lunes, 28 de diciembre de 2009

Valicourt en el vacío



Copio un relato del último libro de José Vidal Valicourt (El hombre que vio caer a Deleuze, Palma de Mallorca, Sloper, 2009), VI Premio Café Món. Un spleen protoapocalíptico y terminal aureola las derivas del hatajo de seres instalados en el filo del desorden emocional que, con excepciones puntuales, testimonian en primera persona sus extravíos en los 21 relatos que conforman el volumen, muchos de ellos desolados monólogos interiores a caballo entre la prosa y la poesía y trufados de iconografía high pop, sobreentendidos filosóficos y referencias postestructuralistas. Un buen libro, para leer más de una vez. Es una lástima no poder copiar “Hotel Cheever” (demasiado extenso para un post), verdadera pieza maestra de prosa poética que entronca con el pulso de otros títulos de Valicourt como Zona de nadie. Todavía hay tiempo para pedirlo como regalo a los reyes magos de Occidente

MOTEL (LA HUIDA, SIN ALI MAcGRAW)
Algunos teóricos lo llaman no-lugar. Acepto la definición. Entre tu cuerpo y el horizonte, soy un hombre perseguido. Todo un largo recorrido, una provincia que aún no tiene nombre. Me levanto y descorro las cortinas. Acción que repito como un autómata para mirar por la ventana. A lo lejos, como diría un mal poeta, prosigue la erosión de los límites, la pura lejanía que me invita a continuar mi camino. Pronto caerá la noche sobre esta llanura sin árboles. Siempre he defendido el mismo papel, el de invitado que siempre llega a deshora, muy tarde o demasiado temprano. Un convidado de piedra. Deambulo por esta habitación aséptica y descubro en el único espejo disponible el rostro de un hombre dispuesto a seguir huyendo, que ha hecho de la huida una especie de territorio que hay que defender. Sostengo esa mirada que no es del todo mía. Necesito la nieve, la página en blanco, el lienzo impoluto, la pantalla vacía. Alguien está hablando solo y ése soy yo.

domingo, 27 de diciembre de 2009

José Luis Piquero, El fin de semana perdido


Algo no va, algo no funciona, algo chirría, algo anda (y huele) mal en el resbaladizo, proteico y veleidoso territorio de la crítica de poesía cuando un libro se hace acreedor de este juicio entusiasta y ditirámbico: “uno de los mejores [libros] que ha dado la poesía española de este año” (para leer la reseña, aquí) y es, al mismo tiempo, objeto de un concienzudo (y acaso malintencionado) ejercicio de demolición que, entre otras, contiene esta lindeza: “Pésima poesía realista, pésima poesía confesional, libro que se hace largo al tercer poema, y tiene treinta y cuatro, lo peor del poemario es su carácter circunstancial” (para leer el comentario, aquí). José Luis Piquero (1967) no había publicado en los últimos doce años, circunstancia que ya me predispone a su favor, aunque sólo sea porque este prolongado silencio –sólo roto en 2004 para reunir sus tres poemarios anteriores en Autopsia– contrasta con el productivismo de cadena de montaje poético-fordista de otros/ as vates/ as. No sé si El fin de semana perdido (Barcelona, DVD, 2009) es uno de los mejores poemarios publicados en España a lo largo de este año, como proclama enfáticamente el primer crítico –no los he leído todos, claro–, pero tampoco me ha parecido un libro de pésima poesía realista, como se asevera en la segunda reseña –no creo que todo sea pésimo, no creo–. Leí Monstruos perfectos (1997) y simpaticé bastante con la poética seca y canaille de Piquero. Este nuevo libro me ha entusiasmado menos. “He procurado –escribe Piquero en la nota final– que el oficio del que hablaba obrase en mi favor. En este sentido, también ha sido una etapa de aprendizaje, de búsqueda de ritmos nuevos y, sobre todo, de relaciones nuevas entre las palabras, a la caza de sus significados esenciales. Si mi literatura es realista –¿y qué literatura no lo es?–, la realidad que indaga no siempre resulta visible ni evidente. La palabra “expresionismo”, que ya he usado otras veces, podría venir al caso”. Seguiré a Elster, seré salomónico y le robaré a Constantino Bértolo el título de su gran prólogo a Muerte a crédito de Céline (Lumen, 2007, 2ª ed.): “Las cosas exactas de la existencia”.
Algunas cosas exactas de la existencia encontradas en El fin de semana perdido: “(…) Gracias, angustia; gracias, amargura,/ por la memoria y la razón de ser:/ no quiero que me quieran al precio de mi vida” (“Oración de Caín”, p. 24); “(…)Aflicción, no nos dejes/ ahora que sabemos lo que somos./ Aflicción: nuestra última certeza/ cuando ya no nos quedan más certezas. (“Extraviados”, p. 29); (…) Poco a poco el sosiego: la mudez/ y este cansancio atónito como si hubieras muerto de un orgasmo/ de pánico./ En tu cuerpo, donde el lorazepam/ ha dejado su rastro con dulces lametones,/ la vida sigue ahora su curso inexorable. (“Frágil”, p. 34); “(…) ¿Dónde están todos esos invitados? Si coges el teléfono ¿cuántos/ contestarían? (“Nova”, p. 42); “(…) Y sin embargo aquel no era tu sitio, ahora lo sé,/ en esa desdichada felicidad de quienes lo dan todo y nunca hacen/ preguntas (“Raquel”, p. 61); “(…) ¿Y bien? Estamos solos/ y parece un pecado/ esta lucha obstinada contra todas las leyes naturales:/ la música, la semidesnudez,/ la segunda vivienda./ Pero alguien tenía que quedarse./ Somos los Resistentes. (“Islantilla, Otoño", p. 75).

