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viernes, 11 de mayo de 2012

Apocrifografías: unos pasajes

Dora Maar escucha


"Prospecciones para una hermenéutica del lit-nerd-punk:

la ansiedad de la influencia en la comunidad sublime"



por Mª Vicenta Luz Mora (Gobierno de España)





Comencemos ejercitando la imaginación. ¿Acaso ese ente conservador que todavía se asume como sujeto-lector analógico podría concebir como real –si lo real, es decir, la verdad, no fuera, como sabemos al menos desde Nietzsche, “una hueste de metáforas, metonimias, antropomorfismos”[1])– la ficción  que propone Richard Rorty en Philosophy and social hope[2]? En un pasaje que anticipaba visionariamente la transformación de la literatura contemporánea en esa deslocalizada y neo-cosmopolita tele-narratividad servida por HBO, AMC o Showtime que conforma una ontología de nuestro presente inasible puesta al alcance del mando a distancia[3], Rorty sugirió el siguiente argumento de teleserie planetaria con trasfondo filosófico:

Martin Heidegger –sobre quien Jaspers escribió este fragmento que yo, María Vicenta, no puedo hacer plenamente mío: “Si Heidegger no está él mismo ahí no puedo discutir con él”[4]– no abortó su romance con Hannah Arendt, abandonó a Elfriede –la nazi confesa con la que había contraído matrimonio–, se exilió con la autora de Los orígenes del totalitarismo a los Estados Unidos y, a la manera de un Thomas Mann instalado en el campus de la Universidad de Chicago, denunció la situación de Europa en una alocución radiofónica situada en las antípodas de su nunca pronunciado discurso de aceptación del rectorado. Heidegger se convirtió, de este modo, en la voz de la civilización frente al pragma de la barbarie. Este nomadismo sexual y político de Heidegger –fundamental para pre-comprender la genealogía de la literatura panglobal e iGea, noción que acuñé en su día y sobre la que he tenido ocasión de teorizar en distintos lugares– obligó al pensador de la Selva Negra a reescribir no sólo El ser y el tiempo[5], sino también el texto de la conferencia que pronunciara el 25 de julio de 1924 en la Sociedad Teológica de Marburgo, semilla de su opus magnum cuyas hondas palabras iniciales (“Mis reflexiones van a versar sobre el tiempo. ¿Qué es el tiempo?”[6]) inspiraron mi muy comentado poemario Reloj, no marques el Tiempo, que ya me dice la hora la panta-página en Real Time.

Como viese agudamente el profesor y escritor Eloy Fernández Porta en su aproximación al lenguaje de Heidegger[7] –un approach sarcástico que hasta hoy nadie había acometido[8]–, la jerga de la autenticidad se ha tornado absolutamente obsoleta en el marco de la cosmovisión de nuestro tiempo, una WWWeltanschauung que yo, María Vicenta, iría caracterizando ya como post-debordiana o neo-macluhiana –en realidad, todo es relativo: hoy estoy ovulando como una yegua y me siento bastante postdebordiana–. Debo decir que los escrúpulos que llevo incrustados en mi software gen(ético) me empujaron a manifestar humilde, cordial, amistosa y afectuosamente al profesor y escritor Fernández Porta mi total discrepancia con la categoría “humano fashion” que él acuñó en su último libro. Sea como fuere, y partiendo de la sugerente y atinada tesis fernández-portiana de acuerdo con la cual en nuestra época habría emergido una “cultura de la obsesión relacional”[9] –tesis que, entiendo, conduce, a través de lubricados pasadizos benjaminianos, a esta luminosa y clarificadora consideración de Kristeva: “La noción de constructibilidad implicada por el axioma de elección (…) explica la imposibilidad de establecer una contradicción en el espacio del lenguaje poético”[10]–, en este ensayo me propongo analizar la emergencia de una figura Singular en el seno de lo que llamaré la “comunidad sublime”, rótulo que acuño ahora mismo para definir el espacio metapoético, polilógico –ergo polifónico–, reticular –ergo deleuziano–, fluyente, recodificante, mestizo, fronterizo y postjerárquico en el que se está dirimiendo el por–venir de la creación artística en general y de la poiesis literaria en particular. Abro un paréntesis preliminar para anotar que mi celo ético me impele a  declarar públicamente que ha sido Michelle Palacio, joven y entusiasta doctoranda hispana de la Universidad de Ohio, la persona que ha acuñado el término “lit-nerd-punk”[11], precisamente el rubro que da nombre a la figura in statu nascendi a la que acabo de hacer referencia. Los años darán a Palacio la madurez requerida para pensar y teorizar con solvencia  y refinamiento el ahora estético que nos interpela. Más abajo tomaré en préstamo algunas de sus líneas argumentales –rudimentarias, poco elaboradas y toscas, sí, aunque prometedoras–, confiada en que Palacio sabrá apreciar mi gesto de aliento.

