viernes, 26 de febrero de 2010

Clarice Lispector, Slavoj Zizek y todo lo demás












i) Leer a Clarice Lispector (La hora de la estrella), pensar intensamente en Clarice Lispector, tropezar con esta lasca lispectoriana, puro pensamiento trágico: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiera la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días”. Pensar que “morir simbólicamente todos los días” es una seductora metáfora del posible itinerario hacia un diariamente renovado no ser, un des-nacer.

ii) Recordar, a propósito del inconveniente de haber nacido, lo que Onetti escribió en Dejemos hablar al viento, algo parecido a que todos somos culpables por traer hijos al mundo, un acto equiparable al asesinato. Buscar y encontrar el libro –edición trash del libro amigo de Bruguera–, pero no la página con la cita literal. Consolarse con esta genialidad onettiana cuando uno ya ha desesperado en el rastreo: “(…) el único y desconocido amigo de verdad que me concedió la vida podía basarse en lo que trató de explicarme un tal Marx brothers en Santa María. Era un mantenido con barba de comandante, decía que todo es cuestión de dinero".


iii) Pasar entre carcajadas a “¡Es la economía política, estúpido!”, capítulo 13 del ¿último?, ¿penúltimo? libro de Slavoj Zizek traducido al castellano, un ensayo provocativamente titulado En defensa de la intolerancia (Madrid, Sequitur, 2009), enésima andanada hegelo-lacaniana de Zizek contra el buenrollismo multiculti integrado (toda otredad será atendida y neutralizada, oremos), denuncia de las diversificadas formas de despolitización de la economía –archi-política; para-política; meta-política; ultra-política y… post-política–, requisitoria formulada a los gurús de la sociedad del riesgo, la segunda ilustración y la modernidad reflexiva, a saber, Giddens, Beck, e tutti quanti –otro día habrá que hablar del coitus interruptus del desmelenado Castells con su Madame Bovary, la así llamada sociedad-red, y del algo más estoico ensayismo poético-trendy de Verdú–, lúdica respuesta a la eterna pregunta (what’s left?) con referencia a Dashiell Hammett incrustada en el texto y algunas cosas más. Abrir el libro al azar y leer este fragmento de Zizek: “Los teóricos de la sociedad del riesgo suelen hablar de la necesidad de contrarrestar el “despolitizado” imperio del mercado global con una radical re-politización que quite a los planificadores y a los expertos estatales la competencia sobre las decisiones fundamentales para trasladarla a los individuos y grupos afectados (mediante la renovada ciudadanía activa, el amplio debate público, etc.). Estos teóricos, sin embargo, se callan tan pronto como se trata de poner en cuestión los fundamentos mismos de la lógica anónima del mercado y del capitalismo global: la lógica que se impone como el Real neutro aceptado por todos y, por ello, cada vez más despolitizado”.


iv) Experimentar un efímero espasmo de radicalismo y reconciliación, imaginario orgasmo político que deriva en dulce desmoronamiento momentáneo –precisamente, el malestar de lo Real y sus imposibilidades–. Mirar fotografías de Diane Arbus. Escuchar a Amália Rodrigues cantando este fado infinitamente triste aquí (atención a los pómulos de la primera imagen del vídeo). Buscar ese poema de Alejandra Pizarnik en La extracción de la piedra de locura. Otros poemas, “Fragmentos para dominar el silencio”, ese poema que suena a cristales rotos, y leer estos vidrios del poema: “Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo./ Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores./ No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris./ La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.” 


v) Mirar al vacío y deplorar con pose grave, á la T. W. Adorno, el sentido fundado en el sinsentido y el destino de la teoría crítica, la opiácea y mortíferamente narcótica redescripción habermasiana, ese neotrascendentalismo débil contestado por el a veces soporífero y a veces genial Sloterdijk. Releer la interpretación que Sloterdijk hiciera –mirando de reojo a Habermas– de El nacimiento de la tragedia (P. Sloterdijk, El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche). Más específicamente, asombrarse de nuevo con la exégesis de la obra seminal de Nietzsche que propone Sloterdijk: nada menos que lo dionisíaco embridado por lo apolíneo y… la síntesis “Ésta es la opción de Nietzsche –por más que el lector no dé crédito a lo que ven sus ojos. Si el texto continuara como comienza, hoy podría considerarse El nacimiento de la tragedia como un manifiesto socialista capaz de resistir la comparación con El manifiesto comunista. La obra podría interpretarse como el escrito programático de un socialismo estético, como la Carta Magna de una fraternité cósmica”, interpretación luego matizada o muy matizada por el propio Sloterdijk.




vi) Preguntar: "¿he dicho El nacimiento de la tragedia?", y volver otra vez a Clarice Lispector, oh, Clarice, paz inalcanzable y brutalmente secreta, volver a La hora de la estrella, a ese pasaje que, cerrando el bucle, sintetiza el nacimiento de la tragedia: “quien vive sabe, aun sin saber que sabe”. Oír el telefonillo. No es Clarice, ella es mejor que Clarice.



jueves, 18 de febrero de 2010

Wittgenstein, lenguaje privado


Esta mañana he recordado que tenía que recordar que hoy es dieciocho de febrero; esta mañana, de camino al estanco, he recordado que hace más o menos tres meses, después de estar mucho tiempo sin pensar en Wittgenstein, recordé a Wittgenstein porque volví a leer Austerlitz.  Hace más o menos tres meses volví a leer Austerlitz  no recuerdo muy bien por qué razón, y recuerdo que entonces, cuando volví a leer Austerlitz, me sorprendió no recordar que W. G. Sebald menciona a Wittgenstein en la novela. En boca del narrador, W. G. Sebald dice que el protagonista de Austerlitz, Austerlitz, le recordaba a Wittgenstein. “En cualquier caso, me acuerdo que, antes de dirigirme hacia él, pensé bastante rato en su semejanza, que me llamaba la atención por primera vez, con Ludwig Wittgenstein, y en la expresión de espanto que los dos tenían en la cara”, escribe W. G. Sebald. No recordaba, pensé hace más o menos tres meses, que W. G. Sebald habla de Wittgenstein en Austerlitz, de su expresión de espanto, de su mochila, de su condición de “desgraciado pensador”, de su vida “sólo provisionalmente organizada” y de “su deseo de arreglárselas siempre con lo menos posible”. Esta mañana he recordado que, cuando leí de nuevo Austerlitz, recordé no al filósofo Wittgenstein, sino a la persona Wittgenstein, he recordado que recordé antes a la persona que al pensador porque, he recordado que pensé, el pulso de Austerlitz, o más bien el modo en que W. G. Sebald se refiere a Wittgenstein, invita a recordar antes su personalidad atormentada que su filosofía. Leí de nuevo Austerlitz y, a pesar de que recordé a la persona, no pude evitar recordar, también, la filosofía de Wittgenstein, un pensamiento, recordé entonces, inicialmente anclado en el neopositivismo lógico que se había condenado al silencio bartlebyano y que, digamos, se salvó a sí mismo transitando hacia el convencionalismo. Leí la filosofía de Wittgenstein pasándolo bastante bien, recuerdo haber recordado cuando volví a leer Austerlitz, un libro, Austerlitz, que, si bien es una muy valiosa reflexión novelada sobre la tormentosa desubicación asociada al despojo de la identidad, los anclajes y los referentes existenciales, tiene, en el plano de la taxis, una inflexión como mínimo peculiar, la misma que, en este momento no estoy, digamos, parodiando o imitando, sino recreando o deformando hiperbólica y acaso estúpidamente para ejercitarme en la escritura, sólo para hacer un poco de gimnasia grafómana. W. G. Sebald escribe en Austerlitz párrafos epatantes como éste: “Desde mi lugar en la sala de lectura he pensado mucho en la relación que tienen esos accidentes, no previstos por nadie, es decir, la muerte súbita de