miércoles, 27 de febrero de 2013

Mondo gorila V: glosolalia


“No son menos perjudiciales hoy en día los que cometen toda clase de daños a la sombra de las frases lisonjeras de bien común y felicidad pública, halagando con ello al pueblo. A esto se llamarla engañar con finura, si pudiera haberla en donde domina el descaro. Los reyes asirios y medos raras veces se presentaban en público, formándose la idea de que no siendo vistos del populacho, llegaría éste a tenerlos por algo más de lo que eran; ocupando de este modo la imaginación del vulgo, que creía tanto más en cuanto la vista, no podía enjuiciar. Y así es como tantas naciones que estuvieron bajo el dominio de los reyes de Asiria, se acostumbraron con este misterio a una servidumbre voluntaria, al no saber qué dueño tenían y averiguando difícilmente si realmente lo tenían; venerando todos con respeto sagrado a un soberano que nadie habla visto. Los primeros reyes de Egipto no se presentaban jamás en público sin llevar un ramo o una luz en la cabeza, enmascarándose así y haciendo el payaso, y con la rareza de la cosa excitaban el respeto y la veneración de sus vasallos; ya que unas gentes menos ignorantes y serviles, no hubieran dejado de mirarlo como un pasatiempo digno tan solo de provocar la risa. Causa compasión, en verdad, oír hablar de cuantos arbitrios y ridiculeces se valieron los tiranos para consolidar su tiranía; valiéndose de tantos pequeños medios, sabiendo que trataban con unos pueblos tan ignorantes y estúpidos que, por mal que se les tendiera el cebo, caían en él, siendo más fácilmente engañados y sujetados cuanto más se burlaban de ellos”.

[Étienne de La Boétie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria]




sábado, 23 de febrero de 2013

Sorpresa y gratitud



Esta mañana me disponía a escribir una diatriba estéril sobre el estado de cosas que arrancaba con una cita de Federico Engels –nada más y nada menos– y ha sonado el telefonillo. Era Carlos Maiques. Se ha presentado por sorpresa en casa para traerme un par de ejemplares de la maqueta provisional de Vacancias, poemario escrito por Pablo Miravet e ilustrado por el propio Maiques. Entre los últimos trabajos de Maiques –a quien A. y yo llamamos pink panter por sus andares lánguidos– destacan Polen y Rewire. Entre las últimas producciones de Miravet, cabe mencionar… ninguna.




Carlos apenas ha estado un minuto y medio en casa; tras hacer algunos comentarios fugaces sobre la maqueta, se ha deslizado sigilosamente hacia la puerta y ha desaparecido. Me ha dado una gran alegría; no lo esperaba. Ha quedado francamente bien. Volveremos a hablar de Vacancias. Por ahora, celebrémoslo con Joey. 
Gracias, Carlos. 


          

viernes, 15 de febrero de 2013

Sobran rebeldes (cita)

Anna Dello Russo (fotografía de Helmut Newton)


"La rebeldía de nuestro tiempo, generalizada también como producto, se expresa en las dos variantes del representante contracultural y el consumidor perpetuamente insatisfecho. Por supuesto, los límites entre uno y otro existen; sin embargo, hoy son mucho más porosos que ayer, pero menos que mañana. En cualquier caso, ambos comparten el prurito de la transgresión. Hasta tal punto es así que la transgresión se realiza para que alguien la pueda consumir y el consumo cultural de transgresión se vuelve imprescindible para renovar el deseo de nuevas transgresiones. He aquí el secreto de esta transfiguración: para que la rebeldía se generalice, debe aceptar el orden, del mismo modo que para que se den procesos de participación deben ser planificados. Así, el rebelde de nuestro tiempo ya no puede invocar ningún valor positivo al que sacrificarse. Más bien niega la preeminencia de cualquier valor sobre otro, y esto lo hace en nombre de su inalienable libertad de elección.
La operación tiene dos corolarios: primero, banaliza la tragedia de la muerte del rebelde (...) y, segundo, la libertad queda sujeta a nada, se vuelve abstracta y sin contenido. Ambas permiten adaptarse mediante la rebeldía al espasmo continuo en que se ha convertido la revolución tecnológica. La compulsión es su motor y su fin último, por eso la necesidad del conflicto y del antagonismo, por eso instiga a rebelarse en todo momento. La rebeldía democratizada, institucionalizada y consumible es el trasunto de la producción industrial de la existencia. Por ello en más de un sentido no faltan rebeldes: más bien sobran (...) 

