Fotografía de Alec Soth
“(…) Volvía a estar equivocado. Alma iba a ser mi último libro, un libro que mostraría precisamente
la futilidad del esfuerzo literario, un canto de cisne de la literatura; de mi
literatura, se entiende. Tengo el triste honor de haber sido uno de los últimos
de mi estirpe, de aquellos escritores que escribían y publicaban cuando todo el
mundo quería ser escritor y, por tanto, nadie leía. Pero las circunstancias
cambian. Pasaron cosas, ya dije. Y el sinsentido empezó a enhebrar de nuevo
sujetos y predicados, quizás como un mecanismo de compensación y resistencia a
la extensión de sus dominios, o tal vez me usaba (el sinsentido) como una
herramienta, como un cosmético con el que acrecentar su vanidad y su repugnante
coquetería.
Algunos dejaron de hacerlo, de escribir. Vila-Matas,
por ejemplo. Y lo hizo a lo grande, como solo pueden dejar de escribir los
maestros, y no hablo de acabar colgado de la viga del techo o mordiendo el
cañón de una recortada. Hablo de un final literario para lo literario, hablo de
dos ondas afines que resuenan hasta hacer caer el edificio de la literatura. El mundo ha dejado de merecer a la
literatura, dicen que fueron sus últimas palabras antes de atravesar la
puerta de un sanatorio suizo, como hicieron en su momento Walser y Kafka, dos
de sus maestros reconocidos. Encerrado en su habitación, ante un paisaje de
montañas cubiertas de nieve, se dedicó a la corrección de estilo de manuales de
instrucciones de muebles y accesorios de Ikea. Vila-Matas encontró al final de
sus días la gran iluminación, convencido de que la literatura jamás podría
competir con el equilibrio y la pureza de las instrucciones de montaje de una
mesa o de una estantería sueca. Fue su manera de desaparecer, a través de un
trabajo que le concedía la bendición del anonimato y un público potencialmente infinito.
Ni Houellebecq ni Larsson podían haber soñado con algo semejante. Vila-Matas
pretendía insistir en los vacíos. Su idea básica era que el mueble no consistía sino en una compartimentación de vacíos (vacíos que el cliente aniquilaba
colmándolos con sus pertenencias), que todo montaje implicaba una coreografía
de gestos que acercaba al bricomaníaco al adepto de un milenario arte marcial.
Montar un mueble de Ikea debía convertirse en la experiencia similar al Tai
Chi, un karma yoga que permitía por medio de una serie de movimientos
disciplinados traer un objeto al mundo, un ente material y concreto, algo al
fin útil. La literatura era contingente, solo el mobiliario era necesario. Los
libros servían para llenar esos vacíos que estructuraban los estantes. Su último
proyecto en vida consistió en proponer a la marca sueca un modelo de estantería
de dos por dos metros sin una sola balda. La llamó estantería literaria pues, según él, compartía con la literatura
dos de sus rasgos esenciales: el vacío y una perfecta inutilidad”
Javier Moreno, 2020, Madrid, Lengua de Trapo, 2013, pp. 182-183.
