miércoles, 18 de abril de 2012

Que nos acompaña


Verrà la morte e avrà i tuoi occhi


questa morte che ci accompagna


dal mattino alla sera, insonne,



sorda, come un vecchio rimorso


o un vizio assurdo. I tuoi occhi


saranno una vana parola,

un grido taciuto, un silenzio.


Così li vedi ogni mattina


quando su te sola ti pieghi


nello specchio. O cara speranza,


quel giorno sapremo anche noi


che sei la vita e sei il nulla. 


Per tutti la morte ha uno sguardo.




Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.




Sarà come smettere un vizio,
come vedere nello specchio
riemergere un viso morto,


come ascoltare un labbro chiuso.


Scenderemo nel gorgo muti.

viernes, 13 de abril de 2012

Lydia Davis y la inteligencia narrativa





¿Cómo lloraré por ellas? (*) (Lydia Davis)


¿Tendré la casa ordenada, como L.?
          ¿Desarrollaré un hábito pernicioso, como K.?
          ¿Andaré bamboleándome de un lado a otro, como C.?
          ¿Escribiré cartas al director, como R.?
          ¿Me retiraré con frecuencia a mi habitación a lo largo
del día, como R.? 
         ¿Viviré sola en una casa grande, como B.?
         ¿Trataré con frialdad a mi marido, como K.?
         ¿Daré clases de piano, como M.?
         ¿Me dejaré con frecuencia la mantequilla fuera, como C.?
         ¿Tendré problemas con la cinta de la máquina de escri-
bir, como K.?
         ¿Pondré serios reparos al consumo de zumos, como K.?
         ¿Alimentaré rencores múltiples, como B.?
         ¿Compraré en la panadería grandes barras de pan 
blanco, como C.?
         ¿Conservaré en la nevera fuentes de almejas, como C.?
         ¿Soltaré la inconveniencia más grande en el momento 
menos oportuno, como R.?
         ¿Leeré de noche, en la cama, novelas policiacas, como C.?
         ¿Sabré cuidarme, como L.?
         ¿Fumaré y beberé mucho, como K.?
         ¿Beberé mucho y fumaré de vez en cuando, como C.?
         ¿Disfrutaré cuando vengan a verme y a pasar unos días
conmigo en casa, como C.?
         ¿Estaré muy bien informada sobre muchas cosas, como K.?
         ¿Conoceré los clásicos, como K.?
         ¿Escribiré a mano muchas cartas, como B.?
         ¿Escribiré "Queridísima pareja", como C.?
         ¿Usaré muchos signos de exclamación y muchas ma-
yúsculas, como C.?
         ¿Incluiré un poema en mi carta, como B.?
         ¿Buscaré frecuentemente palabras en el diccionario, 
como R.?
         ¿Admiraré la foto de la bella presidenta de Islandia, 
como R.?
         ¿Buscaré frecuentemente etimologías, como R.?
         ¿Me presentaré en la puerta de atrás para regalar un
tulipán en una maceta, como L.?
         ¿Organizaré pequeñas cenas, como M.?
         ¿Tendré un poco de artritis en las manos, como C.?
         ¿Tendré una paloma gris y un galgo gris, como L.?
         ¿Oiré por las noches la radio en la cama, como C.?
         ¿Dejaré demasiada comida en la casa alquilada cuando
acabe el verano, como la doctora S.?
          ¿Cenaré a menudo una simple patata asada, como la
doctora S.?
          ¿Tomaré helado una vez al año, como la doctora S.?
          ¿Nadaré sola en la bahía, incluso cuando el tiempo sea 
pésimo, como C.? 
          ¿Me beberé el agua de haber hervido las verduras, 
como C.?
          ¿Etiquetaré mis carpetas con letra temblorosa, como R.?
          ¿Masticaré comida despacio y a conciencia, como 
la doctora S.?
          ¿Pasearé por el canal, como B.?
          ¿Llevaré a mis invitados a pasear por el canal, como B.?
          ¿Le echaré a la ensalada brotes de lirio para mis invita-
dos, como B.?
          ¿Saldré por las mañanas elegantemente vestida y con la 
cama hecha, como B.?
          ¿Me tomaré la primera taza de café a las once, como R.?
          ¿Pondré los cubiertos en abanico y las servilletas en fila, 
armoniosamente, como L.?
          ¿Haré tortitas las mañanas de viaje, como C.?
          ¿Llevaré alguna bebida alcohólica en el maletero del
coche cuando salga de vacaciones, como C.?
          ¿Prepararé para Año Nuevo un guiso con ostras que
esté lleno de arena, como C.?
          ¿Le pasaré delicadamente el cuchillo a otro para que lo
use primero, como R.?
          ¿Criticaré a mi marido en la tienda de ultramarinos, 
como C.?
          ¿Leeré siempre con un lápiz en la mano, como R.?
          ¿Abrazaré a mis hijos, cuando estén penosos, mucho
rato y frecuentemente, como C.?
          ¿Desoiré las advertencias sobre salud, como B.?
          ¿Regalaré generosamente dinero, como C.?
          ¿Regalaré cosas que tengan que ver con animales, 
como C.?
          ¿Cerraré el frigorífico con un plástico adhesivo, como C.?
          ¿Tendré el problema de dormirme echada encima del
brazo, como R.?
          ¿Me quitaré la camiseta justo antes de morirme, como B.?
          ¿Vestiré sólo de blanco y negro, como M.?


