jueves, 20 de diciembre de 2012

Celebrándolo con Claudia Bardagí



Hay ocasiones en las que te puedes permitir el lujo de sentirte orgulloso de lo que has hecho. Ese sentimiento, sin embargo, no debe prolongarse demasiado: si dura más de un cuarto de hora, ya te has convertido en un imbécil. 

*

Con vosotros, Claudia Bardagí

jueves, 29 de noviembre de 2012

pause


© Sally Mann



“(…) En una época arrogante

hay que pasar de prisa

de una luz a otra, de un país

a otro, bajo el arco iris,

con la punta del compás en el corazón,

tomando la noche por radio. (…)”


[Ingeborg Bachmann, “Curriculum vitae”, en Invocación a la Osa Mayor, trad. Cecilia Dreymüller y Concha García, Madrid, Hiperión, 2001]


feliz 2013 ??   

jueves, 22 de noviembre de 2012

Lenin, Bértolo, Abramowski, Gutiérrez y yo


Termino la lectura al alimón de la antología de textos de Lenin editada por Constantino Bértolo para Los libros de la catarata (Madrid, 2012) y de Democracia, de Pablo Gutierrez (Barcelona, Seix Barral, 2012), acaso la primera novela mutante y social del milenio literario ibérico. Termino la lectura simultánea de ambos libros y no puedo evitar la tentación de arrastrarme hasta el estante de casa donde reposa un volumen en el que se cita este párrafo de Edward Abramowski (1868-1918), teórico polaco del anarco-cooperativismo, texto cuya lectura resulta bastante impactante si se toma en consideración la fecha en la que fue escrito: 1897.

¿Buenismo político avant la lettre? ¿Lucidez visionaria? Or what the fuck?  

“¿Podemos aventurar la opinión de que el surgimiento del sistema socialista podría omitir su estadio previo de revolución moral? ¿De que podrían organizarse las instituciones económicas sin encontrar en las almas humanas las necesidades correspondientes, sin tener fundamento en las conciencias de la gente?... Supongamos por un momento que una Providencia revolucionaria, un grupo conspirador que profesa ideales socialistas, logra felizmente dominar la maquinaria estatal y establece instituciones comunistas con la ayuda de la policía que ha cambiado de traje. Supongamos que las conciencias de la gente no toman parte en este proceso y que todo es llevado a cabo mediante la fuerza del puro burocratismo. ¿Qué sucede?... Las nuevas instituciones han suprimido el hecho de la propiedad legal pero la propiedad como una necesidad moral de la gente ha pervivido; han excluido de la producción la explotación oficial, pero han preservado todos los factores externos a partir de los cuales nace la injusticia y que tendrán siempre un campo suficientemente grande para operar –si no en la esfera económica, entonces en todos los demás campos de las relaciones humanas. Para ahogar las aspiraciones a la propiedad, la organización del comunismo tendría que aplicar un poder estatal dilatado: la policía reemplazaría aquellas necesidades naturales a partir de las cuales crecen las instituciones sociales y en virtud de las cuales se desarrollan libremente. Más aún, la defensa de las instituciones nuevas sólo “sería” posible a un Estado fundado en los principios del absolutismo, dado que toda democracia efectiva en una sociedad acosada por la violencia bajo el nuevo sistema amenazaría a ese sistema con una rápida decadencia y haría renacer todas las leyes sociales que habrían pervivido intocadas por la revolución en las almas humanas. Así, el comunismo no sólo sería extremadamente superficial e impotente sino que se volvería un poder estatal que oprimiría la libertad individual; en lugar de las clases anteriores emergerían dos nuevas clases –los ciudadanos y los funcionarios– y su antagonismo aparecería necesariamente en todos los dominios de la vida social. Consecuentemente, si el comunismo bajo tal forma artificial, sin la transformación moral de las personas, pudiera aún sobrevivir, se contradiría a sí mismo y sería un monstruo social tal como ninguna clase oprimida haya nunca soñado y menos que nadie el proletariado que está luchando por los derechos humanos y que está llamado por la historia a lograr la liberación del hombre”.

[Edward Abramowski, “Etyka a rewolucja” [1897], en Filozofia spoleczna, Warsaw, 1965]    


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Sostiene Franzen


© Greg Martin 

¿Preparado para la lluvia de vituperios?



