miércoles, 30 de mayo de 2012

Esa forma suprema de memez (cita)



“(…) No se es inteligente porque se posea algo inefable, por gozar de una propiedad detectable, como tener determinado color de ojos o cierto timbre de voz. ¿Qué, pues? Tout court: al inteligente se lo distingue porque es capaz de reconocer en sí mismo todo lo estúpido que puede llegar a ser. Así lo ilustra la tragedia del desdichado Áyax, que llora desconsoladamente cuando descubre que lo que creía que eran sus enemigos – Odiseo y los Atridas– eran en realidad los bueyes del botín de los argivos y los infelices pastores que los cuidaban. Y su ira descargada, toda su violenta nemesis –en las epopeyas homéricas, nemesis y ate, son momentos de ceguera mental provocados en los mortales por las malas artes de algún dios– resulta ser un engaño perpetrado por Atenea para salvar a su preferido Odiseo. La inútil matanza que comete Áyax sólo sirve para revelarle su humana y vergonzosa estupidez al tiempo que, paradójicamente, le proporciona la necesaria estatura de carácter que requiere la tragedia. El dolor de Áyax, que tiene mucho de sentido del ridículo y que lo conduce finalmente al suicidio, bien puede ser comprendido como la conciencia inteligente de su propia estupidez.

(Descubrir que uno es un estúpido puede ser revelador, pero también –y en un sentido muy literal del término– muy decepcionante...)

De modo pues que la inteligencia puede ser además anticipatoria: puede que se exprese para dar a ver lo estúpido que uno puede llegar a ser. No obstante, es de personas inteligentes descubrir cuánto tiene uno de estúpido en algún momento. Y, por lo contrario, la inteligencia afirmada o postulada de forma ciega u obstinada parece más bien una tremenda majadería. Nadie más estúpido que aquél que está completamente seguro de ser inteligente y que presume de serlo delante de quien esté dispuesto a escucharlo.

(Por cierto, la cantidad de intelectuales* españoles que practica esta forma característica de memez es notable.)”



[Enrique Lynch, "Tres apuntes sobre la ilusión"] 


* O aspirantes a intelectuales, añado yo. 

domingo, 27 de mayo de 2012

No se va a poder





“Responsabilidad por Bankia”

(Joan J. Queralt, Universidad de Barcelona, El País, 27/5/2012)

