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martes, 10 de mayo de 2016

Los enfermos y los sanos: un dicterio



«Cuando finalmente fui dado de alta en el pabellón Hermann, en lugar de morirme como me habían predicho, y volví a Nathal, durante cierto tiempo no supe nada más de mi amigo. Me costó el mayor esfuerzo normalizarme, no había ni que pensar aún en un nuevo trabajo, pero me esforcé por poner orden en mi casa, realmente bastante abandonada durante mi ausencia, despacio, me decía, solo despacio volver a crear poco a poco las condiciones que me permitirán un día empezar un trabajo. El enfermo que ha estado lejos de su casa durante meses vuelve como alguien para el que todo se ha vuelto extraño y tiene que familiarizarse solo poco a poco y de la forma más penosa con todo y apropiárselo todo otra vez, da igual de lo que se trate, entretanto lo ha perdido realmente y ahora tiene que volver a encontrarlo. Y como el enfermo, básicamente, está siempre abandonado, todo lo demás es una mentira perversa, tiene que recurrir ya a fuerzas completamente sobrehumanas si quiere continuar donde meses antes, o, como en mi caso ya varias veces, años antes, se interrumpió. Eso no lo comprende el sano, se impacienta enseguida, y precisamente con su impaciencia hace más difícil para el enfermo que vuelve todo lo que debería facilitarle. Los sanos nunca han tenido paciencia con los enfermos y, como es natural, tampoco los enfermos con los sanos, lo que no hay que olvidar. Porque el enfermo, como es natural, espera de todos mucho más que el sano, que al fin y al cabo no tiene que esperar tanto porque está sano. Los enfermos no comprenden a los sanos, lo mismo que, a la inversa, los sanos a los enfermos, y ese conflicto es a menudo un conflicto mortal, porque en fin de cuentas el enfermo no está a la altura de las circunstancias, pero tampoco, como es natural, lo está el sano, al que un conflicto así basta para poner a menudo enfermo. No es fácil tratar con un enfermo que de repente está otra vez allí de donde fue arrancado meses o años antes por la enfermedad, y de hecho de todo, y la mayoría de las veces los sanos no tienen deseos de ayudar al enfermo, la verdad es que fingen continuamente ser samaritanos, cosa que no son ni quieren ser y que, al ser algo fingido, solo perjudica al enfermo y no le aprovecha en lo más mínimo. El enfermo está realmente siempre solo y la ayuda que se le presta desde el exterior resulta ser casi siempre solo un impedimento o una molestia, como sabemos. El enfermo necesita la más imperceptible de las ayudas pero los sanos no están en condiciones de prestársela. Solo perjudican al enfermo con su fingimiento de ayuda, egoísta en fin de cuentas, y se lo hacen todo más difícil en lugar de facilitárselo. Los que lo ayudan no ayudan al enfermo la mayoría de las veces, sino que lo molestan. Sin embargo, el enfermo que vuelve a casa no puede permitirse ninguna clase de molestias. Si el enfermo hace notar que, en lugar de ayudarlo, en verdad lo molestan, aquellos que solo han fingido ayudarlo lo ofenden. Lo acusan de arrogancia, de egoísmo sin límites, cuando sin embargo solo se trata, en su caso, de la legítima defensa más extrema. El mundo de los sanos recibe al enfermo que vuelve a casa solo con aparente amabilidad, solo con aparente altruismo, solo con aparente abnegación; pero si el enfermo pone realmente a prueba esa amabilidad y ese altruismo y esa abnegación, se revelan como una buena disposición solo aparente y, por consiguiente, afectada, a la que el enfermo hará mejor en renunciar. Pero, como es natural, nada es más difícil que la verdadera amabilidad y el verdadero altruismo y la verdadera abnegación, y la frontera entre lo verdadero y lo aparente es también en ese aspecto difícil de trazar. Creemos durante mucho tiempo que se trata de algo verdadero cuando, sin embargo, solo se ha tratado de algo aparente, ante lo que durante mucho tiempo hemos estado ciegos. La hipocresía de los sanos hacia los enfermos es la más difundida. En el fondo, el sano no quiere tener ya nada que ver con el enfermo y no le gusta que el enfermo, hablo de un enfermo realmente grave, pretenda de repente tener derecho a la salud. Los sanos sólo hacen siempre especialmente difícil para los enfermos recuperar la salud o, por lo menos, volver a normalizarse o, por lo menos, mejorar su estado de salud. El sano, si es sincero, no quiere tener nada que ver con el enfermo, no quiere que le recuerden la enfermedad y con ello, como es natural y lógicamente, la muerte. Los sanos quieren estar entre ellos y con sus iguales, y en el fondo no toleran a los enfermos. A mí mismo me ha sido siempre difícil volver del mundo de los enfermos al mundo de los sanos. Durante el período de enfermedad, es decir durante el período intermedio, los sanos se habían apartado completamente del enfermo, habían renunciado a él, siguiendo así únicamente su instinto de conservación. Ahora, de repente, aquel al que habían liquidado ya y que, en fin de cuentas, no entraba ya en consideración, aparecía otra vez reclamando sus derechos. Y como es natural se le hacía comprender inmediatamente que, en el fondo, no tenía ningún derecho. Los enfermos, desde el punto de vista de los sanos, no tienen ya ningún derecho. Hablo nada más que de los enfermos graves, que tienen una enfermedad mortal como yo y como tenía Paul Wittgenstein. Los enfermos son incapacitados por su enfermedad, y solo pueden vivir de la caridad de los sanos. El enfermo, por su enfermedad, ha dejado un puesto, y de repente reclama otra vez ese puesto. Esto lo consideran los sanos siempre como algo absolutamente inaudito. Por eso el enfermo que vuelve tiene siempre la sensación de que trata de meterse en una esfera en la que no se le ha perdido nada». 

