viernes, 26 de noviembre de 2010

Poetizando en el limbo




“Pero la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito” (Roberto Bolaño, Los detectives salvajes)

El juego, notablemente estúpido si se analizan fría y racionalmente las cosas, consistía en versificar a ciegas el poema que Roberto Bolaño dedicó a Enrique Vila-Matas poco antes de la muerte del primero, acaecida el 15 de julio de 2003. Los dos jugadores habían visto muchas veces el vídeo: un contenido pero visiblemente emocionado Vila-Matas recita el poema, hasta entonces conocido y leído por muy pocas personas, en un acto público celebrado en Blanes para rendir homenaje al escritor chileno-mexicano. Bolaño, repetían los dos jugadores, el junior infrarrealista, el senior maximalista, el arisco, el escritor con mayúscula, el muerto homenajeado, el condenado a muerte que escribió febrilmente hasta el final, el por muchas razones ejemplar Bolaño –ejemplar posiblemente a su pesar.
El texto había sido encontrado en un cuaderno de Bolaño y fue entregado a Vila-Matas tras el fallecimiento del autor de 2666.
Ambos jugadores habían visto el vídeo muchas veces –tal vez demasiadas, me permito sugerir desde mi privilegiada omnisciencia–. Vila-Matas abre su breve intervención con una introducción Shandy –“hay muchos shandies, pero yo soy el primero”, ha dicho alguna vez Vila-Matas– y lee después el poema de Bolaño vigilado por la mirada senatorial de Herralde, a cuya diestra está sentado Rodrigo Fresán, que arma un ademán exquisito –véase infra– en el momento en que Vila-Matas acomete la lectura del poema.
Lo que más les gustaba del vídeo era el contraste entre la atmósfera informal que Vila-Matas sabe crear en el primer tramo de su breve intervención –óiganse las risas– y el silencio funéreo que secuestra la sala en cuanto Vila-Matas procede a leer del texto de Bolaño. Y qué decir de esa mujer mayor que resopla en uno de los últimos planos…entre aplausos  
Los dos jugadores habían mantenido interminables discusiones en torno a la deuda de John von Neumann con Émile Borel. El primer jugador consideraba que Borel era el auténtico padre de la teoría de juegos porque, nunca se cansaba de repetirlo, algunos años antes de la publicación del famoso artículo de von Neumann “Zur theorie der Gesellschaftspiele” (1928), Borel ya había escrito y publicado varios  textos sobre teoría de juegos. Expertos en las decenas de modalidades de juegos elaboradas a lo largo del siglo veinte y admiradores incondicionales de Nash, tenían sin embargo una inexplicable predilección por la formulación que realizó Albert Tucker del juego que el propio Tucker denominó el dilema del prisionero, de modo que acordaron realizar el juego emulando torpemente una de las reglas de Tucker.
Convinieron en encerrarse en habitaciones separadas pertrechados con un cuaderno –detalle puerilmente fetichista, atendido que el poema de Bolaño había sido encontrado precisamente en un cuaderno del escritor chileno-mexicano, el junior infrarrealista, el senior maximalista, etc…–, un ordenador y un silbato. En cuanto el jugador 1 soplara su silbato, ambos pulsarían el play para ver el vídeo y escribirían el poema en sus respectivos cuadernos. El primero en terminar soplaría  su silbato, y el otro jugador debería detenerse en ese preciso momento. Posteriormente, comprobarían los resultados buscando el texto original. Ambos sabían que era posible acceder al texto original, pero asumieron la regla cooperativa de prohibirse buscar el poema en la soledad de sus habitaciones. Era obvio –simple cuestión de probabilidad– que resultaba imposible calcar el texto original en la transcripción a ciegas, de modo que era estúpido consultarlo. No querían desvirtuar el juego. El jugador 2 terminó el primero. El jugador 1 oyó el silbato, dejó de escribir y fue a reunirse con el jugador 2 en la habitación de éste. Los resultados:

Jugador 2: Poema para EVM 
Qué lugar es ése al que nos llevarán nuestras palabras,
las bellas durmientes, por caminos a menudo distintos.
Qué eriazo, qué infierno.
Qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura
en la que nos reuniremos finalmente.
Qué aullidos, qué silencio.
Qué permutaciones nos aguardarán
cuando hayamos atravesado todo lo que hay que atravesar,
cuando nos hayamos despojado de todo, qué olvidos, 
qué.
En algún lugar infinito se esconde, en un tiempo
que nos es ajeno, que ni siquiera nos molestamos en mensurar.
Allí, donde tiene una casa nuestro terror de alquiler. 

