Dos años
después de dar a la imprenta este interpelante volumen, Jean Améry (pseudónimo
de Hans Mayer, 1912-1978) levantó la mano sobre sí mismo administrándose una
copiosa dosis de barbitúricos y terminó con su «yo», fulcro filosófico, el yo,
que impulsó la construcción de buena parte de su producción, una obra
excepcional a caballo entre el ensayo y la autobiografía. Si bien es cierto que
el texto de Améry es un alegato en el que, desde diferentes perspectivas
–psicológica, sociológica, entre otras–, el autor recusa la normatividad
opresiva que impone vivir a toda costa, Levantar
la mano sobre uno mismo no es en modo alguno una apología de la dimisión de
la existencia, sino más bien una penetrante indagación sobre una doble nada. Por
una parte, la nada a la que queda reducido el individuo sometido a situaciones
de extrema crueldad –austriaco de nacimiento, Améry se enroló en la resistencia
belga y, al igual que Primo Levi y otros muchos que no pudieron sobrevivir a la supervivencia, pasó por los campos de
concentración nazis (en su caso, Auschwitz, Buchenwald y Bergen-Belsen),
cuestión de la que Améry se ocupó en Más
allá de la culpa y la expiación–. Por otra, una nada de trasfondo
psicoanalítico asociada a su identidad «no elegida» y, como han señalado
algunos comentaristas, a la nula confianza que su madre expresó en su niñez
respecto a las posibilidades de que algún día su hijo llegara a ser algo. En aparente paradoja, la libertad
que Améry glosa en este libro hermoso y conmovedor confiere pleno sentido a la
idea de resistencia.
Levantar la mano sobre
uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria (Jean Améry, [1976], Valencia: Pre-textos, 2005)
[p. m. para Canibaal núm. 9]