[Fragmento de El sobrino de Wittgenstein, de Thomas Bernhard]

Las negritas son mías. 


martes, 31 de julio de 2012

Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol



Me colocaré en la línea de salida como Betty Robinson y cuando el juez de pista presione elegantemente el gatillo no reaccionaré: ¿no es acaso lo importante participar, aun si uno no se involucra demasiado en la carrera? Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol; buenas noticias tecolotianas esperaré lamiendo en mi mente las heridas de este año completamente infame. Lamentaré varias veces no haber podido hacerme con El dispositivo de la persona, de Roberto Esposito (Amorrortu, 2012). Leeré y releeré la poesía de R. S. I. –esa Zombie…– y me imaginaré agarrando de las solapas a dos, tres o diez editores ineptos y sin sentido de la música. Cerraré los ojos para que muera con la luz mi teoría estúpida de la indecencia de baja escala, y sufriré pensando en todo aquello que he callado por prudencia –y probablemente pensaré, como pienso, que la prudencia no es otra cosa que una forma de cobardía, seguramente la peor. Pensaré muchas veces –sabiéndome patético y sonriendo– en el texto de ese extenso correo electrónico dirigido a Norman Fairclough que nunca enviaré. Pensaré en un estilo atormentado, á la Gordon Lish, y me reiré bajo el sol desquiciante de la tarde: “Cómo podría decirle que usted, usted, señor Fairclough, que usted, junto a Sayer y Jessop, ha elaborado un marco analítico extraordinariamente fértil, cómo agradecerle, señor Fairclough, cómo darle a usted las gracias por haber abierto la vía para conectar la epistemología del realismo crítico y el CDA…” Contemplaré el Montgó sin fe en el así llamado ser humano y trataré de ampliar el listado de abominaciones legislativas e interpretativas que colecciono con predisposición insana y masoquista. Quizás tendré que ver un año más a ese exdirector general supuestamente socialista que lo pasó tan mal, oh trauma vitae, cuando tuvo que dejar el coche oficial y decir adiós a la caja de habanos que pagábamos todos nosotros. Repetiré, en una de esas sesudas e inconducentes conversaciones lunares, que lo que define al pensamiento trágico es el rechazo de esta inferencia: desear nada (mejor que “no desear nada”, el “no” expletivo ya parece comprometido en la problemática de una carencia metafísica) significa únicamente el reconocimiento de una necesidad sin objeto, y de ningún modo el reconocimiento de una carencia de objeto de la necesidad (Rosset, 1976: 45)[*]. Habrá que ir al Tresmall, ¿no, Ana? Leeré por fin El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki (Siruela, 2012, 28ª edición). Leeré los once libros de Olga Orozco, reunidos por Anna Becciú en Poesía completa (Adriana Hidalgo editora, 2012) y prologados por Tamara Kamenszain. Trataré por todos los medios de evitar los telediarios para no tener que ver a la pandilla de cabrones que gobierna este país de listos, ladrones y mentirosos. Leeré con delectación la Correspondencia de Thomas Bernhard y Siegfried Unseld (Cómplices, 2012, selección y traducción de Miguel Sáenz). Corregiré ese monstruo de quinientas páginas que ya no me sirve para nada, ¡¡para nada!! Leeré Elegía, de Philip Roth (Debolsillo, [2006] 2012). Leeré El innombrable, de Beckett (Alianza, 2012, 3ª edición) –la que me falta por leer de la trilogía y que tenía pendiente desde tiempos inmemoriales–. Probaré con una novela que elegí al azar porque el nombre del autor no me sonaba de nada –lo cual quiere decir que no se pasa el día dando el coñazo en Internet con el proverbial “eh!-men-soy-un-puto-genio-y-todavía-no-os-habéis-enterado”–: Perros de presa, de David Barreiro (Gadir, 2012, Premio Joven 2011 de la Universidad Complutense de Madrid). Una incógnita. Terminaré de leer Un guión para Artkino, de Fogwill (Periférica, 2009) y El sacramento del lenguaje, del a veces cargante –digámoslo todo– Giorgio Agamben (Pre-textos, 2011) No escribiré nunca más. En el chiringuito –palabra que debería estar prohibida–, buscaré con la mirada a esa MILF escocesa tan agradable que el año pasado se rodeaba de santos bebedores. Llevaré, seguramente, algún libro de Cioran. Releeré páginas de la imprescindible Antología de poetas suicidas de José Luis Gallero (2ª ed., de 2005). No sé si abriré uno de los cientos de pedeefes que tengo ahí guardados, pendientes. Me sentiré quizás muy radical leyendo con moderación al colectivo Wu Ming. No escribiré nunca más y seré feliz esperando noticias tecolotianas bajo el sol.    ´ ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e desde tiempos inmemoriales. ada! Leerara no ver a la pandilla de hijos de puta que gobiernan este paes a leer esto c     