“Con la información fragmentaria, contradictoria, inexacta, cuando no tendenciosa, que recibimos sobre el deterioro patrimonial del grupo que ha dado lugar a Bankia es difícil poder establecer, por ahora, un marco de responsabilidades para sus anteriores gestores y los órganos reguladores. Llama la atención, en primer lugar, que no conste expediente alguno abierto por no haber presentado en su día las cuentas anuales del ejercicio 2011. Eso, junto a otros indicios, como la supervisión de la salida a Bolsa en la primavera pasada, dan en qué pensar. No menos llamativa es la falta de reacción de los accionistas que han visto su inversión reducida a menos de la mitad, máxime si la comparamos con la reacción de esta misma semana, en menos de cuatro días, de los accionistas minoritarios de Facebook que, por ocultación de minusvaloración del negocio, han demandado a los emisores y a los bancos colocadores.
Por ello, las responsabilidades de orden administrativo —sanciones e inhabilitaciones a la entidad y a sus consejeros— y civiles —resarcimientos e, incluso, prohibición de ejercer el comercio en el futuro— no parecen muy próximas. Nos quedan las penales.
Estas son importantes y variadas, dado que pueden centrarse en varios momentos relevantes y no solo en esta última fase. En primer lugar, las alteraciones contables, si las hubo, para poder proceder a las fusiones entre las siete cajas en liza. Posteriormente, las eventuales manipulaciones tendentes a obtener un patrimonio positivo para poder salir a Bolsa, calidad patrimonial que a poco más de un año vista parece imposible. Finalmente, la información dada con cuentagotas y sin fundamento sobre el real estado patrimonial antes y después de la intervención. Todo ello sin contar las retribuciones e indemnizaciones por todos los conceptos que se hayan autootorgado y hayan percibido consejeros y directivos de este conglomerado financiero.
En su mayoría estas infracciones integrarían diversos delitos contables o de falsificación de balances con penas para cada uno de hasta cuatro años y seis meses y multas de hasta 18 meses (216.000 euros). Podrían aparecer otras falsedades con hasta tres años de prisión y multa de hasta 144.000 euros; también pudieran apreciarse en la captación de capital para la salida a Bolsa posibles estafas muy agravadas por razón del perjuicio y de la esencialidad de los bienes en juego (se trata de un banco sistémico), que comportan penas de hasta ocho años de prisión y 288.000 euros de multa. En este terreno quizá pudiera entrar en juego el novedoso delito de fraude de emisiones con penas de hasta seis años de cárcel y multas análogas. Tampoco habría que pasar por alto ni la administración desleal o apropiación indebida de cara a los depositantes de cualquier clase —con penas análogas a la de la estafa— o el uso de información privilegiada, con penas más leves que las mencionadas. Todo ello sin dejar de lado, pues son independientes de las hipotéticas manipulaciones por la gestión financiera, los delitos de administración fraudulenta por las remuneraciones, indemnizaciones y demás modalidades de autocontratación que secan la liquidez de las entidades cuando se hacen efectivas. Los castigos precedentes comportan la inhabilitación para el ejercicio de la actividad mercantil.
En fin, la querella la podría instar cualquiera para la estafa, la apropiación indebida y afines. Los perjudicados y también el ministerio fiscal, por afectar obviamente a los intereses generales y a millones de personas, ejercerían las acciones penales restantes.”


***

“(…)

iv) El problema de las denominadas “normas perversas”

Un caso particular vinculado sólo de modo tangencial a la cuestión de la relación entre la efectividad del Derecho y el cambio social es el de las denominadas normas perversas. Se trata de aquellas normas de prohibición u obligación que son generalmente incumplidas por los destinatarios y generalmente inaplicadas por los órganos de adjudicación pero que, ocasionalmente, se aplican. La perversidad es un atributo relativo, dicho esto en el sentido de que las normas pueden ser más o menos perversas en función de la frecuencia de la aplicación de la sanción negativa prevista en caso de inobservancia de la prohibición o la obligación prescritas en el enunciado normativo. Los efectos de una norma perversa se producen en el momento en que pretende ser aplicada. No se trata de efectos no previstos (o colaterales), sino de efectos “negativos” típicos sobre cuatro grupos o instancias: a) el destinatario (que, en los casos puntuales de aplicación, experimenta la sanción que recae sobre él como un agravio comparativo); b) la autoridad que aplica la norma (para la que la situación de una norma perversa implica inevitablemente una gran discrecionalidad y genera, eventualmente, un notable sentimiento de desmoralización); c) el propio sistema normativo (ya que la norma perversa tiene siempre un “efecto contagio” respecto a otras normas del sistema, efecto que es tanto más acentuado cuanto más cercanas sean las normas del sistema a la norma perversa); y d) el grupo social (que tiende a reaccionar ante la aplicación ocasional de la norma perversa solidarizándose con el incumplidor y criticando a la autoridad: el incumplidor es percibido como víctima y la autoridad como arbitraria). Piénsese, por aludir a un ejemplo trivial, en la norma que prohíbe aparcar en doble fila. La cuestión de las normas perversas constituye un marco de partida  idóneo para reflexionar sobre la ineficacia y la inefectividad de los tipos penales que persiguen la denominada criminalidad de cuello blanco (o económica) y la corrupción política en aquellos países en los que la cultura de la impunidad está fuertemente arraigada en el imaginario colectivo (…)”