un ser desviado de su rumbo natural, lo mismo que los fenómenos de paralización del sistema electrónico de datos, que se producen una y otra vez, con el cartesiano plan general de la Biblioteca Nacional, y he llegado a la conclusión de que, en todo proyecto diseñado y desarrollado por nosotros, el dimensionamiento de las magnitudes y el grado de complejidad del sistema de información y dirección son los factores decisivos y, en consecuencia, la perfección omnicomprensiva y absoluta del concepto puede coincidir muy bien en la práctica, incluso, en fin de cuentas, tiene que coincidir con una disfunción crónica y una inestabilidad constitucional”. Recordé, en fin, al leer Austerlitz, el pensamiento de Wittgenstein, pero sobre todo la personalidad de Wittgenstein, y pensé entonces, recuerdo ahora, que una manera de recordar la personalidad de Wittgenstein era releer las cartas que Wittgenstein envió entre 1940 y 1951 a Norman Malcolm. A lo largo de ese decenio de desubicación y exilio, Wittgenstein escribió regularmente a su amigo y también filósofo Norman Malcolm, y Malcolm incluyó esas cartas en un libro publicado originariamente en 1954 y traducido al castellano en 1990 que reúne las cartas de Wittgenstein, los recuerdos personales y filosóficos del propio Norman Malcolm y un esbozo biográfico sobre Wittgenstein escrito por G. H. von Wright, el oficioso fundador de la moderna lógica deóntica, el libro, titulado  Ludwig Wittgenstein, que, después de volver a leer Austerlitz, volví a leer para recordar a Wittgenstein, el pensador que, según W. G. Sebald, llevaba el espanto adherido al rostro. Es llamativo, pensé al leer de nuevo las cartas de Wittgenstein, no sólo el estilo cálido, familiar y hasta infantil de Wittgenstein en su lenguaje privado, sino también el uso del signo “&” como cópula, una peculiaridad que me hizo recordar, recuerdo, al poeta estadounidense John Berryman, otro ser altamente atormentado que terminó con su vida arrojándose al río Misisipi en 1972, porque Berryman, recordé, y esto también lo había olvidado, usaba el signo “&” como conjunción en sus poemas, igual que Wittgenstein. Cuando esta mañana iba al estanco he recordado que tenía que recordar que hoy es dieciocho de febrero porque, recuerdo que pensé al volver a leer el libro de Malcolm después de volver a leer Austerlitz, una de las cartas más reveladoras de la personalidad de Wittgenstein, pensé entonces y pienso ahora, es la que escribió el dieciocho de febrero de 1949. En esta carta, anotada por Norman Malcolm, Wittgenstein habla de Moore, autor del como mínimo impactante texto titulado “Defensa del sentido común”, de la filosofía y de la vanidad de los filósofos, de la salud (apenas le quedaban dos años de vida) y del dinero, o, como escribe W. G. Sebald en Austerlitz, de su vida “sólo provisionalmente organizada” y de “su deseo de arreglárselas siempre con lo menos posible”, aunque es más bien, pienso, el propio Norman Malcolm el que en la nota segunda habla de la prodigalidad de Wittgenstein, un rasgo de su personalidad que, recuerdo haber pensado alguna vez…Basta, ahí va la carta: 



