“(…) No se es inteligente
porque se posea algo inefable, por gozar de una propiedad detectable, como
tener determinado color de ojos o cierto timbre de voz. ¿Qué, pues? Tout
court: al inteligente se lo distingue porque es capaz de reconocer en sí
mismo todo lo estúpido que puede llegar a ser. Así lo ilustra la tragedia del
desdichado Áyax, que llora desconsoladamente cuando descubre que lo que creía
que eran sus enemigos – Odiseo y los Atridas– eran en realidad los bueyes del
botín de los argivos y los infelices pastores que los cuidaban. Y su ira
descargada, toda su violenta nemesis –en las epopeyas homéricas, nemesis
y ate, son momentos de ceguera mental provocados en los mortales por
las malas artes de algún dios– resulta ser un engaño perpetrado por Atenea para
salvar a su preferido Odiseo. La inútil matanza que comete Áyax sólo sirve para
revelarle su humana y vergonzosa estupidez al tiempo que, paradójicamente, le
proporciona la necesaria estatura de carácter que requiere la tragedia. El
dolor de Áyax, que tiene mucho de sentido del ridículo y que lo conduce
finalmente al suicidio, bien puede ser comprendido como la conciencia
inteligente de su propia estupidez.
(Descubrir que uno es un
estúpido puede ser revelador, pero también –y en un sentido muy literal del
término– muy decepcionante...)
De modo pues que la
inteligencia puede ser además anticipatoria: puede que se exprese para dar a
ver lo estúpido que uno puede llegar a ser. No obstante, es de personas
inteligentes descubrir cuánto tiene uno de estúpido en algún momento. Y, por lo
contrario, la inteligencia afirmada o postulada de forma ciega u obstinada
parece más bien una tremenda majadería. Nadie más estúpido que aquél que está
completamente seguro de ser inteligente y que presume de serlo delante de quien
esté dispuesto a escucharlo.
(Por cierto, la cantidad de intelectuales* españoles que practica esta forma característica de memez es notable.)”
(Joan J.
Queralt, Universidad de Barcelona, El País, 27/5/2012)
“Con la información fragmentaria, contradictoria,
inexacta, cuando no tendenciosa, que recibimos sobre el deterioro patrimonial
del grupo que ha dado lugar a Bankia es difícil poder establecer, por ahora, un
marco de responsabilidades para sus anteriores gestores y los órganos
reguladores. Llama la atención, en primer lugar, que no conste expediente
alguno abierto por no haber presentado en su día las cuentas anuales del
ejercicio 2011. Eso, junto a otros indicios, como la supervisión de la salida a
Bolsa en la primavera pasada, dan en qué pensar. No menos llamativa es la falta
de reacción de los accionistas que han visto su inversión reducida a menos de
la mitad, máxime si la comparamos con la reacción de esta misma semana, en
menos de cuatro días, de los accionistas minoritarios de Facebook que, por
ocultación de minusvaloración del negocio, han demandado a los emisores y a los
bancos colocadores.
Por ello, las responsabilidades de orden administrativo
—sanciones e inhabilitaciones a la entidad y a sus consejeros— y civiles
—resarcimientos e, incluso, prohibición de ejercer el comercio en el futuro— no
parecen muy próximas. Nos quedan las penales.
Estas son importantes y variadas, dado que pueden
centrarse en varios momentos relevantes y no solo en esta última fase. En
primer lugar, las alteraciones contables, si las hubo, para poder proceder a
las fusiones entre las siete cajas en liza. Posteriormente, las eventuales
manipulaciones tendentes a obtener un patrimonio positivo para poder salir a
Bolsa, calidad patrimonial que a poco más de un año vista parece imposible.
Finalmente, la información dada con cuentagotas y sin fundamento sobre el real
estado patrimonial antes y después de la intervención. Todo ello sin contar las
retribuciones e indemnizaciones por todos los conceptos que se hayan
autootorgado y hayan percibido consejeros y directivos de este conglomerado
financiero.
