James, "Hombres obsolescentes", dibujo con pluma japonesa, 2011
“¡Hum! No beberé nunca más. Por la tarde hablas por los codos y al día siguiente te arrepientes de lo dicho. De todos modos, no camino haciendo eses… Por lo demás, ¡todos son unos sinvergüenzas! Así iba hablando Ivan Ilich, entrecortada e incoherentemente, mientras proseguía su camino por la acera de la calle.”
(F. M. Dostoievski, Un percance desagradable)
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Fin de la cuenta atrás; abandono de la obra de arte contra-hegemónica por aplastamiento. El texto se hizo demasiado grande, demasiado venenoso, acaso demasiado hiriente, indomesticable; el suelo empezó a temblar y finalmente todo el alfabeto latino y una parte nada desdeñable de la filosofía occidental de los últimos veintiséis siglos se desplomaron sobre la cabeza del artista. Repasó como un poseso textos que respiraban, le pareció, de una manera muy otra a la del pasado remoto o reciente. Leemos cosas, pensó, las amamos o las detestamos, y el recuerdo o el prejuicio cristalizan hasta tal punto que cuando volvemos sobre ellas nos devuelven un golpe o una recriminación. El autor guarda en un recoveco de su alma la comezón y el desasosiego a la espera de una ocasión más propicia. O no; hay que trabajar, hay que comer, es necesario seguir viviendo, hacer los espaguetis y la compra, dormir, arreglar el grifo del bidé, dice. No todo va a ser teorizar. Por lo demás, las cosas no son tan sencillas como parecen: ¿qué se está derrochando en esta intervención?, ¿es esta pieza conceptual un triunfo del don o un error adquisitivo?, se preguntó más de una vez, más de cien veces mientras saboreaba el fruto amargo de su unmistaken superiority. Veintiún folios, setenta notas a pie de página, cincuenta y siete referencias bibliográficas. Lujo y exuberancia guerrera para hacer un poco de justicia a Peón, individuo vapuleado en un percance desagradable. ¿El título? Prospecciones para una hermenéutica del lit-nerd-punk: la ansiedad de la influencia en la comunidad sublime. ¿El sparring intelectual en esta sátira? El Sr. Dr. D. Vicente Luis Mora, nuestro pensador oficial y singular. Finalmente: silencio. Ya está bien de basura. Un poco de sobriedad, s’il vous plaîtt.
“La magnanimidad exagerada también es, vista históricamente, una característica de los noveaux-riches, que se esfuerzan muy especialmente por parecer aristocráticos. Pero precisamente no hay nada más burgués que esa magnanimidad, pues, ¿qué es lo burgués por excelencia? El primado del mérito propio. Cuando el suicidio, la muerte, la guerra, el lujo y el derroche de Bataille se entienden como resultados del individuo que se sacrifica, entonces no se trata de una superación de lo burgués, sino de la definitiva victoria de la ideología burguesa que, con ello, entiende sus propias renuncias como méritos. Y como el potlatch, como cualquier competición, es por su propia naturaleza un espectáculo, la posibilidad de una imitación calculadora y simuladora del auténtico derroche está siempre presente. La imitación del potlatch no puede distinguirse de un potlatch verdadero y auténtico: no se puede preservar al derroche auténtico de su imitación. Una requisitoria moral a los que hacen el sacrificio para que derrochen “de verdad” es de poca ayuda, porque quien hace el sacrificio es tan incapaz de hacer una distinción como ésa como el que observa desde fuera. Nadie sabe de sí mismo si tiene talento o no, si tiene riquezas que pueda derrochar o no. Por eso, tampoco sabe nadie sobre sí mismo si derrocha de verdad o sólo está imitando el derroche”
(Boris Groys, Bajo sospecha. Una fenomenología de los medios, pp. 208-209)
El autor empezó incluso a perder el sueño, preocupado ante la posibilidad de sucumbir a la tentación de medir demasiado la lúdica trituración de tabúes que estaba acometiendo sin ningún tipo de inhibición, temeroso de empezar a calcular los beneficios de esa operación de demolición salvaje para cuya consumación se había impuesto a sí mismo un solo mandato: ser implacablemente despiadado.
Una vez iniciado el derroche, nada puede detenerlo. Ni siquiera la renuncia trae la calma, puesto que la renuncia no es sino el sacrificio de un sacrificio que no puede nunca librarse de la sospecha; el silencio que deriva del segundo sacrificio tampoco queda, por ello, libre de la sospecha de simulación. Sólo si no se comete la osadía de empezar el derroche hay paz. Una vez se empieza, se gana o se pierde, y perder, por lo dicho, resulta mucho más difícil que ganar. Correspondería ahora citar a Nietzsche (Crepúsculo de los ídolos, parágrafo 3 de la sección 5, el pasaje sobre la “espiritualización de la enemistad”), pero está bien así. Basta de gesticulaciones éticas y estéticas. Bas-ta-ya.
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Entre tanta putrescencia sistémica, una noticia feliz. Pre-textos traduce por fin al castellano la obra mayor de Günther Anders con un hermoso título: La obsolescencia del hombre. Suena mucho mejor que el original (Die antiquiertheit des menschen). La traducción ha corrido a cargo de Josep Monter. Es cierto que en alemán se distingue antiquiertheit y antiquität, y que el primer término puede ser traducido por “obsolescencia”. Para el lector de la órbita latina o romanista, sin embargo, el título del libro de Anders reenvía por inercia eufónica a “antigüedad”. De hecho, la traducción italiana de los dos volúmenes de La obsolescencia del hombre –el primero (1956) lo tradujo Casa editrice Il Saggiatore en 1963; el segundo (1980), Bollati Boringieri en 1992– lleva por título genérico L’uommo è antiquato.
¿Por qué leer a Anders hoy? Por muchas razones. Quizás la principal sea la venturosa inactualidad de su pensamiento. Harán mal quienes descalifiquen a Anders y tachen desdeñosamente su obra como el último gran tour de force filosófico del “humanismo”, sea lo que fuere lo que signifique esta palabra fatigada. Anders presenta una tesis bien articulada, extraordinariamente seductora y muy potente, frente a la que los innumerables idiotas deslumbrados en su contemplación alucinada, acrítica y celebratoria del así llamado progreso tecnológico no podrán sino tartamudear. Descubrid vosotros qué es el desvelo prometeico; me tengo que ir a arreglar el grifo del bidé. No todo va a ser teorizar
Günther Anders, La obsolescencia del hombre
Vol 1: Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial
Vol 2: Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial
Trad. Josep Monter, Valencia, Pre-textos, 2011.
Sin que sirva de precedente: The Fugees para Carlos González Peón, con la esperanza de que mejore su técnica pugilística.