Ross’s Hotel
Parkgate Street
Dublín
18-2-49

Querido Norman,
Gracias por tu carta. Me alegro de que ya tengas el libro. Tenía una cierta seguridad de que no te lo habían enviado. ¡Pero qué cosa más rara escribir “es magnífico que pienses en nosotros”! Ahora, en cuanto a Moore [1]: no entiendo realmente a Moore, & en consecuencia, lo que diré puede resultar erróneo. Pero es lo que me siento inclinado a decir: que Moore es en algún sentido extraordinariamente infantil, es obvio, & la observación que tu citas (sobre la vanidad) es por cierto un ejemplo de ese infantilismo. Hay también una cierta inocencia en relación a Moore; él es, por ejemplo, completamente modesto. En cuanto a que ser como un niño es en él un “mérito” –yo no lo entiendo; a menos que sea también mérito en un niño. Porque tú no hablas de la inocencia de un hombre que ha luchado por ella, sino de una inocencia que proviene de una ausencia natural de tentación. Creo que todo lo que quisiste decir es que a ti te gustaba, o incluso que te encantaba el infantilismo de Moore; y eso sí puedo entenderlo. Pienso que nuestra discrepancia aquí no es tanto de ideas como de sentimientos. Me agrada & respeto enormemente a Moore, pero eso es todo. Él no entusiasma mi corazón (o lo hace muy poco), porque lo que más entusiasma mi corazón es la generosidad humana, & Moore –precisamente como un niño– no es generoso. Es amable & puede ser encantador & simpático con aquellos que le agradan & él es muy profundo. Así es como me parece a mí. Si me equivoco, me equivoco. Mi trabajo sigue bastante bien, aunque no tan bien como hace, digamos, seis semanas. Esto es debido en parte al hecho de que he estado algo enfermo & también a que numerosas cuestiones me preocupan realmente. El dinero no es una de ellas. Desde luego que estoy gastando mucho, pero creo que tendré suficiente por otros dos años. Durante ese tiempo, Dios mediante, tendré hecho algún trabajo & esto, después de todo, fue la causa de la renuncia a mi cátedra. No debo preocuparme por dinero [2] ahora, ya que si lo hiciera, no podría trabajar. (Qué pasará después de este tiempo, no lo sé todavía. De todos modos, quizás no viva tanto.) Entre mis actuales preocupaciones está la salud de una de mis hermanas en Viena. La operaron de cáncer hace poco tiempo & la operación, hasta donde alcanzó, tuvo éxito, pero ella no vivirá mucho. Por esta razón pienso ir a Viena en algún momento de la próxima primavera; & esto tiene que ver contigo, pues si voy & después vuelvo a Inglaterra, pienso dictar el material que he estado escribiendo desde el último otoño, & si lo hago, te enviaré una copia. Ojalá sirva de alimento en tu campo.
Mis buenos deseos para Lee & Raymond. (Ojalá que siempre conserven el buen carácter. Pero sé que eso es mucho desear.) ¡Hasta la vista!

Afectuosamente,
Ludwig

[1]  En una carta a Wittgenstein le relataba una conversación que había tenido con Moore, respecto a un distinguido filósofo americano, a quien conozco. Yo le decía a Moore que ese filósofo tendía a ser hostil a la crítica de sus escritos filosóficos. Moore pareció desconcertado. Le había dicho: “¿No comprende usted cómo la vanidad puede hacer que un filósofo se sienta resentido ante la crítica de su obra?” Moore se quitó la pipa de su boca, sacudió la cabeza y dijo: “¡No!” Al comentar este incidente con Wittgenstein, probablemente dije que esto es un ejemplo de “inocencia” e “infantilismo” del carácter de Moore, y que ser así era un “mérito” en él

[2] Después de renunciar a su cátedra, Wittgenstein se quedó sin ingresos. Le había expresado mi preocupación acerca de si tenía dinero suficiente para vivir. A la muerte de su padre, en 1912, Wittgenstein había heredado una gran fortuna. Cuando regresó a Viena después de la guerra, inmediatamente emprendió la tarea de desprenderse de esta riqueza. La dio a sus hermanas y hermanos. Una vez dijo; “¡Ellos tienen ya tanto dinero que algo más no les hará ningún daño!” Su hermana, Hermine Wittgenstein, en sus breves recuerdos de Ludwig, relata que ni la familia ni los amigos podían comprender cómo podía él regalar todo su dinero, irrevocablemente, sin dejar ningún fondo apartado por si lamentaba más tarde su decisión. Dice ella: “Por cien veces quiso asegurarse de que no quedaba la posibilidad de recibir ningún dinero, de ningún modo ni forma. Para desesperación del notario que llevaba la transferencia, volvía al tema una y otra vez” (Hermine Wittgenstein, “My brother Ludwig”, en Rhees, op. cit., p. 4). 


lunes, 15 de febrero de 2010

Providence

Me sumo al mantra: Providence (Barcelona, Anagrama, 2009), desmesurada novela de Juan Francisco Ferré, mereció algo más que ser finalista del XXVII Premio Herralde. 




Para leer exégesis de distinto signo, aquí


Enhorabuena, Ferré.  


