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jueves, 12 de abril de 2012

Tú también puedes, pero es casi mejor si no lo haces

Sam Savage

“Concebía la primera frase como una especie de útero semántico repleto de atareados embriones de páginas sin escribir, resplandecientes pepitas de genio, ansiosas de nacer. De ese gran recipiente fluiría, por así decirlo, el relato completo”, escribe Sam Savage en Firmin, una novela ciertamente menor, aunque encantadora, que arranca con un meandro metaliterario del narrador, el ratón Firmin, en torno al comienzo de su propio texto. “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”; “Todas las familias felices se asemejan, pero cada familia desdichada es desdichada a su manera”; “Éste es el relato más triste que nunca he oído”; “Cuando sonó el teléfono, a las tres de la madrugada, Morris Monk supo antes de levantar el aparato que la llamada era de una dama, y algo más: que decir damas es decir problemas”; “Poco antes de que lo descuartizaran los sádicos soldados de Gamel, el coronel Benchley tuvo un vislumbre de la blanca casita de campo de Shropsire,  con la señora Benchley a la puerta y los niños”; “París, Londres, Djibuti, todo le parecía irreal ahora, sentado entre las ruinas de otra cena más de Acción de Gracias, con su madre y su padre y el idiota de Charles”

Dice Firmin que la lectura de estas célebres primeras frases no fue para él un trampolín de lanzamiento hacia la gran novela sin escribir, sino una barrera insuperable. ¿La razón? Eran demasiado buenas.  Me interesa el fetichismo de la primera frase. Se trata, lo admito, de una frivolidad, quizás una frivolidad lamentable, siendo así que el inicio de un texto de ciento cincuenta o cuatrocientas páginas no suele decir nada de la calidad de lo que viene detrás. Probablemente desde Homero flota en el aire el tópico de acuerdo con el cual el inicio de cualquier texto –y, a fortiori, de un texto literario– es absolutamente determinante. No comparto esta idea, pero siempre estoy dispuesto a hacer excepciones. Pienso un poco al azar en algunas primeras frases que, por razones de diverso orden, en su día me parecieron seductoras:

“La casa era grande porque nuestros proyectos también lo eran” (John Fante, Llenos de vida); “La voz procedente de los altavoces del camión estaba diciendo: –A cada familia, por numerosa o reducida que sea, se le pedirá que aporte mil dólares. Con ello, tendrá derecho a transporte gratis, dos hectáreas de tierra fértil en África, una mula, un arado y toda la semilla que necesite. Completamente gratis. Las vacas, cerdos y gallinas se pagarán aparte, pero a precios mínimos. No queremos hacer negocio” (Chester Himes, Algodón en Harlem); “Como para alguien que ama la más pura sinceridad es muy doloroso que el menor rasgo indirecto de vanidad parezca tan siquiera haberse filtrado a los anales de una profunda pasión y como, de otra parte, resulta imposible –a menos de imponer una limitación artificial a la espontaneidad de la narrativa– impedir que lleguen oblicuamente al lector los resplandores del lujo y la elegancia de que en realidad estuvo rodeada mi infancia, creo que lo mejor será exponer desde un principio, con la sencillez de la verdad, la condición social de mi familia en la época de que trata este relato preliminar” (Thomas De Quincey, Suspiria de profundis). “Aunque por tradición familiar y por expreso deseo de su padre Kurt Crüwell debería haberse hecho cargo de un reputado negocio de sastrería en el número 64 de la Güterslholer Strasse, en la ciudad de Bielefeld, no muy lejos del frondoso Teutoburger Wald y a escasas manzanas de donde décadas tarde, entre 1966 y 1968, el aclamado arquitecto de Cleveland Philip Johnson levantaría la célebre Kunsthalle, lo cierto es que el 1 de septiembre de 1939 un suceso no por esperado menos traumático vino a cambiar sus plácidos sueños de propietario –amén de una futura posición de privilegio en el seno de una sociedad pequeñoburguesa bielefeldiana– por un destino mucho menos plácido y azaroso en grado sumo” (Ricardo Menéndez Salmón, La ofensa, libro, por cierto, que presté a un amigo y que me devolvió encolerizado, tachándolo de “novela tramposa”: ¿?)