*




(*) "¿Cómo lloraré por ellas?" pertenece a Variedades de perturbación (2007), libro reunido junto a Desglose (1986), Sin apenas memoria (1997) y Samuel Johnson se indigna (2001) en Cuentos completos de Lydia Davis, traducción de Justo Navarro, Barcelona, Seix Barral, 2011 (pp. 701-703) 

jueves, 12 de abril de 2012

Tú también puedes, pero es casi mejor si no lo haces

Sam Savage

“Concebía la primera frase como una especie de útero semántico repleto de atareados embriones de páginas sin escribir, resplandecientes pepitas de genio, ansiosas de nacer. De ese gran recipiente fluiría, por así decirlo, el relato completo”, escribe Sam Savage en Firmin, una novela ciertamente menor, aunque encantadora, que arranca con un meandro metaliterario del narrador, el ratón Firmin, en torno al comienzo de su propio texto. “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”; “Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera”; “Éste es el relato más triste que nunca he oído”; “Cuando sonó el teléfono, a las tres de la madrugada, Morris Monk supo antes de levantar el aparato que la llamada era de una dama, y algo más: que decir damas es decir problemas”; “Poco antes de que lo descuartizaran los sádicos soldados de Gamel, el coronel Benchley tuvo un vislumbre de la blanca casita de campo de Shropsire,  con la señora Benchley a la puerta y los niños”; “París, Londres, Djibuti, todo le parecía irreal ahora, sentado entre las ruinas de otra cena más de Acción de Gracias, con su madre y su padre y el idiota de Charles”

Dice Firmin que la lectura de estas célebres primeras frases no fue para él un trampolín de lanzamiento hacia la gran novela sin escribir, sino una barrera insuperable. ¿La razón? Eran demasiado buenas.  Me interesa el fetichismo de la primera frase. Se trata, lo admito, de una frivolidad, quizás una frivolidad lamentable, siendo así que el inicio de un texto de ciento cincuenta o cuatrocientas páginas no suele decir nada de la calidad de lo que viene detrás. Probablemente desde Homero flota en el aire el tópico de acuerdo con el cual el inicio de cualquier texto –y, a fortiori, de un texto literario– es absolutamente determinante. No comparto esta idea, pero siempre estoy dispuesto a hacer excepciones. Pienso un poco al azar en algunas primeras frases que, por razones de diverso orden, en su día me parecieron seductoras:

“La casa era grande porque nuestros proyectos también lo eran” (John Fante, Llenos de vida); “La voz procedente de los altavoces del camión estaba diciendo: –A cada familia, por numerosa o reducida que sea, se le pedirá que aporte mil dólares. Con ello, tendrá derecho a transporte gratis, dos hectáreas de tierra fértil en África, una mula, un arado y toda la semilla que necesite. Completamente gratis. Las vacas, cerdos y gallinas se pagarán aparte, pero a precios mínimos. No queremos hacer negocio” (Chester Himes, Algodón en Harlem); “Como para alguien que ama la más pura sinceridad es muy doloroso que el menor rasgo indirecto de vanidad parezca tan siquiera haberse filtrado a los anales de una profunda pasión y como, de otra parte, resulta imposible –a menos de imponer una limitación artificial a la espontaneidad de la narrativa– impedir que lleguen oblicuamente al lector los resplandores del lujo y la elegancia de que en realidad estuvo rodeada mi infancia, creo que lo mejor será exponer desde un principio, con la sencillez de la verdad, la condición social de mi familia en la época de que trata este relato preliminar” (Thomas De Quincey, Suspiria de profundis). “Aunque por tradición familiar y por expreso deseo de su padre Kurt Crüwell debería haberse hecho cargo de un reputado negocio de sastrería en el número 64 de la Güterslholer Strasse, en la ciudad de Bielefeld, no muy lejos del frondoso Teutoburger Wald y a escasas manzanas de donde décadas tarde, entre 1966 y 1968, el aclamado arquitecto de Cleveland Philip Johnson levantaría la célebre Kunsthalle, lo cierto es que el 1 de septiembre de 1939 un suceso no por esperado menos traumático vino a cambiar sus plácidos sueños de propietario –amén de una futura posición de privilegio en el seno de una sociedad pequeñoburguesa bielefeldiana– por un destino mucho menos plácido y azaroso en grado sumo” (Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa, libro, por cierto, que presté a un amigo y que me devolvió encolerizado, tachándolo de “novela tramposa”: ¿?)

 ¿A qué viene todo esto? Abebe Bikila nunca será publicada: hay demasiados escritores; se publican muchos libros. No tengo intención de contribuir a la dinámica delirante consistente en la sobrepublicación de novelas y poemarios con tiradas ridículas para no-lectores. Me interesa escribir y no publicar: PREFIERO NO HACERLO, no quiero dar, en definitiva, el coñazo. Para mí, la escritura es una actividad autotélica, un plaisir homologable al onanismo. Placenteramente escribí El descanso de la humanidad, otra novela que me tuvo muy ocupado y que redacté, creo, para no volverme loco pensando en la catástrofe que vivimos desde 2008. Comprendo y respeto mucho a los escritores que abrazan una concepción hormonal y estajanovista de la literatura. No es mi caso. Soy, por otra parte, bien consciente de que nada pierde el mundo por la no publicación de Abebe Bikila, El descanso de la humanidad o Una deliciosa acumulación, textos que, bueno, son publicables, pero que no son nada del otro mundo. Cualquiera –tú mismo, sin ir más lejos– puede escribir una novela; ahora bien, tal y como está el panorama, si no eres un genio ¡¡¡¡no la publiques!!!! Me divertí escribiendo los primeros pasajes de Abebe Bikila. Ahí van (y pido perdón, amigo lector, por darte el coñazo con mis primeras frases):        ´ ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽la aparecieron muypciones.ablemente de la verdad, la condiciia de que en realidad estuvo rodeada mi infancia, creo que


Abebe Bikila

(p. m.)

1


Quizás porque fumo dos paquetes y medio de tabaco al día y porque la nicotina y el humo han dejado su despiadada huella en la piel de mi rostro y en mi dentadura amarilleada y cada vez menos presentable, casi nadie me cree cuando cuento que entre los trece y los quince años corrí tres maratones de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia equivalente a la que recorrió el soldado Filípides en el año cuatrocientos noventa antes de Cristo para anunciar, recién llegado a Atenas y antes de morir exhausto por el esfuerzo realizado, la victoria del ejército ateniense sobre las tropas persas en la batalla de Maratón, pienso mientras contemplo el mar, plano esta mañana como el vientre de aquella prostituta famélica, Irina, doy una calada larga al cigarro y cambio la pierna de apoyo sin despegar los codos del listón de madera que remacha la barandilla maleada por el salitre. A lo largo de todos estos años he pensado muchas veces en las razones que pudieron empujar a un adolescente –todavía un niño– a tomar la decisión de lanzarse a correr maratones por su cuenta y riesgo, y esos ejercicios de introspección, encauzados por la pericia cómplice de mi mente para interponer filtros y censuras en el flujo de la memoria, para racionar y compartimentar selectivamente los recuerdos, para resguardarme, a fin de cuentas, de la verdad, para protegerme y blindarme, han desembocado recurrentemente en la hipótesis de la autodestrucción dramatizada; mi decisión de correr maratones entre los trece y los quince años fue, he querido creer siempre, una especie de sublimación teatral y apaciguadora de mi anhelo de quitarme la vida, una materialización calculadamente inofensiva de mi deseo de dimitir de la existencia. Ese gaseoso impulso suicida traía causa no tanto de mi desinterés hacia la vida adulta y de mi violento rechazo de la idea de que indefectiblemente habría de convertirme en un adulto en el futuro, sentimientos que durante algunos años me dominaron con una virulencia casi eufórica, cuanto de la desorientación y la insoportable impotencia que me provocaba presenciar día tras día el desmoronamiento gradual de Lucía, mi primera entrenadora.

2

El ferry que me devuelve a la península apenas avanza, progresa pesadamente sobre la lisura del agua con la molicie de una sofocante tarde mallorquina de agosto; unos delfines han remontado la espuma de la estela del barco y dejan ver a estribor sus lomos acrílicos entre zambullida y zambullida, espectáculo, se me ocurre de pronto, organizado por la compañía Transmediterránea para hacer soportable el tedioso trayecto de ocho horas a estos niños que, vigilados por las miradas extáticas de sus padres y madres –seres cuyos ojos viajan raudos de las pantallas de sus cámaras digitales a los delfines, de los delfines a sus hijos, de sus hijos a las pantallas de sus cámaras digitales–, han empezado a gritar y a saltar a mi lado y que me contagian por un instante su entusiasmo y arrancan aun un amago de sonrisa de mi boca, medio abierta todavía en una mueca grotesca que traduce, pienso, el estupor en que he quedado sumido tras la fugaz conversación con Martín Gelvet. En este momento mataría a esos padres y a esas madres; ellos no comprenden (…)" 

martes, 10 de abril de 2012

All the words I hate




Emprendedores, Emprendedores, Emprendedores, Emprendedores, 
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(...)
[texto retirado para ser incorporado a un trabajo del autor de este blog]

All the words I hate



jueves, 5 de abril de 2012

El ingrato teatro de nuestro destino (una cita)



"En ella, en la famosa vida, pensó, todo acaba pareciéndonos tan denigrante que tenemos la impresión de que no puede ser que sea todo verdadero. Y, sin embargo, todo aquello que hemos vivido creyendo que alucinábamos, pues parecía improbable tanta ignominia y degradación juntas, es precisamente lo que constituye el núcleo duro de nuestra realidad. Vivimos para comprender que la vida repite siempre un mismo guión, traza siempre la misma historia: el relato incombustible de cómo somos educados para ir con el tiempo resignándonos a aceptar que todo eso que se sitúa por debajo de nuestra dignidad, todo eso que tanto nos horroriza, no es más que la única realidad que existe, lo único que la vida nos tenía reservado, el ingrato teatro de nuestro destino"