En su mayoría estas infracciones integrarían diversos
delitos contables o de falsificación de balances con penas para cada uno de
hasta cuatro años y seis meses y multas de hasta 18 meses (216.000 euros).
Podrían aparecer otras falsedades con hasta tres años de prisión y multa de
hasta 144.000 euros; también pudieran apreciarse en la captación de capital
para la salida a Bolsa posibles estafas muy agravadas por razón del perjuicio y
de la esencialidad de los bienes en juego (se trata de un banco sistémico), que
comportan penas de hasta ocho años de prisión y 288.000 euros de multa. En este
terreno quizá pudiera entrar en juego el novedoso delito de fraude de emisiones
con penas de hasta seis años de cárcel y multas análogas. Tampoco habría que
pasar por alto ni la administración desleal o apropiación indebida de cara a
los depositantes de cualquier clase —con penas análogas a la de la estafa— o el
uso de información privilegiada, con penas más leves que las mencionadas. Todo
ello sin dejar de lado, pues son independientes de las hipotéticas
manipulaciones por la gestión financiera, los delitos de administración
fraudulenta por las remuneraciones, indemnizaciones y demás modalidades de
autocontratación que secan la liquidez de las entidades cuando se hacen
efectivas. Los castigos precedentes comportan la inhabilitación para el ejercicio
de la actividad mercantil.
En fin, la querella la podría instar cualquiera para la
estafa, la apropiación indebida y afines. Los perjudicados y también el
ministerio fiscal, por afectar obviamente a los intereses generales y a
millones de personas, ejercerían las acciones penales restantes.”
***
“(…)
iv) El
problema de las denominadas “normas perversas”
Un caso particular vinculado sólo de modo
tangencial a la cuestión de la relación entre la efectividad del Derecho y el cambio social es
el de las denominadas normas perversas. Se trata de aquellas normas de prohibición
u obligación que son generalmente incumplidas por los destinatarios y
generalmente inaplicadas por los órganos de adjudicación pero que, ocasionalmente, se
aplican. La perversidad es un atributo relativo, dicho esto en el
sentido de que las normas pueden ser más o menos perversas en función de la
frecuencia de la aplicación de la sanción negativa prevista en caso de inobservancia de la prohibición o la obligación prescritas en el enunciado
normativo. Los efectos de una norma perversa se producen en el
momento en que pretende ser aplicada. No se trata de efectos no previstos (o
colaterales), sino de efectos “negativos” típicos sobre cuatro grupos o
instancias: a) el destinatario (que, en los casos puntuales de
aplicación, experimenta la sanción que recae sobre él como un agravio
comparativo); b) la autoridad que aplica la norma (para la que la
situación de una norma perversa implica inevitablemente una gran
discrecionalidad y genera, eventualmente, un notable sentimiento de
desmoralización); c) el propio sistema normativo (ya que la norma perversa
tiene siempre un “efecto contagio” respecto a otras normas del sistema, efecto
que es tanto más acentuado cuanto más cercanas sean las normas del sistema a la
norma perversa); y d) el grupo social (que tiende a reaccionar ante la
aplicación ocasional de la norma perversa solidarizándose con el incumplidor y
criticando a la autoridad: el incumplidor es percibido como víctima y la
autoridad como arbitraria). Piénsese, por aludir a un ejemplo trivial, en la
norma que prohíbe aparcar en doble fila. La cuestión de las normas perversas
constituye un marco de partida idóneo para reflexionar sobre la ineficacia y la
inefectividad de los tipos penales que persiguen la denominada criminalidad de
cuello blanco (o económica) y la corrupción política en aquellos países en los
que la cultura de la impunidad está
fuertemente arraigada en el imaginario colectivo (…)”
(p. m., Lección 5, Materiales de Análisis
Sociológico del Derecho, curso 2011-2012)
El sitio web Conocer al autor se animó a formular la siguiente cuestión a un nutrido grupo de escritores: ¿Desaparecerá en este siglo el escritor tal y como lo conocemos? En chez Cadou amamos la inteligencia y el sentido del umore. Transcribimos, por ser la más avecinada a las dos virtudes acabadas de señalar, la que a nuestro modo de ver fue la mejor respuesta. Con diferencia. Ahí va:
“Pues yo no sé si desaparecerá
y, sobre todo, no sé qué le puede reemplazar, pero creo que sería deseable que
desapareciera. Mmm… el escritor… yo creo que cada día se parece más a un
político… mmm… es una persona que, en general, quiere influir; se enfada si no
influye… y… su comportamiento como…mmm como voz, mmm, como voz … de… pues… de
la tradición, o de la sociedad o del pueblo, o…, sus pretensiones
representativas…, eh…bueno, esto es una herencia de la tradición burguesa y
creo que, francamente, actualmente lo convierte en un pesado. A mí me gustaría
que este modelo de escritor desapareciera.”