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Joey felicita las navidades



Quería felicitar las (nunca suficientemente detestadas) fiestas navideñas a los escasos lectores de este blog, pero no encontraba la manera. Había pensado copiar el conocido poema-villancico que Sánchez Ferlosio escribió en 1972 (recogido en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Destino, 1993), pero me parece que, más allá de la musicalidad y de la devastadora carga de profundidad que en él anida, es un texto que no hace justicia a la altura estratosférica que Ferlosio ha alcanzado en el manejo de la lengua castellana. Finalmente he elegido a Joey Ramone (a.k.a. Jeffrey Hyman,1951-2001), el rojo, fóbico, desvalido y siempre recordado Joey, para la ocasión. Ahí va una curiosa (y muy grande) versión de Merry Christmas, I don’t want to fight tonight (aquí). Feliz ciénaga.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Poesía y ritmo




Buscando un papel he tropezado con este poema de Enrique Noriega (Ciudad de Guatemala, 1948), que en su día leí decenas de veces. Atención al ritmo, atención al beat, atención a los cambios de ritmo. En el cuadro de Hopper la mujer no apoya los codos en el marco de la ventana, pero a Hopper se le perdona todo.

Mujer en la ventana (Enrique Noriega)

Apoya la cabeza en las manos
En las manos apoya la cabeza
Apoya
Apoya los codos
En el marco de la ventana
Mas no es la cabeza lo que pesa
Pesa el aburrimiento acumulado
Pesa lo que no se mira
Pesa lo que insiste
Eso que se da discreto tangencial inabordable
Eso que a sabiendas de no existir se busca
Pesa
Pesan las cosas tontas tras las que se fue
Pesa el saberse ajeno a lo otro a lo infinitamente otro
Pesa el asedio de lo otro el opaco brillo de una garra
La pesadilla de un hocico
Pesa la fotografía del apoyar la cabeza en las manos
Pesa como talco inmasticable el mínimo destello de nostalgia
Pesa la muela barrenada el miembro amputado
Pesa la mano que copia de una copia la caricia
Pesa la caricia con la que uno mismo se consuela
Pesa la intención de la promesa con la que uno mismo se inventa
Y pesan
Infinitamente cómo pesan las sombras en los sueños
Infinitamente cómo pesan lo discreto lo tangencial lo inabordable
Y pesan como sucesos de la piedra lo detenido de los días
Lo que acuchilla y no desangra
Lo que la certeza mentirosa
Intensifica
Pesa pesan
En cada rostro que se detiene con las manos
En cada mirada tras ningún objeto
En lo incumplido
Como su música de escupitajo embadurnando
Con su sonrisa carnicera masticando polvo en el desprecio
Y pinchan cómo pinchan
Desde lo incompleto las mil maneras del bostezo
Desde la promesa de antemano incumplida
Las incontables ansias de otra vida