 ¿A qué viene todo esto? Abebe Bikila nunca será publicada: hay demasiados escritores; se publican muchos libros. No tengo intención de contribuir a la dinámica delirante consistente en la sobrepublicación de novelas y poemarios con tiradas ridículas para no-lectores. Me interesa escribir y no publicar: PREFIERO NO HACERLO, no quiero dar, en definitiva, el coñazo. Para mí, la escritura es una actividad autotélica, un plaisir homologable al onanismo. Placenteramente escribí El descanso de la humanidad, otra novela que me tuvo muy ocupado y que redacté, creo, para no volverme loco pensando en la catástrofe que vivimos desde 2008. Comprendo y respeto mucho a los escritores que abrazan una concepción hormonal y estajanovista de la literatura. No es mi caso. Soy, por otra parte, bien consciente de que nada pierde el mundo por la no publicación de Abebe Bikila, El descanso de la humanidad o Una deliciosa acumulación, textos que, bueno, son publicables, pero que no son nada del otro mundo. Cualquiera –tú mismo, sin ir más lejos– puede escribir una novela; ahora bien, tal y como está el panorama, si no eres un genio ¡¡¡¡no la publiques!!!! Me divertí escribiendo los primeros pasajes de Abebe Bikila. Ahí van (y pido perdón, amigo lector, por darte el coñazo con mis primeras frases):        ´ ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽la aparecieron muypciones.ablemente de la verdad, la condiciia de que en realidad estuvo rodeada mi infancia, creo que


Abebe Bikila

(p. m.)

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Quizás porque fumo dos paquetes y medio de tabaco al día y porque la nicotina y el humo han dejado su despiadada huella en la piel de mi rostro y en mi dentadura amarilleada y cada vez menos presentable, casi nadie me cree cuando cuento que entre los trece y los quince años corrí tres maratones de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, distancia equivalente a la que recorrió el soldado Filípides en el año cuatrocientos noventa antes de Cristo para anunciar, recién llegado a Atenas y antes de morir exhausto por el esfuerzo realizado, la victoria del ejército ateniense sobre las tropas persas en la batalla de Maratón, pienso mientras contemplo el mar, plano esta mañana como el vientre de aquella prostituta famélica, Irina, doy una calada larga al cigarro y cambio la pierna de apoyo sin despegar los codos del listón de madera que remacha la barandilla maleada por el salitre. A lo largo de todos estos años he pensado muchas veces en las razones que pudieron empujar a un adolescente –todavía un niño– a tomar la decisión de lanzarse a correr maratones por su cuenta y riesgo, y esos ejercicios de introspección, encauzados por la pericia cómplice de mi mente para interponer filtros y censuras en el flujo de la memoria, para racionar y compartimentar selectivamente los recuerdos, para resguardarme, a fin de cuentas, de la verdad, para protegerme y blindarme, han desembocado recurrentemente en la hipótesis de la autodestrucción dramatizada; mi decisión de correr maratones entre los trece y los quince años fue, he querido creer siempre, una especie de sublimación teatral y apaciguadora de mi anhelo de quitarme la vida, una materialización calculadamente inofensiva de mi deseo de dimitir de la existencia. Ese gaseoso impulso suicida traía causa no tanto de mi desinterés hacia la vida adulta y de mi violento rechazo de la idea de que indefectiblemente habría de convertirme en un adulto en el futuro, sentimientos que durante algunos años me dominaron con una virulencia casi eufórica, cuanto de la desorientación y la insoportable impotencia que me provocaba presenciar día tras día el desmoronamiento gradual de Lucía, mi primera entrenadora.

2

El ferry que me devuelve a la península apenas avanza, progresa pesadamente sobre la lisura del agua con la molicie de una sofocante tarde mallorquina de agosto; unos delfines han remontado la espuma de la estela del barco y dejan ver a estribor sus lomos acrílicos entre zambullida y zambullida, espectáculo, se me ocurre de pronto, organizado por la compañía Transmediterránea para hacer soportable el tedioso trayecto de ocho horas a estos niños que, vigilados por las miradas extáticas de sus padres y madres –seres cuyos ojos viajan raudos de las pantallas de sus cámaras digitales a los delfines, de los delfines a sus hijos, de sus hijos a las pantallas de sus cámaras digitales–, han empezado a gritar y a saltar a mi lado y que me contagian por un instante su entusiasmo y arrancan aun un amago de sonrisa de mi boca, medio abierta todavía en una mueca grotesca que traduce, pienso, el estupor en que he quedado sumido tras la fugaz conversación con Martín Gelvet. En este momento mataría a esos padres y a esas madres; ellos no comprenden (…)" 

sábado, 1 de mayo de 2010

John Fante, brutalmente sentimental




Debemos agradecer al traductor de Llenos de vida que tuviera el detalle de reproducir en una nota a pie de página esta dedicatoria que John Fante (1909-1983) escribió en 1944 a una amiga sobre las guardas de uno de sus libros ya publicados: “De esa puta de Hollywood, de este artista vendido (…) de este lameculos de la Paramount al que pagan por las perfumadas vomitonas que susurra Dorothy Lamour” (p. 89), cita que proporciona una de las claves de lectura de esta novela, publicada en 1952 y recuperada en 2008 por la editorial Anagrama en su loable empeño de verter al castellano toda la obra de Fante.

