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sábado, 10 de noviembre de 2012

Bienvenido al club, querido Philip


"He dedicado mi vida a la novela: he estudiado, he enseñado, he escrito y he leído.
 He dejado fuera casi todo lo demás. Ya basta"

[Philip Roth deja de escribir; noviembre de 2012]

*

"(...) "Qui-e-ro dar-les las gra-cias a to-dos us-te-dess la bien-ve-ni-daa aa es-ta si-na-go-ga." Dios, Diooooos, si estás ahí arriba, bañándonos en tu resplandor, ¿por qué no nos ahorras a los propios rabinos, aunque sólo sea en nombre de la dignidad humana? Cielo santo, madre, todo el mundo lo sabe ya, ¿por qué tú no? ¡La religión es el opio del pueblo! Y si pensar así me convierte en un comunista de catorce años, eso es lo que soy, entonces, ¡y me enorgullezco de ello! Prefiero ser comunista en Rusia que judío en una sinagoga, siempre... Y se lo digo a mi padre a la cara, también. Otra granada que le estalla en las tripas, es el resultado (ya me lo maliciaba yo), pero lo siento, resulta que yo creo que los derechos del hombre, derechos que en la Unión Soviética se extienden a todo el mundo, sin consideración de raza, religión o color. De hecho, es por mi comunismo que últimamente me empeño en comer con la señora de la limpieza, los lunes, cuando llego del instituto y me la encuentro en casa... Comeré con ella, madre, a la misma mesa y la misma comida. ¿Ha quedado claro? Si me toca comer lo qué sobró de carne asada vuelta a calentar, carne  asada vuelta a calentar será lo que ella coma , y no queso Muenster cremoso, ni tampoco atún, servido en un plato especial de cristal, que no absorbe sus gérmenes. Pero no, no: mamá no acaba de cogerlo, parece. Demasiado raro, parece. ¿Comer con la shvartze? ¿De qué estoy hablando? Me susurra en el pasillo, nada más llegar yo del instituto: "Espera, la chica en seguida termina..." Pero es que yo no pienso tratar a ningún ser humano (que no sea mi familia) como a un inferior. ¿No te entra en la cabeza el principio de igualdad? Y, te lo digo, si papá vuelve a decir negro asequeroso en mi presencia, le hinco una daga en ese beato corazón de mierda que tiene. ¿Ha quedado claro para todo el mundo? (...)"

[Philip Roth, El mal de Portnoy]  

martes, 31 de julio de 2012

Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol



Me colocaré en la línea de salida como Betty Robinson y cuando el juez de pista presione elegantemente el gatillo no reaccionaré: ¿no es acaso lo importante participar, aun si uno no se involucra demasiado en la carrera? Esperaré noticias tecolotianas bajo el sol; buenas noticias tecolotianas esperaré lamiendo en mi mente las heridas de este año completamente infame. Lamentaré varias veces no haber podido hacerme con El dispositivo de la persona, de Roberto Esposito (Amorrortu, 2012). Leeré y releeré la poesía de R. S. I. –esa Zombie…– y me imaginaré agarrando de las solapas a dos, tres o diez editores ineptos y sin sentido de la música. Cerraré los ojos para que muera con la luz mi teoría estúpida de la indecencia de baja escala, y sufriré pensando en todo aquello que he callado por prudencia –y probablemente pensaré, como pienso, que la prudencia no es otra cosa que una forma de cobardía, seguramente la peor. Pensaré muchas veces –sabiéndome patético y sonriendo– en el texto de ese extenso correo electrónico dirigido a Norman Fairclough que nunca enviaré. Pensaré en un estilo atormentado, á la Gordon Lish, y me reiré bajo el sol desquiciante de la tarde: “Cómo podría decirle que usted, usted, señor Fairclough, que usted, junto a Sayer y Jessop, ha elaborado un marco analítico extraordinariamente fértil, cómo agradecerle, señor Fairclough, cómo darle a usted las gracias por haber abierto la vía para conectar la epistemología del realismo crítico y el CDA…” Contemplaré el Montgó sin fe en el así llamado ser humano y trataré de ampliar el listado de abominaciones legislativas e interpretativas que colecciono con predisposición insana y masoquista. Quizás tendré que ver un año más a ese exdirector general supuestamente socialista que lo pasó tan mal, oh trauma vitae, cuando tuvo que dejar el coche oficial y decir adiós a la caja de habanos que pagábamos todos nosotros. Repetiré, en una de esas sesudas e inconducentes conversaciones lunares, que lo que define al pensamiento trágico es el rechazo de esta inferencia: desear nada (mejor que “no desear nada”, el “no” expletivo ya parece comprometido en la problemática de una carencia metafísica) significa únicamente el reconocimiento de una necesidad sin objeto, y de ningún modo el reconocimiento de una carencia de objeto de la necesidad (Rosset, 1976: 45)[*]. Habrá que ir al Tresmall, ¿no, Ana? Leeré por fin El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki (Siruela, 2012, 28ª edición). Leeré los once libros de Olga Orozco, reunidos por Anna Becciú en Poesía completa (Adriana Hidalgo editora, 2012) y prologados por Tamara Kamenszain. Trataré por todos los medios de evitar los telediarios para no tener que ver a la pandilla de cabrones que gobierna este país de listos, ladrones y mentirosos. Leeré con delectación la Correspondencia de Thomas Bernhard y Siegfried Unseld (Cómplices, 2012, selección y traducción de Miguel Sáenz). Corregiré ese monstruo de quinientas páginas que ya no me sirve para nada, ¡¡para nada!! Leeré Elegía, de Philip Roth (Debolsillo, [2006] 2012). Leeré El innombrable, de Beckett (Alianza, 2012, 3ª edición) –la que me falta por leer de la trilogía y que tenía pendiente desde tiempos inmemoriales–. Probaré con una novela que elegí al azar porque el nombre del autor no me sonaba de nada –lo cual quiere decir que no se pasa el día dando el coñazo en Internet con el proverbial “eh!-men-soy-un-puto-genio-y-todavía-no-os-habéis-enterado”–: Perros de presa, de David Barreiro (Gadir, 2012, Premio Joven 2011 de la Universidad Complutense de Madrid). Una incógnita. Terminaré de leer Un guión para Artkino, de Fogwill (Periférica, 2009) y El sacramento del lenguaje, del a veces cargante –digámoslo todo– Giorgio Agamben (Pre-textos, 2011) No escribiré nunca más. En el chiringuito –palabra que debería estar prohibida–, buscaré con la mirada a esa MILF escocesa tan agradable que el año pasado se rodeaba de santos bebedores. Llevaré, seguramente, algún libro de Cioran. Releeré páginas de la imprescindible Antología de poetas suicidas de José Luis Gallero (2ª ed., de 2005). No sé si abriré uno de los cientos de pedeefes que tengo ahí guardados, pendientes. Me sentiré quizás muy radical leyendo con moderación al colectivo Wu Ming. No escribiré nunca más y seré feliz esperando noticias tecolotianas bajo el sol.    ´ ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e desde tiempos inmemoriales. ada! Leerara no ver a la pandilla de hijos de puta que gobiernan este paes a leer esto c     

[*] Clément Rosset, Lógica de lo peor, trad. F. Monge, Barral editores, 1976.