jueves, 17 de diciembre de 2009

La nada retribuida

Tantas horas pensando en la gratuita y espléndida fertilidad de la nada y la semana pasada me di de bruces con una nada retribuida, infértil porque retribuida. A Obama le entregaron el Nobel de la paz en el Ayuntamiento de Oslo por nada. ¿Lamentable, grotesco o simplemente estúpido? Pensándolo mejor, no está tan mal, siendo así que personajes como mínimo sospechosos han sido galardonados con esa dudosa distinción, dudosa justamente por esa tan maculada nómina de premiados. Al menos Obama no ha hecho nada, sólo ha hablado como un auténtico Sugar Ray Leonard de la postpolítica retórico-emocional. Sí, es mejor que Bush, pero no cuesta mucho ser mejor que Bush. Imagino un premio Nobel de literatura concedido a un escritor sin un solo libro publicado y de pronto la idea me parece gloriosa, poética, homérica.
Como sea, un poco de nada fértil buscada con urgencia para contrarrestar la nada retribuida la semana pasada en el Ayuntamiento de Oslo.

Por ejemplo, esta frase de Jules Renard (Diario 1887-1910)
“La palabra más verdadera, la más exacta, la más llena de sentido es la palabra nada”
*
Estos versos de Edmond Jabès (El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha):
“No se piensa en la muerte, en el vacío, en la nada, en Nada; sino en sus innombrables metáforas: una forma de soslayar lo impensado”
(…)
“Nunca considerar la experiencia de otro modo que como una manifestación de la ironía de la Nada.
Tener experiencia es, de alguna manera, vivir bajo el humor saludable de la nada”
*
Esta lúcida observación de Clément Rosset (“El descontento de Cioran”, recopilado en La fuerza mayor):
“Conviene precisar con una palabra la naturaleza de esta situación irrisoria en la que cabe todo lo que existe. Situación “insostenible” sin más, como enseñan casi todos los filósofos desde Parménides y Platón, por no pertenecer ni al registro de lo que es (pues la existencia no tiene ninguno de los privilegios del ser, que es ingénito, imperecedero, eterno), ni al registro de lo que no es (pues la existencia tampoco tiene el privilegio de la nada). Lo que existe aquí y ahora, comparado con todo lo que ha existido, existe y existirá, tanto aquí como en cualquier otra parte, es, si se me permite decirlo así, infinitamente demasiado pequeño para aspirar a ser tomado en alguna consideración; pero, sin embargo, esa cosa existe. Por tanto, la paradoja de la existencia –su horror, añadiría Cioran, no sin buena parte de razón– es la de ser algo y al mismo tiempo no contar para nada
*
Ya puestos, este fragmento de Cioran (“El arquitecto de las cavernas”, de Breviario de podredumbre):
“(…) Desde que la sociedad se constituyó, los que pretendieron sustraerse a ella fueron perseguidos o escarnecidos. Se os perdona todo, con tal de que tengáis un oficio, un subtítulo bajo vuestra nada. Nadie tiene la audacia de gritar: “¡No quiero hacer nada!”; se es más indulgente con un asesino que con un espíritu liberado de los actos. Multiplicando la posibilidad de someterse, abdicando de su libertad, matando en sí mismo el vagabundo, así es como el hombre ha refinado su esclavitud y se ha enfeudado a los fantasmas (…)”

miércoles, 9 de diciembre de 2009

A propósito de Cadou





De Bartleby y compañía (Enrique Vila-Matas, pp. 35-37):

