Hay que hacer algo. Traigan toallas calientes para ablandarla. Casi hirviendo, total la pobrecita ya no siente. Pero al calor de los trapos el nervio maxilar se encrespó como un resorte y los labios de la Loba se entreabrieron en una carcajada siniestra. Parece que lo hace a propósito la chistosa, refunfuñó la Tora, una loca maciza que había sido luchador en su juventud. Déjenmela a mí. Y todas nos quedamos mudas porque cuando la Tora se enojaba era cosa seria. Sólo atinamos a sugerirle que lo hiciera con cariño. Fíjate niña que la Lobita es tan enclenque. No se preocupen, dijo la Tora bufando, a mí no me la va a ganar. Entonces la vimos desaparecer y volvió enfundada en su traje de lucha libre, con la capa escarlata y la máscara de diablo que le había valido el título de «Luzbel, la llama invencible». Luego la Tora dio unos cuantos saltos, hizo un par de tiburones y nos pidió que la aplaudiéramos. Y en medio de esa algarabía de plaza andaluza, la Tora se puso seria, cortó los gritos con un shit de silencio para concentrarse. No volaba una mosca cuando se arrodilló a los pies de la cama y se persignó ritualmente como lo hacía antes de iniciar el combate. Y de un brinco se encaramó sobre el cadáver agarrándolo a charchazos. Paf, paf, sonaban los bofetones de la Tora hasta dejarle la cara como puré de papas. Entonces, levantó su manaza, y con el pulgar y el índice le apretó fuerte los cachetes a la Loba hasta ponerle la boquita como un rosón silbando. Chúpese de muelas mijita, chúpese de muelas como la Marilyn Monroe le decía, dejándola con ese gesto por mucho rato.
Casi una hora le tuvo los pómulos apretados con esa tenaza. Hasta que la carne volvió a tomar su fúnebre rigidez. Sólo entonces la soltó, y todas pudimos ver el maravilloso resultado de esa artesanía necrófila. Nos quedamos con el corazón en la mano, todas emocionadas mirando a la Loba con su trompita chupona tirándonos un beso. Habrá que taparle los moretones, dijo alguna sacando su polvera Angel Face. ¿Y para qué? Si el rosa pálido combina bien con el lila cerezo».

[Pedro Lemebel, Loco afán, Barcelona, Anagrama, 2000]


viernes, 23 de enero de 2015

Canibaal nº4



Ya está a la venta el nº 4 de la revista de arte y literatura CANIBAAL: good thing, man.  

Agustín Fernández Mallo, Yolanda Relinque, Tonino Guitián, Alejandro Jodorowsky (entrevista de Sergio Pinto Briones y Aldo Alcota), Francisco Ferrer Lerín, Fernanda Trías, Rodrigo Rey Rosa, Arturo Borra, Jorge Albi (entrevista de Jesús García Cívico), Volkan Diyaroglu, Rodrigo Villagrán, Ricard Chicot, Carlos Lopezosa, Yaxkin Melchy, Víktor Gómez, Gema Polanco, Charles Bernstein (traducción Enrique Winter), Rocío Cerón, Pablo Miravet Bergón, Roberto Echavarren, Agustín Calvo Galán, Carmen Selma. 

Aquí, mi pequeña contribución: 


Fragmento para un poemario futuro [p. m.] 

