martes, 31 de diciembre de 2013

A la altura de 365 días

Fotografía de Pierre Andrieu


"Eso" (Czeslaw Milosz)

Ojalá por fin pudiera decir qué está en mí.
Gritar: gente, les mentí
diciendo que eso no estaba en mí,
cuando eso está ahí siempre, días y noches.
Aunque gracias a eso supe describir sus ciudades inflamables,
sus cortos amores y juegos desmembrándose en humus,
aretes, espejos, el deslizar de un tirante,
escenas de alcoba y de campos de batalla.
Escribir fue para mí estrategia de protección,
de borrar las huellas. Porque a la gente no puede gustarle
aquél que alcanza lo prohibido.

Llamo en mi ayuda a los ríos en los que nadé, lagos
con puentecillos entre cedazos, valle
en cuyo eco la canción duplica la luz del anochecer,
y confieso que mis extáticos halagos a la existencia
sólo pudieron ser entrenamientos de alto estilo,
pero abajo estaba eso, que no me atrevo nombrar.

Eso se parece al pensamiento de alguien sin hogar, cuando
atraviesa la ciudad ajena, congelada.

Se asemeja al momento cuando un judío cercado ve aproximarse
los pesados cascos de los gendarmes alemanes.

Eso es cuando el hijo del rey se dirige a la ciudad y ve el mundo
real: pobreza, enfermedad, vejez y muerte.

Eso puede ser comparado con el inmóvil rostro de alguien
que entendió que fue abandonado para siempre.

O con las palabras del médico sobre la sentencia inevitable.

Porque eso significa enfrentar un muro de piedra
y entender que ese muro no cederá ante ninguna de nuestras súplicas.


martes, 17 de diciembre de 2013

Año nuestro



Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. 

Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si eso le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. 

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

[Julio Cortázar, "Instrucciones para llorar", en Historias de cronopios y de famas, 
Cuentos completos, vol. I, Alfaguara, Buenos Aires-México D.F., 1994, p. 409]  

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martes, 10 de diciembre de 2013

'Incendiario' (Bárbara Butragueño)



La lectura –y la perpleja relectura– de Incendiario me trajo a la cabeza un pasaje de How to read a poem en el que, glosando la primera estrofa de “Musée des Beaux Arts”, el poema de W. H. Auden, Terry Eagleton habla de “la naturaleza incongruente del sufrimiento humano, el contraste entre su pura intensidad, que parece apuntar hacia un momentáneo significado, y la manera en que los hechos cotidianos que lo rodean se muestran indiferentes a él”. Hay, ciertamente, mucho sufrimiento diseminado en los versos y los versículos de este manojo de diecisiete poemas dado a la imprenta por Bárbara Butragueño (Madrid, 1985) algunos años después de su factura –sabia postergación que desentona con las precipitaciones y los esbozos mal fermentados de tantos poetas jóvenes y no tan jóvenes, y que revela, creo, el elevado grado de autoexigencia de la autora–, y hay también temores, temblores, culpas, soledades anhelantes y desgarros vertidos por una voz para la que la palabra es “terco pavor enmudecido” (p. 25). La imponente profundidad expresiva de Butragueño y la distancia que la poeta interpone entre el yo que dialoga con sus llagas y con el mundo y la carnalidad feral de su experiencia subjetiva e intransferible vadean el deslizamiento de su decir hacia ese tosco y desaliñado inmediatismo que se recrea en la plana mostración de lo consuetudinario. Aquel espacio está colmado en Incendiario por fecundas arquitecturas sonoras y por una sucesión ininterrumpida de imágenes cuya extraordinaria potencia avisa del insólito dominio del lenguaje que Butragueño exhibe en su poesía, una poesía lejanamente tributaria de la Pizarnik más herida y febril –y, pienso, de las declinaciones menos realistas de autoras como Luisa Castro o Ada Salas–. La mixtura de profundidad e inmanencia, de elevación y materialidad incandescente, es el cemento que aúna las tres partes del volumen: si en Turba el yo que “se sabe grieta abierta entre/ la calma y el incendio” (p. 31) y que ha “sangrado todos los muertos de este mundo” (p. 34) muestra implacablemente su ser roto ante sí y ante los otros, y en Combustión predomina la conversación íntima con el cuerpo de un tú cuya mirada tiene “algo de bestia/ delicada con vocación de jungla” (p. 44), en Cremación la poeta convoca a sus distintos interlocutores para proclamar que la poesía es búsqueda, indagación sin fe ni objeto, y que el poema es fulgor que se infecta adentro y que no conoce “cuántos/ cuerpos se quedaron en el camino” (p. 69). La desnudez agramatical de los primeros textos –en los que, a pesar de la práctica ausencia de puntuación (“pero hay algo de negación en la apertura algo de carencia/ que abre huecos” (p. 23), “he de erigirme isla torre mazmorra”, (p. 31)), las unidades semánticas quedan sobradamente preservadas– contrasta con la sintaxis densa de algunos poemas del final del libro (“y tú esperas, inocentemente, algo/ de baile de máscaras, una cierta sutileza en el viento, la/ elegancia de un acorde abandonado” (p. 68)), produciendo un efecto de crescendo, una sensación de quiebra de una voz acaso ya entrecortada en los hipos del llanto a la que, como mucho, se le pueden afear tres diminutivos (pp. 34 y 47). Poeta intensa, desdomeñada y excepcional, Bárbara Butragueño ha tenido la paciencia necesaria para pulir una epifanía sostenida y ha entregado un poemario cuidadosamente editado que nunca se acaba de leer del todo: este es, a mi entender, el mayor elogio que se le puede hacer a un libro de poesía.                 


Bárbara Butragueño, Incendiario
prólogo de Batania, epílogo de Isabel Bono, Madrid, Polibea, 2013, 72 pp.



[p. m., La bolsa de pipas. Revista literaria trimestral, invierno 2013-2014]

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Bonus track: