viernes, 13 de junio de 2014

'La trabajadora' (Elvira Navarro)



Varias décadas median entre el eclipse de la vieja boga de la antipsiquiatría en sus diferentes declinaciones y la emergencia del ya no tan nuevo optimismo farmacológico neoliberal, estructura normativa sólo comprensible a la luz del afianzamiento de ese punitivismo postdisciplinario erigido en uno de los más poderosos dispositivos legitimadores de lo que Deleuze denominara las “sociedades de control”. A lo largo de este ciclo largo se han producido cambios relevantes, algunos de los cuales constituyen las temáticas que nutren la nueva novela de Elvira Navarro (Huelva, 1978): primero, el incremento exponencial del número de personas sacudidas por las “enfermedades del yo” y del consumo de psicofármacos –tendencia no por casualidad paralela al engorde artificial de las sucesivas versiones del Manual diagnóstico y estadístico de los desórdenes mentales (el célebre DSM), esa biblia tardo-postmoderna que, como escribió Guillermo Rendueles en Egolatría, acoge una taxonomía “cuya estulticia sólo es comparable a la asombrosa repercusión social que ha tenido”–; segundo, las metamorfosis de la cuestión social, el derrumbe de la condición salarial –expresiones ambas del añorado Robert Castel– y la correlativa precarización del empleo, extendida en las sociedades terciarias a segmentos cada vez más amplios de la fuerza de trabajo; y tercero, la revolución digital, que ha generado una profunda transformación de los hábitos relacionales –y, en palabras de Byung-Chul Han, una nueva “economía de la atención” marcada por la dispersión y la histeria de la inmediatez–, mutación reforzada por el uso expansivo de las redes sociales y de esos permanentemente renovados gadgets tecno-narcisistas que cobijan ab ovo su perversión instrumental.  

Los malestares civilizatorios asociados a estos tres cambios sociales convergen en la persona de Elisa Núñez, narradora en primera persona del cuerpo central de la novela de Navarro –dejemos a un lado el efectista primer tramo–. Exescritora y correctora externalizada en un grupo editorial –ejemplo de manual del fenómeno de los falsos autónomos (Cfr. pp. 114-115)–, azuzada por la merma de ingresos y el retraso en los pagos, Elisa se ve forzada a mudarse y a compartir piso. Aparece entonces Susana, verdadera protagonista del relato, una mujer diagnosticada de trastorno bipolar –eso que les sucede a los maníaco-depresivos de toda la vida, vaya– que ingresa como un elemento perturbador en la ya inestable existencia de la correctora. Navarro ha construido un artefacto narrativo con una una estructura bastante original en el que, si bien aborda con solvencia el problema de la nueva desatención y la pulverización de la frontera que antaño separaba la esfera público-profesional y la vida íntima y personal –así como, volvamos a Han, la autoexplotación propiciada por esa disolución–, marra en las dos primeras temáticas arriba señaladas. Por una parte, tiende a incurrir en lo que Bourdieu denominó la “amnesia de la génesis” –una falla que, con excepciones puntuales, afecta a todas las “novelas de la crisis”–, y da a entender a lo largo de todo el texto que los males laborales de Elisa (“encadené tres contratos temporales, y luego todo se precipitó (…)”, p. 63), es decir, la atipicidad contractual, el subempleo, el subsalario, la subprotección social, etc. son fenómenos que surgen como por arte de magia en 2007-2008 –fecha a partir de la cual la sensación de desclasamiento y la pérdida de capacidad de consumo a crédito han indignado a millones de personas acríticamente acomodadas hasta entonces a la cultura egonómica y aspiracional del capitalismo contemporáneo– y no realidades progresivamente visibles desde la inflexión reguladora de finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Por otra parte, y a pesar de que Navarro se ha documentado bien sobre la farmacopea psiquiátrica, su narradora –que mantiene a lo largo de todo el texto una mirada vigilante, suspicaz, desconfiada, despectiva, agraviante y aun grosera hacia Susana– utiliza expresiones como “psicosis” (p. 37), “brote psicótico” (pp. 93 y 128) o “locura” (pp. 139 y 141) y no hace una sola referencia a los episodios maníacos o hipomaníacos: tal vez a la correctora Elisa Núñez le habría venido bien una corrección de contenido que le hubiese aclarado que, si bien no está excluida la posibilidad de que eventualmente lo sufran, el cuadro patológico-afectivo típico de los bipolares no es, ni mucho menos, el brote psicótico. Queriéndolo o no, Navarro ha hecho de su correctora un personaje mezquino, prejuicioso e inhabilitado para la más mínima empatía con su compañera de piso precisamente porque, atrapada en el narcisismo de su propio padecimiento –Elisa sufre depresión y ataques de pánico–, su única preocupación parece ser no “acabar como ella [i. e., como Susana]” (p. 143). Inestimable contribución novelística a la casi imposible tarea de sustituir el estigma por la estima. 