[Enrique Vila-Matas, Aire de Dylan, Barcelona, Seix Barral, 2012, p. 247]  

miércoles, 4 de abril de 2012

Maneras de decirle la verdad al poder



“Desde la experiencia que hemos vivido y que estamos viviendo, pido al gobierno y al pueblo argentino con el derecho que me asiste como ciudadano y como padre del soldado clase 62 Alejandro Pedro Vargas, muerto y enterrado en las islas Malvinas, lo siguiente: 1) Que nunca más un gobierno constitucional movilice tropas de reclutas, ya sea en casos como los ocurridos o para derrocar a un gobierno; 2) Que nunca más el periodismo de cualquier tipo azuce a nuestros hijos a guerras inspiradas en el oportunismo, la soberbia o la embriaguez. Ya no tengo más hijos para mi Patria Argentina, pero quedan millones de jóvenes argentinos sanos y valientes y no permitiré que los estafen con mentiras. Argentinos, no dejemos que esto vuelva a ocurrir”
Salvador Antonio Vargas. Provincia de Buenos Aires.  
(Carta de lectores de Clarín, 24-06-1982).

Las negritas son mías. La carta de Salvador Antonio Vargas está citada en el artículo de Carlos Abel Suárez “30 años de Malvinas o cómo no tropezar de nuevo con la misma piedra” (publicado en la Revista Sin Permiso, abril de 2012) 

*

“Cuenta Herodoto cómo, en cierta ocasión, siguiendo Creso, el rey de Lidia, la pertinaz querella de soberanía entre su reino y las ciudades griegas de la costa y las islas adyacentes y habiéndose resuelto a preparar una escuadra con el fin de salirles a los griegos en la mar, se presentó en su corte de Sardés un tal Biante de Priene, según unos, o un tal Pitaco de Militene, según otros, que, como en leal confidencia, le dijo: “Oh rey, los isleños se han puesto a hacer compras en masa para juntar 10.000 caballos y acometer una incursión terrestre en contra de Sardés y contra ti.” A lo que el rey, exultante de esperanza, contestó: “Ah, si los dioses hubieran puesto en las mientes de los griegos la idea de venir a desafiar a los jóvenes lidios con la caballería!” (pues los lidios gozaban de la fama de tener la mejor caballería de aquellos tiempos). El griego admitió entonces que encontraba sus esperanzas enteramente puestas en razón, pero añadió: “¿Y que otra cosa crees que se han augurado a sí mismos los isleños, al enterarse de que tú proyectabas una escuadra, sino que de veras tengas la osadía de ir a vértelas con ellos en la mar?” No dejó Creso de celebrar esta salida, y, comprendiendo la lección, renunció a sus propósitos navales e hizo las paces con los griegos, dándoles carta de hospitalidad.

Fue este pasaje de Herodoto lo que en seguida me vino a la memoria cuando, a raíz de la guerra de las Malvinas, pudo leerse en los periódicos que los servicios de espionaje británicos no habían carecido totalmente de indicios premonitorios sobre las intenciones argentinas con respecto a aquellas islas. Tal vez nunca lleguemos a saber en qué grado fue honesta y en qué grado artera la negligencia objetiva con la que el Foreign Office encaró tales indicios, pero el caso es que no hubo aquí ningún Biante de Priene o Pitaco de Mitilene anglosajón que se presentase en la Casa Rosada para decirle a Galtieri: “Oh, presidente, he oído decir que los británicos están entrenando a toda la plantilla nacional de yoqueis de carreras en el manejo de las boleadoras, para venir a atacar a los gauchos en La Pampa”, para después, ante el eufórico regocijo de Galtieri por la temeridad de la ocurrencia, replicarle: “¿Y qué te crees que se han dicho los británicos al maliciarse de que andas preparando una expedición marítima contra las Malvinas? Pues se han dicho: ¡ah, si en verdad los dioses le hubieran metido a Galtieri en la cabeza la idea de desembarcar en las Falkland por la fuerza!, ¡entonces pondrían en nuestras manos el derecho de echarle encima todo el hierro de la Royal Navy para reconquistarlas, y ya sí que tendríamos un buen motivo para no devolvérselas jamás! (….)”

(Rafael Sánchez Ferlosio, fragmento de “Hipótesis sobre el Belgrano” (artículo publicado el 19 de noviembre de 1982 en el diario El País, recopilado en Ensayos y artículos, vol. I, Barcelona, Destino, 1992, pp. 349-350)   



Mrs. Diana Gould diciéndole la verdad al poder a propósito del Belgrano