(p. m., Lección 5, Materiales de Análisis Sociológico del Derecho, curso 2011-2012)



sábado, 19 de mayo de 2012

Homilía + tostón = texto letal (no precisamente en la acepción asumible del término)



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El sitio web Conocer al autor se animó a formular la siguiente cuestión a un nutrido grupo de escritores:  ¿Desaparecerá en este siglo el escritor tal y como lo conocemos? En chez Cadou amamos la inteligencia y el sentido del umore. Transcribimos, por ser la más avecinada a las dos virtudes acabadas de señalar, la que a nuestro modo de ver fue la mejor respuesta. Con diferencia. Ahí va:    

“Pues yo no sé si desaparecerá y, sobre todo, no sé qué le puede reemplazar, pero creo que sería deseable que desapareciera. Mmm… el escritor… yo creo que cada día se parece más a un político… mmm… es una persona que, en general, quiere influir; se enfada si no influye… y… su comportamiento como…mmm como voz, mmm, como voz … de… pues… de la tradición, o de la sociedad o del pueblo, o…, sus pretensiones representativas…, eh…bueno, esto es una herencia de la tradición burguesa y creo que, francamente, actualmente lo convierte en un pesado. A mí me gustaría que este modelo de escritor desapareciera.”

(Luis Magrinyà, escritor aéreo; el vídeo puede encontrarse aquí)

Nota bene: naturalmente, Magrinyà no hace referencia en su respuesta a ningún autor en particular.   

jueves, 17 de mayo de 2012

De la ingenuidad; del dolor

Fotografía de Chema Madoz

Hace casi 200 años, al asumir como rector de la Universidad de Saint Andrew, John Stuart Mill recordaba al claustro de profesores la función de las universidades en estos términos:

“Las universidades deben enseñar a las personas a poner en duda las cosas; a no aceptar doctrinas, propias o ajenas, sin el riguroso escrutinio de la crítica negativa, sin dejar pasar inadvertidas falacias, incoherencias o confusiones; sobre todo, insistir en tener claro el significado de una palabra antes de usarla y el significado de una proposición antes de afirmarla (…) El objetivo de la universidad no es enseñar el conocimiento requerido para que los estudiantes puedan ganarse el sustento de una manera particular. Su objetivo no es formar abogados o médicos o ingenieros (o economistas) hábiles, sino seres humanos capaces y sensatos (…) Los estudiantes son seres humanos antes de ser abogados, médicos, comerciantes o industriales; y si se les forma como seres humanos capaces y sensatos, serán por sí mismos médicos y abogados (y economistas) capaces y sensatos”.



viernes, 11 de mayo de 2012

Apocrifografías: unos pasajes

Dora Maar escucha


"Prospecciones para una hermenéutica del lit-nerd-punk:

la ansiedad de la influencia en la comunidad sublime"



por Mª Vicenta Luz Mora (Gobierno de España)





Comencemos ejercitando la imaginación. ¿Acaso ese ente conservador que todavía se asume como sujeto-lector analógico podría concebir como real –si lo real, es decir, la verdad, no fuera, como sabemos al menos desde Nietzsche, “una hueste de metáforas, metonimias, antropomorfismos”[1])– la ficción  que propone Richard Rorty en Philosophy and social hope[2]? En un pasaje que anticipaba visionariamente la transformación de la literatura contemporánea en esa deslocalizada y neo-cosmopolita tele-narratividad servida por HBO, AMC o Showtime que conforma una ontología de nuestro presente inasible puesta al alcance del mando a distancia[3], Rorty sugirió el siguiente argumento de teleserie planetaria con trasfondo filosófico:

Martin Heidegger –sobre quien Jaspers escribió este fragmento que yo, María Vicenta, no puedo hacer plenamente mío: “Si Heidegger no está él mismo ahí no puedo discutir con él”[4]– no abortó su romance con Hannah Arendt, abandonó a Elfriede –la nazi confesa con la que había contraído matrimonio–, se exilió con la autora de Los orígenes del totalitarismo a los Estados Unidos y, a la manera de un Thomas Mann instalado en el campus de la Universidad de Chicago, denunció la situación de Europa en una alocución radiofónica situada en las antípodas de su nunca pronunciado discurso de aceptación del rectorado. Heidegger se convirtió, de este modo, en la voz de la civilización frente al pragma de la barbarie. Este nomadismo sexual y político de Heidegger –fundamental para pre-comprender la genealogía de la literatura panglobal e iGea, noción que acuñé en su día y sobre la que he tenido ocasión de teorizar en distintos lugares– obligó al pensador de la Selva Negra a reescribir no sólo El ser y el tiempo[5], sino también el texto de la conferencia que pronunciara el 25 de julio de 1924 en la Sociedad Teológica de Marburgo, semilla de su opus magnum cuyas hondas palabras iniciales (“Mis reflexiones van a versar sobre el tiempo. ¿Qué es el tiempo?”[6]) inspiraron mi muy comentado poemario Reloj, no marques el Tiempo, que ya me dice la hora la panta-página en Real Time.

Como viese agudamente el profesor y escritor Eloy Fernández Porta en su aproximación al lenguaje de Heidegger[7] –un approach sarcástico que hasta hoy nadie había acometido[8]–, la jerga de la autenticidad se ha tornado absolutamente obsoleta en el marco de la cosmovisión de nuestro tiempo, una WWWeltanschauung que yo, María Vicenta, iría caracterizando ya como post-debordiana o neo-macluhiana –en realidad, todo es relativo: hoy estoy ovulando como una yegua y me siento bastante postdebordiana–. Debo decir que los escrúpulos que llevo incrustados en mi software gen(ético) me empujaron a manifestar humilde, cordial, amistosa y afectuosamente al profesor y escritor Fernández Porta mi total discrepancia con la categoría “humano fashion” que él acuñó en su último libro. Sea como fuere, y partiendo de la sugerente y atinada tesis fernández-portiana de acuerdo con la cual en nuestra época habría emergido una “cultura de la obsesión relacional”[9] –tesis que, entiendo, conduce, a través de lubricados pasadizos benjaminianos, a esta luminosa y clarificadora consideración de Kristeva: “La noción de constructibilidad implicada por el axioma de elección (…) explica la imposibilidad de establecer una contradicción en el espacio del lenguaje poético”[10]–, en este ensayo me propongo analizar la emergencia de una figura Singular en el seno de lo que llamaré la “comunidad sublime”, rótulo que acuño ahora mismo para definir el espacio metapoético, polilógico –ergo polifónico–, reticular –ergo deleuziano–, fluyente, recodificante, mestizo, fronterizo y postjerárquico en el que se está dirimiendo el por–venir de la creación artística en general y de la poiesis literaria en particular. Abro un paréntesis preliminar para anotar que mi celo ético me impele a  declarar públicamente que ha sido Michelle Palacio, joven y entusiasta doctoranda hispana de la Universidad de Ohio, la persona que ha acuñado el término “lit-nerd-punk”[11], precisamente el rubro que da nombre a la figura in statu nascendi a la que acabo de hacer referencia. Los años darán a Palacio la madurez requerida para pensar y teorizar con solvencia  y refinamiento el ahora estético que nos interpela. Más abajo tomaré en préstamo algunas de sus líneas argumentales –rudimentarias, poco elaboradas y toscas, sí, aunque prometedoras–, confiada en que Palacio sabrá apreciar mi gesto de aliento.