“Teniendo en cuenta ese universo de enlaces de Twitter, herramienta sobrevalorada, que apuntan a textos que nadie ha leído ni piensa leer y fotos de gente desayunando y comunicándolo en 140 caracteres; teniendo en cuenta el océano de información defectuosa; considerando plagados de errores los artículos de la Wikipedia y que la crítica de los productos culturales ha muerto a manos de las reseñas de los consumidores, de las cuales un tercio o más son inventadas, me resulta imposible no colocarme en el coro de los críticos de Internet y de las redes sociales por su trivialidad, inexactitud y su estúpida retórica del progreso que acabará por hacer de este mundo un lugar maravilloso”.

(Jonathan Franzen)


jueves, 15 de noviembre de 2012

Καὶ σὺ τέκνον, Imre?


[Imre Kertész deja la escritura; no publicará más] 


*

Bonus track bartlebyano: irónico texto de Héctor Abad Faciolince publicado hace casi tres años –un incunable– sobre Amedeo Furst: 

"La muerte de J. D. Salinger ha puesto de moda el tema de los artistas que evitan cualquier contacto con el público, bien sea en persona o a través de los medios de comunicación. Se hacen listas: Pynchon, que no habla en televisión; Joseph Beuys, que se envolvía en sábanas para que nadie lo viera; Philip Roth, que se precia de no haber sonreído jamás en una foto. De todos los esquivos que en el mundo han sido, ninguno me fascina tanto como Amedeo Furst. De Furst me habló por primera vez Santiago Gamboa, hace ya mucho tiempo, y me hizo jurar que no revelaría su secreto. Hoy rompo mi palabra, porque conviene que se sepa de él. Amedeo Furst es un gran autor del Cantón Ticino y un artista de tan extrema discreción que no sólo no ha sido fotografiado nunca, sino que nadie lo ha visto jamás. Su caso es tan especial, y llega tan lejos su discreción, que nunca ha querido publicar ningún libro, porque no sólo no quiere que lo vean, sino que tampoco quiere que lo lean, pues para él escribir no es más que una forma sutil de exhibicionismo, en el que incluye incluso a aquellos escritores que, aunque no se dejen ver, cometen la desvergüenza de publicar. Ustedes se preguntarán cómo se ha tenido noticia de las tesis de Furst, o de su nacionalidad, e incluso de su nombre, si nunca las ha escrito ni expuesto de viva voz. Yo también me lo pregunto. En realidad hay quienes sostienen que sus libros sí existen y que son magníficos, pero que nadie está seguro de cuáles son, pues suele publicarlos en editoriales menores y bajo nombres absolutamente anodinos, en oscuros idiomas que muy pocos entienden, como el muinane y el vasco. A mí esto no me consta. Los escritores secretos, en realidad, tienen un modelo importante: el más grande de todos los escritores invisibles es Dios. El Espíritu Santo ha dictado, al oído de apóstoles y profetas, algunos de los más sugestivos textos literarios: versículos del Nuevo Testamento, proverbios de los Salmos, profecías de los mayas, versos del Cantar de los Cantares, suras del Corán... ¿Y quién lo ha visto nunca? Nadie, porque el Altísimo no se deja ver y, en sentido estricto, ni siquiera tiene nombre. Dios es tan famoso, y vive en boca de todo el mundo, tanto de devotos como de detractores, gracias precisamente a su invisibilidad. Los escritores que no se dejan ver se quieren volver invisibles, como Dios, y como Él hablar solamente a través de la Palabra. No hay culto más puro y más profundo que el culto por aquello que no se conoce. Un rostro humano, indudablemente, humaniza. No tener cara ni cuerpo, en cambio, en cierto sentido diviniza. Muchos adoran a los grandes escritores escurridizos, a esos que, de algún modo, viven bajo el burka del anonimato sin rostro, como esas bellas imágenes de Mahoma velado. El mecanismo psicológico de su idolatría, si uno lo piensa bien, es bastante elemental: cuando un escritor, un intelectual, no se siente suficientemente reconocido por los medios, cuando le parece que no hay correspondencia entre la popularidad de unos mediocres y la propia oscuridad (siendo él un genio comparado con tantos deficientes mentales), entonces su predilección, y más aún su devoción, se concentra en esos escritores que, pudiendo ser célebres, se resisten a cualquier aparición mediática, y se esconden en una austera intimidad, rechazando los premios, odiando la televisión, los periódicos, las entrevistas y en general cualquier aparición pública. "Ése sí es un tipo digno, pulcro, discreto; no como otros...", recalcan los artistas oscuros e incomprendidos. En aquellos que a pesar de ser célebres no se dejan celebrar está su desquite. Aunque éstos sean invisibles voluntarios, los invisibles involuntarios se sienten vengados por los famosos escurridizos".