Estamos en la Norteamérica afirmativa de comienzos de los cincuenta, repuesta ya de la gran depresión tras el New Deal, cohesionada ideológicamente por el cemento de la naciente paranoia maccarthista y catapultada al esplendor económico gracias al aprovechamiento de los equipamientos industriales desarrollados en la segunda gran guerra, la robustez del dólar respaldada por los acuerdos de Bretton Woods y el bien engrasado funcionamiento del círculo virtuoso del modelo de producción y consumo fordista-keynesiano, el llamado capitalismo organizado. La fabricación serial de iconos de deseo, emulación e identificación colectiva corre a cargo de esa otra gran maquinaria hegemónica, la industria cultural críticamente diseccionada por los exiliados frankfurtianos, de la que Hollywood es la indiscutible e indiscutida punta de lanza.

Instalado en su nueva casa de Los Ángeles con Joyce, embarazada del primer hijo del matrimonio, Fante escribe guiones cinematográficos y los cheques llegan regularmente. Hay un problema de termitas en el suelo de la cocina y la pareja decide solucionarlo trayendo a su nuevo hogar al padre de Fante, albañil jubilado que reside en el valle de Sacramento junto a la madre del escritor. La novela gira en torno a la gestación y el nacimiento del hijo, pero esta trama es un sostenido Macguffin del que se sirve el autor para desnudar en clave casi confesional las heridas, las fijaciones y las pasiones del guionista próspero integrado en la pujante mid class que es ahora John Fante.

Llenos de vida apareció cuando apenas se habían publicado una novela y las dos primeras entregas de la tetralogía del alter ego de Fante, Arturo Bandini (Espera a la primavera, Bandini y Pregúntale al polvo). El escaso eco comercial de las descarnadas historias de Bandini –outcast de extracción proletaria que personificaba a los humillados, ofendidos y expulsados del paraíso prometido– obligó al escritor a emplearse creando mitos efímeros para la Paramount, un trabajo alimenticio que, si bien fue siempre despreciado por el artista autoconsciente Fante, le facilitó el ascenso social y la inserción en el todavía virginal formato de la American way of life. Esta escisión interior mueve los hilos de Llenos de vida, retrato paródico y corrosivo de los lugares comunes, las representaciones estereotipadas y las sombras del estilo de vida adoptado por el hijo de un humilde, tosco y supersticioso inmigrante italiano que, abandonada la rebeldía juvenil, ha sentado la cabeza para formar una familia estándar y se sienta a escribir sobre sí mismo y su entorno familiar antes de abandonar la literatura durante veinte años.

Entre visitas periódicas al médico y rodeado de libros y revistas sobre pediatría, el escritor asiste estupefacto a la conversión de Joyce al catolicismo –la religión es una de las constantes en la obra de Fante–, viaja a la casa familiar donde sus padres han reproducido un pedazo de Los Abruzos en el que hay limoneros, aceite de oliva y aroma de albahaca, se desespera pacientemente ante las escenas de psicodrama de sus progenitores, lleva a su tozudo padre en tren a Los Ángeles en un viaje literariamente memorable y vive el embarazo de Joyce, la alianza afectiva entre su padre y su mujer y el alumbramiento del niño instalado en el desasosiego, la ajenidad y la hipocondría, transmitiendo en primera persona la comezón del demiurgo del celuloide hecho a sí mismo que, aferrado a sus sentimientos más primitivos, negocia cada día su desencantada conformidad con la realización del sueño americano.

Detrás de todo está el amor, la “necesidad febril” de Joyce, una mujer alejada del mutilador cliché de la feminidad prototípica de la época, y la íntima devoción por sus padres, que encarnan el más acendrado familismo latino-mediterráneo analizado por Banfield en sus estudios antropológicos. Nada tiene que ver el sentimentalismo fantiano con el ternurismo almibarado y empalagoso; el de Fante es un sentimentalismo crudo, crispado y por momentos histriónico y virulento que brota en las tripas. ¿Un sentimentalismo sucio? Es sabido que Fante sólo conoció el éxito literario póstumamente y que ello se debió, en buena medida, a la reivindicación que hiciera Charles Bukowski de su obra narrativa. Al margen de precursores remotos, este redescubrimiento convirtió al autor italo-americano en el inconsciente padre fundador del realismo sucio, o al menos en una de sus principales referencias genealógicas, si bien hay cierta distancia entre el estilo Fante y el manierismo minimalista del dirty realism en su declinación madura. Llenos de vida no es  la mejor ni la más ambiciosa novela de Fante, pero siempre es gratificante regresar a su obra y pasar un buen rato con el fraseo seco, el ritmo ágil, la precisión en la adjetivación, la destreza expresiva en las descripciones sumarias y alguna que otra metáfora salvaje, ingredientes marca de la casa combinados en este libro bajo un fondo cómico, ácido y brutalmente sentimental. John Fante, artista.


John Fante, Llenos de vida, trad. Antonio-Prometeo Moya, Barcelona, Anagrama, 2008.

[Una versión previa de esta reseña se ha publicado en Agitadoras. Revista Cultural, nº 13, mayo de 2010]