"La estupidez, el tema criminal de nuestro tiempo" (Providence, p. 371)



jueves, 11 de febrero de 2010

Sobre el ¿nuevo? espíritu I

Fairclough y Chiapello sobre la importancia de tomar en serio el lenguaje aparentemente banal 
(a propósito de Envolve!, de R. M. Kanter):



"(...) More generally, we believe that the study we have carried out is not merely of interest in terms of collaboration between disciplines. It also provides a relatively in-deph analysis of an influential management 'guru' text, allowing its codes to be exposed, which is one of a variety of ways in which social researchers can de-sacrilize the words of this prophets. De-sacrilization seems to us an important undertaking, for such texts have a real influence on the maintenance of dominant ideologies and on the actions of the managers who read them. Yet the lack of a scientific apparatus and a relatively unsophisticated style lead social scientists to treat them with disinterest or contempt, as is more generally the case with popular literature and television. Consequently, such texts are rarely subjected to critique, leaving the field free for them to do their doctrinal work. It seems to us, by contrast, that studying such texts is one of the tasks of social science as we conceive it –to subject to debate what presents itself as given and obvious, and to expose to critique all the social agencies which impose themselves on people, in order to enhance the democratic debate"

[E. Chiapello y N. Fairclough (2002): "Understanding the new management ideology: a transdisciplinary contribution from critical discourse and new sociology of capitalism", Discourse & Society, 13 (2), p. 207]



miércoles, 10 de febrero de 2010

Kubrick pesimista




En una de las etapas de mi fragmentaria carrera de reseñista musiliano sin atributos publiqué en LMD este comentario sobre un libro de Fernando Flores [Senderos de gloria. Obedecer, ¿a qué derecho?, Valencia, Tirant lo blanch- Colección Cine y Derecho, 2004], sugerente texto que disecciona la gran película de Kubrick. Lo rescato del fondo de armario porque no tengo demasiado tiempo para escribir entradas, o, si vale decirlo de este modo, para amamantar a este hijo llamado blog: 

      “Las ejecuciones con fines ejemplarizantes acontecidas en la primera guerra mundial inspiraron Paths of Glory, novela de Humphrey Cobb recreada en 1956 por Stanley Kubrick en una cinta de parco metraje que, como dice más de una vez el autor de este  libro, no habla únicamente de la irracionalidad de la guerra y de la perversa instrumentalización de las megaloi logoi que nutren el imaginario castrense en tiempos de conflicto bélico. Flores convoca voces tan heterogéneas como las de Bretch, Canetti, Kraus, Jünger, Orwell o Chaplin para interpretar la mirada pesimista de Kubrick sobre  la ambición y los intereses ocultos en las apelaciones al patriotismo de los generales franceses, traducidos en el ejercicio arbitrario del poder desde el principio (la orden absurda de acometer un ataque imposible) hasta el final (la ejecución tras el consejo de guerra) del episodio relatado en el film. Como oportunamente se nos recuerda, el realizador no muestra nunca al enemigo alemán a lo largo de la película, cosa superflua desde el momento en que es precisamente en el seno del regimiento perteneciente al bando de los vencedores donde tiene lugar la tensión entre “dos mundos”: el del brillo de las charreteras del generalato y el del paño cubierto de lodo de la tropa en el caos de las trincheras. El mayor acierto del libro –el mejor argumento contra toda forma de cretinismo belicista– es, así, la expresa mención del abanico de desigualdades sociales y culturales que determinan qué segmento social “pone los muertos” (p. 42) en todas las guerras. La centralidad del proceso judicial en la estructura narrativa de Senderos de gloria concede a Flores, profesor de derecho constitucional, la oportunidad de traer al texto el problema que ha atormentado a la filosofía del derecho desde el caso Antigona, a saber, la cuestión de la obligación de obedecer al derecho. Clásicos ilustrados, premodernos y contemporáneos –como no podía ser de otro modo, Hobbes sale injustamente malparado– desfilan por las últimas páginas para glosar la justificación moral de la resistencia a la opresión. Ahora bien, igual que la película, este conciso libro no acaba bien. Flores remarca que, más allá de la impronta que deja en el espectador la figura trágica del coronel Dax, la ruptura con el orden establecido nunca se consuma, y apunta inteligentemente a los poderes invisibles que conforman la conciencia autoritaria del soldado. Poderes, añadiríamos, que generan una indefensión en algún sentido similar a la de los condenados frente al pelotón de fusilamiento.”            

