“No son
menos perjudiciales hoy en día los que cometen toda clase de daños a la sombra
de las frases lisonjeras de bien común y felicidad pública, halagando con ello
al pueblo. A esto se llamarla engañar con finura, si pudiera haberla en donde
domina el descaro. Los reyes asirios y medos raras veces se presentaban en
público, formándose la idea de que no siendo vistos del populacho, llegaría
éste a tenerlos por algo más de lo que eran; ocupando de este modo la
imaginación del vulgo, que creía tanto más en cuanto la vista, no podía
enjuiciar. Y así es como tantas naciones que estuvieron bajo el dominio de los
reyes de Asiria, se acostumbraron con este misterio a una servidumbre
voluntaria, al no saber qué dueño tenían y averiguando difícilmente si
realmente lo tenían; venerando todos con respeto sagrado a un soberano que
nadie habla visto. Los primeros reyes de Egipto no se presentaban jamás en
público sin llevar un ramo o una luz en la cabeza, enmascarándose así y
haciendo el payaso, y con la rareza de la cosa excitaban el respeto y la
veneración de sus vasallos; ya que unas gentes menos ignorantes y serviles, no
hubieran dejado de mirarlo como un pasatiempo digno tan solo de provocar la risa.
Causa compasión, en verdad, oír hablar de cuantos arbitrios y ridiculeces se
valieron los tiranos para consolidar su tiranía; valiéndose de tantos pequeños
medios, sabiendo que trataban con unos pueblos tan ignorantes y estúpidos que,
por mal que se les tendiera el cebo, caían en él, siendo más fácilmente
engañados y sujetados cuanto más se burlaban de ellos”.
[Étienne de La Boétie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria]
Esta mañana me disponía a escribir una diatriba
estéril sobre el estado de cosas que arrancaba con una cita de Federico Engels
–nada más y nada menos– y ha sonado el telefonillo. Era Carlos Maiques. Se ha
presentado por sorpresa en casa para traerme un par de ejemplares de la maqueta
provisional de Vacancias, poemario
escrito por Pablo Miravet e ilustrado por el propio Maiques. Entre los últimos trabajos de Maiques –a quien A. y yo llamamos pink panter por sus andares lánguidos– destacan Polen yRewire. Entre las
últimas producciones de Miravet, cabe mencionar… ninguna.
Carlos apenas ha estado un minuto y medio en casa;
tras hacer algunos comentarios fugaces sobre la maqueta, se ha deslizado
sigilosamente hacia la puerta y ha desaparecido. Me ha dado una gran alegría; no lo esperaba.
Ha quedado francamente bien. Volveremos a hablar de Vacancias. Por ahora, celebrémoslo con Joey. Gracias, Carlos.
"La rebeldía de nuestro tiempo, generalizada también como producto, se expresa en las dos variantes del representante contracultural y el consumidor perpetuamente insatisfecho. Por supuesto, los límites entre uno y otro existen; sin embargo, hoy son mucho más porosos que ayer, pero menos que mañana. En cualquier caso, ambos comparten el prurito de la transgresión. Hasta tal punto es así que la transgresión se realiza para que alguien la pueda consumir y el consumo cultural de transgresión se vuelve imprescindible para renovar el deseo de nuevas transgresiones. He aquí el secreto de esta transfiguración: para que la rebeldía se generalice, debe aceptar el orden, del mismo modo que para que se den procesos de participación deben ser planificados. Así, el rebelde de nuestro tiempo ya no puede invocar ningún valor positivo al que sacrificarse. Más bien niega la preeminencia de cualquier valor sobre otro, y esto lo hace en nombre de su inalienable libertad de elección.
La operación tiene dos corolarios: primero, banaliza la tragedia de la muerte del rebelde (...) y, segundo, la libertad queda sujeta a nada, se vuelve abstracta y sin contenido. Ambas permiten adaptarse mediante la rebeldía al espasmo continuo en que se ha convertido la revolución tecnológica. La compulsión es su motor y su fin último, por eso la necesidad del conflicto y del antagonismo, por eso instiga a rebelarse en todo momento. La rebeldía democratizada, institucionalizada y consumible es el trasunto de la producción industrial de la existencia. Por ello en más de un sentido no faltan rebeldes: más bien sobran (...)
El tiempo de la indignación (...) no es el tiempo de la revolución contra el orden (...). Ir en su contra supondría aceptar una reducción drástica de muchas comodidades y prebendas que la organización técnica nos ofrece, y esa perspectiva no es alentadora para la mayoría. Más bien es exactamente lo contrario de lo que defienden cuando se indignan, aunque su forma de demostrarlo sea en ocasiones ambigua. No podría ser de otro modo, pues se acaba defendiendo aquello que por un lado nos oprime y por otro nos mantiene vivos"
[Colectivo Cul de Sac, Obedecer bajo la forma de rebelión. Tesis sobre la indignación y su
tiempo, Alicante, 2012, pp. 47-48 y 53-54]
Rememoro dos metáforas
de Musil (Las tribulaciones del
estudiante Törless) y me transformo en un personaje literario que cavila
sobre el tiempo. Siempre me ha fascinado la expresión coloquial “perder el
tiempo”, un sintagma en verdad absurdo, siendo así que, indefectiblemente,el tiempo se pierde en el peregrinaje más o menos trágico que aboca al dulce sosiego
de la nada, a esa paz indolora y sin color de la que un día fuimos arrancados a
la fuerza y… interrumpo la escritura de esta secuencia de frases porque de
pronto cobro plena conciencia de que es bastante ridículo montar un númeroume﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ montar un nspectáculo p. alambres
de p, a de la calle parceran de fuerte color añil con postigos amarillos, y
estaban pseudo-existencialista por el simple hecho de que me han puesto
gafas o, mejor dicho, por el simple hecho de que el tiempo me ha puesto gafas.
