“(…) Pero en realidad tampoco sin Paul hubiese estado solo en aquellos días, semanas y meses en la Baumgartenerhöhe, porque al fin y al cabo tenía al ser de mi vida, el que, después de la muerte de mi abuelo, fue decisivo para mí en Viena, a la amiga de mi vida, a la que no sólo debo mucho sino, dicho sea francamente, desde el momento en que hace más de treinta años [nota bene: hace más de quince años], apareció a mi lado, se lo debo más o menos todo. Sin ella no estaría ya ni siquiera con vida y, en cualquier caso, no hubiera sido nunca el que soy, tan loco y tan infeliz, pero también feliz, como siempre. Los iniciados saben lo que se esconde tras esta expresión ser de mi vida, a través de la cual y del cual extraigo mis fuerzas y, una y otra vez, mi supervivencia, y de nadie más, ésa es la verdad. Esa mujer para mí ejemplar en todos los sentidos, inteligente, que nunca me ha dejado en la estacada en un solo momento decisivo y de la que en los últimos treinta años [n. b.: diecisiete años] he aprendido, o, por lo menos, aprendido a comprender casi todo, y de la que todavía hoy aprendo y, por lo menos, aprendo a entender lo decisivo (….)”
Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Anagrama, 1ª ed. compactos, 1999, p. 28.
