sábado, 26 de julio de 2014

Presentación de 'Vacancias'

«Para mí, con todo mi afecto»
p. m. 



«Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor»

(Samuel Beckett)


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Agradecimientos: 

Plutón C. C.

Carlos Maiques

María José Martínez de Pisón


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Para comprar Vacancias

Rafael González Serrano

(Editorial Celesta)

editorialcelesta@gmail.com


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martes, 22 de julio de 2014

El otro Jagger (cita)




«En vez de hacerse DJ, y tal vez en contra de toda expectativa, Mike Jagger se unió al dos por ciento de jóvenes británicos que al terminar la enseñanza secundaria se matriculaban en la universidad de esa época. A pesar de sus enfrentamientos por el uniforme, el director de la Dartford Grammar, Lofty Hudson, le consideró digno de tal privilegio y en diciembre de 1960, mucho antes de los exámenes de nivel A, le entregó una carta de recomendación que daba a su expediente académico el mayor brillo posible. “Jagger es un chico de muy buen carácter”, decía la carta, “aunque ha tardado en madurar. Emerge ahora una satisfactoria cualidad, la de la perseverancia cuando toma la decisión de emprender cualquier proyecto. Tiene muchos intereses. Ha sido miembro de varias asociaciones escolares y destaca en los deportes, además, es secretario de nuestro Club de Baloncesto y titular en nuestro Primer Once de Críquet. Además, juega al rugby en el equipo de la casa. Fuera del instituto, le interesan la acampada, el montañismo, el piragüismo y la música, y es miembro de la Sociedad Histórica Local […] la evolución de Jagger justifica plenamente que le recomiende para cursar una licenciatura, y espero que puedan admitirle”.
            Aunque en modo alguno hiperbólica, la carta del director surtió efecto. Si Mike aprobaba los exámenes de nivel A, tendría garantizada la matrícula en la London School of Economics para estudiar una carrera de tres años a partir de otoño de 1961. Y aceptó, aunque sin gran entusiasmo. “Yo quería estudiar letras, pero creía que mi obligación era hacer ciencias”, recordaría. “Econo﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽r ciencias"o. "s paes años a partir de otoño de 1961. Y aceptnciatura, y espero que puedan admitirle"agtaca en los depómicas parecía a medio camino entre una cosa y la otra”.
            En aquellos tiempos, los universitarios del Reino Unido no tenían que endeudarse con el estado para pagar sus estudios, sino que automáticamente recibían una beca de las autoridades educativas locales. El consejo del condado de Kent concedió a Mike trecientas cincuenta libras al año, que en un periodo de inflación nula era cantidad más que suficiente para pagarse tres años de carrera, en especial si, como era su intención, seguía viviendo en casa de sus padres y todos los días iba en tren al pequeño campus de la LSE en Houghton Street, junto a Kingsway. A pesar de todo, era claramente aconsejable ganar algún dinero durante las largas vacaciones veraniegas entre el fin del instituto y el comienzo de la universidad. Eligió un trabajo que arroja una luz muy interesante sobre un personaje del que siempre se ha dicho que está consumido por el egoísmo. Revela que, al menos hasta los dieciocho años, tenía una faceta cariñosa y altruista que lo convertía en digno hijo de su padre.
            Varias semanas del verano del 59, Mike Jagger trabajó de celador en una institución psiquiátrica. No en Stone House –habría sido demasiado perfecto–, sino en el Bexley Hospital, un edificio victoriano tan sombrío y desparramado que en la localidad lo llamaban “La aldea del páramo” porque hasta hacía bien poco, en aras de la segregación total de los pacientes, albergaba también una granja. Cobraba cuatro libras y media a la semana, cifra nada despreciable para la época, pero habría podido escoger un empleo física y emocionalmente más fácil. Los pacientes y el personal de la institución lo recordarían como un muchacho amable y alegre en todo momento, y él más tarde pensaría que en la experiencia aprendió lecciones de psicología humana que a lo largo de su vida serían de un valor incalculable.
            Por si fuera poco, según su propio relato, en el Bexley Hospital perdió la virginidad. Fue con una enfermera, en el armario de un almacén durante un breve respiro entre el trajinar de carritos y la ronda de comidas, un lugar en nada parecido a las lujosas suites de hotel del futuro».



Tomé esta cita de la página 24 del nº 57 de elcuaderno, publicación mensual editada por Trea (Gijón). Ya me he hecho con el libro. Corolario: una cita bien elegida (aun si es de una biografía no autorizada) puede inducir una compra. El nº 58 de elcuaderno (Summertime. Un verano de cuento 1), correspondiente al mes de julio, reúne un puñado de cuentos de  los siguientes autores: Manuel Vilas, Elvira Navarro, Juan Bonilla, Mercedes Abad, Javier García Rodríguez, Mercedes Díaz Villarías, Eduardo Jordá, Marta Sanz, Agustín Fernández Mallo, Vicente Valero y Hipólito G. Navarro. Habrá una segunda entrega en agosto. 

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Mis tiernos catorce años y la absoluta falta de dinero me impidieron ir al por muchas razones épico concierto de 1982 del estadio Vicente Calderón. Me resarcí en 1990: fuimos en un autobús maloliente al concierto que se celebró en el recién reinaugurado estadio de Montjuic de la Barcelona preolímpica. Me parece que el gig de los Stones fue lo primero que se hizo allí. El vídeo no corresponde a la actuación en la que estuve, pero recuerdo que la interpretación de «Sympathy for de devil» de Barcelona fue bastante similar, por no decir calcada. Ahora que nadie me oye, confesaré que me quedo con Ronnie Wood, el gitano genial, antes que con Keith Richards.

Tempus fugit 





sábado, 19 de julio de 2014

En la orilla



A Rafael Chirbes no se le puede negar el oficio –lo tiene, desde luego–, pero… tueste tendencial, tedio lindante con el sopor, páginas y más páginas inductoras del sueño, algún que otro fragmento interesante, lúcido incluso. Realismo social aggiornato al siglo veintiuno. Roman à clef en lo que respecta a la geografía. Premio de la Crítica 2014 difícil de entender. Tal vez el problema es mío. Se me hizo muy arduo recorrer En la orilla con la distancia que demanda la lectura de una novela de esta naturaleza porque conozco demasiado bien el paisaje físico y moral que describe el quejumbroso autor de Crematorio en su última (y celebrada) entrega; conozco demasiado bien la estructura comportamental de las gentes que habitan los pueblos y las ciudades de una de las tres provincias de la tierra que, como dice la letra de su ridículo himno, ofrenda glorias a España, ese carácter vernáculo que, en términos weberianos, es decir, ideal-típicos –que nadie se ponga histérico: generalizo científicamente–, es un intragable puré cuyos principales ingredientes son la doblez, la insinceridad, la hipocresía, el fullerismo, la fanfarronería, la superficialidad, la incultura política, el arribismo social inspirado en modelos inicuos que ni siquiera están a la altura de la picaresca y, en fin, el amor incondicional a la pirotecnia en todas las acepciones de este término, que no son pocas. Si Joan Fuster levantara la cabeza, vería todo lo que no fue capaz de ver a lo largo de toda su vida, a pesar de su inteligencia. ¿La dirigencia política valenciana de los últimos veinte años ha sido iletrada, manirrota, orate y corrupta? Obvio, pero basta ya de llorar; es necesario ver lo que hay detrás de esa sucesión de gobiernos autonómicos. Chirbes lo intenta, pero es tan conmovedoramente indulgente con su protagonista que el propio escritor desactiva su texto. Haría falta un híbrido imposible de Regini y Veblen para explicar por qué esa dirigencia –eso que los oportunistas políticos de última hora llaman «la casta»– ha ganado una y otra vez las elecciones autonómicas por mayoría absoluta. Ojalá alguien se animara a redactar una tesis doctoral basada en el análisis multifactorial –a escribir, dicho en otros términos, un estudio sin simplificaciones–. Lo sé, lo sé: el post se me ha ido completamente de las manos. Volvamos, pues, a la novela:

«Ya digo: los almuerzos interminables con las eminencias locales, el recién desaparecido Pedrós [nota bene: Pedrós es el malo de la novela, o mejor, el más malo], el resbaladizo Justino; Carlos, el director de la sucursal de la caja de ahorros que asegura que ha pedido el traslado aquí cuando podía haber solicitado Misent, porque así está en contacto con la naturaleza y, sobre todo –y eso no lo dice–, porque en Misent un chalet como el que tiene al pie del Montdor le costaría una fortuna; Mateu, el comerciante de frutas y verduras que exporta a media europa; Bernal, que contaminó el marjal con sus telas asfálticas, ¿cuántos siglos se necesitan para que desaparezcan esos venenosos asbestos?, las partidas vespertinas en el bar Castañer, donde se junta lo más granado de Olba, lo que quiere decir propietarios de inmobiliarias, de concesionarias de automóviles, de supermercados, de hectáreas de frutales, empleados de banca, funcionarios del ayuntamiento; activos emprendedores de negocios claros u oscuros, fauna tan espinosa como la flora del promontorio de Montdor […] Francisco me golpea la espalda en público y se refiere a mí como su amigo de infancia, su amigo de correrías, su colega, el que rechazó las vanidades del mundo para abrazar esa profesión de gente que elige la sencillez de los márgenes, los santos, carpintero como San José, el buen artesano. La profesión del cornudo, me digo yo». (Chirbes, pp. 202 y 203)  

Quisiera ser capaz de decir que la experiencia vital me va enseñando día a día que hay una relación bastante estrecha, por no decir directamente proporcional, entre la falta de ambición y la alegría –o la felicidad, si se me permite recurrir al léxico pornográfico–. Me gustaría pensar que fue justamente esa la razón por la que la digestión de las cuatrocientas cuarenta y siete páginas de En la orilla se me hizo ácida, pesada, pesadísima. Al margen: todavía recuerdo la profunda irritación, por no decir el cabreo descomunal, que me provocó la lectura de un artículo de Luis García Montero –individuo que, aparte de ser un poeta mediocre, se toma la libertad de andar por el orbe sermoneando al personal sin ruborizarse, a pesar de todo lo que ya se sabe, que es mucho, demasiado, o, mejor dicho, suficiente–, un texto, aquel artículo cargante de García Montero, escrito a partir de un fragmento del libro de Chirbes. Me la regaló mi hermano, así que, al menos, no me gasté un euro en una novela… ¿premiable? Contribuí, aunque fuera a través de persona interpuesta, a la batalla perdida de antemano para levantar el maltrecho sector editorial. 

¿Novela premiable?, pregunto de nuevo. No lo sé. 

Que lo digan otros. Por ejemplo, Brody Dalle, líder de The Distillers.