viernes, 26 de julio de 2013

La energía y su ausencia



Cala Sant Vicenç (Mallorca)


Veo la final femenina de salto de plataforma de diez metros del campeonato mundial de natación con el volumen de la tele apagado. Contemplo cómo los cuerpos pulidos de unas muchachas distantes, misteriosas, mudas, proustianas, aparentemente anhedónicas, ejecutan piruetas imposibles en el vacío y afluyen a mi mente algunos títulos que, pienso, sugieren un modo de estar –o, quizás mejor, de no estar– en el mundo: Los aéreos, Los ingrávidos, Los incógnitos. Mientras veo la coreografía celeste de las muchachas, redacto un listado de títulos inventados: Los leves, Los flotantes, Los tenues, Los ligeros, Los sutiles, Los silentes, Los etéreos, Los livianos… Acabada la final, termino de leer Los combatientes, de Cristina Morales (Granada, 1985), y recuerdo este aforismo de Cioran (El aciago demiurgo): “Lo que corresponde a quien se ha rebelado demasiado es no tener ya energía más que para la decepción”. A pesar de que Los combatientes es, en general, un libro muy irregular –en algunos tramos bastante bisoño, en otros directamente demagógico (véase el capítulo 4, que es, paradójicamente, el más trabajado)–, y dejando a un lado el tropiezo léxico de la página 10, me parece que el gesto intertextual de Morales –a quien, en los capítulos 7, 8 y 9, le ha bastado sustituir “juventudes” por “juventud” en los fragmentos ajenos que ha reproducido sin citar autoría– no es una simple ocurrencia pour épater, sino una señal de inteligencia, un suave misil lanzado a la línea de flotación de ese tercerismo más o menos consciente, inquietante en cualquier caso, que se ha abierto paso con una naturalidad pasmosa en un paisaje de ruina, desnorte y nada: nuestro paisaje. La novela es, también, un libreto teatral. No sé realmente si se puede llamar novela a un libro de 117 páginas en el que, como mínimo, el 20% o el 25 % del texto –transcripción reiterada de las letras de Matinée y de Ca plane pour moi incluida– no ha sido escrito por Morales, una autora a seguir que, creo, puede dar bastante más de lo que ha mostrado en este volumen. Leo El pacto de las vírgenes, de Vanessa Schneider, y me sorprende que … lo dejo, hace demasiado calor. Hablamos en septiembre. Con permiso de Morales, ahí va la versión de Ca plane pour moi de Maeder. Es todavía más histriónica que la de Plastic Bertrand. Tiene sentido colgar el vídeo porque, como puede verse, ellas ni siquiera cuentan. Buen verano. 

viernes, 12 de julio de 2013

Roussel por Rosset (cita)



UNA LITERATURA PARA REÍR


Literatura “para reír” en el doble sentido del término: la de Raymond Roussel puede considerarse una obra dotada de una gran fuerza cómica, fuerza cómica que es su punto más fuerte y paradójicamente el más “serio”; pero también una obra, pese a todo, marginal en la historia de la literatura, donde corre el gran riesgo de tener que desempeñar para siempre papeles secundarios, si no de no importar un comino.

            ¿A qué se debe principalmente la extravagancia de las “historias” de Roussel?

1) En primer lugar, y ante todo, a su propia insignificancia, que en Roussel parece un prodigio. Lo que hace reír aquí no es solamente lo insólito o lo estrafalario, sino también la imposibilidad de proceder a cualquier interpretación de la historia. Si las historias imaginadas por Roussel acaban siendo interesantes, contra viento y marea, es justamente en la medida en que carecen por completo de interés, pues no hay nada en ellas que pueda retener un instante de atención de cualquier orden, ya sea psicológico, filosófico, histórico o político. Carecen absolutamente de peso; su inconsistencia es total. Ahora bien, es un logro tan grande y tan desusado conseguir no decir nada, no descubrir ningún hilo, no revelar ninguna connivencia con causa o interés alguno…No es insignificante quien quiere. En este sentido, la literatura de Roussel es de una pulcritud (o de una ineptitud) ideológica ejemplar.