p. m. b.





martes, 9 de febrero de 2010

Vallejo en febrero

De pronto me asalta la extraña sensación de que ha pasado muy poco tiempo desde que murió, y hoy hace ya ocho años que no está entre nosotros. Su anatomía dijo ya está bien en apenas una semana y se marchó con su pensamiento y su rostro humano un día gélido, el 9 de febrero de 2002. Una de las cosas más conmovedoras de todo lo que se dijo y escribió después de su muerte fue aquella paráfrasis de un verso de César Vallejo que hizo un compañero y amigo suyo. No he podido encontrarlo. Tengo, sin embargo, su vieja edición de Poemas humanos (Losada, 1961), en la que él subrayó con tinta negra de estilográfica unos versos de un extenso y enmudecedor poema de Vallejo titulado “Sermón sobre la muerte” escrito en 1937, precisamente el año de su nacimiento. Éstos:  

(…)

Considerando en frío, imparcialmente
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina…

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa…

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza y se abotona…

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la
    cabeza….

Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz,
     borrándolo…

Comprendiendo
que él sabe lo que quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente…

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito…

Le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
Qué más da! Emocionado…Emocionado…





martes, 2 de febrero de 2010

Châtelet y la broma infinita: un homenaje



Han sido ya realizadas interesantes investigaciones para analizar el complejo itinerario que marca la apropiación neutralizadora de la denominada crítica artista al capitalismo llevada a cabo por la contrarreforma iniciada entre mediados de los ‘70 y principios de los ‘80, es decir, la endogenización desactivadora del heterogéneo discurso enragé de la revuelta sixties –¿y de lo que vino después?­– operada por el nuevo management productivo, político y emocional consolidado a lo largo de las últimas décadas en las felices democracias del Oeste –felices, evidentemente, más para unos que para otros–. A la espera de poder presentar nuestras propias notas genealógicas y citas sobre esta paradójica y siniestra epopeya, y atendiendo la petición de N. Bau, dejo aquí unos párrafos del panfleto que publicó Gilles Châtelet un año antes de su muerte, acaecida en 1999. El libro, Vivir y pensar como puercos. De la incitación a la envidia y el aburrimiento en las democracias de mercado, fue publicado en España por Lengua de trapo en 2002, con traducción y notas (todas pertinentes) de Luis Sánchez-Silva. Es cierto que hay reflexiones filosóficas de hondo calado sobre el caos, pero en el texto de Châtelet predomina la diatriba corrosiva y el dicterio irónico. Se trata de un alegato exaltado y apasionado contra el proceso de progresiva subnormalización festiva de las sociedades occidentales en el que Châtelet denuesta vitriólicamente las diversificadas formas de neoalienación aseguradas por la hegemonía de un cada vez más demente ultraconservadurismo envuelto en el celofán discursivo de lo libertario. Uno prefiere a Boltanski, a Chiapello, a Fairclough y, cuando no se pone plasta, a Bourdieu, entre otros muchos, pero este libro, panfleto en el mejor sentido de la expresión, es muy grande y muy divertido. Vale decir, por lo demás, que Châtelet, filósofo y matemático, no fue desde luego un mindundi (pinchar aquí). En fin, non serviam: tributo a Châtelet. Ahí va:


 (...)
“El estilo Ciber-Wolf apolítico y desengañado empezaba a pulular; ¿cómo resistirse a la deliciosa frivolidad de quienes se sentían capaces de “cagarse en lo negativo”, de quienes creían haber encontrado por fin el secreto de la felicidad permanente y pretendían cultivar orquídeas en el desierto sin preocuparse demasiado en el espinoso problema del riesgo? Eran los maravillosos Jardineros creativos, que querían volar antes de aprender a caminar y habían olvidado que la libertad, cuando no se reduce al capricho y al sueño, consiste también en el dominio concreto –y a menudo doloroso– de las condiciones de la libertad.
La contrarreforma neoliberal iba a tomarse la revancha sin hacer concesiones a los Jardineros creativos. Todas las ideas, aun las más generosas, eran despiadadamente desvirtuadas, regurgitadas en forma de réplicas infectas, igual que las brujas de los cuentos hacen que sus víctimas vomiten sapos y culebras en cuanto abren la boca. Dejemos entonces hablar a la Contrarreforma y admiremos la magia verdaderamente luciferina con la que creía poder satisfacer todos los deseos de los jardineros creativos:
¿Queréis afirmar la Diferencia e incluso, si lo he entendido bien, el derecho a la Diferencia? ¡Pues qué bien! No pedíamos tanto. Sí que nos habéis ayudado a aclararnos…Ya no diremos que tal raza es superior a tal otra –se acabó el racismo de papá–, diremos simplemente que es diferente. ¿No es la modernidad el respeto a la diferencia?
¿Queréis un Estado lo más reducido posible? No sabéis hasta qué punto estamos de acuerdo…Ya es hora de que el Estado-providencia adelgace un poco: no es necesario estar demasiado corpulento para ser un vigilante nocturno eficaz. ¿Hasta cuando van a seguir agotándonos para mantener bajo perfusión a la Seguridad social y la Educación nacional?
Habéis dicho nomadismo y movilidad…También en esto os sorprenderá nuestra audacia: nuestras empresas van a “nomadizarse” –disculpad el neologismo– más deprisa que vuestros trotamundos más aguerridos. Evidentemente, en Nueva York, París o Londres habrá un poco más de gente en las aceras. Pero, después de todo, ¿no es lo que ocurre en Nueva Delhi, Caracas o Sao Paulo? ¿Por qué los países ricos tendrían que ser privilegiados?
Queréis dejarle algunas migajas a la creatividad, al “cada cual a lo suyo”, hablando en plata. ¡Qué por eso no quede! ¡Vuestras órdenes son deseos! Os daremos “a cada uno lo suyo” a manos llenas, pero, por supuesto, sazonado con nuestros ingredientes preferidos: la envidia, el narcisismo y el espíritu posesivo, que, como sabéis, son las materias primas de nuestras democracias de mercado.
Estáis hartos de tanta oposición y de los enfrentamientos dialécticos. Queréis inventar una especie de diplomacia de lo continuo…Haced un pequeño esfuerzo más para acercaros a nosotros y veréis que el mercado ama la fluidez –como vosotros– y detesta todas esas reivindicaciones desfasadas, todas esas expresiones de privilegios y esas “viscosidades” segregadas por sindicatos antediluvianos incapaces de integrarse en la generosa movilidad social de las democracias de mercado.
¿Queréis una Universidad más experimental y festiva? ¡Adelante! ¡No lo dudéis! Haced todos los “experimentos” que queráis, siempre que no sean muy caros, claro. ¡Pero cuidado! Hay que seguir la regla de “cada uno a lo suyo”. Ya veréis hasta qué punto también nosotros somos capaces de creatividad.
¿Queréis captar los poderes creativos del caos –lo que es muy normal, tratándose de Jardineros creativos– y reemplazar las grandes opciones políticas por una ciberpolítica que deje aflorar graciosamente soluciones adoptadas a partir del desorden y la autoorganización? Vamos, unos centímetros más y nuestros dedos se tocarán…deshaceos completamente del político y su voluntarismo. Basta con ser paciente: el caos de las opiniones y las microdecisiones siempre acaba produciendo algo razonable
Los Jardineros creativos apostaron por Nietzsche frente a Hegel y, a menudo, frente a Marx, pero se equivocaron de diana. No sería ni la lechuza de Hegel, ni el topo de Marx, ni el camello de Nietzsche quien nos sorprendería en un recodo del camino, sino Malthus, el vendedor ambulante de los conservadurismos más infames, siempre sonriente y afable, que acechaba al incauto para venderle la pacotilla libertariana del nomadismo y lo caotizante”