De tantas horas habladas quedará
tal vez un solo enunciado plausible,
permanecerán acaso una o dos
grafías táctiles y aquel lema: elegir
entre estar muertos o todavía
más muertos.
Me seduce el paisaje tábido
que describes con tu voz sedosa,
páramo que siseas y abocetas
en este aniversario de la ruina universal
que es cada jornada.
Mientras, los cerebros reposan
sobre la almohada de un desierto;
ese cono de sombra y Leibniz detrás
de todo, el todo
sobre el que se proyecta
una luz gris de lazareto,
danza semántica
a la que nos hemos entregado
sin reservas, hamacados por la impertinencia
de un sol ingenuo y dador
que elide el silbido tronante
de un mundo hermoso y terrorífico:
el mundo que asedia.
Démonos por satisfechos
por la impronta deleble
que en el hablar ha persistido,
en el aire, en una estancia opresiva,
en todas las palabras genésicas
que han modelado el orbe,
en este lenguaje
remanente,
en este decir quedo,
ayuno de urdimbre argumental,
atendible, por ello, en su ajenidad
feliz.
La otra opción es callar, no hablar
de las detonaciones
que estallan en las estancias
que, todos lo sabéis,
son espacios aún no vacíos
de ambiciones y apetencias vanas,
esas malezas del nonsense
sobre las que diserté una tarde
amarilla ante un auditorio
de geranios y metales terribles:
elíjanse ustedes, sean
responsables de su estupidez,
al menos de sus mocasines. 
La otra posibilidad, sí, es
saberse carne muda, atroz, nada
en el universo inconmensurable
de una arcilla corpórea, de
los pliegues rosas de una parte
imperfecta de adelante, los
plisados de esa falda salvaje
y encarnada, las hojas de Whitman
sobre el cálido alquitrán de aquella
gimnasia vieja, los brazos
dejados caer sobre la cultura
occidental
y la ceniza, fatigados, ahítos
–como diría un mal poeta–,
los brazos cansos, ya los bíceps
agotados que boxean con luciérnagas
ignorantes en un cuadrilátero
académico atestado de imbéciles;   
allá el inevitable bendito de turno
recitará embelesado «Esto es agua»
y nos miraremos indefensos;
nada podremos argüir
frente a esa tierna sabiduría
de college norteamericano, 
paideia liberal para depredadores
del mañana; pero es, a su modo,
un discurso hermoso,
reconoceremos finalmente
con una sonrisa erosiva en los labios. 

*

viernes, 16 de enero de 2015

Rey Rosa sobre la violencia (cita)



«Del urgente clamor humanitario que se hace oír en los medios de comunicación, habría que pasar al análisis de la interacción entre los diferentes tipos de violencia: la violencia subjetiva (ejercida por “individuos malvados”, los aparatos represivos, las turbas linchadoras y otros agentes sociales); la violencia objetiva (el racismo, el machismo, la exclusión); y la violencia simbólica o sistémica (la clase de violencia necesaria para perpetuar ciertos modos de vida –como el que existía en Rusia en tiempo de los zares, como el que gozan las oligarquías latinoamericanas– y que, combinada con formas más sutiles de coerción –incluida la amenaza de violencia– sirve para sustentar situaciones de explotación y dominio).
Mientras que la violencia del primer tipo suele ser rechazada de manera unánime, el segundo tipo tiene partidarios y apologistas entre gente que no es natural o físicamente violenta: en cuanto al tercer tipo, aunque de manera casi siempre imperceptible, todos somos cómplices –quiénes más, quiénes menos conscientes.
(…)
»Podríamos ensayar una especie de “examen espectral” de algunos medios escritos del país [Guatemala], y señalar la insensibilidad que demuestran a la hora de presentar algunas noticias –una falta de sensibilidad generadora y transmisora del tercer tipo de violencia, la que, para adoptar la nomenclatura en boga, podríamos llamar también ultra objetiva. En general, somos cómplices de la violencia simbólica los miembros de un grupo humano que vivimos en “relativo confort”. Digamos: de la clase media para arriba –y esto incluye a la mayoría de los lectores de estas páginas, pienso».

[Rodrigo Rey Rosa, «La violencia que generamos»,en Rodrigo Rey Rosa, 
La cola del dragón. No ficciones, prólogo de Manuel Turégano, Valencia, 
Ediciones Contrabando, 2014, pp. 138-139]


* Nota emocionalmente correcta de Chez Cadou para histéricos, apocalípticos y  amigos del escándalo: ni la cita de Rey Rosa ni su elección para este post guardan relación alguna con la carnicería perpetrada la semana pasada en París.  

sábado, 10 de enero de 2015

Librería Railowsky: treinta años


001 © Fotolateras (Lola Barcia y Marinela Forcadell). «Ristorante» (Roma)


002 © Francisco Moltó Esquembre. Valencia


003 © Joaquín Collado. «Bar La Mina» (Valencia)


004 © Jordi Durà. «Fàbrica de cervesa Beamish & Crawford» (Eire)


005 © Luis Baylón. «El diamante» 


006 © Ana March. «Patanegra Restorant»


jueves, 1 de enero de 2015

Zona de obras (Leila Guerriero)