El “se”: he ahí la clave de bóveda, la vía por la que Rorty no osó transitar en su ficción proto-tele-filosófico-sociológico-política en torno al devenir otro de Heidegger. Mi disposición intelectual inconformista, radical, excéntrica y Singular me espolea como cibereceptora del relato de Rorty; me provoca la íntima necesidad de ir más allá, punza mi anhelo de traspasar la película superficial del texto, la dermis textual, o, si se quiere, y parafraseando al profesor y escritor Jorge/ Jordi Carrión, la piel de la boca del decir el discurso. En esta coordenada sitúo yo, María Vicenta, mi escena supra-ficcional imaginada –siempre en términos heterodiegéticos– sobre el límite del texto (de Rorty): a la hora del lunch, la profesora Arendt entra en el estudio del profesor Heidegger para pedirle su opinión sobre las notas seminales de lo que años después se convertiría en un estimulante aunque, en mi opinión, vetero-humanista párrafo de La condición humana[12], y encuentra al profesor Heidegger abismado en las páginas de El ser y el tiempo, concretamente en los célebres parágrafos 35 y 36, titulados, respectivamente, “Las habladurías” y “El ansia de novedad”[13]. Paolo Virno realizó en su día una chata lectura de estos parágrafos, pretendiendo “usar las palabras de Heidegger contra el propio Heidegger”[14] en una vana tentativa de interpretación de la desarraigada comprensión del ser-ahí sobre la que Heidegger habla allí. Si Virno se hubiera preocupado de ubicarse en mi no lugar[15], es decir, en el u-topos metaficcional en el que me coloco en estas páginas, tal vez habría sido capaz de entender que la frase de Heidegger (“Lo que le importa es que se hable”[16]) contiene el germen de la reescritura de El ser y el tiempo. Es cierto que la mediación afectiva de Hannah Arendt –todos los días, a la hora del lunch, le servía al pensador una bandeja de pastas importadas del condado de Essex– contribuyó en no poca medida a la unverborgenheit ética de Heidegger. No es menos cierto, sin embargo, que fue el propio Heidegger quien, precisamente en esa escena que Rorty no tuvo agallas intelectuales de idear, levantó la cabeza y le espetó a Arendt: “Lo que le importa al ser-ahí es que se hable de lo que está sucediendo en Europa, Hannah, y no tus especulaciones sobre el agon del poema”.    

En mi celebrado ensayo “Cloud-crit (o crítica-nube): pasadizos entre Heráclito y María Vicenta Luz Mora: a propósito de la mutación permanente de (y en) la literatura y la crítica literaria”, ya avancé esta idea: del mismo modo que el acelerador de partículas LHC acelera las partículas, Internet potencia y acelera los nexos relacionales de naturaleza iGéica, y esta tendencia está conformando un “se” literario homologable al que Heidegger apenas barruntó en El ser y el tiempo y que yo, María Vicenta, he reficcionalizado. Huelga señalar que la apasionante vis metamórfica de la red y el imparable y esperanzador progreso de las tecnologías del conocimiento reclaman la constante reconsideración de los presupuestos epistemológicos a partir de los cuales pensamos y enunciamos este se literario (…)

[Continuará… o no]



[1] Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, prólogo de M. Garrido, trad. L. M. Valdés y T. Orduña, Madrid, Tecnos, 41998, p. 25. 

[2] Cfr. Rorty, R., Philosophy and social hope, Harmondsworth, Penguin Books, 1999, p. 190.

[3] Para profundizar en esta tendencia, vid., entre otros textos, el irregular AAVV, The Wire. 10 dosis de la mejor serie de televisión, introd. D. Simon, ilustraciones D. Sánchez, Madrid, Errata Naturae, 2009; el interesante aunque, como ya señalé en la reseña que publiqué en la revista Letras, algo deslavazado libro de R. Greene y P. Vernezze, Los soprano y la filosofía, trad. M. Ruiz de Apodaca, Barcelona, Ariel, 2010; y el útil aunque superficial volumen escrito por S. Ragazzoni, Perdidos. La filosofía, trad. M. A. Cabré, Barcelona, Duomo, 2010.

[4] Jaspers, K., Notas sobre Heidegger, trad. y comp. V. Romano García, introd. Hans Saner, Barcelona, Mondadori, 1990, p. 70.