[*] Clément Rosset, Lógica de lo peor, trad. F. Monge, Barral editores, 1976.       

viernes, 17 de diciembre de 2010

Las lecturas, los días

     Malevich, Blanco sobre blanco



“(…) Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños”
(Leopoldo María Panero, “Pavane pour un enfant défunt”)

Inventaron un rito. A la hora de la cena se sentaban en las dos butacas que habían dejado estar ahí contraviniendo los consejos del médico –las butacas que la desidia y la pereza habían dejado estar a ambos lados de la mesa que sirvió al niño tantas veces de pupitre para pintar– y uno de los dos encaraba la lectura diaria. 

I
El primer día leían “Argentina y los muertos sin adiós”, ensayo en el que Sánchez Ferlosio recrea ese viejo motivo de la antropología, la función del rito como protector del límite. La despedida, dice Ferlosio, es el rito cuya función es proteger la separación que toda partida comporta, ese límite que divide el estado de unión y el estado de ausencia. La doble tensión que el sentimiento experimenta –la confianza de volverse a ver y el temor de no volverse a ver– precisa de una salvaguardia, una salvaguardia aun ilusoria, que sólo el rito, la despedida, puede brindar. Porque el rito pauta, delimita, ubica; el rito es el aparato de marcas sobre el que se establecen las relaciones topológicas primarias en que acierta a moverse la conciencia, y –los dos estaban de acuerdo– la más fundamental de esas relaciones es la referida al límite de la muerte, el deslinde entre el mundo de los vivos y el de los muertos, límite que ha de estar absolutamente definido en la mente: no por casualidad la muerte es el adiós que reclama para sí la protección del rito de la despedida con mayor fuerza y exigencia. Por eso, dice Ferlosio, a la crueldad de los asesinatos cometidos por la junta militar debe añadirse una segunda y más refinada forma de crueldad: el impedimento del refrendo y de la nítida acreditación de tantas y tantas muertes a las que no se pudo señalar y proteger con el rito del adiós. La muerte argentina –leía él– no produjo muertos y dejó vivos, porque de los desaparecidos hizo medio vivos y, por reflejo, de quienes no volvieron a verlos ha hecho medio muertos. A ese mismo ensayo trae Ferlosio un ejemplo para ilustrar lo señalado en torno a la importancia del rito de la despedida, el del niño de cuyo ahogamiento en el río hay certeza casi plena, y alude con pertinencia a esa segunda y póstuma agonía de los padres que se prolongará inevitablemente hasta que el cuerpo sea encontrado y resulte posible señalar el límite; sólo entonces descansarán en el dolor, sólo entonces podrá su conciencia disponerse a reconocer el alcance de lo acontecido. Se sabían trágicamente confortados porque ellos sí conocían el lugar. 
II