Las mejores páginas de La trabajadora son, sin duda, aquellas en las que Elisa recorre la periferia de la ciudad bajo la asechanza simbólica de los chicos del camión y entrevera la descripción de la “hecatombe asumida” (p. 78) y el ruinoso “paisaje ladrillista” (p. 103) de Madrid con el flujo de sus pensamientos, si bien hay que anotar que, en el plano estilístico –y, más específicamente, léxico–, el texto adolece de una carencia que lo recorre de principio a fin: la poco afortunada elección de los verbos. Navarro ha escrito una novela irregular que no merece ser definida como una “radiografía de la modernidad” –eso es lo que solemnemente proclama el blurb de la faja del libro–. Se trata, más bien, de un  fallido tiento de diagnóstico epocal con un final tristemente feliz que, a pesar de sus importantes déficits, no deja de ser, en algunos puntos –vgr., la caracterización del cinismo maduro de Carmentxu, la jefa de Elisa, que es el personaje mejor perfilado del libro–, un archivo interesante.            


Elvira Navarro, La trabajadora, Barcelona, Penguin Random House, 2014, 155 p.


[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, nº 94, verano de 2014]


miércoles, 11 de junio de 2014

'Vacancias' en el Hype (por Jesús García Cívico)



Me llena de orgullo y satisfacción... perdón... el acto fallido se debe a la turra que están dando los medios de conformación de masas con el asunto de la abdicación real...

Me ha alegrado leer "Cómo hacer un calvo a una poesía", artículo publicado por el amigo Jesús García Cívico en el Hype (Cultural & Entertainment Magazine). En el texto, el autor identifica con inteligencia y sentido del umore –Jacques Vaché, siempre presente– seis peligros poéticos "que merecen un calvo" y seis "hermosos ejemplos de salvación". Como soy un vanidoso irredento, copio el fragmento que me dedica García Cívico, profesor y sabio multidisciplinar: 

En Valencia hay salas que huelen a Iglesia, a cerrado y a padrino. La poeta que yo quiero no necesita lavarse cada día con agua bendita ni pertenece a ningún club. Pablo Miravet es un estupendo poeta sin club y se ha tomado en serio la advertencia del mejor de los Panero (Michi), aquella de que en esta vida se puede ser todo menos un coñazo. Miravet ha publicado dos poemarios en la bartlebyana virtud de la contención. 

Para leer el texto de García Cívico completo, pincha aquí




Todavía me río cuando recuerdo el ácido comentario que hizo Jesús hace ya algunos años. Las hemerotecas no mienten: Dylan cantó ante Juan Pablo II y en Italia se desencadenó un seísmo que destrozó varias iglesias.   


sábado, 7 de junio de 2014

Fadanelli y Regina presentan...







Siempre he tenido la tentación de citar el bellísimo estudio de Antonio Sánchez (Tiempo y sentido, Madrid, UNED-Biblioteca Nueva, 1998), pero, dada la premura con la que escribo este texto, no sé qué fragmento de todos los que tengo anotados, subrayados y comentados debería transcribir aquí. Si por casualidad vives en Tijuana, te invito a que vayas a ver a Guillermo Fadanelli. Si por casualidad resides en Pamplona, te sugiero que acudas a escuchar a Regina Salcedo Irurzun. Desgraciadamente, estoy demasiado lejos de estas dos ciudades, así que me tengo que conformar con la promesa de felicidad que anida en el título de la canción de Lou. En fin, que salga todo bien y que todos puedan decir que fue un día perfecto. Perfecto, insisto. Oh, perfecto. 




viernes, 6 de junio de 2014

Mi opinión sobre la monarquía y la república





























































                                                                     







                                                                                                             



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No he podido resistir la tentación de colgar el vídeo. Todavía me estoy riendo. Sólo se puede hacer una cosa con los fatuos: parodiarlos.