[5] Heidegger, M., El ser y el tiempo [1927], trad. J. Gaos, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991 (8ª reimpr., por la que se cita).

[6] Heidegger, M., El concepto de tiempo, prólogo, trad. y notas de R. Gabás y J. A. Escudero, Madrid, Trotta, 1999, p. 23.

[7] Fernández Porta, E., €®0$ La superproducción de los afectos, Barcelona, 
Anagrama, 2010, pp. 141-146.

[8] Entiendo que no puede considerarse seriamente como una parodia de la jerga de la autenticidad el intento que en su día realizara Grass en Años de perro. Tampoco resulta convincente el infundadamente celebrado texto de T. W. Adorno, La ideología como lenguaje. La jerga de la autenticidad, trad. J. Pérez Corral, Madrid, Taurus, 1971, ni el pretencioso estudio de Mª Fernanda Benedito, Heigegger en su lenguaje, Madrid, Tecnos, 1992.  

[9] Fernández Porta, E., €®0$., op. cit.

[10] Kristeva, J., Recherches pour une sémanalyse, Paris, Le Seuil, 1969, pp. 189-190.

[11] Palacio, M., On lit-nerd-punks: an introduction, Ohio, University of Ohio, 2011 (inédito).

[12] Vid. Arendt, H., La condición humana [1958], trad. de R. Gil Novales, introd. M. Cruz, Barcelona, Paidós, (3ª reimpr.) 1998, p. 187.

[13] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., pp. 186-192.

[14] Virno, P., “Charla y curiosidad. La formación difusa en el postfordismo”, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, nº 48, 2001, p. 67.

[15] Sobre el concepto de “no-lugar”, vid., Augé, M., Los “no lugares” espacios de anonimato. Una anropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa, 2000 (5ª reimpr), esp. 81 y ss.  

[16] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., p. 187. Cursiva de Mª Vicenta Luz Mora.

lunes, 7 de mayo de 2012

Estetización (broken dreams)



“A los que les apetezca un plan más tranquilo pueden visitar del 10 al 20 de mayo la exposición sobre el 15-M que se ha preparado en el Ateneo de Madrid, donde los objetos de la acampada inaugural del movimiento se han convertido en piezas de museo al año de ocupar la plaza. Junto a ellos, se exhibirán los lemas que les dieron significado. Y, cómo no, las fotografías que inmortalizaron aquellas noches al calor del asfalto bajo la mirada de la policía.” (El País, 7 de mayo de 2012; las negritas son mías)

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martes, 1 de mayo de 2012

Primero de mayo: cada año más triste



"La democracia la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. La democracia es una cosa que se puede tocar, y que esta gente tuvo en sus manos, durante días seguidos y noches enteras. Conseguir un colegio público en un barrio que no lo tenía; la construcción de un ambulatorio donde no llegaban los médicos; dejar una plaza sin edificar para que los niños jueguen; hacer un polideportivo para que el único deporte no sea apedrear perros; lograr que pase el autobús donde no pasaba nada o que llegue el metro para poder ir al trabajo sin necesidad de pisar charcos, sin aguantar la lluvia y el frío de la madrugada, sin andar por los descampados que separaban el barrio de los transportes públicos, esa es la democracia real que hicieron realidad esas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a las verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay. La democracia es ante todo una cosa de manobras porque en última instancia se hace con las manos. Y todo eso que ya está, los ambulatorios, las bocas del metro, los colegios públicos..., es también lo primero que se pierde cuando desaparece la gente que lo ha traído. Quienes llegan detrás creen que eso lo pone la naturaleza, como las hierbas y los saltamontes. Pero lo pone la política, y las cosas hay que conquistarlas permanentemente"

[Javier Pérez Andújar, Paseos con mi madre, Barcelona, Tusquets (R.I.P), 2011, pp. 58-59]


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Billy Bragg & Wilco versioneando a Woody Guthrie. 
Demasiado optimista te veo, Billy, pero en fin, ahí va...