En la segunda lectura de la liturgia semanal revisitaban la muerte de Jim Sears hijo, protagonista espectral de una parábola sobre la responsabilidad escrita por Raymond Carver, “Limonada”, cuento puntuado a manera de poema que narra la conversación del abuelo, Howard Sears, con un tercero sobre el lento descenso a los infiernos de la locura que Jim Sears, el padre del niño, inició después  de contemplar cómo unas tenazas sujetas a un cable ensogado a un helicóptero sacaban el cuerpo inerte de su hijo del río Elwha. Nadie era más culpable que él, decía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle. A fin de cuentas, él mandó al niño a buscar los termos de limonada al coche, él había comprado la tarde anterior los limones –al niño le gustaba la limonada, decía. Y sin embargo, repetía Jim Sears padre, aquellos limones habían sido plantados, regados,  cuidados , recolectados,  metidos en cajas,  llevados a la tienda y finalmente ofertados en un cajón bajo un cartel que decía “¿ha tomado usted limonada últimamente?”. “Mucha gente participó en esta tragedia”, decía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle, retrocediendo invariablemente a las primeras causas,  a ese primer limón que se cultivó en la tierra, al origen de la catástrofe. Si nunca hubiera habido limones en el mundo todavía tendría a mi hijo, repetía Jim Sears padre a cualquiera que quisiera escucharle; y si nunca hubiera habido vehículos de motor, decían ellos sin hablar; y si… si aquel mono desnudo no se hubiera alzado sobre sus cuartos traseros, si aquel sofisticado y radicalmente innecesario proceso cimentado en la replicación fiel de la información genética inscrita en la estructura química del ácido desoxirribonucléico, replicación alterada por una serie de mutaciones azarosas, si ese accidente evolutivo no se hubiera dado, si… 
III
El tercer día leían “En el potosí”, un cuento en el que Calvert Casey, el Kafka cubano nacido en Baltimore que abandonó voluntariamente el mundo en Roma a los cuarentaicinco herido por la luz, el exiliado como tantos otros de una revolución que no consentía la homosexualidad,  relata la mañana del día de difuntos en que un hombre, el narrador, sale de su casa de La Habana para visitar el cementerio de El Potosí. Allá descansa el cuerpo del hijo de su hermana Merci, madre soltera que, enloquecida, había sido encerrada en “la mazmorra” –o tal vez en el Castillo– y había muerto también. Los textos de Casey, decían quitándose la palabra, están plagados de momentos de genialidad trágica que provocan la carcajada que no termina de estallar. Y así era, ellos contenían la risa cuando leían que el hombre que llevaba flores al niño muerto se distraía mirando el “Osario general del potosí” –o tal vez el osario general de Oklahoma–, mantenido a cielo abierto por los responsables del cementerio para que el sol pusiera los huesos muy blancos “porque así se ven más bonitos”. O que le gustara mucho leer las lápidas y apuntar en un cuaderno lo que decían los muertos. Por ejemplo, aquel epitafio incomprensible que un padre sordomudo había puesto en la lápida de su hijo sordomudo. Y siempre regresaban el tercer día de la semana a los fragmentos en los que Casey había introducido con sutileza al niño enfermo y después muerto en el relato: “el entierro del niño no, eso sí que no, porque el entierro del niño lo pagué yo que entonces estaba trabajando en la oficina –o tal vez la Mutua de Accidentes de Trabajo–, porque el niño se murió antes de que me botaran y como yo tenía dinero y Merci me pidió antes de perder la razón que le pagara un entierro de primera al niño yo se lo pagué y me gasté un montón de dinero en un entierro muy lindo”; un entierro escrito bajo la herida de la luz. [1]

