Pienso si Alessandro de Giorgi me convence o no me convence y sigo peleado con el maldito texto-balbuceo sobre Homer y Langley, la última novela de Doctorow. Empezamos a hablar del automodelaje psi, de la paradójica y contradictoria genealogía del prudencialismo, de sus sombras. De pronto, sin explicación aparente, Jean-Claude Lauzon se apodera de la conversación. Recuerdo como si fuera ayer aquel día salvajemente caluroso de agosto en el que la noticia de su muerte en un accidente de aviación me dejó helado y busco esa canción de la banda sonora de Léolo, la enorme película de Lauzon que ganó en Cannes, creo que en el 92, pero no hay ningún fragmento de la película en youtube con ese fondo musical. Lástima. Mientras todo esto sucede estoy pensando que tengo que pensar algo para colgar aquí, una absurda disciplina que me he impuesto para que no languidezca. Te pregunto y dices que bueno, que bien.
Esto, entonces.
Esto, entonces.
Lábil
esta vulnerable barricada
de fluidos levantada
para que el sucio guante del desastre
no nos acaricie nunca,
esta piel de mayo lamida
esta tarde solar en la que nos recorremos,
este borrado de límites
que desmiga el tiempo
consuntivo, este nunca consumado
fracaso del amor en casa, esta efímera
alegría sin fundamento en las bocas,
este grito brotado en el quicio
de un vértigo tibio,
este empate entre centro y periferia,
este exilio
[LBDP, nº 75, para ana, claro]
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Y esto, aunque sea sin imágenes de Léolo