(Luis Magrinyà, escritor aéreo; el vídeo puede encontrarseaquí)
Nota bene: naturalmente, Magrinyà
no hace referencia en su respuesta a ningún autor en particular.
Hace casi
200 años, al asumir como rector de la Universidad de Saint Andrew, John Stuart
Mill recordaba al claustro de profesores la función de las universidades en
estos términos:
“Las
universidades deben enseñar a las personas a poner en duda las cosas; a no aceptar doctrinas, propias o ajenas, sin el
riguroso escrutinio de la crítica negativa, sin dejar pasar inadvertidas
falacias, incoherencias o confusiones; sobre todo, insistir en tener claro el
significado de una palabra antes de usarla y el significado de una proposición
antes de afirmarla (…) El objetivo de la universidad no es enseñar el
conocimiento requerido para que los estudiantes puedan ganarse el sustento de
una manera particular. Su objetivo no es formar abogados o médicos o ingenieros
(o economistas) hábiles, sino seres humanos capaces y sensatos (…) Los
estudiantes son seres humanos antes de ser abogados, médicos, comerciantes o
industriales; y si se les forma como seres humanos capaces y sensatos, serán
por sí mismos médicos y abogados (y economistas) capaces y sensatos”.
"Prospecciones para una hermenéutica del
lit-nerd-punk:
la ansiedad de la influencia en la comunidad sublime"
por Mª Vicenta Luz Mora (Gobierno de España)
Comencemos
ejercitando la imaginación. ¿Acaso ese ente conservador que todavía se asume
como sujeto-lector analógico podría concebir como real –si lo real, es decir,
la verdad, no fuera, como sabemos al menos desde Nietzsche, “una hueste de
metáforas, metonimias, antropomorfismos”[1])–
la ficción que propone Richard Rorty en Philosophy and social hope[2]?
En un pasaje que anticipaba visionariamente la transformación de la literatura
contemporánea en esa deslocalizada y neo-cosmopolita tele-narratividad servida
por HBO, AMC o Showtime que conforma
una ontología de nuestro presente inasible puesta al alcance del mando a
distancia[3],
Rorty sugirió el siguiente argumento de teleserie planetaria con trasfondo
filosófico:
Martin
Heidegger –sobre quien Jaspers escribió este fragmento que yo, María Vicenta,
no puedo hacer plenamente mío: “Si Heidegger no está él mismo ahí no puedo discutir
con él”[4]–
no abortó su romance con Hannah Arendt, abandonó a Elfriede –la nazi confesa
con la que había contraído matrimonio–, se exilió con la autora de Los orígenes del totalitarismo a los
Estados Unidos y, a la manera de un Thomas Mann instalado en el campus de la
Universidad de Chicago, denunció la situación de Europa en una alocución
radiofónica situada en las antípodas de su nunca pronunciado discurso de
aceptación del rectorado. Heidegger se convirtió, de este modo, en la voz de la
civilización frente al pragma de la
barbarie. Este nomadismo sexual y político de Heidegger –fundamental para
pre-comprender la genealogía de la literatura panglobal e iGea, noción que
acuñé en su día y sobre la que he tenido ocasión de teorizar en distintos
lugares– obligó al pensador de la Selva Negra a reescribir no sólo El ser y el tiempo[5],
sino también el texto de la conferencia que pronunciara el 25 de julio de 1924
en la Sociedad Teológica de Marburgo, semilla de su opus magnum cuyas hondas palabras iniciales (“Mis reflexiones van a
versar sobre el tiempo. ¿Qué es el tiempo?”[6])
inspiraron mi muy comentado poemario Reloj,
no marques el Tiempo, que ya me dice la hora la panta-página en Real Time.
