sábado, 27 de junio de 2015

Las buenas intenciones



Si mi respuesta a las solemnes proclamaciones de buenos propósitos que un amigo mío verbaliza invariablemente después de los gargantuescos fastos navideños y de la ineludible borrachera de fin de año –apuntarse a un gimnasio, mejorar su inglés, leer (más) teoría postcolonial, dejar de fumar, dejar de beber, dejar de blasfemar y similares– suele ser un silencio indulgente, fraternal y hasta caritativo –sé positivamente que no hará nada de lo que se promete a sí mismo y que todo seguirá igual–, la reacción que disparan en mi mente esas vigorosas declaraciones de intenciones que, cuando empieza a apretar el calor, algunos incautos vierten con un dejo de injustificada jactancia en sus rostros –típicamente: «este verano voy a leer todo lo que no he podido leer durante el año»– se parece bastante a lo que Beckett llamó la risa sin alegría: lo primero que pienso es que estoy hablando con un iletrado que, sin que nadie se lo haya preguntado, reconoce implícitamente que no lee ni relee nunca o casi nunca.

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miércoles, 24 de junio de 2015

Ferlosio, las cosas de la lógica y la lógica de las cosas




(Para Rosa Rossi)  Anoche he sentido una fuerte emoción al leer, citadas en un libro, estas palabras de Teresa de Ávila: «En lo que he vivido he visto tantas mudanzas, que no sé vivir». El pobre pícaro de aquellos tiempos creía que en la mudable confusión, en la ruidosa y agitada sinrazón de cuanto lo rodeaba, aprendía a vivir, adquiría lo que hoy llaman «experiencia del mundo». A semejanza de él, el marginal del siglo xx  que aprende a bandeárselas logra, siquiera sea precariamente, «salir adelante» dentro del medio dado, proclamando que «la calle le ha enseñado todo lo que sabe de la vida», toma por experiencia lo que al igual que el savoir vivre de su contrafigura, el burgués acomodado, no es más que la claudicación ante «la lógica de las cosas», o sea cruda adaptación, que viene a ser exactamente lo contrario que experiencia, pues adaptar y acostumbrar la mirada al «mundo como es» es, a la vez, cegarla para ver «cómo es el mundo». Con su «no sé vivir», Teresa de Ávila expresa el extrañamiento del mundo y de la vida, el sentimiento de alienidad, de distancia y de vulnerable desnudez con respecto al medio dado, sentimiento de intemperie que es justamente el solar raso sensiblemente receptivo a la experiencia. Hoy, lo mismo que en el siglo xvi, en todo «saber vivir», ya sea de siervos o de señores de la calle, hay objetivamente como una especie de coágulo obstructor, de indisoluble trombo circulatorio de estolidez o de encanallamiento.

[Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas (Pecios reunidos), ed. al cuidado de I. Echevarría, Barcelona, Penguin Random House, 2015, 85-86.]