El tiempo de la indignación (...) no es el tiempo de la revolución contra el orden (...). Ir en su contra supondría aceptar una reducción drástica de muchas comodidades y prebendas que la organización técnica nos ofrece, y esa perspectiva no es alentadora para la mayoría. Más bien es exactamente lo contrario de lo que defienden cuando se indignan, aunque su forma de demostrarlo sea en ocasiones ambigua. No podría ser de otro modo, pues se acaba defendiendo aquello que por un lado nos oprime y por otro nos mantiene vivos"

[Colectivo Cul de Sac, Obedecer bajo la forma de rebelión. Tesis sobre la indignación y su tiempo, Alicante, 2012, pp. 47-48 y 53-54] 


sábado, 9 de febrero de 2013

Nombrar y renombrar: un aniversario


Rememoro dos metáforas de Musil (Las tribulaciones del estudiante Törless) y me transformo en un personaje literario que cavila sobre el tiempo. Siempre me ha fascinado la expresión coloquial “perder el tiempo”, un sintagma en verdad absurdo, siendo así que, indefectiblemente, el tiempo se pierde en el peregrinaje más o menos trágico que aboca al dulce sosiego de la nada, a esa paz indolora y sin color de la que un día fuimos arrancados a la fuerza y… interrumpo la escritura de esta secuencia de frases porque de pronto cobro plena conciencia de que es bastante ridículo montar un númeroume﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ montar un nspectáculo p. alambres de p, a de la calle parceran de fuerte color añil con postigos amarillos, y estaban pseudo-existencialista por el simple hecho de que me han puesto gafas o, mejor dicho, por el simple hecho de que el tiempo me ha puesto gafas. El tiempo ha hecho su trabajo de demolición en mi mirada y ha colocado esta fastidiosa prótesis sobre la nariz de la isla despojada que ambiciono ser. Un amable dependiente de la óptica trató de asesorarme. Le interrumpí educadamente. Dije que quería las gafas más baratas que tuviera. Como ves, son gafas de pasta (¡de pasta!). Era la oferta del mes. No podía rechazarla. Son para leer. Ojalá esto fuera todo. Quisiera…, bien, quisiera hablar del caudaloso río de tristeza y dolor que ha inundado mi casa este año y quisiera hacerlo sin caer en ese exhibicionismo à la Greenberg que tan discutible me parece; quisiera hallar el tono adecuado, pero no lo encuentro. Cambio, por ello, de registro; ingreso en la acogedora región del umore y recuerdo estos cáusticos fragmentos de un texto de Enrique Rubio que leí el jueves: “Si yo fuera pobre, parado, desahuciado, inmigrante sin papeles, cualquier combinación de esos estados o hasta las cuatro cosas a la vez  (…) organizaría una quedada en el aulario de la universidad con un amplio número de pobres, parados y/o inmigrantes y entraríamos todos a 1º de la carrera de Derecho, empezando por la asignatura Filosofía del Derecho y siguiendo por Derecho Penal. Escucharíamos atentamente las clases magistrales de los profesores. La mayoría de los alumnos matriculados no podrían sentarse en el aula. Muchos se quedarían de pie, otros se irían, y quizá algunos se quejarían ante el decano o ante el rector (…) No hay nada que tenga más efecto que un acto totalmente pacífico. No hay nada como una actitud mansa y reposada para provocar un auténtico caos en el mundo”. [Enrique Rubio, “Si yo fuera pobre”, incluido en Me arrepiento del mañana]. Los profesores…, ah, los profesores hablan y hablan en medio del caos, hablan más o menos convencidos de lo que dicen, hablan más o menos magistralmente, y nunca se sabe si ellos, los profesores, han advertido que en el cielo frío de febrero flota la eterna sombra del nonsense, que allá, en el helado firmamento del invierno, habita la cifra de una realidad ilegible, bárbara, brutal, muda y sin significado, como diría Chet Baker mientras piensa en su arte. 