"Si para Platón la vida es un olvido de la idea, para Clément Cadou toda su vida fue olvidarse de que un día tuvo la idea de querer ser escritor.
Su extraña actitud –nada menos que, para olvidarse de escribir, pasarse toda la vida considerándose un mueble– tiene puntos en común con la no menos extraña biografía de Félicien Marboeuf, un ágrafo del que he tenido noticia a través de Artistes sans oeuvres (Artistas sin obras), un ingenioso libro de Jean-Yves Jouannais en torno al tema de los creadores que han optado por no crear.
Cadou tenía quince años cuando sus padres invitaron a Witold Gombrowicz a cenar a su casa. El escritor polaco –estamos a finales de abril de 1963– hacía tan sólo unos meses que, por vía marítima, había dejado Buenos Aires para siempre y, tras su desembarco y paso fugaz por Barcelona, se había dirigido a París, donde, entre otras muchas cosas, había aceptado la invitación a cenar de los Cadou, viejos amigos suyos de los años cincuenta en Buenos Aires.
El joven Cadou era aspirante a ser escritor. De hecho, llevaba ya meses preparándose para serlo. Era la alegría de sus señores padres, que, a diferencia de muchos otros, habían puesto a su disposición todo tipo de facilidades para que él pudiera ser escritor. Les hacía una ilusión inmensa que el joven Cadou pudiera un día convertirse en una brillante estrella del firmamento literario francés. Condiciones no le faltaban al chico, que leía sin tregua toda clase de libros y se preparaba a conciencia para llegar a ser, lo más pronto posible, un escritor admirado.
A su tierna edad, el joven Cadou conocía bastante bien la obra de Gombrowicz, una obra que le tenía muy impresionado y que le llevaba a veces a recitar a sus padres párrafos enteros de las novelas del polaco.
Así las cosas, la satisfacción de los padres al invitar a cenar a Gombrowicz fue doble. Les entusiasmaba la idea de que su joven hijo pudiera entrar en contacto directo, y sin moverse de su casa, con la genialidad del gran escritor polaco.
Pero sucedió algo muy imprevisto. Al joven Cadou le impresionó tanto ver a Gombrowicz enre las cuatro paredes de la casa de sus padres, que apenas pronunció palabra a lo largo de la velada y acabó –algo parecido le había sucedido al joven Marboeuf cuando vio a Flaubert en la casa de sus padres– sintiéndose literalmente un mueble del salón en el que cenaron.
A partir de aquella metamorfosis casera, el joven Cadou vio cómo quedaban anuladas para siempre sus aspiraciones de llegar a ser un escritor.
Pero el caso de Cadou se diferencia del de Marboeuf en la frenética actividad artística que, a partir de los diecisiete años, desplegó para rellenar el vacío que había dejado en él su inapelable renuncia a escribir. Y es que Cadou, a diferencia de Marboeuf, no se limitó a verse toda su breve vida (murió joven) como un mueble, sino que, al menos, pintó. Pintó muebles precisamente. Fue su manera de irse olvidando de que un día quiso escribir.
Todos sus cuadros tenían como protagonista absoluto un mueble, y todos llevaban el mismo enigmático y repetitivo título: "Autorretrato"
"Es que me siento un mueble, y los muebles, que yo sepa, no escriben", solía excusarse Cadou cuando alguien le recordaba que de muy joven quería ser escritor.
Sobre el caso de Cadou hay un interesante estudio de Georges Perec (Retrato del autor visto como un mueble, siempre, París, 1973), donde se hace sarcástico énfasis en lo sucedido en 1972 cuando el pobre Cadou murió tras larga y penosa enfermedad. Sus familiares, sin querer, le enterraron como si fuera un mueble, se deshicieron de él como quien se deshace de un mueble que ya estorba, y le enterraron en un nicho cercano al Marché aux Puces de París, ese mercado en el que pueden encontrarse tantos muebles viejos.
Sabiendo que iba a morir, el joven Cadou dejó escrito para su tumba un breve epitafio que pidió a su familia que fuese considerado como sus "obras completas". Una petición irónica. Ese epitafio reza así: "Intenté sin éxito ser más muebles, pero ni eso me fue concedido. Así que he sido toda mi vida un solo mueble, lo cual, después de todo, no es poco si pensamos que lo demás es silencio"

