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sábado, 9 de febrero de 2013

Nombrar y renombrar: un aniversario


Rememoro dos metáforas de Musil (Las tribulaciones del estudiante Törless) y me transformo en un personaje literario que cavila sobre el tiempo. Siempre me ha fascinado la expresión coloquial “perder el tiempo”, un sintagma en verdad absurdo, siendo así que, indefectiblemente, el tiempo se pierde en el peregrinaje más o menos trágico que aboca al dulce sosiego de la nada, a esa paz indolora y sin color de la que un día fuimos arrancados a la fuerza y… interrumpo la escritura de esta secuencia de frases porque de pronto cobro plena conciencia de que es bastante ridículo montar un númeroume﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ montar un nspectáculo p. alambres de p, a de la calle parceran de fuerte color añil con postigos amarillos, y estaban pseudo-existencialista por el simple hecho de que me han puesto gafas o, mejor dicho, por el simple hecho de que el tiempo me ha puesto gafas. El tiempo ha hecho su trabajo de demolición en mi mirada y ha colocado esta fastidiosa prótesis sobre la nariz de la isla despojada que ambiciono ser. Un amable dependiente de la óptica trató de asesorarme. Le interrumpí educadamente. Dije que quería las gafas más baratas que tuviera. Como ves, son gafas de pasta (¡de pasta!). Era la oferta del mes. No podía rechazarla. Son para leer. Ojalá esto fuera todo. Quisiera…, bien, quisiera hablar del caudaloso río de tristeza y dolor que ha inundado mi casa este año y quisiera hacerlo sin caer en ese exhibicionismo à la Greenberg que tan discutible me parece; quisiera hallar el tono adecuado, pero no lo encuentro. Cambio, por ello, de registro; ingreso en la acogedora región del umore y recuerdo estos cáusticos fragmentos de un texto de Enrique Rubio que leí el jueves: “Si yo fuera pobre, parado, desahuciado, inmigrante sin papeles, cualquier combinación de esos estados o hasta las cuatro cosas a la vez  (…) organizaría una quedada en el aulario de la universidad con un amplio número de pobres, parados y/o inmigrantes y entraríamos todos a 1º de la carrera de Derecho, empezando por la asignatura Filosofía del Derecho y siguiendo por Derecho Penal. Escucharíamos atentamente las clases magistrales de los profesores. La mayoría de los alumnos matriculados no podrían sentarse en el aula. Muchos se quedarían de pie, otros se irían, y quizá algunos se quejarían ante el decano o ante el rector (…) No hay nada que tenga más efecto que un acto totalmente pacífico. No hay nada como una actitud mansa y reposada para provocar un auténtico caos en el mundo”. [Enrique Rubio, “Si yo fuera pobre”, incluido en Me arrepiento del mañana]. Los profesores…, ah, los profesores hablan y hablan en medio del caos, hablan más o menos convencidos de lo que dicen, hablan más o menos magistralmente, y nunca se sabe si ellos, los profesores, han advertido que en el cielo frío de febrero flota la eterna sombra del nonsense, que allá, en el helado firmamento del invierno, habita la cifra de una realidad ilegible, bárbara, brutal, muda y sin significado, como diría Chet Baker mientras piensa en su arte. 


“Nos habíamos parado en una empinada calle de Taxco para contemplar la casa de la abuela de Aura, la casa que ahora estaba ocupada por la vieja sirvienta de Mamá Violeta y su familia, aunque Mamá Violeta seguía vivita y coleando. La casa de dos plantas hacía esquina y estaba incrustada en la ladera de la colina, las paredes eran de fuerte color añil con postigos amarillos, y estaban decoradas con azulejos. Desde aquella parte elevada de la calle parecía posible correr y caer de un asalto en el tejado, pero el tejado estaba rodeado de densas hileras de alambres de púas y trozos de cristales de botella”.

[Francisco Goldman, Di su nombre, traducción de Roberto Frías, Barcelona, Sexto piso, 2012, p. 196, cursivas mías].

Me invento la etiqueta “novela-Sísifo” para definir en términos estipulativos el último y casi unánimemente celebrado libro de Francisco Goldman, Di su nombre. Pienso que Liu (a.k.a. María José Furió) acierta al señalar que la novela “relata, con la profusión de detalles característica en toda su narrativa [i. e., la de Goldman], un caso sintomático de síndrome de estrés postraumático”. Me hago cargo de que Goldman escribió el libro navegando en un océano de tristeza y dolor, advierto trazos de gran maestría en su prosa, fluida, puntillista a veces; todo está bien, pero… la lectura de Di su nombre se me hace cuesta arriba a medida que avanzo porque tanto el autor como Aura Estrada, la joven escritora in pectore casada con Goldman que falleció desdichadamente en una playa mexicana, me van resultando algo cargantes qua personajes literarios. Retengo, en cualquier caso, la observación que hizo Liu en su reseña, publicada en Culturas (La Vanguardia): “En cierto momento, Aura se queja de la jerga con que debe escribir sus ensayos para la Universidad de Columbia, pues la moda que predican los profesores es que la teoría crítica puede prescindir incluso de la novela sobre la que teorizan. El libro que ha escrito Goldman (…) refuta con maestría a esos teóricos”. Y me quedo con la última frase del párrafo de Goldman reproducido arriba, una línea cuya lectura me puso orejas de liebre y me hizo saltar de la silla y abrir el archivo de la foto que nos envió Miguel a finales de este verano. Sabíamos de la existencia de la calle, pero no habíamos sido capaces de localizarla, ni siquiera en Internet. Hace un par de años la busqué en google maps. Nada. El misterio quedó desvelado este verano. Miguel nos contó en su correo electrónico  que un amigo suyo pasó por allí azarosamente, la vio, frenó, bajó del coche, hizo la foto y se la mandó. No la encontré en google maps hace un par de años porque el nombre de la calle, que es el tuyo, está escrito en mallorquín, no en castellano, mi lengua de búsqueda y de existencia. Me gustan las sobrias placas de mármol de las calles de Palma, tan distintas a los horribles carteles de metal que dan nombre a las calles de esta ciudad gobernada por un dinosaurio que, indefectiblemente, sigue ahí al despertar, una ciudad que amo a mi modo, aunque a veces, demasiadas veces, se muestre ilegible, bárbara, brutal, muda y sin significado. Te recordamos hoy, nueve de febrero, y te recordamos siempre.    

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By the way, hacía tiempo que no escuchaba a Lole y Manuel.