IV
El cuarto día de la semana abrían al azar la edición original de Destino para leer algún que otro fragmento el de Mortal y rosa, el libro pergeñado durante y después de la enfermedad y muerte del hijo de Umbral cuya escritura, pensaban, acaso fue la única  respuesta posible ante el deplorable escándalo de una vida tan pronto abortada en el seno de la también escandalosa asepsia de un hospital. Al final aterrizaban invariablemente en el tramo que más de cerca toca el señalamiento del límite. En la página cientoveintisiete uno de los dos leía que también el horror puede llegar a ser de alguna manera confortable, que tener a un ser en la muerte –fórmula un poco heideggeriana que no desluce la belleza del libro– es tenerlo ya “seguro, a salvo, fijo como una estrella libre de todos los peligros, más allá de todas las riadas de la vida”. Y después, respetando el rito, iban a parar a la página donde está la cita de Blake (“si el sol dudara un momento se apagaría”), máxima con la que –piensa ella– el escritor quiso connotar la inmunidad de los niños con respecto al peso constrictivo de la cultura, la libérrima espontaneidad heracliteana de los soles párvulos que no dudan al fundar una tradición en cada trazo de su pintura, la pintura del niño apoyado siempre sobre la mesa escoltada por las dos butacas dejadas allí contraviniendo los consejos del doctor por pereza y desidia. 
 
V
El quinto día leían pasajes de Carta a una desconocida de Stefan Zweig, lascas de la eterna espera de la amante que escribe junto a su hijo muerto al escritor que no conocía al niño y que no supo reconocerla a ella. “Ayer murió mi hijo, nuestro hijo yace…”, repite como un mantra la madre que relata en la carta, en la novela, los sucesivos desencuentros en Viena del hombre ligero, mundano, epicúreo y la adolescente enamorada, la joven virgen que regresó de Innsbruck y yació tres noches con él sin resistirse a nada, la mujer que parió sola entre la cochambre de la maternidad de pobres y sobrevivió gracias a amigos ricos y amantes ricos que la buscaron a ella. Ella, que le envió un ramo de rosas blancas cada cumpleaños. “Mi hijo nuestro hijo yace muerto junto a los cirios encendidos, he alzado mis puños hacia dios y le he llamado asesino…”, dice. Y sobre el límite del adiós del niño se proyecta la doble naturaleza del desencuentro eternizado, el amor loco y servil, la incondicionalidad incomprensible y hasta estúpida, y la distancia, el juego despreocupado, inconsciente, la ligereza, la desmemoria. Después de dejar gritar a su alma –expresión de Zweig– ella se despide también de la vida, dejando testimonio de las soberanas prerrogativas de la indiferencia, del estatuto frágil de lo que parece verdadero, del absoluto desprestigio de todo lo que es un fin en sí mismo.

VI
La prosa de Thomas Bernhard percutía en las cabezas de los dos el sexto día de la semana,  la prosa catártica y devastadora de El origen, el alucinante ritmo del virulento ataque en dos tiempos al mismo horror – el nazismo, Grünkranz; el catolicismo, el tío Franz–, el horror sufrido por el niño adolescente en Salzburgo antes y después de la guerra en las instituciones de las que, dice Bernhard, uno no escapa nunca porque lo que queda “para el resto de su vida y para el resto de su siempre dudosa existencia, quienquiera que sea y sea de él lo que fuere, una naturaleza en cualquier caso mortalmente humillada y, al mismo tiempo, desesperada y, por ello, una naturaleza desesperadamente perdida, ha sido aniquilado como consecuencia de su estancia en ese calabozo educacional como detenido educacional, ya puede vivir decenios, en calidad de lo que sea y dondequiera que sea…” La diatriba salvaje de Bernhard y en ella los niños muertos, los niños que se suicidaban tirándose desde el Mönchsberg, los colegiales aplastados en la calle de los suicidios, montones de carme vestida con ropa de colores. Leían también el incidente en el camino de la Gstättenngasse: el niño Bernhard pisa una cosa blanda, una mano de niño arrancada a un niño después del bombardeo de los aviones americanos, “una mano de niño que creí que se trataba de una mano de una muñeca”, pero no era la mano de una muñeca, era una mano de niño arrancada a un niño muerto. La atroz intervención de la violencia, catástrofe como catástrofe la brutalidad y el desamparo que la sigue, la coincidencia casi completa de los métodos de castigo de los dos horrores, la mano que funda una tradición en cada trazo, la mano arrancada a un niño muerto.