Como
viese agudamente el profesor y escritor Eloy Fernández Porta en su aproximación
al lenguaje de Heidegger[7]
–un approach sarcástico que hasta hoy
nadie había acometido[8]–,
la jerga de la autenticidad se ha tornado absolutamente obsoleta en el marco de
la cosmovisión de nuestro tiempo, una WWWeltanschauung
que yo, María Vicenta, iría caracterizando ya como post-debordiana o
neo-macluhiana –en realidad, todo es relativo: hoy estoy ovulando como una
yegua y me siento bastante postdebordiana–. Debo decir que los escrúpulos que
llevo incrustados en mi software
gen(ético)me empujaron a manifestar humilde, cordial, amistosa y
afectuosamente al profesor y escritor Fernández Porta mi total discrepancia con
la categoría “humano fashion” que él acuñó en su último libro. Sea como fuere,
y partiendo de la sugerente y atinada tesis fernández-portiana de acuerdo con
la cual en nuestra época habría emergido una “cultura de la obsesión
relacional”[9] –tesis que,
entiendo, conduce, a través de lubricados pasadizos benjaminianos, a esta
luminosa y clarificadora consideración de Kristeva: “La noción de
constructibilidad implicada por el axioma de elección (…) explica la
imposibilidad de establecer una contradicción en el espacio del lenguaje
poético”[10]–, en este
ensayo me propongo analizar la emergencia de una figura Singular en el seno de lo que llamaré la “comunidad sublime”,
rótulo que acuño ahora mismo para definir el espacio metapoético, polilógico
–ergo polifónico–, reticular –ergo deleuziano–, fluyente, recodificante,
mestizo, fronterizo y postjerárquico en el que se está dirimiendo el por–venir
de la creación artística en general y de la poiesis
literaria en particular. Abro un paréntesis preliminar para anotar que
mi celo éticome impele a declarar públicamente que ha sido Michelle Palacio, joven y entusiasta
doctoranda hispana de la Universidad de Ohio, la persona que ha acuñado el
término “lit-nerd-punk”[11],
precisamente el rubro que da nombre a la figura in statu nascendi a la que acabo de hacer referencia. Los años
darán a Palacio la madurez requerida para pensar y teorizar con solvencia y refinamiento el ahora estético que nos
interpela. Más abajo tomaré en préstamo algunas de sus líneas argumentales
–rudimentarias, poco elaboradas y toscas, sí, aunque prometedoras–, confiada en
que Palacio sabrá apreciar mi gesto de aliento.
