Cada
día deploro más las reyertas literarias de casino de pueblo que se escenifican
en la red, medio que propicia la perpetración de análisis de vuelo corto muchas
veces derivados de una lectura apresurada del texto sometido a crítica. De sobra
es conocido que el tenor de estos análisis viene a menudo motivado por razones
poco presentables o simplemente no confesables. Consciente de que esta
tendencia no puede ser revertida, sabedor de que no hay pureza y de que sólo
nos queda el silencio o el lodazal, me limito a registrar mi hastío ante la
cacofonía de voces que vierten sus juicios sumarísimos animadas por esa sórdida manía de querer influir.
El hastío profundo que uno experimenta ante lo que no cambia y no puede ser cambiado.
El hastío profundo que uno experimenta ante lo que no cambia y no puede ser cambiado.
¿A
qué viene esto?
Leo
en el prólogo del ácido ¡Despidan a esos
desgraciados!, de Jack Green, un pasaje escrito por José Luis Amores con el
que prima facie estoy de acuerdo:
“¿O
es que la crítica objetiva sólo es posible una vez que el paso del tiempo ha
calmado los ánimos y los viejos prejuicios han dejado de tener vigencia, cuando
es posible ver las cosas con esa maravilla de la percepción humana llamada
perspectiva?” (p. 11)
Personalmente, eliminaría la palabra
“objetiva” y transformaría la interrogación en una simple aserción: “ La crítica
sólo es posible una vez que el paso del tiempo ha calmado los ánimos y los
viejos prejuicios han dejado de tener vigencia, cuando es posible ver las cosas
con esa maravilla de la percepción humana llamada perspectiva”
“Paso
del tiempo”: actualmente, uno o dos meses desde que el libro sale publicado.
*
Addenda:
no quiero dejar de cumplir el rito anual de maldecir las fallas de Valencia: maldigo, pues, las fallas.
