sábado, 30 de octubre de 2010

Imbéciles y totalitarios, totalitariamente imbéciles

"Sin embargo, la lealtad de quienes ni creen en los clichés ideológicos ni en la infalibilidad del jefe tiene también razones más profundas y no técnicas. Lo que liga a estos hombres es una firme y sincera fe en la omnipotencia humana. Su cinismo moral, su creencia de que todo está permitido, descansan en la sólida convicción de que todo es posible[1]"
(Hannah Arendt, Los orígenes del totalitalismo, v. 3, trad. G. Solana, Madrid, Alianza editorial, 1987, p. 587.)


[1] Addenda a destiempo: Zizek sobre significado específico de este "todo es posible" (me acabo de tropezar con esto): "(...) En la actualidad, la división entre lo que se puede y lo que no se puede se organiza de manera extraña, con un mismo exceso en la definición de cada categoría. Por un lado, en el campo del entretenimiento y las tecnologías, nos insisten con que "nada es imposible": podemos disfrutar de una amplia gama de servicios sexuales, de archivos enciclopédicos de canciones, películas y series de televisión, que están a nuestra disposición mediante pago electrónico, y hasta podemos viajar al espacio (si somos multimillonarios). Y nos prometen que, en un futuro cercano, será "posible" optimizar nuestras capacidades físicas y psíquicas mediante la manipulación del genoma humano. Incluso el sueño tecnognóstico de la inmortalidad parece ahora estar al alcance de la mano, gracias a la transformación de nuestras identidades en "software" para descargar al disco duro. En el ámbito socioeconómico, en cambio, nuestra época se caracteriza por la creencia en una humanidad que ha llegado a su completa madurez, después de haber sido capaz de renunciar a las viejas utopías milenarias y aceptar las limitaciones de la realidad (debe leerse: de la realidad capitalista), con todos los imposibles que la arman. Su lema, su primer mandamiento, es "usted no puede": usted no puede participar en las grandes acciones colectivas, que necesariamente terminarán en terror totalitario; usted no puede aferrarse al Estado del bienestar, so pena de perder su competitividad y provocar una crisis económica; usted no puede salise del mercado mundial, salvo que jure lealtad a Corea del Norte. La ecología, en su versión ideológica agrega a este inventario de sus propias prohibiciones, esos famosos valores de la tierra –no más de dos grados de calentamiento climático– basados en opiniones de expertos (...)" 
(Slavoj Zizek, "Salir de la trampa, y hacer lo imposible", en LMD edición en español, nº 181, Noviembre de 2010, p. 7)


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"Todo aquel que desde la distancia histórica pretenda comprender el efecto producido por Hitler tiene que renunciar al intento de investigar al dictador como una figura dotada de una personalidad demoníaca. La específica adecuación del papel desempeñado por Hitler dentro del psicodrama alemán no estriba en sus extraordinarias aptitudes o en su archisabido y resplandeciente carisma, sino, antes bien, en su incomprensible y evidente vulgaridad, por no hablar de su consecuente disposición a vociferar sin rebozo alguno delante de grandes multitudes"
(Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas, Ensayo sobre las luchas culturales en las sociedades modernas, trad. G. Cano, Valencia, Pre-textos, 2002, p. 25)

Con ustedes, Steve Ballmer:




viernes, 22 de octubre de 2010

Quinismo, potlatch, amor, sol





“Una anécdota y dos líneas extraídas del corpus cínico me llevan siempre más lejos intelectual y concretamente que las obras completas del conjunto de producciones del idealismo alemán”
(Michel Onfray, Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar, trad., prólogo y notas de Ximo Brotons, Valencia, Pre-textos, 2002, p. 41)

Y a mí. No es muy difícil, Michel.

Lástima que no pueda editarse el vídeo y dejar sólo el primer poema. 



jueves, 7 de octubre de 2010

Homer y Langley: arte de la fuga




A raíz de la publicación de Homer y Langley se recordó el final de los hermanos Collyer. Una mañana de 1947 la policía y los bomberos de Nueva York tuvieron que forzar los postigos de la mansión familiar de estilo victoriano tardío, ubicada en la Quinta Avenida, para acceder al inmueble de cuatro plantas y recuperar los dos cadáveres tras abrirse paso entre las toneladas de materiales de todo tipo, “la colección de artefactos de nuestra vida americana” (p. 29) –entre ellos, un Ford T–, que habían acumulado durante años. A Homer, el hermano ciego, lo encontraron en su butaca mordido por las ratas, esperando ya inerte a que Langley le llevara la comida diaria. El cadáver de Langley, víctima directa del trastorno que alimentó el afán de almacenar cosas en casa, el mal llamado síndrome de Diógenes, fue hallado después de una prolongada búsqueda sepultado bajo un amasijo de objetos accidentalmente desmoronados sobre su cuerpo. El plato de comida nunca llegó a su destino. “Jacqueline, cuántos días llevo sin comer. Se produjo un estruendo, la casa entera tembló. ¿Dónde está Langley? ¿Dónde está mi hermano?” (p. 203), pregunta un Homer terminal y languideciente en el pasaje final.