El tiempo ha hecho su trabajo de demolición en mi mirada y ha colocado esta
fastidiosa prótesis sobre la nariz de la isla despojada que ambiciono ser. Un amable
dependiente de la óptica trató de asesorarme. Le interrumpí educadamente. Dije
que quería las gafas más baratas que tuviera. Como ves, son gafas de pasta (¡de
pasta!). Era la oferta del mes. No podía rechazarla. Son para leer. Ojalá esto
fuera todo. Quisiera…, bien, quisiera hablar del caudaloso río de tristeza y
dolor que ha inundado mi casa este año y quisiera hacerlo sin caer en ese
exhibicionismo à la Greenberg que tan
discutible me parece; quisiera hallar el tono adecuado, pero no lo encuentro.
Cambio, por ello, de registro; ingreso en la acogedora región del umore y recuerdo estos cáusticos fragmentos
de un texto de Enrique Rubio que leí el jueves: “Si yo fuera pobre,
parado, desahuciado, inmigrante sin papeles, cualquier combinación de esos
estados o hasta las cuatro cosas a la vez(…) organizaría una
quedada en el aulario de la universidad con un amplio número de pobres, parados
y/o inmigrantes y entraríamos todos a 1º de la carrera de Derecho, empezando
por la asignatura Filosofía del Derecho y siguiendo por Derecho Penal.
Escucharíamos atentamente las clases magistrales de los profesores. La mayoría
de los alumnos matriculados no podrían sentarse en el aula. Muchos se quedarían
de pie, otros se irían, y quizá algunos se quejarían ante el decano o ante el
rector (…) No hay nada que tenga más efecto que un acto totalmente pacífico. No
hay nada como una actitud mansa y reposada para provocar un auténtico caos en
el mundo”. [Enrique Rubio, “Si yo fuera pobre”, incluido en Me arrepiento del mañana]. Los
profesores…, ah, los profesores hablan y hablan en medio del caos, hablan más o menos convencidos de lo que dicen, hablan más o menos magistralmente, y nunca
se sabe si ellos, los profesores, han
advertido que en el cielo frío de febrero flota la eterna sombra del nonsense, que allá, en el helado
firmamento del invierno, habita la cifra de una realidad ilegible, bárbara,
brutal, muda y sin significado, como diría Chet Baker mientras piensa en su
arte.
“Nos habíamos parado en una empinada calle de Taxco para contemplar
la casa de la abuela de Aura, la casa que ahora estaba ocupada por la vieja
sirvienta de Mamá Violeta y su familia, aunque Mamá Violeta seguía vivita y
coleando. La casa de dos plantas hacía esquina y estaba incrustada en la ladera
de la colina, las paredes eran de fuerte color añil con postigos amarillos, y
estaban decoradas con azulejos. Desde aquella parte elevada de la calle parecía
posible correr y caer de un asalto en el tejado, pero el tejado estaba rodeado de densas hileras de alambres
de púas y trozos de cristales de botella”.
[Francisco Goldman, Di
su nombre, traducción de Roberto Frías, Barcelona, Sexto piso, 2012, p.
196, cursivas mías].
Me invento la etiqueta “novela-Sísifo” para definir en
términos estipulativos el último y casi unánimemente celebrado libro de
Francisco Goldman, Di su nombre. Pienso
que Liu (a.k.a. María José Furió) acierta al señalar que la novela “relata, con la profusión de detalles característica en
toda su narrativa [i. e., la de Goldman], un caso sintomático de síndrome de
estrés postraumático”. Me hago cargo de que Goldman escribió el libro navegando
en un océano de tristeza y dolor, advierto trazos de gran maestría en su prosa, fluida, puntillista a veces; todo está bien, pero… la lectura de Di su nombre se me hace cuesta arriba a
medida que avanzo porque tanto el autor como Aura Estrada, la joven escritora in pectore casada con Goldman que
falleció desdichadamente en una playa mexicana, me van resultando algo cargantes
qua personajes literarios. Retengo, en
cualquier caso, la observación que hizo Liu en su reseña, publicada en Culturas (La Vanguardia): “En cierto
momento, Aura se queja de la jerga con que debe escribir sus ensayos para la
Universidad de Columbia, pues la moda que predican los profesores es que la
teoría crítica puede prescindir incluso de la novela sobre la que teorizan. El
libro que ha escrito Goldman (…) refuta con maestría a esos teóricos”. Y me
quedo con la última frase del párrafo de Goldman reproducido arriba, una línea
cuya lectura me puso orejas de liebre y me hizo saltar de la silla y abrir el
archivo de la foto que nos envió Miguel a finales de este verano. Sabíamos de
la existencia de la calle, pero no habíamos sido capaces de localizarla, ni
siquiera en Internet. Hace un par de años la busqué en google maps. Nada. El
misterio quedó desvelado este verano. Miguel nos contó en su correo electrónico
que un amigo suyo pasó por allí
azarosamente, la vio, frenó, bajó del coche, hizo la foto y se la mandó. No la
encontré en google maps hace un par de años porque el nombre de la calle, que
es el tuyo, está escrito en mallorquín, no en castellano, mi lengua de búsqueda
y de existencia. Me gustan las sobrias placas de mármol de las calles de Palma,
tan distintas a los horribles carteles de metal que dan nombre a las calles de
esta ciudad gobernada por un dinosaurio que, indefectiblemente, sigue ahí al
despertar, una ciudad que amo a mi modo, aunque a veces, demasiadas veces, se
muestre ilegible, bárbara, brutal, muda y sin significado. Te recordamos hoy, nueve de febrero, y te recordamos siempre.
*
By the way, hacía
tiempo que no escuchaba a Lole y Manuel.