miércoles, 26 de octubre de 2016

Hasta siempre («Sin Pipas», un texto de Ramón A. Obrador)


Román Piña

«Hemos perdido completamente el norte. Desde que se supo la noticia, ha habido ración de Zimmerman para aburrir al más tonto, ese pesado cantautor con voz de cabra montesa al que unos ilustres suecos han querido convencer de que dejara de cantar, pues, primero, no sabe entonar y, segundo, no se entiende nada de lo que canta. En cambio, nadie se atreve, por pudor o tristeza, a zarandear los labios sin temblores para comentar la confidencia cultural del año: el cierre anunciado hace unos días de la revista literaria La Bolsa de Pipas.
Que cierre La Bolsa de Pipas tiene el mismo impacto emocional que el cierre de un buen cine, una entrañable librería o un inolvidable bar. Se pierden sueños, historias y esperanzas de dos o tres generaciones de palmesanos prendidos de las letras, el humor y los versos. En una ciudad cada vez más anónima en la que los vínculos culturales no van más allá de lo políticamente estúpido, La Bolsa de Pipas fue un oasis de creación que aglomeró en sus páginas a personajes con voz propia que reclamaban para sí otra originalidad y otro desparpajo. Y todo fue posible gracias al director, motor, turbina, condensador y fusible de recambio de La Bolsa de PipasRomán Piña Valls, un editor que no parece de este mundo, sino del mejor posible, del de Leibniz, tan generoso como entusiasta.
Han sido 22 años de compañía. Me parece una cifra perfecta para un regalo como La Bolsa de Pipas, pues viene de un mundo y nos recuerda a un mundo, el todavía analógico, el de la revista que cabía en el bolsillo trasero de unos vaqueros, en el que todo parecía perdurar ese tiempo. No como ahora, en la era digital, donde estamos sometidos a la tiranía del presente y a la constante aceleración de los medios y de la información. La Bolsa de Pipas viene de un mundo en el que tomarse un cortado en el Café Moka duraba exactamente eso, 22 años. Un universo entre paréntesis, embolsado en palabras que incitaba a dejarse llevar por hojas que se leían en 22 años. A gente que ya solo sabe contemplar pantallas líquidas chispeantes a las que manosear y ordenar su vida diaria no se les puede explicar que antes había miradas que duraban 22 años, por no hablar de esa cantidad de besos que necesitaban 22 años para ser todos dados. O enamorarse, que costaba antes 22 años y un día. Se va La Bolsa de Pipas demasiado joven, a los 22 años. La recordaré esbelta, radiante, abierta de páginas, mostrando un soneto impúdicamente y su promesa: 22 años de encanto y otros tanto de olvido».
Ramón A. Obrador (El Mundo, 21/10/2016)

sábado, 15 de octubre de 2016

Canibaal núm. 7. Un pequeño adelanto


El número 7 de la revista Canibaal (cuyo tema central es «Ironía y brevedad») se presenta el jueves 27 de octubre en el Col.legi Major Rector Peset de Valencia a las 19:30. 

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La doble temática de este número de Canibaal invita a hacer un gesto chancero o directamente una boutade: por ejemplo, escribir una muy concisa reseña literaria solo de la mitad de un libro, de un libro, además, extremadamente escueto o breve. Si procediera de este modo, el crítico podría ironizar sobre (o contra) la ambición de completitud que exhiben las sudadas reseñas que leemos en los suplementos culturales. Por otra parte, la doble ligereza del objeto de su discurso y la propia frugalidad de su texto satisfarían plenamente la «prescripción» de la brevedad. No caeremos aquí en esta tentación, o mejor, caeremos solo parcialmente, dado que el libro aquí glosado no es la mitad de un libro, pero sí medio libro: «En La Habana» es un texto completo que el inclasificable, altamente irónico y desconcertantemente prolífico César Aira (Coronel Pringles, 1949) ha reunido en un pequeño volumen editado por Random House junto al ensayo «Sobre el arte contemporáneo». El escritor argentino relata en esta pequeña crónica, híbrido de (micro)libro de viajes y ensayo, la visita a la casa museo de Lezama Lima que hizo en el año 2000, y engrana la descripción de los espacios –una visión estólida y jocosa que acaba reducida a un decepcionado vistazo a algunos bibelots (el vaso danés de Paradiso, entre otros)– con fugaces digresiones sobre la imagen y sobre la peculiar relación del autor con los museos, contenedores «autorizados» de imágenes. Aira no es un moralista y no tiene intención alguna de expedir letra con mensaje. En cualquier caso, «En La Habana» se deja leer como una cáustica metáfora de las infundadas expectativas que suele despertar la grandeza en el ser humano, ese simio incorregible.    

[p. m. para Canibaal]