“(…) No se es inteligente
porque se posea algo inefable, por gozar de una propiedad detectable, como
tener determinado color de ojos o cierto timbre de voz. ¿Qué, pues? Tout
court: al inteligente se lo distingue porque es capaz de reconocer en sí
mismo todo lo estúpido que puede llegar a ser. Así lo ilustra la tragedia del
desdichado Áyax, que llora desconsoladamente cuando descubre que lo que creía
que eran sus enemigos – Odiseo y los Atridas– eran en realidad los bueyes del
botín de los argivos y los infelices pastores que los cuidaban. Y su ira
descargada, toda su violenta nemesis –en las epopeyas homéricas, nemesis
y ate, son momentos de ceguera mental provocados en los mortales por
las malas artes de algún dios– resulta ser un engaño perpetrado por Atenea para
salvar a su preferido Odiseo. La inútil matanza que comete Áyax sólo sirve para
revelarle su humana y vergonzosa estupidez al tiempo que, paradójicamente, le
proporciona la necesaria estatura de carácter que requiere la tragedia. El
dolor de Áyax, que tiene mucho de sentido del ridículo y que lo conduce
finalmente al suicidio, bien puede ser comprendido como la conciencia
inteligente de su propia estupidez.
(Descubrir que uno es un
estúpido puede ser revelador, pero también –y en un sentido muy literal del
término– muy decepcionante...)
De modo pues que la
inteligencia puede ser además anticipatoria: puede que se exprese para dar a
ver lo estúpido que uno puede llegar a ser. No obstante, es de personas
inteligentes descubrir cuánto tiene uno de estúpido en algún momento. Y, por lo
contrario, la inteligencia afirmada o postulada de forma ciega u obstinada
parece más bien una tremenda majadería. Nadie más estúpido que aquél que está
completamente seguro de ser inteligente y que presume de serlo delante de quien
esté dispuesto a escucharlo.
(Por cierto, la cantidad de intelectuales* españoles que practica esta forma característica de memez es notable.)”
[Enrique Lynch, "Tres apuntes sobre la ilusión"]
* O aspirantes a intelectuales, añado yo.