Jugador 1: poema para EVM 
Qué lugar es ése al que nos llevarán
nuestras palabras, las bellas durmientes,
por caminos a menudo distintos, qué eriazo, qué infierno.
Qué nos espera allí, Enrique, en esa blancura
en la que nos reuniremos finalmente, qué aullidos, qué silencio.
Qué permutaciones nos aguardarán
cuando hayamos atravesado todo lo que hay que atravesar,
cuando nos hayamos despojado de todo, qué olvidos, qué.
En algún lugar infinito se esconde,
en un tiempo que nos es ajeno, 
que ni siquiera nos molestamos en mensurar…

Como todas las noches, la jefa de enfermeras, a quien los dos jugadores llamaban Ratched, recorría la planta baja antes de encerrarse en su despacho para preparar el plan de actividades del día siguiente. Oyó unos gritos, o mejor, unos aullidos y vio un filo de luz en el quicio de la puerta de la sala de ordenadores. Aceleró el paso y al llegar a la sala abrió la puerta con determinación. Simón estaba sentado frente a un ordenador encendido en cuya pantalla Ratched vio cuatro estrofas. Había dos cuartillas emborronadas sobre el teclado. Ratched era gélida, jamás se alteraba, pero esa noche las escalofriantes carcajadas de Simón –parecidas a esos terremotos que, según dicen, presienten algunos animales especialmente aptos– hicieron que, por primera vez, vacilara al dar una orden. 



viernes, 19 de noviembre de 2010

La sonrisa de Beckett y el estupor de Joyce


“En Dublín sindicatos y empresarios jugaron limpio y dieron una bocanada de aire fresco a las empresas”
(Capital, diciembre de 1995)

“Costes salariales bajos y sindicatos moderados han permitido barrer la imagen ancestral de un país rural y perezoso”
(Le point, 6 de abril de 1996)

“Irlanda demuestra de modo indiscutible que abrazar la globalización representa el camino más rápido hacia la opulencia”
(The Economist, 16 de enero de 1997)

“Celebramos el siempre notable comportamiento de la economía irlandesa, que descansa en unas políticas económicas sanas y ofrece una invaluable lección para los demás países”
(Fondo Monetario Internacional, 2004)

“El crecimiento económico se estimula reduciendo los impuestos y la burocracia. Irlanda demuestra que es posible y cómo hacerlo”
(Brussels Journal, 25 de noviembre de 2005)

“Francia y Alemania sólo tienen una alternativa: transformarse en Irlanda o transformarse en un museo”
(The New York Times, 1 de julio de 2005)




“Irlanda se resigna a la ayuda externa. Admite que los bancos precisan apoyo, mientras crece la hostilidad contra la cesión de soberanía y el empeño en mantener las ventajas fiscales. A pesar de la resistencia planteada de los últimos días, y de un nacionalismo que percibe la ayuda exterior como cesión de la propia soberanía, los gestores políticos y económicos de Irlanda parecían ayer resignados a convertirse en el segundo país de la eurozona rescatado de la crisis en lo que va de año, después de Grecia. La República necesita “un préstamo muy importante de decenas de miles de millones de euros” para socorrer a su debilitado sector financiero, admitió el gobernador del banco central irlandés, Patrick Honohan, coincidiendo con la llegada a Dublín de una misión negociadora de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional”
(El País, 19 de noviembre de 2010)


¿Quién pagará la factura?…En esto, Irlanda seguirá siendo un modelo. De hecho, lo es desde hace un año y medio. Bien pensado, no hace falta irse a Irlanda para saber quién está pagando la factura. 

Siempre nos quedará The Pogues. 




jueves, 4 de noviembre de 2010

Híbridos casi posibles III (Giannuzzi & Turner)


Ilustración de Carlos Maiques

*

No importa si vuela ella o si vuela él. Un poco de almíbar para llorar orillas del río Mapocho o de cualquier río imaginable.


Aeropuerto (J. O. Giannuzzi)

En la partida
el último tema de tu cabeza
en mi costado soñador.
El mundo
que se dispone a dividirse en dos;
y el avión
que suavemente se desprende
de esas consistencias amarradas entre sí.
Y el azul que te alza y te devora
mientras yo desciendo
a la mitad sombría del planeta.

(Joaquín O. Giannuzzi, Antología poética, prólogo de O. Picardo, Madrid, Visor, 2006)


*

En 2006 Arctic Monkeys, cuatro niñatos de Sheffield, irrumpieron en la escena indie –sea cual fuere el significado de este concepto esencialmente controvertido, como diría Walter Bryce Gallie– con un espléndido primer álbum, Whatever they say I am, that’s what I’m not, cuyo inesperado éxito convirtió al grupo casi en un fenómeno de fans –preferentemente, niñatas/ os obnubiladas/ os por el charm de Alex Turner, letrista, cantante y guitarra–. Esta canción no pertenece al primer disco y nada tiene que ver con el pulso post-punk –sea, de nuevo, cual fuere el significado de esta expresión– que impregna la mayoría de las canciones de Whatever they say I am…, pero aquí sólo buscamos híbridos casi posibles. 
Turner es un buen cantante y no es mal poeta.