2) A un efecto de aplanamiento y de neutralización de todo valor cultural en general, y literario en particular. En L’etoile au front, por ejemplo, Haendel, Milton, Lope de Vega son reducidos al estado de piezas intercambiables que el autor desplaza a su antojo sobre su tablero, como esas riquezas fabulosas, la calle de la Paix o la plaza Vendôme, que el juego del Monopoly solo entrega a un jugador como pequeña superficie de cartón condenada al intercambio. Así Roussel, no contento con ser insignificante por sí mismo, se propone también fagocitar, haciéndolo caer en su propia trampa, todo significado exterior a él.

3) A la manera, en fin, en que estas historias están escritas. El estilo de Roussel es de una banalidad paradójicamente admirable porque no desfallece ni se debilita; tras una severa selección, no admite en él más que el lugar común conocido y constatado, la expresión gastada y convenida, en fin, la palabra absolutamente plana y muda; no hay nada aquí que pueda informar sobre las intenciones o la sensibilidad del escritor. Se trata de una escritura a contrapelo, que va victoriosamente en contra de todo lo aconsejable y recomendable. Y una vez más el resultado es extraordinario, porque tampoco es absolutamente banal quien quiere. Y si quieren convencerse de ello, inténtenlo.

        Ni que decir tiene que este efecto cómico es mucho más sensible en el teatro de Roussel, donde lo absurdo del tema se ve forzado tanto por la presencia del público en la sala, donde se espera otra fiesta y cuyo gesto podemos imaginar fácilmente, como por los actores sobre el escenario, obligados también ellos a escuchar con gravedad las locuras que se profieren los unos a los otros y poner buena cara; y más aún: de responder a ellas y desarrollarlas.


[Clément Rosset, “Une littérature pour rire”, en Melusine 6. Raymond Roussel en Glorie, Paris, Editions L’age d’homme, 2001, pp. 39-40; trad. de Carlos Valdés y Celia Recarey para la edición de Locus Solus, Madrid, Capitán Swing, 2012, pp. 455-457]

sábado, 6 de julio de 2013

Perec y el frenesí de tener



“En el mundo en que vivían, era casi de rigor desear siempre más de lo que se podía adquirir”


“Y a veces, sumiéndose en aquellos sueños colectivos, sin querer despertar de ellos, antes prolongándolos sin cesar con una complicidad tácita, acababan perdiendo todo contacto con la realidad”


“Pero en nuestros días y en nuestros países cada vez hay más personas que no son ni ricas ni pobres: sueñan con riquezas y podrían hacerse ricas: ahí es donde empiezan sus desgracias”


“Querían pelear y vencer. Querían luchar, conquistar su felicidad. Pero ¿cómo luchar? ¿Contra quién? ¿Contra qué? Vivían en un mundo extraño y tornasolado, el universo espejeante de la civilización mercantil, las prisiones de la abundancia, las trampas fascinantes de la dicha (…) Querían la superabundancia; soñaban con platinas Clément, con playas desiertas para ellos solos, con viajes alrededor del mundo, con grandes hoteles”


“De parada en parada, anticuarios, librerías, tiendas de discos, menús de los restaurantes, agencias de viaje, camiserías, sastrerias﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽rstaurantes, agencias de viaje, camiserundiera en la leyenda, en lo irreal o lo informe–, antaño hab otros posibles diías, queserías, zapaterías, confiterías, salchicherías de lujo, papelerías, sus itinerarios componían su verdadero universo: allí dormían sus ambiciones, sus esperanzas”


“Les parecía ahora que antaño –y ese antaño retrocedía cada vez más en el tiempo, como si su historia anterior se hundiera en la leyenda, en lo irreal o lo informe–, antaño habían tenido al menos el frenesí de tener”


[Georges Perec, Les choses. Une histoire des années soixante,
trad. de Josep Escué]


*

Nota bene: sustitúyanse “felicidad”, “riquezas”, “superabundancia”, "ambiciones" e incluso “salchicherías de lujo” por “talento literario”.  Esta semana he leído tres novelas, todas recién publicadas. Me han parecido realmente poco talentosas. Y ahora, bajo este sol tremendo, he recordado, recordándolas, estos pasajes de Las cosas