Con semejante material, Doctorow retoma en su último libro la reescritura de la historia norteamericana y sus patologías sin atenerse estrictamente a los códigos de la novela de no ficción, la faction (facts & fiction) que cultivaron, entre otros, el Capote de A sangre fría en los Estados Unidos y autores de la talla de Walsh (¿Quién mató a Rosendo?) en otras geografías literarias. Homer y Langley es más bien un ejercicio de hermenéutica mitográfica deudor de los protocolos de la “nueva novela histórica” encuadrada, à tort ou à raison, en el posmodernismo. Al margen de taxonomías, la novela es una interpretación liberada del imperativo de sujeción a los hechos, el espacio y el tiempo reales en la que la acreditada maestría del autor de Ragtime y El libro de Daniel salva al texto de tres potenciales naufragios: la mera exposición de un retablo de extravagancias; el encarnizamiento en los detalles más sórdidos del progresivo aislamiento de los Collyer; y la romantización inocua de dos desertores de buena familia con estudios superiores que declaran simbólicamente la guerra al mundo. Uno queda bien enterado, no obstante, de la condición excéntrica de los hermanos y no puede eludir un sentimiento de secreta empatía hacia estos dos artistas de la fuga y la acumulación.

Una de las claves para que la reinvención novelada del mito pop de los Collyer salga indemne de los riesgos mentados es la cesión de la voz narrativa al musical, cálido, desvalido y sensitivo Homer, convertido por Doctorow en el hermano menor –en la vida real era el mayor–, que toma literalmente de la mano al lector para guiarlo a través de sus cada vez más mermados sentidos por la novela, extenso texto escrito por Homer en una máquina de Braille a su musa, Jacqueline Roux –personificación de la mirada del otro europeo–, que fluye sin un solo desfallecimiento narrativo. Aunque es Homer el que relata linealmente el itinerario del “abandono del mundo exterior” (p. 78) en el que las personas son lentamente reemplazadas por las cosas, el peso protagónico recae en el lúgubre, beligerante, lucidísimo y tendencialmente paranoico Langley, motor de la lucha perdida de antemano para “plantar cara al mundo” (p. 127) y auténtico centro de un nutrido dramatis personae que, por mediación de la dislocación temporal con la que Doctorow alarga la vida de los Collyer hasta los 70, incluye figuras mitológicas o mitologizadas del siglo XX y sus respectivas miradas otras: entre ellos, unos mafiosos para quienes la mansión es “un manicomio” (p. 118) y una fratría de hippies que la perciben como un “templo de la disidencia” (p. 145).

Sin duda, el gran Otro de la novela –una golosina para la teoría de la desviación– es la sociedad. Homer y Langley es una obra abierta, legible bajo distintos registros interpretativos: la casa atestada de los Collyer, “nuestro reino inviolado” (p. 90), como epítome hiperbólico de la sociedad adquisitiva; el chiflado proyecto de Langley de crear un periódico platónico de arquetipos intemporales como crítica profética de los media; el propio relato de la relación de los dos hermanos como hermosa parábola sobre la fraternidad… La exégesis inmediata de la novela reenvía, sin embargo, a la desconexión de esos entretejimientos objetivos –la luz, el agua y el gas– que constituyen las ataduras tal vez más superficiales del imaginario contrato social en virtud del cual renunciamos al estado de naturaleza y nos sometemos a unas normas preordenadas a la convivencia pacífica. Doctorow no ha escrito una novela explícitamente política, dicho esto en el sentido de que no incurre en la hagiografía apologética y, digamos, proto-foucaultiana de los Collyer, sujetos sin duda diferentes y anómicos. Ahora bien, parece plausible sostener que en Homer y Langley late, sin ser nunca explicitada, la cuestión esencial de la filosofía política moderna, el denominado problema del orden formulado por Hobbes: ¿cuáles son las condiciones en las que los individuos están dispuestos a aceptar limitaciones en su libertad para vivir como miembros de una sociedad normalizada? Cuestión a la que, se diría, los Collyer replican elípticamente con otra pregunta: ¿qué sentido tiene habitar normalizadamente la sociedad cuando todo nos dice que no tiene ningún sentido y que lo más razonable es sustraerse, huir, tomar la senda de la fuga discrepante, del “aislamiento como camino más sensato para eludir el dolor, la pesadumbre y la humillación” (p. 79)? El lector queda invitado al festival de interpretaciones de una gran novela, magníficamente escrita y muy bien traducida.