domingo, 6 de diciembre de 2009

La importancia de llamarse Idea


"(...) la soledad, el desamparo, esa sed de absoluto que se sabe perdida, son unos escépticos sin remedio; escritores nihilistas y, a la vez, profundamente morales, sombríos, desesperados. Y ambos, tal vez a consecuencia de todo eso, en el amor, unos jugadores de poker", escribe Ana Inés Larre Borge a propósito de la relación que mantuvieron Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti, un vínculo tormentoso que, según algunos biógrafos, arrancó a la poeta uruguaya los poemas más intensos y obsesivos. Idea Vilariño (Montevideo 1920-2009) murió en abril y se llevó a la tumba una personalidad fascinante. Altiva, hierática, distante, Idea Vilariño fue una intelectual en el sentido más amplio de la expresión (poeta, traductora, ensayista, crítica literaria, pedagoga) que despreció sistemáticamente la auto-promoción, una actitud en las antípodas del histérico e hipertrofiado yoísmo credencialista característico de la fase actual de la sociedad del espectáculo. Un poema de Idea Vilariño:

Cuando ya noches mías

Cuando ya noches mías,
ignoradas e intactas,
sin roces.

Cuando aromas sin mezclas
inviolados.

Cuando yo estrella fría
y no flor en un ramo de colores.

Y cuando ya mi vida,
mi ardua vida,
en soledad
como una lenta gota
queriendo caer siempre
y siempre sostenida
cargándose, llenándose
de sí misma, temblando,
apurando su brillo
y su retorno al río.

Y sin temblor ni luz
cayendo oscuramente.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Mondo Gorila I: boutade contra boutade



La semana pasada la diputada popular –i. e. del Partido Popular– Sandra Moneo subió embarazadísima y constituida toda ella en metáfora y tableau vivant a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados durante el debate previo a la votación del texto del proyecto de la Ley Orgánica de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo –que debe pasar todavía por el Senado– y vertió esta boutade gorilesca sin despeinarse: “Esta ley es el más claro y vivo exponente de lo que es el aborto libre, un sistema que tan solo tiene su reflejo en los antiguos regímenes totalitarios de la Europa del Este, regímenes que siempre han utilizado el aborto como un método de planificación familiar”.
La semana pasada salió un nuevo número de la revista Sin red que incluía entre sus colaboraciones un breve texto del poeta y novelista Manuel Vilas titulado Cuerpo en el que el autor de Calor y Aire nuestro remataba su defensa del texto legal en tramitación con esta boutade: “Hay millones de mujeres en este país que se merecen el respeto definitivo hacia su cuerpo, se merecen que su cuerpo deje de ser la sede de las veleidades ideológicas de los hombres. Creo que vencer el miedo al cuerpo –un fantasma ancestral– nos está costando más de la cuenta. Si yo fuese mujer saldría a la calle en tanga y con una metralleta” (la boutade en cursiva, la cursiva mía).
La semana pasada imaginé que no fue Bibi la que subió a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados para replicar a la gorilesca diputada Moneo con ese speech tan suyo, esa verborrea vacua de folleto que solemniza obviedades, sino el poeta y novelista Manuel Vilas en tanga, con una metralleta y una peluca naranja fucsia, imaginé que yo estaba sentado en el salón de mi casa viendo a Manuel Vilas en el Congreso y que decía chapeau a la frase subrayada arriba en cursiva, frase que, imaginé, decía Manuel Vilas encaramado a la tribuna de oradores, porque, imaginé que había pensado en ese preciso momento, hay que estar a la altura y retrucar una boutade con otra boutade del mismo calibre.
La semana pasada pensé también que es posible –que debería ser posible– abordar un tema delicado como el aborto sin hipocresía ni cinismo, que es conveniente acabar con una situación esquizofrénica, de permanente inseguridad jurídica y de doble verdad como la que se vive en España desde que se introdujeron los tres supuestos de despenalización del 417 bis del Código Penal, que en todos los países de nuestro entorno existe una ley de plazos que prevé la tutela del nasciturus pero que en última instancia faculta a las mujeres para adoptar una decisión autónoma, que eso no significa en ningún caso incitar, promover o alentar la práctica del aborto ni concebir el aborto como un método de planificación familiar, que... carajo, ya estoy hablando como un político y, peor todavía, a favor de este gobierno, un gobierno que, según dice, no olvida a los pobres mientras no dejan de aumentar las desigualdades económicas, ésas de las que no se ocupa el Ministerio de Bibi… [Hay mucha bibliografía. Para un matizado análisis desde un punto de vista comparado: Patricia Laurenzo Copello, “Otra vez el aborto: el inevitable camino hacia un sistema de plazos”, Teoría & Derecho. Revista de Pensamiento Jurídico, nº 3, 2008, pp. 234-247.]

lunes, 30 de noviembre de 2009

A la extranjera



Un poema del último libro de José Emilio Pacheco (La edad de las tinieblas). Es bueno, más allá de la pulsión sentimentaloide que destila.