“Nos habíamos parado en una empinada calle de Taxco para contemplar la casa de la abuela de Aura, la casa que ahora estaba ocupada por la vieja sirvienta de Mamá Violeta y su familia, aunque Mamá Violeta seguía vivita y coleando. La casa de dos plantas hacía esquina y estaba incrustada en la ladera de la colina, las paredes eran de fuerte color añil con postigos amarillos, y estaban decoradas con azulejos. Desde aquella parte elevada de la calle parecía posible correr y caer de un asalto en el tejado, pero el tejado estaba rodeado de densas hileras de alambres de púas y trozos de cristales de botella”.

[Francisco Goldman, Di su nombre, traducción de Roberto Frías, Barcelona, Sexto piso, 2012, p. 196, cursivas mías].

Me invento la etiqueta “novela-Sísifo” para definir en términos estipulativos el último y casi unánimemente celebrado libro de Francisco Goldman, Di su nombre. Pienso que Liu (a.k.a. María José Furió) acierta al señalar que la novela “relata, con la profusión de detalles característica en toda su narrativa [i. e., la de Goldman], un caso sintomático de síndrome de estrés postraumático”. Me hago cargo de que Goldman escribió el libro navegando en un océano de tristeza y dolor, advierto trazos de gran maestría en su prosa, fluida, puntillista a veces; todo está bien, pero… la lectura de Di su nombre se me hace cuesta arriba a medida que avanzo porque tanto el autor como Aura Estrada, la joven escritora in pectore casada con Goldman que falleció desdichadamente en una playa mexicana, me van resultando algo cargantes qua personajes literarios. Retengo, en cualquier caso, la observación que hizo Liu en su reseña, publicada en Culturas (La Vanguardia): “En cierto momento, Aura se queja de la jerga con que debe escribir sus ensayos para la Universidad de Columbia, pues la moda que predican los profesores es que la teoría crítica puede prescindir incluso de la novela sobre la que teorizan. El libro que ha escrito Goldman (…) refuta con maestría a esos teóricos”. Y me quedo con la última frase del párrafo de Goldman reproducido arriba, una línea cuya lectura me puso orejas de liebre y me hizo saltar de la silla y abrir el archivo de la foto que nos envió Miguel a finales de este verano. Sabíamos de la existencia de la calle, pero no habíamos sido capaces de localizarla, ni siquiera en Internet. Hace un par de años la busqué en google maps. Nada. El misterio quedó desvelado este verano. Miguel nos contó en su correo electrónico  que un amigo suyo pasó por allí azarosamente, la vio, frenó, bajó del coche, hizo la foto y se la mandó. No la encontré en google maps hace un par de años porque el nombre de la calle, que es el tuyo, está escrito en mallorquín, no en castellano, mi lengua de búsqueda y de existencia. Me gustan las sobrias placas de mármol de las calles de Palma, tan distintas a los horribles carteles de metal que dan nombre a las calles de esta ciudad gobernada por un dinosaurio que, indefectiblemente, sigue ahí al despertar, una ciudad que amo a mi modo, aunque a veces, demasiadas veces, se muestre ilegible, bárbara, brutal, muda y sin significado. Te recordamos hoy, nueve de febrero, y te recordamos siempre.    

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By the way, hacía tiempo que no escuchaba a Lole y Manuel.