E. L. Doctorow, Homer y Langley, trad. I. Ferrer y C. Milla, Barcelona, Miscelánea, 2010
(publ. en La Bolsa de Pipas. Revista Literaria Trimestral, nº 79, oct.-dic., 2010)

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Un poco más: 

“¿Cómo puede hacerse una distinción ontológica entre fuera y dentro? (…) ¿Qué puede decirse en definitiva sobre la circunstancia de tener un techo sobre la cabeza que tenga sentido filosófico? Dentro es fuera y fuera es dentro” (Langley)

En “Casa tomada” Cortázar relata el avatar de Irene y el narrador, dos seres anodinos unidos en un “simple y silencioso matrimonio de hermanos” que son lentamente expulsados de su espacioso piso de Buenos Aires. Gente que nunca se hace visible va ocupando las estancias y arrincona a los hermanos hasta que éstos se ven obligados abandonar su hogar. El mundo real entra en casa y pone en fuga a sus moradores. En Al revés, Joris-Karl Huysmans cuenta la historia de Des Esseintes, un raro que, hastiado del París de finales del XIX, escapa a una mansión de Fontenay-aux-Roses y crea un estrafalario universo paralelo en el que se entrega a la contemplación estética. El fugitivo expulsa al mundo real de su nueva casa, donde construye otro mundo. En Homer y Langley los hermanos Collyer declaran la guerra al mundo y a la sociedad –la imagen que ilustra esta entrada, tomada el día del acceso a la casa y el rescate del cadáver de Homer, constituye la mejor metáfora del asedio al que se vieron sometidos los Collyer en los últimos años de su existencia–,  pero la fuga y el abandono del mundo de Homer y Langley se resuelven en la reconstrucción del mundo real dentro de su propia casa. Dentro es fuera y fuera es dentro.   

martes, 5 de octubre de 2010

Bernhard en un cumpleaños


“(…) Pero en realidad tampoco sin Paul hubiese estado solo en aquellos días, semanas y meses en la Baumgartenerhöhe, porque al fin y al cabo tenía al ser de mi vida, el que, después de la muerte de mi abuelo, fue decisivo para mí en Viena, a la amiga de mi vida, a la que no sólo debo mucho sino, dicho sea francamente, desde el momento en que hace más de treinta años [nota bene: hace más de quince años], apareció a mi lado, se lo debo más o menos todo. Sin ella no estaría ya ni siquiera con vida y, en cualquier caso, no hubiera sido nunca el que soy, tan loco y tan infeliz, pero también feliz, como siempre. Los iniciados saben lo que se esconde tras esta expresión ser de mi vida, a través de la cual y del cual extraigo mis fuerzas y, una y otra vez, mi supervivencia, y de nadie más, ésa es la verdad. Esa mujer para mí ejemplar en todos los sentidos, inteligente, que nunca me ha dejado en la estacada en un solo momento decisivo y de la que en los últimos treinta años [n. b.: diecisiete años] he aprendido, o, por lo menos, aprendido a comprender casi todo, y de la que todavía hoy aprendo y, por lo menos, aprendo a entender lo decisivo (….)”





Thomas Bernhard, El sobrino de Wittgenstein, trad. Miguel Sáenz, Barcelona, Anagrama, 1ª ed. compactos, 1999, p. 28. 





viernes, 1 de octubre de 2010

Franz y la sabiduría



“(…) Estos datos se desprenden de la Estadística de la Producción Editorial, correspondiente al año 2009, dada a conocer hoy por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Este estudio revela que la producción editorial disminuyó un 13,7 por ciento en 2009 pero que, pese a esta bajada, el número total de títulos editados (74.521) es el segundo más elevado de la última década (2008 alcanzó la cifra récord con 86.330 libros editados).”


“Todo lo que escribo me parece fútil, además lo es”
(Cartas a Milena