Cala Sant Vicenç (Mallorca)
Veo la final femenina de salto de plataforma de diez
metros del campeonato mundial de natación con el volumen de la tele apagado.
Contemplo cómo los cuerpos pulidos de unas muchachas distantes, misteriosas,
mudas, proustianas, aparentemente anhedónicas, ejecutan piruetas imposibles en
el vacío y afluyen a mi mente algunos títulos que, pienso, sugieren un modo de
estar –o, quizás mejor, de no estar– en el mundo: Los aéreos, Los ingrávidos,
Los incógnitos. Mientras veo la
coreografía celeste de las muchachas, redacto un listado de títulos inventados:
Los leves, Los flotantes, Los tenues,
Los ligeros, Los sutiles, Los silentes,
Los etéreos, Los livianos… Acabada la final, termino de leer Los
combatientes, de Cristina Morales (Granada, 1985), y recuerdo este aforismo de Cioran
(El aciago demiurgo): “Lo que
corresponde a quien se ha rebelado demasiado es no tener ya energía más que
para la decepción”. A pesar de que Los
combatientes es, en general, un libro muy irregular –en algunos tramos
bastante bisoño, en otros directamente demagógico (véase el capítulo 4, que
es, paradójicamente, el más trabajado)–, y dejando a un lado el tropiezo léxico
de la página 10, me parece que el gesto intertextual de Morales –a quien, en
los capítulos 7, 8 y 9, le ha bastado sustituir “juventudes” por “juventud” en
los fragmentos ajenos que ha reproducido sin citar autoría– no es una simple
ocurrencia pour épater, sino una
señal de inteligencia, un suave misil lanzado a la línea de flotación de ese
tercerismo más o menos consciente, inquietante en cualquier caso, que se ha
abierto paso con una naturalidad pasmosa en un paisaje de ruina, desnorte y
nada: nuestro paisaje. La novela es, también, un libreto teatral. No sé
realmente si se puede llamar novela a un libro de 117 páginas en el que, como
mínimo, el 20% o el 25 % del texto –transcripción reiterada de
las letras de Matinée y de Ca plane pour moi incluida– no ha sido escrito por Morales,
una autora a seguir que, creo, puede dar bastante más de lo que ha mostrado en
este volumen. Leo El pacto de las vírgenes, de Vanessa
Schneider, y me sorprende que … lo dejo, hace demasiado calor. Hablamos en
septiembre. Con permiso de Morales, ahí va la versión de Ca plane pour moi de
Maeder. Es todavía más histriónica que la de Plastic Bertrand. Tiene sentido
colgar el vídeo porque, como puede verse, ellas ni siquiera cuentan. Buen
verano.