El “se”: he ahí la clave de bóveda, la vía por la que Rorty no osó transitar en su ficción proto-tele-filosófico-sociológico-política en torno al devenir otro de Heidegger. Mi disposición intelectual inconformista, radical, excéntrica y Singular me espolea como cibereceptora del relato de Rorty; me provoca la íntima necesidad de ir más allá, punza mi anhelo de traspasar la película superficial del texto, la dermis textual, o, si se quiere, y parafraseando al profesor y escritor Jorge/ Jordi Carrión, la piel de la boca del decir el discurso. En esta coordenada sitúo yo, María Vicenta, mi escena supra-ficcional imaginada –siempre en términos heterodiegéticos– sobre el límite del texto (de Rorty): a la hora del lunch, la profesora Arendt entra en el estudio del profesor Heidegger para pedirle su opinión sobre las notas seminales de lo que años después se convertiría en un estimulante aunque, en mi opinión, vetero-humanista párrafo de La condición humana[12], y encuentra al profesor Heidegger abismado en las páginas de El ser y el tiempo, concretamente en los célebres parágrafos 35 y 36, titulados, respectivamente, “Las habladurías” y “El ansia de novedad”[13]. Paolo Virno realizó en su día una chata lectura de estos parágrafos, pretendiendo “usar las palabras de Heidegger contra el propio Heidegger”[14] en una vana tentativa de interpretación de la desarraigada comprensión del ser-ahí sobre la que Heidegger habla allí. Si Virno se hubiera preocupado de ubicarse en mi no lugar[15], es decir, en el u-topos metaficcional en el que me coloco en estas páginas, tal vez habría sido capaz de entender que la frase de Heidegger (“Lo que le importa es que se hable”[16]) contiene el germen de la reescritura de El ser y el tiempo. Es cierto que la mediación afectiva de Hannah Arendt –todos los días, a la hora del lunch, le servía al pensador una bandeja de pastas importadas del condado de Essex– contribuyó en no poca medida a la unverborgenheit ética de Heidegger. No es menos cierto, sin embargo, que fue el propio Heidegger quien, precisamente en esa escena que Rorty no tuvo agallas intelectuales de idear, levantó la cabeza y le espetó a Arendt: “Lo que le importa al ser-ahí es que se hable de lo que está sucediendo en Europa, Hannah, y no tus especulaciones sobre el agon del poema”.    

En mi celebrado ensayo “Cloud-crit (o crítica-nube): pasadizos entre Heráclito y María Vicenta Luz Mora: a propósito de la mutación permanente de (y en) la literatura y la crítica literaria”, ya avancé esta idea: del mismo modo que el acelerador de partículas LHC acelera las partículas, Internet potencia y acelera los nexos relacionales de naturaleza iGéica, y esta tendencia está conformando un “se” literario homologable al que Heidegger apenas barruntó en El ser y el tiempo y que yo, María Vicenta, he reficcionalizado. Huelga señalar que la apasionante vis metamórfica de la red y el imparable y esperanzador progreso de las tecnologías del conocimiento reclaman la constante reconsideración de los presupuestos epistemológicos a partir de los cuales pensamos y enunciamos este se literario (…)

[Continuará… o no]



[1] Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, prólogo de M. Garrido, trad. L. M. Valdés y T. Orduña, Madrid, Tecnos, 41998, p. 25. 

[2] Cfr. Rorty, R., Philosophy and social hope, Harmondsworth, Penguin Books, 1999, p. 190.

[3] Para profundizar en esta tendencia, vid., entre otros textos, el irregular AAVV, The Wire. 10 dosis de la mejor serie de televisión, introd. D. Simon, ilustraciones D. Sánchez, Madrid, Errata Naturae, 2009; el interesante aunque, como ya señalé en la reseña que publiqué en la revista Letras, algo deslavazado libro de R. Greene y P. Vernezze, Los soprano y la filosofía, trad. M. Ruiz de Apodaca, Barcelona, Ariel, 2010; y el útil aunque superficial volumen escrito por S. Ragazzoni, Perdidos. La filosofía, trad. M. A. Cabré, Barcelona, Duomo, 2010.

[4] Jaspers, K., Notas sobre Heidegger, trad. y comp. V. Romano García, introd. Hans Saner, Barcelona, Mondadori, 1990, p. 70.

[5] Heidegger, M., El ser y el tiempo [1927], trad. J. Gaos, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991 (8ª reimpr., por la que se cita).

[6] Heidegger, M., El concepto de tiempo, prólogo, trad. y notas de R. Gabás y J. A. Escudero, Madrid, Trotta, 1999, p. 23.

[7] Fernández Porta, E., €®0$ La superproducción de los afectos, Barcelona, 
Anagrama, 2010, pp. 141-146.

[8] Entiendo que no puede considerarse seriamente como una parodia de la jerga de la autenticidad el intento que en su día realizara Grass en Años de perro. Tampoco resulta convincente el infundadamente celebrado texto de T. W. Adorno, La ideología como lenguaje. La jerga de la autenticidad, trad. J. Pérez Corral, Madrid, Taurus, 1971, ni el pretencioso estudio de Mª Fernanda Benedito, Heigegger en su lenguaje, Madrid, Tecnos, 1992.  

[9] Fernández Porta, E., €®0$., op. cit.

[10] Kristeva, J., Recherches pour une sémanalyse, Paris, Le Seuil, 1969, pp. 189-190.

[11] Palacio, M., On lit-nerd-punks: an introduction, Ohio, University of Ohio, 2011 (inédito).

[12] Vid. Arendt, H., La condición humana [1958], trad. de R. Gil Novales, introd. M. Cruz, Barcelona, Paidós, (3ª reimpr.) 1998, p. 187.

[13] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., pp. 186-192.

[14] Virno, P., “Charla y curiosidad. La formación difusa en el postfordismo”, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, nº 48, 2001, p. 67.

[15] Sobre el concepto de “no-lugar”, vid., Augé, M., Los “no lugares” espacios de anonimato. Una anropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 2000 (5ª reimpr), esp. 81 y ss.  

[16] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., p. 187. Cursiva de Mª Vicenta Luz Mora.