El
“se”: he ahí la clave de bóveda, la vía por la que Rorty no osó transitar en su
ficción proto-tele-filosófico-sociológico-política en torno al devenir otro de
Heidegger. Mi disposición intelectual inconformista, radical, excéntrica y Singular me espolea como cibereceptora
del relato de Rorty; me provoca la íntima necesidad de ir más allá, punza mi
anhelo de traspasar la película superficial del texto, la dermis textual, o, si
se quiere, y parafraseando al profesor y escritor Jorge/ Jordi Carrión, la piel
de la boca del decir el discurso. En esta coordenada sitúo yo, María Vicenta,
mi escena supra-ficcional imaginada –siempre en términos heterodiegéticos–
sobre el límite del texto (de Rorty): a la hora del lunch, la profesora Arendt entra en el estudio del profesor
Heidegger para pedirle su opinión sobre las notas seminales de lo que años
después se convertiría en un estimulante aunque, en mi opinión, vetero-humanista
párrafo de La condición humana[12],
y encuentra al profesor Heidegger abismado en las páginas de El ser y el tiempo, concretamente en los
célebres parágrafos 35 y 36, titulados, respectivamente, “Las habladurías” y
“El ansia de novedad”[13].
Paolo Virno realizó en su día una chata lectura de estos parágrafos,
pretendiendo “usar las palabras de Heidegger contra el propio Heidegger”[14]
en una vana tentativa de interpretación de la desarraigada comprensión del
ser-ahí sobre la que Heidegger habla allí. Si Virno se hubiera preocupado de
ubicarse en mi no lugar[15],
es decir, en el u-topos metaficcional
en el que me coloco en estas páginas, tal vez habría sido capaz de entender que
la frase de Heidegger (“Lo que le importa es que se hable”[16])
contiene el germen de la reescritura de El
ser y el tiempo. Es cierto que la mediación afectiva de Hannah Arendt
–todos los días, a la hora del lunch,
le servía al pensador una bandeja de pastas importadas del condado de Essex–
contribuyó en no poca medida a la unverborgenheit
ética de Heidegger. No es menos cierto, sin embargo, que fue el propio
Heidegger quien, precisamente en esa escena que Rorty no tuvo agallas
intelectuales de idear, levantó la cabeza y le espetó a Arendt: “Lo que le
importa al ser-ahí es que sehable de lo que está sucediendo en Europa, Hannah, y no tus
especulaciones sobre el agon del
poema”.
En mi celebrado ensayo “Cloud-crit
(o crítica-nube): pasadizos entre Heráclito y María Vicenta Luz Mora: a
propósito de la mutación permanente de (y en) la literatura y la crítica
literaria”, ya avancé esta idea: del mismo modo que el acelerador de partículas
LHC acelera las partículas, Internet potencia y acelera los nexos relacionales
de naturaleza iGéica, y esta tendencia está conformando un “se”
literario homologable al que Heidegger apenas barruntó en El ser y el tiempo y que yo, María Vicenta, he reficcionalizado.
Huelga señalar que la apasionante vis metamórfica
de la red y el imparable y esperanzador progreso de las tecnologías del
conocimiento reclaman la constante reconsideración de los presupuestos
epistemológicos a partir de los cuales pensamos y enunciamos este se literario (…)
[Continuará… o no]
[1] Nietzsche, F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral,
prólogo de M. Garrido, trad. L. M. Valdés y T. Orduña, Madrid, Tecnos, 41998,
p. 25.
[2] Cfr. Rorty, R., Philosophy and social hope,
Harmondsworth, Penguin Books, 1999, p. 190.
[3] Para profundizar en
esta tendencia, vid., entre otros textos, el irregular AAVV, The Wire. 10 dosis de la mejor serie de
televisión, introd. D. Simon, ilustraciones D. Sánchez, Madrid, Errata
Naturae, 2009; el interesante aunque, como ya señalé en la reseña que publiqué
en la revista Letras, algo
deslavazado libro de R. Greene y P. Vernezze, Los soprano y la filosofía, trad. M. Ruiz de Apodaca, Barcelona,
Ariel, 2010; y el útil aunque superficial volumen escrito por S. Ragazzoni, Perdidos. La filosofía, trad. M. A.
Cabré, Barcelona, Duomo, 2010.
[4] Jaspers, K., Notas sobre Heidegger, trad. y comp. V.
Romano García, introd. Hans Saner, Barcelona, Mondadori, 1990, p. 70.
