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miércoles, 27 de marzo de 2013

Habla, memoria



“ (…) Hablan ustedes de Europa, pero la diferencia estriba en que la conciben como una propiedad, en tanto que nosotros nos sentimos dependientes de ella. No empezaron a hablar así de Europa hasta el día en que perdieron África. Esa clase de amor no es la buena. Esta tierra en la que tantos siglos han dejado sus ejemplos no es para ustedes sino un retiro forzado, mientras que ha supuesto siempre para nosotros nuestra mejor esperanza. Tan súbita pasión es producto del despecho y de la necesidad. Es un sentimiento que no honra a nadie y entenderá entonces por qué no ha querido compartirlo ningún europeo digno de tal nombre.

Cuando dicen ustedes Europa, piensan: «Tierra de soldados, granero de trigo, industrias domesticadas, inteligencia dirigida». ¿Voy demasiado lejos? Pero sí sé que cuando dicen Europa, aun en sus mejores momentos, cuando se dejan llevar por sus propias mentiras, no pueden por menos de pensar en una cohorte de dóciles naciones dirigidas por una Alemania de señores, hacia un futuro fabuloso y ensangrentado. Me gustaría que captase usted bien esa diferencia. Europa es para ustedes ese espacio rodeado de mares y montañas, perforado de minas, cubierto de mieses, donde Alemania juega una partida en la que lo que está en juego es su destino. En cambio, para nosotros es esa tierra del espíritu en la que desde hace veinte siglos prosigue la más asombrosa aventura del espíritu humano. Es ese privilegiado palenque donde la lucha del hombre de Occidente contra el mundo, contra los dioses, contra sí mismo, alcanza hoy su momento más desquiciado. Ya ve usted que no existe un rasero común.

(…)

Haga memoria: me dijo usted un día en que se burlaba de mis indignaciones: «Don Quijote nada puede si Fausto quiere vencerle». Le dije entonces que ni Fausto ni Don Quijote estaban hechos para vencerse el uno al otro, y que el arte no se había inventado para traer el mal al mundo. Por aquel entonces, le gustaban a usted las imágenes un poco recargadas y continuó con su argumentación. A su entender, había que elegir entre Hamlet y Sigfrido. En aquella época, yo no quería elegir y sobre todo me parecía que Occidente no podía situarse sino en ese equilibrio entre la fuerza y el conocimiento. Pero a usted le traía sin cuidado el conocimiento, sólo hablaba de poder. Hoy me entiendo mejor y sé que ni el propio Fausto les servirá de nada. Porque, en efecto, hemos admitido la idea de que, en determinados casos resulta necesaria la elección. Pero nuestra elección no tendría más importancia que la suya si no la hubiéramos hecho con la conciencia de que era inhumana y de que las grandezas espirituales no podían separarse. Nosotros sabremos reunirlas después, cosa que ustedes nunca han sabido. Como ve, la idea es siempre la misma, hemos remontado grandes peligros. Pero la hemos pagado lo bastante cara como para poder aferramos a ella. Ello me impulsa a afirmar que su Europa no es la buena. No tiene nada capaz de reunir o de enaltecer. La nuestra es una aventura común, en la que seguiremos trabajando, a pesar de ustedes, por la vía de la inteligencia (…)”


[Albert Camus, Lettres á un ami allemand, Paris, Gallimard, 1945 (1948), troisième lettre] 

domingo, 10 de enero de 2010

Recordando a Camus



“(…) Por la tarde los grandes ventiladores seguían agitando la espesa atmósfera de la sala y los pequeños abanicos multicolores de los jurados se movían todos en el mismo sentido. Me pareció que el alegato del abogado no debía terminar jamás. Sin embargo, en un momento dado, escuché que decía: “Es cierto que yo maté.” Luego continuó en el mismo tono, diciendo “yo” cada vez que hablaba de mí. Yo estaba muy asombrado. Me incliné hacia un gendarme y le pregunté por qué. Me dijo que me callara y después de un momento agregó: “Todos los abogados hacen eso”. Pensé que era apartarme un poco más del asunto, reducirme a cero y, en cierto sentido, sustituirme. Pero creo que estaba ya muy lejos de la sala de audiencias. Por otra parte, el abogado me pareció ridículo. Alegó muy rápidamente la provocación y luego habló de mi alma. Pero me pareció que tenía mucho menos talento que el fiscal (…)”

El extranjero [1942], trad. Bonifacio Del Carril, Buenos Aires, Emecé Editores, 1964, pp. 131-132.   

*


“Terminado el festín, placer y frustración de inmediato olvidados, venía la carrera hacia el extremo oeste de la playa, bajo el duro sol, hasta unos cimientos semiderruidos de lo que debía de haber sido una cabaña desaparecida, detrás de los cuales podían desvestirse. En unos instantes estaban desnudos y poco después en el agua, nadando vigorosa y torpemente, lanzando exclamaciones, escupiendo todo el tiempo, desafiándose a zambullirse o a permanecer más tiempo  debajo del agua. El mar estaba tranquilo, tibio, el sol ahora ligero sobre las cabezas mojadas, y la gloria de la luz llenaba esos cuerpos jóvenes de una alegría que los hacía gritar sin interrupción. Reinaban sobre la vida y sobre el mar, y lo más fastuoso que puede dar el mundo lo recibían y gastaban sin medida, como señores seguros de sus riquezas irreemplazables”

El primer hombre [inconclusa, publicada póstumamente en 1994], trad. Aurora Bernárdez, Barcelona, Tusquets, 1994, p. 53.