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sábado, 21 de enero de 2012

Hablar, hacer cosas con palabras (diez años sin Bourdieu)

John Langshaw Austin


"Hay un tercer sentido (C), según el cual realizar un acto locucionario, y, con él, un acto ilocucionario, puede ser también realizar un acto de otro tipo. A menudo, e incluso normalmente, decir algo producirá ciertas consecuencias o efectos sobre los sentimientos, pensamientos o acciones del auditorio, o de quien emite la expresión, o de otras personas. Y es posible que, al decir algo lo hagamos con el propósito, intención o designio de producir tales efectos. Podemos decir entonces, pensando en esto, que quien emite la expresión ha realizado un acto que puede ser descripto haciendo referencia meramente oblicua (C.a), o bien no haciendo referencia alguna (C.b), a la realización del acto locucionario o ilocucionario. Llamaremos a la realización de un acto de este tipo la realización de un acto perlocucionario o perlocución (...)"

[J. L. Austin, Cómo hacer cosas con palabras [1962], trad. G. Carrió y E. Rabossi, Barcelona, Paidós, 1998 (5ª reimpr.), conferencia VIII, p. 145]



Pierre Bourdieu

 "La cuestión de los enunciados performativos se aclara en el momento en que estos se contemplan como un caso particular de los efectos de dominación simbólica que tiene lugar en todo intercambio lingüístico. La relación de fuerzas lingüísticas no se define nunca exclusivamente por la relación entre las competencias lingüísticas en presencia. Y el peso de los diferentes agentes depende de su capital simbólico, es decir, del reconocimiento, institucionalizado o no, que obtiene de un grupo; la imposición simbólica –esa especie de eficacia mágica que pretende ejercer no ya la orden o la consigna, sino también el discurso ritual, la simple comunicación, la amenaza o el insulto– sólo puede funcionar en tanto en cuanto se reúnan condiciones sociales absolutamente exteriores a la lógica propiamente lingüística del discurso (....) La investigación austiniana sobre los enunciados performativos sólo puede concluirse en los límites de la lingüística. La eficacia mágica de esos actos de institución es inseparable de una institución que defina las condiciones (en materia de agente, de lugar, de momento, etc.) que deben reunirse para que la magia de las palabras pueda actuar. Como indican los ejemplos analizados por Austin, esas "conciciones de felicidad" son condiciones sociales y quien quiera proceder con gozo al bautismo de un navío o de una persona debe estar habilitado para hacerlo de la misma manera que, para ordenar, hay que tener una autoridad reconocida sobre el destinatario de la orden. Cierto que los lingüistas se han apresurado en encontrar, en las vacilaciones de la definición austiniana de lo performativo, un pretexto para hacer desaparecer el problema que Austin les había planteado y para volver a una definición estrictamente lingüística que ignora el hecho del mercado: al distinguir entre los performativos explícitos, necesariamente autoverificantes, puesto que representan en sí mismos la realización del acto, y los performativos en sentido más amplio de enunciados que sirven para realizar un acto diferente al simple hecho de de decir algo –o, más simplemente, al distinguir entre un acto propiamente lingüístico como declarar la sesión abierta, y un acto extralingüístico como abrir la sesión por el hecho de declararla abierta– se creen con autoridad para recusar el análisis de las condiciones sociales del funcionamiento de los enunciados performativos. Las condiciones de felicidad de que Austin habla sólo se refieren al acto extralingüístico; en efecto, sólo para abrir la sesión hay que estar habilitado y cualquiera puede declararla abierta, con independencia de que su declaración tenga o no tenga efectos, ¿Es preciso tanto ingenio para descubrir que cuando mi hacer consiste en un decir, yo hago necesariamente lo que digo? Pero, llevando hasta sus últimas consecuencias la distinción entre la lingüística y la extralingüística en la que aquella pretende fundar su autonomía (especialmente respecto a la sociología), la pragmática demuestra por el absurdo que los actos que Austin describe son actos de institución que sólo pueden ser sancionados socialmente cuando, en alguna medida, están aceptados por todo el orden social (...)"

[P. Bourdieu, Qué significa hablar. Economía de los intercambios lingüísticos [1982], Madrid, Akal, 1985, pp. 46-47] 


Bonus track: Bourdieu sobre la escuela: 


sábado, 19 de junio de 2010

La catalaxia era esto



Que me llamen raro, pero me lo he pasado como un enano leyendo de principio a fin el Real Decreto-ley 10/2010, de 16 de junio, de medidas urgentes para la reforma del mercado de trabajo. Pura poesía de la experiencia. La exposición de motivos, redactada con ese inconfundible estilo agónico de drafter sudoroso encerrado hasta las cuatro de la mañana en un oscuro despacho del Ministerio, es sencillamente espléndida.  Sería injusto destacar  este u otro artículo del Real Decreto: todos y cada uno de ellos desprenden el aroma del ritual de lo habitual de las últimas tres décadas. Todavía mejor ha sido la crónica del telediario de TVE del mediodía. Acabada la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, una periodista sonriente ha dicho en directo que el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, “ha dado el visto bueno a la reforma laboral” (sic). Vaya, uno estaba convencido de que Strauss-Kahn andaba preparando cócteles molotov en su casa y quitándole el polvo al pasamontañas para ir a la enésima mani contra el ludo-capitalismo (Ferré dixit) mientras lidiaba con los efectos del insomnio feliz que le provocó anoche la relectura de aquel viejo, vigorizante y algo cándido texto de Pierre Bourdieu sobre el movimiento de los parados franceses de finales de los noventa (“El movimiento de los parados franceses. Un milagro social”, en Contrafuegos). Haría falta un Karl Kraus para destripar las toneladas de resignación inconsciente y naturalizada que hay detrás de la frase de la periodista de TVE, una frase que ya ni siquiera puede ser calificada como un acto fallido en sentido freudiano. La foto que ilustra la entrada nos ha hecho recordar aquel artículo de Ferlosio en el que se puede leer esto: “(…) el único gran acierto de aquella en su tiempo célebre novela de John Steinbeck, Las uvas de la ira –de un populismo absolutamente detestable en lo que atañe a la obra en general– (…) es el de aquel viejo al que lo que más le enfurecía y desesperaba de verse arrojado, con lo puesto, por esas carreteras, a causa de la Gran Depresión de 1929, era precisamente “no saber a quién tenía que matar””. Yo tampoco sé a quién hay que matar –metafóricamente, claro–.