“No son
menos perjudiciales hoy en día los que cometen toda clase de daños a la sombra
de las frases lisonjeras de bien común y felicidad pública, halagando con ello
al pueblo. A esto se llamarla engañar con finura, si pudiera haberla en donde
domina el descaro. Los reyes asirios y medos raras veces se presentaban en
público, formándose la idea de que no siendo vistos del populacho, llegaría
éste a tenerlos por algo más de lo que eran; ocupando de este modo la
imaginación del vulgo, que creía tanto más en cuanto la vista, no podía
enjuiciar. Y así es como tantas naciones que estuvieron bajo el dominio de los
reyes de Asiria, se acostumbraron con este misterio a una servidumbre
voluntaria, al no saber qué dueño tenían y averiguando difícilmente si
realmente lo tenían; venerando todos con respeto sagrado a un soberano que
nadie habla visto. Los primeros reyes de Egipto no se presentaban jamás en
público sin llevar un ramo o una luz en la cabeza, enmascarándose así y
haciendo el payaso, y con la rareza de la cosa excitaban el respeto y la
veneración de sus vasallos; ya que unas gentes menos ignorantes y serviles, no
hubieran dejado de mirarlo como un pasatiempo digno tan solo de provocar la risa.
Causa compasión, en verdad, oír hablar de cuantos arbitrios y ridiculeces se
valieron los tiranos para consolidar su tiranía; valiéndose de tantos pequeños
medios, sabiendo que trataban con unos pueblos tan ignorantes y estúpidos que,
por mal que se les tendiera el cebo, caían en él, siendo más fácilmente
engañados y sujetados cuanto más se burlaban de ellos”.
[Étienne de La Boétie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria]