A la extranjera

“A usted le duele esta ciudad que también ha hecho suya y lamenta ver cómo la hemos destruido y la seguimos arrasando. No entiendo sus razones para amar un sitio desesperante y sin esperanza. O tal vez existe la esperanza porque usted se encuentra aquí una vez más y llena de luz otra estación sombría.
Nací en un lugar que se llamaba como éste y ocupaba su espacio. Ahora también en mi suelo natal soy extranjero en tierra extraña. Ya no conozco a nadie ni reconozco nada. Usted, en cambio, no es extranjera en ningún lado. Usted es de todas partes como la música.
Por favor, no se vaya. No se lleve al partir un fragmento de luz entre el desierto pardo y la barbarie que por codicia y estupidez hemos engendrado”

domingo, 29 de noviembre de 2009

Stradivarius Rex, 2ª edición



Segunda edición de Stradivarius Rex (Román Piña) + bonus track: canción promocional y vídeo épico, destinado a ingresar por derecho propio en el top ten de la historia del hágaselo usted mismo (aquí).

De Stradivarius Rex (Palma de Mallorca, Sloper, 2009) han dicho: “Una gran enmienda a la totalidad de nuestro mundo” (Manuel Vilas). “Repleta de pasajes excelentes... hay que reconocerle a este humor su categoría artística” (Santos Sanz Villanueva, El Cultural). “Unos diálogos de antología” (Agustín Fernández Mallo). “Sólo alguien con superpoderes podía escribir esta novela” (Octavio Gómez Milián). “Impresentable, y por lo tanto lo que más recomiendo del mundo” (Rafael Reig). “Una de esas novelas que uno querría que jamás acabasen” (Agustín Rivera). “De una complejidad exquisita y una profundidad buscada” (Fran G. Matute, Clone). “Diversión volcánica” (Nadal Suau, Diario de Mallorca). “Indaga en los mundos más oscuros y desangelados del ser humano” (José Luis García Herrera). “El primer capítulo ya merecería estar en cualquier antología” (Juan Francisco Ferré). “Polivalente y lúcido artefacto narrativo que inyecta oxígeno y vitriolo a la narrativa convencional” (Miguel Dalmau, Qué Leer). “Una novela imprescindible, radicalmente moderna, densa y extraordinariamente divertida” (Carlos Manzano, Narrativas). “Todas las armas del ingenio” (Rubén Sáez, Ámbito Cultural).

viernes, 27 de noviembre de 2009

Planas y los límites del lenguaje



Cosas buenas vienen desde Mallorca. Una de ellas, el nuevo poemario de Juan Planas Bennásar, Tratado de las cosas sin nombre (Palma, Calima, 2009), a cuya presentación asistimos yo y mi yo poeto el pasado jueves 19 de noviembre en la Casa del libro de Valencia. El autor estuvo acompañado por Javier Jover y Justo Serna. Planas, un descreído de casi todas las cosas del mundo dotado de una finísima y distanciada capacidad para la ironía, tiene una fe casi ciega en el lenguaje, que maneja con probada solvencia para pensar el mundo y el tiempo, pero es bien consciente de que esa herramienta que nos constituye como monos exquisitos está condenada a perder la batalla: bendita derrota.

Fragmentos del poemario:


“[Porque nos faltan nombres construimos poemas]
Intentamos domar el lenguaje y así el mundo,
pero el mundo es enorme y las palabras
son ajenas a la verdad, salvo si la inventan.
(…)
Me dejo seducir por algunas palabras. Yacijas,
azagayas, quizás helechos, esporas. Con ellas podría
construirse una necrópolis, una sentina, una colmena
o una enorme ciudad de pilares sumergidos.
El último lugar donde abrevan los dipsómanos.
(…)
[Estas palabras que decimos son un símbolo de otras.
Ambas ignoran cuáles son presencia y cuáles sólo sombra]
Nosotros no sabríamos discernirlas. Hemos
peregrinado en busca de las murallas infinitas
y los canales sumergidos de un lenguaje en otro,
como si al abandono de un instante
le sucediera, amargo, otro instante distinto
aunque igual de vacío.
(…)
Ahora soy lenguaje,
brote que arde y florece.
Luz de agua cayendo
en el cuenco del mundo
o en su herida.
Ahora soy gesto,
acción inmóvil
de unos labios:
el nombre que no dicen.”