viernes, 5 de junio de 2015

Escribir y redactar



Hace unos meses estaba leyendo un suplemento cultural –sí, todavía lo hago­­– y me llamó mucho la atención este párrafo; pertenece a un artículo cuyo título, desafortunadamente, no recuerdo:   
«El verdadero problema lingüístico actual, en mi opinión, no es la globalización idiomática, sino la gradual supremacía de la redacción sobre la escritura, tanto en ámbitos frívolos como eruditos, un problema que habría que atacar desde la escuela. Mientras que la escritura tiene su semilla en el uso oral del lenguaje, y de él se nutre, la redacción nace con una sordera crónica, desligada de los movimientos íntimos del habla, a la que sin embargo remeda groseramente, y de ahí su éxito y su propagación inmensa, desde las revistas de avión a las académicas». (Fabio Morabito, Babelia,10/11/2014)
«Me llamó mucho la atención» es una forma eufemística de decir que la lectura del párrafo de Morabito me provocó cierta irritación o, para decirlo con sinceridad y precisión, un cabreo considerable. Incluso si aceptamos la dicotomía redacción / escritura en los términos arriba reproducidos –lo cual, a mi modo de ver, ya es conceder mucho–, me parece que saber redactar es un prerrequisito elemental –o, mejor dicho, es el prerrequisito básico– para poder «escribir». En mi modesta opinión, es esta una verdad trivial que, por la razón que sea, algunas veces se cuestiona alegremente. Sería una exageración –y, desde el punto de vista filosófico, un error– afirmar que el axioma «si no sabes redactar, no puedes “escribir”» es una verdad de las denominadas analíticas, aunque a mi juicio lo es –en su blog, uno puede permitirse ciertas alegrías e incluso alguna que otra arbitrariedad filosófica–.
La lectura del párrafo de Morabito me provocó, además, una especie de cosquilleo nemotécnico, esa sensación de déjà vu que todos hemos experimentado alguna vez –«esto lo he leído en otro lugar», «esta situación la he vivido ya», etc.–. En efecto: estuve un buen rato fatigando tozudamente la biblioteca y, finalmente, voilà, di con lo que buscaba:
«Otra regla, la definitiva: jamás confundir redacción con escritura. La redacción no tiende a intensificar la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura la palabra es por naturaleza polisemántica: dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y en el desorden, por más transparente que parezca». (Sergio Pitol, El arte de la fuga)
Dejemos a Morabito y Pitol con sus fantasiosas dicotomías y vayamos al tema: ¿a qué viene esto? Pues viene a propósito de mi estupor y mis temblores: nada menos que la vigesimotercera «edición» de un manual de redacción –muy popular, publicado por una editorial de prestigio– ­está plagada de errores, la mayoría elementales. Bueno, no exageremos: el libro tiene bastantes errores… ¡Pero es que estamos hablando de un manual de redacción «editado» veintitrés veces! No pretendo zaherir o desautorizar a nadie, de modo que omitiré el nombre del autor, el título del libro y el sello en el que ha sido reimpreso –¿aprenderemos alguna vez que reimprimir no es lo mismo que reeditar?– veintitrés veces. Veamos algunos errores:

«El estilo y el método es al autor, [sic: coma superflua] como el carácter a la persona»

«Sea de un modo más o menos consciente, en todos estos usos discriminamos a las mujeres: cuando no las mencionamos, cuando lo hacemos con palabras en masculino, [sic: coma superflua] o cuando las subordinamos a los hombres»  

«Algunos estudiantes prueban la técnica una vez y, si les gusta, repiten. A medida que la practican, la adaptan a sus necesidades y se [sic el reflexivo: es un catalanismo] la hacen suya»

«Tengo que reconocer que resulta más difícil entender una oración sola, sacada de contexto, sin conocer previamente el tema de qué [sic: tilde errónea] trata».

«Jordi Arcarons […] continua [sic: falta tilde] con su obstinación de sumar etapas en el rally París-Dakar» (es un ejemplo, pero de igual modo que, correctamente, se ha escrito tilde en «París», el autor del manual debería haber colocado tilde en continúa).

«[…] de manera que el lector va leyendo, despreocupado, el curso sintáctico de la frase, hasta que llega al final y se percata –¡oh sorpresa– que [sic: ausencia de la preposición “de” antes de “que”] ya no se acuerda de cómo empezaba […]»

«Autores y autoras debemos respetar escrupulosamente estas limitaciones si queremos garantizarla y ahorrarte [sic: clamoroso fallo de concordancia] paradas súbitas, relecturas reiteradas […]»

Bien, me parece que ya es suficiente. No soy uno de esos cretinos que va por la vida dando lecciones a los demás –al menos, trato de no serlo–, pero se da el caso de que este libro –insisto, un manual de redacción– cuesta dinero. ¿No es razonable reclamar que se reedite «de verdad»? Lo que en el fondo pretendía decir es que nunca se acaba de aprender a escribir… ¿o a redactar? Volvamos ahora a la dicotomía de la que hablan Morabito y Pitol con tanta seguridad y tanta poesía… Bueno, casi lo dejamos para otro post. Es la hora de pensar en el dilema de  Jørgensen...