No deja de ser llamativo –y, en algún sentido, encomiable– que, en un contexto caracterizado por la proclamación en tono celebratorio de la abolición de las fronteras entre los géneros, una escritora se preocupe de perfilar los contornos de uno de ellos –el periodismo literario o narrativo– y de desentrañar las claves de sus expresiones paradigmáticas –la crónica y el perfil–. Ciertamente, Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967), periodista autodidacta que nunca pisó una facultad de periodismo, no se ha propuesto en Zona de obras elaborar una ontología del periodismo narrativo. Por una parte, su libro no es un ensayo sesudo y sistemático, sino una compilación de piezas más o menos breves y de intervenciones y ponencias leídas en diversos foros que Guerriero ha publicado a lo largo de los últimos años, escritos que, como advierte la autora en la nota preliminar, «se canibalizan entre sí y (…) trafican materiales de uno a otro» (p. 16). Por otra parte, y más importante aún, el objeto capital de reflexión de este volumen no es solo, o no es tanto, la «naturaleza» del periodismo literario, sino los mecanismos que subyacen a la producción y la construcción del texto o, dicho más sencillamente, el oficio de escribir, cuestión que la autora sintetiza en una triple pregunta: cómo, para qué y por qué se escribe (Cfr. pp. 133-141).

Los fragmentos de las crónicas y los perfiles reproducidos en Zona de obras sobre temáticas absolutamente heterogéneas funcionan como pretextos para dar respuesta a aquella triple pregunta, para especular sobre el acabado de la crónica y el perfil –bien podría decirse que algunos textos del libro son, propiamente, meta-crónicas y meta-perfiles– y para esbozar una teoría in fieri, embrionaria y no organizada, sobre la escritura en el género que cultiva Guerriero. Y la misma finalidad tienen las numerosas transcripciones de los juicios vertidos por autores que han escrito periodismo literario –entre otros, Walsh, Sims, Wolfe, Salcedo Ramos, Orlean, Caparrós, Kidder, King, Reed, Tomás Eloy Martínez, Kramer, Boris Muñoz, Joseph Mitchell, Talese, Hersey, Foster Wallace, Villoro, McPhee, Capote, Chillón, Harr, Zaid, Sivak, Anderson–, nómina que incluye a algún mentor (Homero Alsina Tevenet) y en la que, sorprendentemente, Hunter S. Thompson sale malparado (p. 118). Sin pretensión de completitud, resulta posible abstraer tentativamente algunas «reglas» –la autora habla también de «pistas»– de la proto-teoría de la escritura en el periodismo narrativo sugerida en Zona de obras. La primera es tener algo que decir (o, en la inflexión argentina, «tener algo para decir», pp. 21, 49, 195). La segunda, adiestrar la mirada: a juicio de la autora, «el periodismo narrativo se construye, más que sobre el arte de hacer preguntas, sobre el arte de mirar» (p. 45). La tercera, y partiendo de que el periodismo literario adopta, por definición, algunos recursos de la ficción, es evitar tanto la prosa chata y notarial como el «exhibicionismo vacuo», ello porque en el buen periodismo narrativo «la prosa y la voz del autor no son una bandera inflamada, sino una herramienta al servicio de la historia» (p. 47). La cuarta regla, acaso la más importante, es «no inventar» y acatar el contrato tácito con el lector –pacto que, al parecer, violó el afamado Ryszard Kapuscinki–, es decir, respetar el límite entre el periodismo narrativo –que exige una ardua tarea de investigación previa– y la ficción. La quinta es no asumir bajo ningún concepto el «malentendido» de acuerdo con el cual «es posible escribir buen periodismo leyendo solo periodismo» (p. 104). La última no es, en sentido estricto, una regla, ni siquiera una pista: la crónica es un género cuya producción «necesita tiempo» (p. 124), y corresponde a cada autor hallar el «método» (p. 242) para organizar el material acumulado en la investigación, proceder a su vaciado y reescribir continuamente –escribir, dijo Donald. M. Murray, es reescribir– a fin de ultimar un texto que fluya, que tenga clima y voz propia, que sea estructuralmente equilibrado y que huya del prejuicio y del lugar común. A propósito de esta última «pista», vale la pena leer un breve y bello texto de Zona de obras titulado «Acerca de escribir» en el que Guerriero –magnífica escritora que declara abiertamente que no le gusta «el acto de escribir» (pp. 116 y 165) y a la que se le puede reprochar el abuso puntual de la coma y la proverbial confusión de la perífrasis modal de obligación con la de duda– recoge el siguiente testimonio de una escritora venezolana: «odio escribir, pero amo haber escrito». De eso se trata.                      


Leila Guerriero, Zona de obras, Barcelona, Círculo de tiza, 2014, 244 p.

[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 96, invierno 2015]