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El artista como artesano exaltado


En una época caracterizada por la oficialización del starchitect como demiurgo envanecedor de conciencias colectivas poco o nada exigentes –el otro día casi nos morimos de risa cuando vimos a Zaha Hadid, Premio Pritzker 2004, disfrazada de posh sevillana de semana santa escuchando con arrobo y reverencia a Benedicto XVI en el Vaticano junto a… Calatrava, una suerte de Almodóvar de la arquitectura espectacular y provincianamente correcta–, el Manifiesto de Gropius (1919) parece una proclamación idealista y todavía naïve. Publicado el mismo año de la promulgación de la Constitución de Weimar, el texto de Gropius sintetiza en apenas cuatro austeros párrafos una actitud para habitar el mundo. En aquel tiempo todavía no era fácil adivinar el acelerado proceso de estetización en su primer formato, brutal y descarnado, que Walter Benjamin registró en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (“El fascismo tiende, por consiguiente, a una estetización de la vida política. A la violencia ejercida sobre las masas, aplastadas bajo el culto a un caudillo, corresponde la violencia de una maquinaria, de la cual aquél se sirve para la producción de valores de culto”). El nazismo como consumación kitsch de l’art pour l’art se llevó por delante a la Bauhaus, mientras que la respuesta inversa aunque equivalente de Stalin en la URSS (la politización del arte) arrasó literalmente a una generación entera de artesanos exaltados. Hoy no son ya necesarios lagers ni gulags para conformar al pequeño-ser-encantado-de-haberse-conocido en la alucinación tecno-artista y emocional del nuevo espíritu del capitalismo, un totalitarismo estetizante bastante más sofisticado que cualquier burda dictadura guiada por un caudillo grasiento y populista. Mientras, un buenrollismo neo-debole pálido y sin color político identificable apuntala y legitima la dominación dulzoide, renovando cada día el grado cero de la habitación del mundo no importa si en la ciudad expandida o concentrada. Queremos recordar y rendir un pequeño tributo a la actitud bauhausiana en el 90 aniversario del Manifiesto. Ahí va el texto:
MANIFESTO [1919]

The ultimate aim of all creative activity is a building! The decoration of buildings was once the noblest function of fine arts, and fine arts were indispensable to great architecture. Today they exist in complacent isolation, and can only be rescued by the conscious co-operation and collaboration of all craftsmen. Architects, painters, and sculptors must once again come to know and comprehend the composite character of a building, both as an entity and in terms of its various parts. Then their work will be filled with that true architectonic spirit which, as "salon art", it has lost.
The old art schools were unable to produce this unity; and how, indeed, should they have done so, since art cannot be taught? Schools must return to the workshop. The world of the pattern-designer and applied artist, consisting only of drawing and painting must become once again a world in which things are built. If the young person who rejoices in creative activity now begins his career as in the older days by learning a craft, then the unproductive "artist" will no longer be condemned to inadequate artistry, for his skills will be preserved for the crafts in which he can achieve great things.
Architects, painters, sculptors, we must all return to crafts! For there is no such thing as "professional art". There is no essential difference between the artist and the craftsman. The artist is an exalted craftsman. By the grace of Heaven and in rare moments of inspiration which transcend the will, art may unconsciously blossom from the labour of his hand, but a base in handicrafts is essential to every artist. It is there that the original source of creativity lies.
Let us therefore create a new guild of craftsmen without the class-distinctions that raise an arrogant barrier between craftsmen and artists! Let us desire, conceive, and create the new building of the future together. It will combine architecture, sculpture, and painting in a single form, and will one day rise towards the heavens from the hands of a million workers as the crystalline symbol of a new and coming faith.
Walter Gropius