[5] Heidegger, M., El ser y el tiempo [1927], trad. J.
Gaos, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1991 (8ª reimpr., por la que se
cita).
[6] Heidegger, M., El concepto de tiempo, prólogo, trad. y
notas de R. Gabás y J. A. Escudero, Madrid, Trotta, 1999, p. 23.
[7] Fernández Porta, E., €®0$ La
superproducción de los afectos, Barcelona,
Anagrama, 2010, pp. 141-146.
[8] Entiendo que no puede
considerarse seriamente como una parodia de la jerga de la autenticidad el
intento que en su día realizara Grass en Años
de perro. Tampoco resulta convincente el infundadamente celebrado texto de
T. W. Adorno, La ideología como lenguaje.
La jerga de la autenticidad, trad. J. Pérez Corral, Madrid, Taurus, 1971,
ni el pretencioso estudio de Mª Fernanda Benedito, Heigegger en su lenguaje, Madrid, Tecnos, 1992.
[10] Kristeva, J., Recherches pour une sémanalyse, Paris,
Le Seuil, 1969, pp. 189-190.
[11] Palacio, M., On lit-nerd-punks: an introduction,
Ohio, University of Ohio, 2011 (inédito).
[12] Vid. Arendt, H., La
condición humana [1958], trad. de R. Gil Novales, introd. M. Cruz,
Barcelona, Paidós, (3ª reimpr.) 1998, p. 187.
[13] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., pp. 186-192.
[14] Virno, P., “Charla y
curiosidad. La formación difusa en el postfordismo”, Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, nº 48, 2001, p.
67.
[15] Sobre el concepto de
“no-lugar”, vid., Augé, M., Los “no
lugares” espacios de anonimato. Una anropología de la sobremodernidad,
Barcelona, Gedisa, 2000 (5ª reimpr), esp. 81 y ss.
[16] Heidegger, M., El ser y el tiempo, op. cit., p. 187. Cursiva de Mª Vicenta Luz Mora.
“A los que les apetezca un plan más
tranquilo pueden visitar del 10 al 20 de mayo la exposición sobre el 15-M que
se ha preparado en el Ateneo de Madrid, donde los objetos de la acampada
inaugural del movimiento se han convertido en piezas de museo al año de ocupar la plaza. Junto a ellos, se
exhibirán los lemas que les dieron significado. Y, cómo no, las fotografías que
inmortalizaron aquellas noches al calor del asfalto bajo la mirada de la
policía.” (El País, 7 de mayo de 2012; las negritas son mías)
"La democracia la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. La democracia es una cosa que se puede tocar, y que esta gente tuvo en sus manos, durante días seguidos y noches enteras. Conseguir un colegio público en un barrio que no lo tenía; la construcción de un ambulatorio donde no llegaban los médicos; dejar una plaza sin edificar para que los niños jueguen; hacer un polideportivo para que el único deporte no sea apedrear perros; lograr que pase el autobús donde no pasaba nada o que llegue el metro para poder ir al trabajo sin necesidad de pisar charcos, sin aguantar la lluvia y el frío de la madrugada, sin andar por los descampados que separaban el barrio de los transportes públicos, esa es la democracia real que hicieron realidad esas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a las verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay. La democracia es ante todo una cosa de manobras porque en última instancia se hace con las manos. Y todo eso que ya está, los ambulatorios, las bocas del metro, los colegios públicos..., es también lo primero que se pierde cuando desaparece la gente que lo ha traído. Quienes llegan detrás creen que eso lo pone la naturaleza, como las hierbas y los saltamontes. Pero lo pone la política, y las cosas hay que conquistarlas permanentemente"
[Javier Pérez Andújar, Paseos con mi madre, Barcelona, Tusquets (R.I.P), 2011, pp. 58-59]
*
Billy Bragg & Wilco versioneando a Woody Guthrie.
Demasiado optimista te veo, Billy, pero en fin, ahí va...