VII
El séptimo día leían sentados en las butacas “Homenaje a Masoch”, el relato de Augusto Monterroso sobre un recién divorciado que, sintiéndose muy libre en su nueva situación, alterna todas las noches con amigos que se mueren de risa con sus chistes, con las cosas que dice en el cóctel, en la exposición, en el café, el cuento que versa sobre el hombre que ha adquirido un hábito, que ha inventado un rito. Cada noche, cuando regresa a su apartamento, se sienta en una butaca situada entre el tocadiscos y una mesita sobre la que coloca una botella y un vaso, toma su ejemplar de Los hermanos Karamazov (editorial Nueva España, México, 1944), pone en el aparato una grabación de la tercera sinfonía de Brahms y abre el libro por el capítulo III del Epílogo para leer los pasajes infinitamente tristes en los que aparecen el niño Ilucha muerto en el féretro azul, el niño Kolia proclamando a Mytia inocente y declarando su voluntad de morir por toda la humanidad y Aliocha Karamazov pronunciando el discurso que culmina con el grito enardecido de los niños –¡viva Karamazov!–, esa explosión de entusiasmo que el muy bien calculado ritmo de lectura del hombre divorciado hace coincidir con los últimos acordes de la sinfonía, operación que repite cuantas veces lo permita el alcohol ingerido para finalmente irse a la cama y hundir la cabeza en la almohada y llorar por Ilucha, por Mytia, por Kolya, por Aliocha , llorar por sí mismo… Y ellos también homenajeaban a Masoch y abrían el séptimo día el volumen III de las obras completas de Dostoievski que Cansinos Assens tradujera para Aguilar (décima edición, Madrid, 1968) para leer el capítulo III del Epílogo (pp. 590-596), ese perturbador empate entre sentimentalismo y delirio, esa tarada y genial recreación dostoievskiana de lo que acontece en el alma…El que leía llegaba al viva Karamazov –“hurra” en la edición de Aguilar– muy castigado. Los balbuceos apenas dejaban entender algo, el agua avanzaba como el fuego por la deteriorada superficie del papel biblia, un  pesar líquido derramado sobre los brazos de las butacas inundaba la sala, la casa, el cielo y el universo interestelar en la forma y ocasión estipuladas por el rito. Algunos días hurgaban en la biblioteca y la búsqueda ya había dado resultados: “Para una tumba de Anatole” de Mallarmé. Pero algo les impedía alterar el elenco, algo les impedía dejar de llorar por los muertos argentinos sin adiós, por Jim Sears hijo, por el niño rosa enfermo, por el hijo de Merci, por el hijo de la amante de Viena, por el niño bombardeado en Salzburgo, por Ilucha, por ellos mismos.  Algo les impedía trasponer el límite,  transgredir el rito.

[escrito en 2001; reescrito en 2006; encontrado y retocado hoy] 

[1] “Calvert Casey. Herido por la luz”  es el título de un ensayo de Rafael Rojas publicado en Letras libres.

martes, 5 de octubre de 2010

Bernhard en un cumpleaños


“(…) Pero en realidad tampoco sin Paul hubiese estado solo en aquellos días, semanas y meses en la Baumgartenerhöhe, porque al fin y al cabo tenía al ser de mi vida, el que, después de la muerte de mi abuelo, fue decisivo para mí en Viena, a la amiga de mi vida, a la que no sólo debo mucho sino, dicho sea francamente, desde el momento en que hace más de treinta años [nota bene: hace más de quince años], apareció a mi lado, se lo debo más o menos todo. Sin ella no estaría ya ni siquiera con vida y, en cualquier caso, no hubiera sido nunca el que soy, tan loco y tan infeliz, pero también feliz, como siempre. Los iniciados saben lo que se esconde tras esta expresión ser de mi vida, a través de la cual y del cual extraigo mis fuerzas y, una y otra vez, mi supervivencia, y de nadie más, ésa es la verdad. Esa mujer para mí ejemplar en todos los sentidos, inteligente, que nunca me ha dejado en la estacada en un solo momento decisivo y de la que en los últimos treinta años [n. b.: diecisiete años] he aprendido, o, por lo menos, aprendido a comprender casi todo, y de la que todavía hoy aprendo y, por lo menos, aprendo a entender lo decisivo (….)”





Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Anagrama, 1ª ed. compactos, 1999, p. 28.